Don Álvaro, o, La fuerza del Sino · Unidad 20 de 41

ESCENA III.

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_El teatro representa una selva en noche muy oscura. Aparece al fondo DON ÁLVARO, solo, vestido de capitan de granaderos, se acerca lentamente, y dice con gran agitacion._

DON ÁLVARO, solo.

¡Qué carga tan insufrible es el ambiente vital, para el mezquino mortal que nace en signo terrible! ¡Qué eternidad tan horrible la breve vida! Este mundo ¡qué calabozo profundo, para el hombre desdichado á quien mira el cielo airado con su ceño furibundo! Parece, sí, que á medida que es más dura y más amarga, más extiende, más alarga el destino nuestra vida. Si nos está concedida solo para padecer, y debe muy breve ser la del feliz, como en pena de que su objeto no llena; ¡terrible cosa es nacer! Al que tranquilo, gozoso vive entre aplausos y honores, y de inocentes amores apura el cáliz sabroso; cuando es más fuerte y brioso, la muerte sus dichas huella, sus venturas atropella; y yo que infelice soy, yo que buscándola voy, no puedo encontrar con ella. Mas ¿cómo la he de obtener, ¡desventurado de mí! pues cuando infeliz nací, nací para envejecer? Si aquel dia de placer (que uno solo he disfrutado) fortuna hubiese fijado, ¡cuán pronto muerte precoz, con su guadaña feroz mi cuello hubiera segado! Para engalanar mi frente, allá en la abrasada zona con la espléndida corona del imperio de occidente, amor y ambicion ardiente me engendraron de concierto. Pero con tal desacierto, con tan contraria fortuna, que una cárcel fué mi cuna, y fué mi escuela el desierto. Entre bárbaros crecí, y en la edad de la razon, á cumplir la obligacion que un hijo tiene acudí: mi nombre ocultando fuí (que es un crímen) á salvar la vida, y así pagar á los que á mí me la dieron, que un trono soñando vieron, y un cadalso al despertar. Entonces risueño un dia, ¡uno solo, nada más! me dió el destino; quizás con intencion más impía. Así en la cárcel sombría mete una luz el sayon, con la tirana intencion de que un punto el preso vea el horror que le rodea en su espantosa mansion. ¡¡¡Sevilla!!! ¡¡¡Guadalquivir!!! ¡Cuán atormentais mi mente!... ¡Noche en que ví de repente mis breves dichas huir!... ¡Oh qué carga es el vivir!... Cielos, saciad el furor... Socórreme, mi Leonor, gala del suelo andaluz, que ya eres ángel de luz, junto al trono del Señor. Mírame desde tu altura sin nombre en extraña tierra, empeñado en una guerra, por ganar mi sepultura. ¿Qué me importa por ventura que triunfe Cárlos ó no? ¿Qué tengo de Italia en pró? ¿Qué tengo? ¡terrible suerte! Que en ella reina la muerte, y á la muerte busco yo. ¡Cuánto, oh Dios, cuánto se engaña el que elogia mi ardor ciego, viéndome siempre en el fuego de esta extranjera campaña! Llámanme la prez de España, y no saben que mi ardor solo es falta de valor, pues busco ansioso el morir por no osar el resistir de los astros el furor. Si el mundo colma de honores al que mata á su enemigo, el que lo lleva consigo ¿por qué no puede?...

(_Óyese ruido de espadas._)

D. CÁRLOS.

(_Dentro._) ¡¡¡Traidores!!!

VOCES.

(_Dentro._) ¡Muera!

D. CÁRLOS.

(_Dentro._) ¡Viles!

D. ÁLVARO.

(_Sorprendido._) ¡Qué clamores!

D. CÁRLOS.

(_Dentro._) ¡¡¡Socorro!!!

D. ÁLVARO.

(_Desenvainando la espada._)

Dárselo quiero, que oigo crujir el acero; y si á los peligros voy porque desgraciado soy, tambien voy por caballero.

(_Éntrase; suena ruido de espadas; atraviesan dos hombres la escena como fugitivos, y vuelven á salir Don Álvaro y Don Cárlos._)