Doña Luz · Unidad 9 de 18
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«Apreciable amigo y dueño: Hasta ahora me he resistido a todas las súplicas de V., por más que le quiero bien, sin poder remediarlo. Y me he resistido porque mi modo de ver las cosas es contrario al de V. en mucho. Ambos somos más liberales que Riego; ambos somos más despreocupados que el autor del _Citador_, libro que V. habrá leído; ambos somos progresistones de lo más fino y neto, y a ambos nos hechiza la igualdad, con tal de que no sea más que ante la ley, y salvas las desigualdades, merecidas o arrebatadas por naturaleza, por gracia, por habilidad o por acaso, de ser unos tontos y otros listos, unos ricos y otros pobres. Pero por cima de esta consonancia perfecta en que estamos V. y yo, hay entre nosotros radicales diferencias, las cuales consisten en que nos hemos forjado muy distinto _ideal_. Entiéndese por _ideal_, palabrilla que está muy a la moda, el término de las aspiraciones de cada uno. Su ideal de V. es que haya un gobierno que distribuya cuanto hay que distribuir, que todo lo arregle, que en todo se entrometa, que nos enseñe lo que hemos de aprender, que nos señale lo que hemos de adorar, que nos haga caminos, que nos lleve las cartas, que cuide de nuestra salud temporal y eterna, y hasta que nos mate la langosta y la filoxera, nos conjure las tempestades, pedriscos, epidemias, epizootias y sequías, y nos ordene y suministre lluvias a tiempo y cosechas abundantes. A un Gobierno, a quien tales y tan múltiples encargos se le confían, es menester habilitarle de muchísimo dinero, que él reparte después entre los que han de hacernos felices, dándonos salvación, ciencia, riqueza, sanidad, larga vida, agua, medios de locomoción y cuanto constituye nuestro bienestar y conveniencia. Pero V. dice, y dice muy bien, desde su punto de vista, ¿por qué no he de ser yo, que no soy más bobo que otro cualquiera, quien, si no en todo, en parte, se encargue de hacer esos prodigios benéficos y providenciales, y quien reciba y reparta a su gusto los ochavos que para hacerlos hay que largar? De aquí que V. anhele, como quien no dice nada, producir un diputado, y sobre todo un diputado que influya, que valga y que _saque turrones_. Yo, en cambio, lo confieso, tengo un ideal, que, al paso que vamos, no se realizará, si se realiza, hasta dentro de diez o doce siglos; pero, amigo, es menester ir encaminándose hacia él, aunque sea a paso de tortuga. Mi ideal es el menos Gobierno posible; casi la negación del Gobierno; una anarquía mansa y compatible con el orden; un orden nacido armónicamente del seno de la sociedad y no de los mandones. No quiero que nadie me enseñe; yo aprenderé lo que mejor me parezca y me buscaré maestros; ni que nadie me cuide, que yo me cuidaré; ni que nadie me abra caminos, que yo me asociaré para abrirlos con quien se me antoje. Sé que esto hoy no es posible, pues dicen que no hay iniciativa individual y que es necesario que el Gobierno tome en todo la iniciativa, como si el Gobierno no estuviese compuesto de individuos. En suma, yo no tengo que presentar aquí todas las razones que contra mi _ideal_ se alegan. De sobra las saben V. y todo el mundo. Lo que deseo que conste es que, a pesar de todas estas razones, yo estoy enamorado de mi irrealizable sistema, y considero apostasía trabajar en este otro archi-gubernamental que hoy priva, sin duda por aquel dicho profundo de un sabio: «La humanidad, considerada en su vida colectiva, no ha nacido aún». Mientras sigue la humanidad nonata, si hemos de mirar las cosas por el haz y sin penetrar en el fondo, usted tiene razón que le sobra. Ya que se trata de contribuir y de distribuir, y ya que la contribución es forzosa, bueno es apoderarse de ella para hacer la distribución luego, máxime si se considera que, según canta el refrán, quien parte y reparte se lleva la mejor parte.
»Pero cuando se hunde bien la mirada en el centro de este negocio, concretándonos a un distrito electoral, créame usted, Sr. D. Acisclo, hasta para lo práctico, y de hoy, sin pensar en mañana, vale más mi sistema que el de V. ¿Qué se logra con dar empleos a trochi-moche? El distrito no se enriquece por eso. Los naturales de él que salen empleados se gastan fuera lo que cobran. Raro es el que vuelve al distrito a gastarse en él lo que ahorra o garbea. A menudo los tales ahorros no lucen ni parecen. Se disipan y evaporan como no pocas otras riquezas mal y fácilmente adquiridas. Los dineros del sacristán cantando se vienen y cantando se van. El empleado así, por favor electoral, adquiere hábitos de lujo, desdeña la manera rústica y sencilla con que antes vivió, y se acostumbra a que el reloj gane por él el dinero, pasando y pasando horas y días. El mal ejemplo inficiona a todos. El hijo del menestral, el criado de servicio, todo el que sabe leer y escribir, repugna el trabajo manual, y dice para sí: ¿por qué no he de estar yo también empleado? ¿Por qué el diputado no me proporcionará una bonita colocación? El que no tiene la menor esperanza de que el diputado le coloque se llena de envidia y de ira, y se hace flojo y perezoso para no ser menos que el empleado, de cuya holganza y vida regalona se forja un concepto exagerado y fantástico. Imagina, sin que nadie se lo quite de la cabeza, por no conocer sin duda lo de tiempo que se gasta, lo de papel que se embadurna y lo de afanes que se producen con nuestro complicado expedienteo, que las horas de oficina transcurren en amenas pláticas, fumando los oficinistas exquisitos puros y regalándose con frecuentes piscolabis. Y entiende además que a cada instante se ofrecen _negocios de mi flor_ a todo oficinista no lerdo, el cual a menudo tiene algo de que incautarse y al cual no falta de vez en cuando quien le unte bien la mano. Con tales imaginaciones ¿cómo irá nadie con gusto a cavar en el tajo y cómo no ha de querer convertir el tajo en un remedo de la soñada, deliciosa y sibarítica oficina? Resulta de todo ello que como el diputado da empleos a los más activos, ágiles y despejados, quienes naturalmente emigran del distrito, sólo quedan en él los más tontos, torpes y para poco, y éstos, agraviados, lastimados en su amor propio, o desanimados y con poquísimas ganas de trabajar. No hay, por lo tanto, ni industria ni arte, ni adelantamiento, ni mejora posible. Gracias a la milagrosa y pródiga protección del diputado, el distrito se empobrece, en vez en enriquecerse, y se transforma en una nidada de holgazanes y de ineptos. Vea V. por lo que yo, de puro amor al distrito, no quiero darle diputado hábil, como el que tenemos ahora; no quiero darle diputado que tanto turrón busque y reparta.
»Por dicha, el nombre de su candidato de V. me ha hecho pensar en que, favoreciéndole y dando a V. gusto, hago el bien del distrito, según lo entiendo yo: le quito de encima la secadora protección del diputado actual, que parece un fabricante de turrones, y le propino y administro uno que dirá a ustedes, en cuanto le elijan, si os vi no me acuerdo, y no les dará turrón, con lo cual quizá renazca la actividad agrícola, se creen industrias sanas, y desaparezca la corrupción que hoy nos pudre. Sí, amigo D. Acisclo, yo conozco a D. Jaime Pimentel desde que estuve en Madrid con mi pobre sobrina María y con aquel estrafalario de doctor Faustino, con quien ella se casó. D. Jaime era amigo de Faustinito. Dios los cría y ellos se juntan. Aunque en mucho se diferenciaban, en bastante se parecían. D. Jaime, muy joven entonces, era un verdadero ninfo. Acicalado, perfumado y siempre de veinticinco alfileres, aunque bizarro militar, tenía más trazas de Cupido que de Marte. No creo que tuviese ilusiones, ni que soñase, como su amigo el doctor. Don Jaime iba al grano. Buen mozo, audaz y discreto, había tenido ya varios éxitos ruidosos con damas elegantes, y tres o cuatro desafíos, en los que siempre había quedado vencedor. Entonces se pronosticaba a D. Jaime un brillante porvenir. El pronóstico se va cumpliendo. Aún no debe tener cuarenta años y ya es brigadier. Por su cuna y por sus prendas es muy estimado y querido. Además de su sueldo, tiene alguna rentilla, que le da independencia y desahogo. D. Jaime tendrá sobre dos mil duros al año. Para nada necesita de este distrito. No me explico qué antojo será el suyo de salir diputado por aquí, pudiendo salir por donde quiera. Cerca de este lugar posee unas sesenta aranzadas de olivar, que su padre, militar como él, compró con dinero ganado al juego. Este es el único lazo, que yo sepa, que a este distrito le une. Repito, pues, que no me explico su empeño en ser nuestro diputado; pero doy por evidente que, una vez logrado su empeño, nos volverá la espalda, nos mandará a paseo, y no nos dará ni pizca de turrón. Como en esto precisamente consiste mi sueño dorado, callándome la razón para no espantar a los secuaces de V., me decido a ser uno de ellos. Cuente V., pues, conmigo para elegir diputado a D. Jaime Pimentel, y créame su afectísimo amigo».
Tal era la carta de D. Juan Fresco que tanto alegró el corazón de D. Acisclo. Lo esencial era que D. Juan apoyase su empresa, fuese por lo que fuese. Lo que don Acisclo quería era aquella alianza, y poco le asustaban las enrevesadas razones y fatídicos pronósticos en que se fundaba y que él se guardó bien de confiar a nadie. Sólo de cuando en cuando, si bien haciendo desmedidos encomios de la entereza, discreción, honradez y sabiduría de D. Juan Fresco, afirmaba D. Acisclo que era un _ente_.
--¿Y por qué dice V. que ese D. Juan es un _ente_?--le preguntó una vez doña Manolita.
--¿Por qué lo he de decir?--contestó don Acisclo--; porque es un _ente_; porque es el bicho más raro que he conocido en mi vida.
-XII-
El triunfo
Ente o no _ente_, D. Juan Fresco valió de mucho a D. Acisclo, el cual, mientras más esperanzas tenía, más se afanaba y desvelaba porque no se frustrasen.
Los informes que le había dado D. Juan acerca de la condición poco servicial de D. Jaime Pimentel, no dejaban de mortificarle. Ya, sin embargo, no había modo de retroceder, y lo que convenía por lo pronto era derrotar a D. Paco, aunque para ello fuese menester valerse del candidato menos buscador de _turrones_, más distraído y peor cultivador de distritos que hubiese en todo el reino.
Don Acisclo solía echar cálculos alegres, y este mismo descuido de su futuro diputado, que para cualquiera otro hubiera sido un mal, se mostraba a veces con colores risueños y brillantes a los ojos de su esperanza ambiciosa.
«Si el diputado no hace nada--decía don Acisclo para sí--, si no cumple sus promesas, si no recompensa los afanes de los electores, yo tendré que volver por ellos, lo cual me dará motivo para entenderme por mí mismo con el Gobernador de la provincia y hasta con el Ministro, y ser yo aquí real y directamente el amo, sin ese intermedio enojoso del diputadito. Lo esencial, pues, es lograr la victoria con gran mayoría, y hacer ver que D. Paco es un trasto a mi lado».
A este fin no quedó medio que D. Acisclo no emplease.
Las elecciones debían ser en el otoño, y durante el verano vivió D. Acisclo en una fiebre de actividad. Recorrió a caballo todos los pueblos del distrito, que eran siete, ganando votos para su protegido y quitando parciales a D. Paco. Hasta a la capital del distrito fue varias veces, y no sin éxito, con el referido objeto.
A no pocos electores de influjo, a quienes D. Paco tenía _amarrados_, los desamarró D. Acisclo, exponiendo gallardamente sus capitales. Por estar _amarrados_, se entiende en lenguaje electoral de por allí, deber dinero al grande elector. D. Acisclo estuvo rumboso. Lo menos repartió ocho mil duros al diez por ciento, sin más garantías que pagarés sencillos, libertando así a gentes amarradas por D. Paco, con escritura pública y dinero prestado al quince.
Todo elector de Villafría iba antes a votar a un lugar cercano, porque en Villafría no había _mesa_. Don Acisclo consiguió que se quitase la _mesa_ de dicho lugar y que se diese a Villafría, población más céntrica y cómoda, según él demostró.
En Villafría estaba seguro don Acisclo de que _volcaría el puchero_ en favor de D. Jaime.
_Volcar el puchero_ significa poner o colgar todos los votos posibles al candidato a quien se quiere favorecer. Los votos posibles son los de cuantos electores están en las listas, a no hallarse a mil leguas de distancia o en la sepultura. Y aun ha habido ocasiones en que los ausentes y hasta los difuntos han votado.
Cuentan las crónicas electorales de aquel distrito que, no bien supo D. Paco la que D. Acisclo le estaba urdiendo, empezó a trabajar en contra, saliendo del letargo, o mejor diremos del tranquilo y descuidado reposo en que su confianza y seguridad hasta allí le habían tenido. Esto, naturalmente, hizo que don Acisclo tuviese que redoblar cada vez más su actividad. Así es que no paraba. Su vida era un tejido incesante de conferencias, excursiones a este o al otro pueblo, tratos y cartas que escribir y que leer. Pepe Güeto se hizo el ayudante y el secretario de D. Acisclo, y también escribía, viajaba y conferenciaba.
Doña Luz y doña Manolita se hacían compañía mutuamente, abandonadas por D. Acisclo y Pepe Güeto. Y a las dos servía también de acompañante el P. Enrique, único varón quizá de todo el distrito que no intervenía en el asunto electoral.
El padre había intervenido sólo en los primeros días para tratar de disuadir a D. Acisclo de que se mezclase en elecciones; pero D. Acisclo no se dejaba convencer por nadie, y cuando lo reconoció así su sobrino, se retrajo, se calló, y no volvió a dar a entender ni siquiera que sabía en qué maremágnum andaba engolfado su tío.
A éste le molestaba ya bastante la flojera y falta de formalidad del candidato. El candidato había prometido visitar el distrito; las elecciones se venían encima, y el tal D. Jaime no llegaba. Su contrario estaba, ya instalado en casa de D. Paco, prometiendo empleos para cuando volviese al poder, que sería pronto, vendiendo protección, y conquistando voluntades.
Don Jaime, entre tanto, no sólo no venía, sino que apenas sí se dignaba escribir, salvo a D. Acisclo, y esto de tarde en tarde y por estilo lacónico y seco.
Pero fuese como fuese, el lance estaba ya empeñado; para D. Acisclo era cuestión de amor propio; y aunque D. Jaime hubiera sido el mismo diablo, D. Acisclo hubiera echado el resto por sacarle triunfante.
En suma, para no cansar más a mis lectores, acabaré por decir que don Acisclo recogió al fin el premio de sus fatigas.
Las elecciones llegaron, y D. Acisclo venció en las elecciones. Don Jaime Pimentel salió diputado por una gran mayoría.
Algunos quieren dar a entender que D. Acisclo hizo mil tramoyas y falsedades; pero nada se pudo probar, y por consiguiente no debemos creerlo.
Don Jaime Pimentel, sin abandonar la corte, sin escribir apenas carta alguna, con el mayor sosiego, tuvo el gusto de recibir su acta, casi limpia, pues sólo llevaba dos protestas insignificantes y mal fundadas.
El júbilo de D. Acisclo fue grande después de la victoria. ¡Qué lauro el suyo! ¡Qué muestra de poder la que acababa de dar! Con un candidato invisible, descuidado, flojo; con un enemigo tan fuerte, tan único, tan modelo y tan fénix entre los representantes del pueblo, había logrado vencer, y vencer por una gran mayoría. Después de admirarse de su propia capacidad para la política, sólo se reconocía deudor a D. Juan Fresco y a la copiosa turba de bermejinos que le siguieron en el día de la elección como a caudillo respetado.
Durante todo este largo período electoral, las relaciones amistosas de doña Luz y del P. Enrique se fueron estrechando más cada día. Hasta doña Manolita, dejándose llevar del entusiasmo de su marido, o bien compartiéndole, no había pensado más que en las elecciones.
Doña Luz y el padre eran sin duda las dos únicas personas de cierta posición en todo el distrito, que no habían pensado en éste ni en el otro candidato, y que no se habían afanado por el triunfo de cualquiera de ellos.
En medio de aquella agitación política, habían hallado retraimiento dulcísimo en la misma casa de quien la promovía; y allí eran las pláticas suaves y encumbradas, y las conversaciones amenas, en que siempre aprendía algo doña Luz, en que siempre hallaba nuevas excelencias en el entendimiento y en el corazón del padre, y en que el padre, a su vez, no dejaba nunca de pasmarse del despejo, de la agudeza, de la notable discreción, de la fantasía poética y de la sensibilidad exquisita de su bella interlocutora.
Don Anselmo había terciado en los debates, aunque ya no tanto, por haberle tenido también D. Acisclo muy interesado en las elecciones. Y el cura don Miguel había seguido yendo con constancia a la tertulia, si bien los diálogos sabios del Padre y de doña Luz le magnetizaban y embelesaban de tal suerte, que a los pocos minutos de empezar a oírlos, solía quedarse profundamente dormido, acompañándolos y animándolos a veces con una música de ronquidos interminables y sonoros.
Resultaba de todo ello que la única persona, que era en verdad constante e inteligente testigo del mutuo afecto y de los íntimos coloquios de doña Luz y del Padre, era doña Manolita. Yo no quiero hacer a ésta, ni a ninguno de mis héroes, mejor de lo que son o de lo que fueron. Doña Manolita no era una paloma sin hiel; y no porque odiase a alguien, sino porque no dejaba de tener malicia. Más bien se podía tildar a doña Manolita de tenerla. Más bien se la podía acusar de que, sin envidia ni encono, y sólo por amor al arte, gustaba algo de la murmuración, y seguía demasiado, como regla para sus juicios, aquella terrible sentencia de _piensa mal y acertarás_. Sin embargo, merced a la veneración cariñosa que doña Luz le infundía, ella interpretaba siempre por el lado más benévolo todos sus actos y discursos. Por esto, aunque a la perspicacia de doña Manolita no pudo ocultarse largo tiempo aquella inclinación irresistible de dos almas, doña Manolita no dejó nunca de hacer justicia a doña Luz, y reconoció y declaró, allá en el fondo de su pecho, que en el de su amiga no había la más leve intención de perturbar el ánimo del Padre ni de atraerle con coqueterías culpadas.
El respeto y el cariño de la hija del médico al P. Enrique eran grandes también; pero no tanto que le impidiesen por completo todo fallo algo contrario sobre su conducta. Doña Manolita, pues, sin pensar que doña Luz hubiese dado para ello ni ocasión ni motivo, empezó a sospechar que el Padre, más o menos confusa y vagamente, estaba enamorado. Por respeto a su amiga, y porque en los lugares no anda la gente con sutilezas etéreas o pasadas por alambique, y porque con decir ella algo hubiera dado pie para que se añadiese mucho, doña Manolita ni a su padre confió el resultado de sus observaciones. Sólo le confió a Pepe Güeto, a quien nada ocultaba; pero exigiéndole el más profundo sigilo.
La gravedad de doña Luz y del Padre cortaba los vuelos a todas las audacias de doña Manolita, quien jamás se propasó a dirigir al Padre, ni en broma y con rodeos y perífrasis, la indirecta más oscura sobre la pasión que en él imaginaba. Doña Manolita siguió, no obstante, observando. Pepe Güeto observó también. Ambos esposos se comunicaban luego lo que habían observado. De esta suerte venían los dos a corroborarse en la idea de que el Padre, quizá sin saberlo, amaba a doña Luz por estilo místico y sutil, y que doña Luz se dejaba adorar sin presumir ningún término disgustoso, sin reflexionar en toda la trascendencia que aquella adoración podría tener, y sin ver en ella más que una amistad tierna, sencilla e impecable, como la que ella profesaba al convaleciente y poético misionero.