Don Álvaro, o, La fuerza del Sino · Unidad 29 de 41
ESCENA V.
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D. ÁLVARO.
¡Leonor! ¡Leonor! Si existes, desdichada, ¡oh qué golpe te espera, cuando la nueva fiera te llegue á donde vives retirada, de que la misma mano, la mano ¡ay triste! mia, que te privó de padre y de alegría acaba de privarte de un hermano! No; te ha librado, sí, de un enemigo, de un verdugo feroz, que por castigo de que diste en tu pecho acogida á mi amor, verlo deshecho, y roto y palpitante preparaba anhelante, y con su brazo mismo de su venganza hundirte en el abismo. Respira, sí, respira, que libre estás de su tremenda ira.
(_Pausa._)
¡Ay de mí! tú vivias, y yo lejos de tí, muerte buscaba; y sin remedio las desgracias mias despechado juzgaba: mas tú vives, mi cielo, y aún aguardo un instante de consuelo. Y ¿qué espero? ¡infeliz! de sangre un rio que yo no derramé, serpenteaba entre los dos; mas ahora el brazo mio en mar inmenso de tornarlo acaba. ¡Hora de maldicion, aciaga hora fué aquella en que te ví la vez primera en el soberbio templo de Sevilla, como un ángel bajado de la esfera, en donde el trono del Eterno brilla! ¡Qué porvenir dichoso vió mi imaginacion por un momento, que huyó tan presuroso como al soplar de repentino viento las torres de oro, y montes argentinos, y colosos, y fúlgidos follajes que forman los celajes en otoño á los rayos matutinos!
(_Pausa._)
Mas ¡en qué espacio vago, en qué regiones fantásticas! ¿Qué espero? Dentro de breves horas, lejos de mundanales afecciones vanas y engañadoras, iré de Dios al tribunal severo.
(_Pausa._)
¿Y mis padres?... Mis padres desdichados aún yacen encerrados en la prision horrenda de un castillo... cuando con mis hazañas y proezas pensaba restaurar su nombre y brillo y rescatar sus míseras cabezas. No me espera más suerte que como criminal, infame muerte.
(_Queda sumergido en el despecho._)