El acecho · Unidad 13 de 36
Unidad 13 · 52 ANTONIO DE HOY^ S Y VliNENT
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52 ANTONIO DE HOY^ S Y VliNENT
do con SU aire de colegial vicioso o de sportsman pervertido por las promiscuidades de los cuartos de hidroterapia comunes, la pareció atrozmente pedante.
Como si hubiese leído .su pensamiento, la condesa Guido de Verona, con aquella clarividencia que da el sufrir por ignorancia de nuestra verdad, para adivinar la verdad de los otros, murmuró casi a su oído:
— ¡Qué criatura más absurda! Ahora posa de madame Sevigny, cuando no es más que una cortesana sabia de las que parodian a las antiguas cortesanas de Atenas, Corinto o Alejandría. Fíjese usted; los hombres le rodean como si fuesen una manada de lobos.
No era exacto el símil; mejor los deseos le rodeaban como un círculo de fuego, como uno de esos mágicos círculos de llamas que cercan a una danzarina sagrada cuando baila toda desnuda en la bárbara gloria de los salterios. Y entre todas aquellas llamas que temblaban, se inclinaban, arrastrábanse a sus pies y no se atrevían a lamer las carnes desnudas, la más fuerte, la más audaz, la que encendía rojas auroras, era la que brillaba en los ojos de Valentín. No; su instinto
exacerbado por el padecer no le engañaba. Valentín deseaba a aquella criatura, pero la deseaba... ¡Oh, cómo la deseaba! ¡con qué sombría y reseca ansiedad, con qué sediento afán, con qué sordo y calenturiento trepidar! Como si poseyese un sensible e inverosímil aparato para medir la violencia de tal deseo, dábase exacta cuenta de su magnitud. Y medía también la frialdad de ella, su aridez, su desdén rayano en repugnancia por sus adoradores, su castidad epidérmica, rebelde a todos los contactos, su dominio absoluto sobre sí misma, y casi abarcaba aquella oscura voluntad imposible de medir, como no puede medirse el viento que duerme sobre el mar. La aventurera no lo amaba, no le amaría nunca. Jugaría con él, le exasperaría, por maldad, por cálculo, por frivolidad o por interés, pero no se daría a él. La misma seguridad que tenía, sin saber el porqué, causábale miedo, un miedo oscuro e instintivo. La aventurera... Puso desdén en el pensamiento y casi inmediatamente se arrepintió. ¿Qué eran todos allí al fin y al cabo sino aventureros? Única diferencia que unos
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llegaban jóvenes y fuertes a ganar algo tal vez dinero, gloria o poder, seguramente placer, y los otros pobres y vencidos a perder, a acabar de hundirse. "El negocio es el dinero de los demás. La aventura, la honra y el dinero de los demás." El que llega a los negocios pobre, audaz y sin escrúpulos álzase millonario casi siempre; el que entra en la lucha teniendo por armas su dinero y su timidez, se arruina. Algo semejante sucedía con la aventura.
¡La aventura! Todos,todos allí eran aventureros; ella, Valentín, la Guido de Verona. Tendió la vista en derredor; en la terraza, entre los boscajes que servían de refugio a los dioses de mármol, sobre el fondo azul rielado de plata del mar y sobre el fondo azul espolvoreado de oro del cielo, mecidos por la música de los violines y bañados por la luz pálida y coloreada de los frutos de cristal que pendían entre los frutos reales, destacaban la elegancia chillona o pálida y desvaída de las declassées y de los rastacueros.
Lejos, en la balaustrada de mármol, ellUj sola cm los hombres, el caballero español
de vago parecido con Don Quijote, el caballero del pomposo bautismo, don Dionis de Velázquez y Lope de Leyóla, título pontificio y príncipe por su matrimonio con una dama, viuda ella de un príncipe rumano; Lord Dindondarry, viejo, decrépito, podrido de vicios y mili nes, con, en las pupilas grises, casi borrosas, una tal lascivia que a su insistencia no había mujer, por ariscada que fuese, que no bajase los oios; y en fin, el duque de Solwieg, medio italiano y medio austriaco (expulsado de Italia y de Austria durante la guerra), meloso, galante, blando y, sin embargo, de una reciedumbre de epidermis a prueba de afrentas.
Cerca, en derredor a la Hita, las mujeres; aquella condesa Guido de Verona, que empleaba su pomposo apellido en turbios menesteres de tercería y que vestida de seda negra buochada, las manos enmitonadas para lucir unas sortijas aterradoramente falsas (y para no romper los guantes), sobre el pecho un enorme pectoral de oro como si fuese el obispo in partibus de alguna extraviada diócesis de islas antropófagas, luciendo las nobles canas de una pe-