Doña Luz · Unidad 8 de 18
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Delante del P. Enrique no osaron interrogar a don Acisclo; pero el Padre se iba siempre a las diez de la tertulia, porque nunca cenaba, y Pepe Güeto y su mujer se quedaban a cenar todas las noches allí. La cena solía durar hasta las once, y además casi siempre permanecían de sobremesa los señores, mientras que cenaban los criados, siendo este el momento de mayor confianza y alegría.
Varias noches, estando así, ya de sobremesa y no presentes las chicas que habían servido, doña Manolita tentó el vado, a ver si D. Acisclo declaraba la causa de su preocupación.
Don Acisclo, aunque negaba que estuviese preocupado, lo daba a conocer cada vez más, si bien no confesaba la causa.
Una noche, por último, D. Acisclo se mostró más preocupado, pero más alegre asimismo. Alguna satisfacción le rebosaba en el pecho y pugnaba por salir de sus labios.
Doña Manolita lo conoció, y le dijo:
--Vamos, Sr. D. Acisclo; no sea V. malo. No se atormente usted por el solo gusto de atormentarnos. Si rabia V. por decir lo que le pasa ¿por qué no lo dice? V. está maquinando alguna novedad que nos va a dejar aturdidos. La cosa va muy adelantada. Declare V. lo que es para que no nos coja de susto.
--Ea, Sr. D. Acisclo, declárelo V.--añadió Pepe Güeto--. Mi mujer pretende que V. tiene comezón de ser santo como su sobrino, y que el día menos pensado traspone V. y nos planta y se larga a Sierra--Morena a hacer penitencia, metido entre matorrales o en el hueco de algún peñasco.
--Todo menos eso--respondió D. Acisclo--. No me llama Dios por ese camino, y cualquier otro estado es bueno para servirle.
--Eso es indudable--dijo entonces doña Luz--. Yo no he creído nunca que a V. le pudiese entrar la manía de imitar a los solitarios penitentes; pero he pensado, como mis amigos, que usted medita y prepara, desde hace días, un cambio en su manera de ser y de vivir.
--Estas mujeres son el diablo--contestó D. Acisclo--. Nada se les oculta. Todo lo penetran. No quiero ni puedo ya negarlo. Voy a ser otro del que he sido hasta aquí. Confieso que la consideración del mérito de mi sobrino me ha servido de estímulo.
--¿No lo decía yo?--exclamó doña Manolita--. D. Acisclo, ¿se nos va V. a ir a la China o a la India a convertir infieles?
--Algo de eso hay--respondió el interrogado--. Infieles voy a convertir, pero sin salir por ahora de Villafría.
--¿Y cómo va a ser eso?--dijo doña Luz.
--Muy sencillamente--continuó D. Acisclo--. Ya saben ustedes que yo he sido y soy, dicho sea entre nosotros, desechando la modestia, un hombre bastante útil para mi patria. Yo hago prosperar la agricultura; aumento la riqueza; doy de comer a los pobres que trabajan; en fin, sirvo de mucho.
--No es menester que V. se alabe. ¿Quién no confiesa--dijo Pepe Güeto--, que V. es la providencia de Villafría?
--Pues bien; todo eso lo hago con el dinero que he sabido adquirir. Yo he tenido y tengo capacidad para adquirir dinero. Pero al ver que mi sobrino ha adquirido ciencia y gloria, he comprendido que el dinero no me bastaba, y que hay otras cosas que valen tanto casi como el dinero. La ciencia, por ejemplo. ¿Cómo adquirirla, sin embargo? Ya está duro el alcacer para zampoñas. Ya es tarde para que yo me engolfe en estudios. Hay otra cosa que me atrae, que me seduce, y no es tarde aún para que yo la adquiera.
--¿Qué será? ¿Qué no será?--murmuró doña Manolita.
--Adivínalo, muchacha; lúcete; muestra que ves crecer la hierba.
--Confieso que soy tonta: nada adivino. Ya que no aspira usted a sabio ni a santo, ¿a qué aspira?
--Aspiro al poder. El poder es el complemento del dinero. Quiero ser hombre político, personaje influyente, dueño de este distrito electoral, derrotando al cacique de la cabeza del distrito, que hoy lo puede aquí todo.
--¿Quién le mete a usted en esos ruidos, Sr. D. Acisclo?--dijo entonces doña Luz.
--Mis convicciones políticas--respondió don Acisclo con suma gravedad.
--¿Sus convicciones políticas? Me pasma lo que le oigo decir. Pues ¿de dónde provienen esas convicciones? Yo creía que usted no había pensado en política en todos los días de su vida.
--Entendámonos--replicó D. Acisclo--: en la política que sirve de pretexto o apariencia, es cierto que jamás he pensado; pero en la política-verdad pienso siempre.
--¿Y qué es la política-verdad?
--La política-verdad es que todos los que formamos la nación española damos al Gobierno cada año, por diferentes maneras, más de la mitad de lo que la tierra, nuestro trabajo y nuestro caletre producen. El Gobierno luego, ya en forma de pagas, ya en forma de subvenciones, ya en otras formas, reparte todo esto entre sus amigos. De esta suerte, lo que absorbe el Gobierno como contribución, se derrama de nuevo como benéfica lluvia. ¿No es necedad que yo pague y no cobre? ¿No es bobada que yo contribuya y no distribuya? ¿No sería más discreto que yo imitase a Don Paco, el grande elector de este distrito, que paga diez y saca ochenta? Pues qué, ¿no tengo yo sobrinos, hijos y ahijados a quienes dar turrón? ¿Una gran cruz, no me vendría que ni de molde? ¿El tratamiento de excelencia se me despegaría? En vez de pagar mucho, como pago ahora, y de no recibir nada, como no recibo, ¿no me sentaría divinamente pagar menos, y recibir con usura lo pagado y más de lo pagado? Pues esto es la política, y por esto quiero meterme en la política. ¿Qué digo _quiero meterme_? Metido estoy ya en ella hasta los codos.
Doña Luz distaba mucho de creer que la política fuese lo que por política entendía D. Acisclo: pero, viendo lo convencido que él estaba de que no era otra cosa, y notando además que Pepe Güeto y su mujer no distaban mucho de pensar como don Acisclo, no quiso predicar en desierto ni tratar de convencerlos de que el verdadero concepto de la política era muy diferente. También le chocó sobremanera el tortuoso giro de pensamientos y discursos, por donde la mente de D. Acisclo, partiendo de las homilías, disertaciones filosófico-cristianas y demás sublimidades del Padre, había venido a parar en que debía él ser hombre político, a fin de pagar menos contribución y de tomar mucha distribución.
Sobre este último punto no pudo menos de decir doña Luz:
--Aun concediendo, que ya es harto conceder, que la política sea como V. la entiende, todavía me pasmo, Sr. D. Acisclo, de que, en virtud de los razonamientos de su sobrino de V., haya venido V. a sacar como consecuencia la resolución de ser político y de derrotar a D. Paco, poniéndose en lugar suyo.
--Pues mire V., señorita doña Luz--respondió don Acisclo--, no hay nada más llano que el camino de discurrir que yo he seguido. Enrique me ha dado ánimos sin él saberlo. Por él he comprendido que en mi familia hay brío para todo. Él es santo y sabio: hombre teórico: yo soy rico. ¿Por qué no he de ser también influyente, a fin de ser el hombre práctico por completo? ¿No hubo en lo antiguo, en una sola familia, Marta y María? Pues ¿por qué ahora, en otra familia, salvo la diferencia de sexo, no hemos de ser él María y yo Marta; él el contemplativo y yo el activo?
--Bien por D. Acisclo--dijo Pepe Güeto.
--Y vaya si tiene razón: ya sabe él dónde le aprieta el zapato--añadió doña Manolita.
--No, sino pónganme el dedo en la boca--exclamó don Acisclo--, y verán si muerdo o no muerdo. Pues qué, ¿un hombre de mis millones, y con un sobrino tan notable, ha de estar toda su pícara vida humillado por ese tunante de D. Paco, a quien da el diputado cuanto pide y más?
--Nada de eso, Sr. don Acisclo--dijo Pepe Güeto, dejándose arrebatar del entusiasmo--. Es menester sacudir el yugo.
--¡Muera D. Paco el tirano!--gritó doña Manolita riendo.
--Ya se entiende que la muerte ha de ser meramente política y no civil ni natural--interpuso doña Luz.
--¿Y cómo se va V. a componer para matarle políticamente?--preguntó Pepe Güeto.
--¿Cómo me voy a componer? ¿Cómo me he compuesto? es lo que debieras preguntar. Pues qué, ¿me duermo yo en las pajas? Ya lo tengo todo concertado. El ministro cuenta conmigo. Yo les he probado que no es natural, sino artificial, el diputado que de aquí enviamos, y, como ahora está en la oposición, el Gobierno le derrotará con mi auxilio en las nuevas elecciones, que serán pronto.
--¿Y quién es el nuevo candidato del Gobierno?--preguntó doña Manolita.
--Un candidato ilustre, un sujeto de inmenso porvenir, un héroe de la guerra de África--dijo don Acisclo muy orondo--. Yo le protejo, yo haré por él prodigios, yo me atraeré a los parciales de D. Paco, que se quedará solo, y mi hombre saldrá por inmensa mayoría.
--¿Y cómo se llama su hombre de V.?--dijo Pepe Güeto.
--Se llama el brigadier de caballería D. Jaime Pimentel y Moncada, valiente como el Cid, de noble prosapia, joven y gallardo. Ya le verán ustedes, ya le verán ustedes, porque pronto vendrá a visitar el distrito.
Con este notición se puso término a la charla, así porque era ya tarde, como porque los aplausos y vivas de doña Manolita y de Pepe Güeto no consintieron que siguiera adelante aquella noche.
-XI-
Preparativos electorales
El plan de D. Acisclo había sido meditado pausadamente y en secreto, y estaba tan bien trazado, combinado y preparado, que no escaseaban las probabilidades de que se lograse.
La empresa, no obstante, era difícil; casi imposible para cualquiera otro que no tuviese en aquel distrito la actividad, el poder, el influjo y el dinero que don Acisclo poseía.
Don Paco, el grande elector, era pájaro de cuenta, y contaba con un diputado-modelo; con un diputado tal, que no es dable que haya como él una docena al mismo tiempo en toda España.
Según cálculos estadísticos de la mayor exactitud, los sueldos, adehalas y favores de varias clases, evaluados en metálico, que el diputado prodigaba a sus fieles del distrito, sacándolo todo del Gobierno, importaban veinte veces más que lo que el distrito pagaba de contribución directa e indirecta. Suponiendo, por un instante, que todos los demás diputados fuesen tan hábiles, tan mañosos, tan felices y tan píos como el de que hablamos, el Gobierno tendría que hacer el milagro de pan y peces, en inmensa escala, o tendría que producir un déficit, al cabo del año, de diecinueve veces el valor de todos los recursos y rentas del Estado, en el año mismo.
De aquí que haya tan pocos diputados en España como el que don Acisclo se proponía vencer. Era, por excelencia, lo que se llama un diputado natural.
El diputado, en virtud de continuos desvelos y de un arte maravilloso, se gana la _naturaleza_ en un distrito, repartiendo a manos llenas los empleos; y cerca del Gobierno, a más de su talento y de su importancia personal, se apoya para sacar los empleos en esa misma devoción que asegura y prueba que los electores le tienen y en cuya virtud es diputado natural y goza de distrito suyo y re-suyo.
Aunque el diputado natural esté en la oposición, conserva el distrito por dos razones. Es la primera porque, si bien los electores le ven caído, guardan la esperanza de que pronto volverá a encumbrarse, mandarán él y los de su partido, y lloverán entonces los favores. Es la segunda razón, porque, el diputado natural, aun cuando no esté en el poder, logra que muchos de sus ahijados se sostengan en sus empleos, y hasta suele darlos flamantes, ya porque los fueros de diputado natural le habilitan para todo, ya porque le sobran amigos en los Ministerios, y ya porque los mismos ministros, sus contrarios, le atienden y consideran, esperando la reciprocidad para cuando estén ellos caídos.
El diputado, contra quien iba a sublevarse don Acisclo, estaba caído en aquel momento; pero nadie dudaba de que pronto se volvería a encaramar en el poder. Habíanle dejado cesantes a no pocos de sus ahijados; pero aún quedaban muchos en plena posesión de sus empleos y sueldos. La fama que el diputado tenía de servicial, complaciente y poderoso para _sacar turrones_, era tan firme que hasta su mismo temporal decaimiento aumentaba su clientela en vez de mermarla. Los más astutos y previsores conocían cuán propicia ocasión de ponerse bien con él era servirle mientras estaba lejos del mando, lo cual da ciertos visos de desinterés a los servicios y es lo que llaman por allá, con frase hecha, elegante y propia de la poesía bucólica, _llevar pajitas al nido_. El que no lleva pajitas al nido rara vez moja la barba en cáliz, he oído decir con frecuencia al personaje más sentencioso de aquellos lugares.
Presentadas así las cosas, parece una temeridad, un delirio, algo semejante al propósito que tuvo la serpiente de la fábula de morder la lima, el plan de D. Acisclo de derrotar a D. Paco y de suplantarle.
Mas no hay que acoquinarse por eso ni por mucho más. D. Acisclo no se acoquinaba; tenía confianza en su energía propia, y estaba resuelto a pelear contra D. Paco, cuya tiranía se le había hecho insufrible. Lo que sí había considerado bien D. Acisclo, como prudente capitán, era lo colosal y comprometido de su empeño; y a fin de salir airoso, había tomado las convenientes precauciones, acumulado medios, buscado alianzas y allegado fuerzas y recursos de toda laya.
Cada vez que un diputado o el grande elector en su nombre da un empleo, el agradecimiento no es seguro en quien le recibe, pues éste puede creer que harto ganado le tiene. En cambio los envidiosos, quejosos y descontentos, parece como que brotan del seno de la tierra, lo cual es difícil de evitar, porque por muchos empleos que saque el diputado, no ha de sacar uno para cada elector. Entre los empleados y agraciados suele haber también quejas y envidias. Fulanito se llevó un _turrón_ más dulce y suculento que el mío, dice Menganito; y Perenganito exclama que el destino de Menganito es de mucho _manejo_ y el suyo no lo es, de donde nace también no pequeño encono. El uno, que no es más que estanquero, entiende que debía ser _vista_; y el otro, que está de oficial ambulante de correos, siempre metido en un wagon, suspira por el alfolí de la sal que se dio a un tercero, que disponía en la elección de menos votos que él; y el que tiene como _fiel_ el alfolí se juzga desairado porque no le nombraron guarda-almacén, que esto y mucho más se merecía. El puesto de alcalde suele ser muy disputado, y casi siempre se pican dos o tres porque no lo son. En suma, aunque el diputado y su _alter-ego_ D. Paco eran casi tan avisados y prudentes como Ulises, a quien la propia Minerva, descendiendo _ad-hoc_ del Olimpo, inspiraba la más severa justicia distributiva para repartir pedazos de buey asado en los banquetes a los héroes de la _Ilíada_, o ya porque repartir _turrón_es más arduo que repartir _roastbeef_, o ya porque los electores de España son más descontentadizos que los semi-dioses y guerreros aqueos, ello es que el disgusto cundía y que había mar de fondo hasta en la misma capital del distrito.
Nada de esto hubiera valido, todo se hubiera disipado como una nube de verano, si D. Acisclo, con artes maquiavélicas, no hubiera atizado la discordia, dándole pábulo con ingeniosos chismes, diestramente divulgados, y no hubiera en sazón oportuna levantado bandera de enganche, a cuya sombra se fueron acogiendo y alistando los que se creían desairados o mal pagados de sus afanes.
De esta suerte vino a formar D. Acisclo una poderosa minoría electoral, cuyo centro y núcleo era Villafría.
Entonces negoció con el Gobierno, y luego que el Gobierno le ofreció su apoyo, a fin de derrotar al diputado de D. Paco y elegir en lugar suyo al ya nombrado D. Jaime Pimentel, D. Acisclo se afanó por convertir su minoría en mayoría, trayendo a sí a los neutrales y vacilantes, y procurando, sobre todo, sacar de sus casillas y lanzar en la lucha a no pocos que jamás quieren votar ni mezclarse en política, tal vez porque no ambicionan empleos.
Entre estos desdeñosos, dignos en nuestro sentir de reprobación, porque dejan el campo libre a los explotadores, había en el distrito un hombre a quien, vencida su inercia, seguiría toda una población. La población era la que ya conocen mis lectores con el nombre de Villabermeja. El Cincinato electoral, a quien anhelaba mover D. Acisclo, porque con él daba por indudable el triunfo, era el famoso amigo mío D. Juan Fresco, de cuyos labios sé esta historia, así como otras muchas no menos ejemplares, que contaré en lo venidero, si Dios me concede vida y salud.
Don Juan Fresco estaba en buenas relaciones con D. Acisclo, el cual le había sido útil y le había servido en algunos negocios; pero D. Juan Fresco no se dejaba llevar con facilidad. Don Acisclo había montado a caballo e ido a verle a su lugar dos o tres veces. Le había escrito además cuatro o cinco cartas, tratando de convencerle. Nada había bastado a quebrantar su resolución ni a cambiar su inveterada conducta de no mezclarse en elecciones ni en política para nada.
Don Acisclo rabiaba, se entristecía y se desesperaba de esta terquedad. Con D. Juan Fresco de su lado, su empresa era llana. Sin D. Juan Fresco, a pesar del auxilio del Gobierno, distaba muchísimo de estar asegurada la victoria.
Entre tanto, preparado ya todo lo demás y próximas las elecciones, sólo faltaba echar a volar el nombre del candidato, guardado hasta entonces con el mayor sigilo por D. Acisclo y el Gobierno; pero antes quiso D. Acisclo probar por última vez sus fuerzas persuasivas cerca de D. Juan, revelándole el nombre del candidato y ponderándole sus prendas y merecimientos. A este fin le escribió nueva carta, lo más elocuente que supo. La contestación de D. Juan no se hizo aguardar más de un día, y fue tan impensadamente satisfactoria para D. Acisclo, que de ella provino el contento que mostraba cuando se animó doña Manolita a preguntarle la causa de él, y la facilidad y buen talante con que lo declaró todo a doña Luz, a Pepe Güeto y a la mencionada hija del médico.
La carta de D. Juan Fresco es un documento importante que conservamos en nuestro poder, y del cual no estará de más dar aquí traslado.
La carta es como sigue: