El acecho · Unidad 14 de 36

Unidad 14 · ANTONIO DK HOYcS Y VINENF

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

ANTONIO DK HOYcS Y VINENF

luca bajo los sombreros dorados en forma de tiara, tenía una experiencia melancólica que, sin perjuicio de mil malignidades, le hacía hacer frases ungidas con el perfume evocador que sale de un recipiente de plata lleno de óleo santo, recién abierto. Luego la princesa Altterstofen, austríaca, hombruna, resuelta, cubierta de joyas regias y errante por el mundo después de no sé qué historia provocada por dos años de aislamiento en un castillo de Silesia, de donde salió viuda y cargada de millones y de preseas de reina. Con ellos la feble y pálida condesa Yustapof f, una rusa muy bella, frágil,transparente, tiritando siempre bajo sus pieles y sus perlas, y aplicando a la vida una filosofía cruel. Dotada de implacable clarividencia, disecaba las cosas y complacíase con cruel ensañamiento en buscar las causas ocultas, en denunciar las fuentes miserables en que nacían los bellos gestos, las grandes iniciativas y las ideas generosas. Y no contenta con aplicar su bisturí a la vida y a los sentimientos de los demás, aplicábalo a sí misma. Así hacía las cosas, pero hacíalas con una absoluta clarividen-

cia. Era como una funámbula que caminase por un alambre sobre el abismo y fuese midiendo su profundidad y el dolor de la caída. Había, en fin, madona Pisparri, una actriz que, fracasada ruidosamente en la escena, vivía en plena luz de las candilejas siempre, ensayando posturas, modulando frases y arrastrando por el polvo de todos los Hoteles y todos los Casinos de Europa sus túnicas de Yocasta, de Antígona y de Casandra... arregladas para el mundo por una costurera de las que van por las casas.

Cada uno de ellos tenía su historia, historia trágica o grotesca, dolorosa o lamentable, cómica o escalofriante, historias disparatadas que poseían, sin embargo, la violencia, la fuerza intensa de la realidad. Todos habían vivido su minuto, su hora o su día, y todos los demás que les quedaban por vivir no podían ser sino consecuencia de aquél.

Así la Guido de Verona peitenecía al mundo^ a eso que por antonomasia se llama el mundo. Su marido había sido embajador y ella había lucido por varias Cortes de Europa sus toilettes^ sus escudos (nobilia-

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ríos, claro está) y sus perias falsas. Su empaque altivo, la nobleza soberana con que sabía convertir unos percales en augustos paños heredados de antepasados heroicos, y unos mamarrachos con marco dorado, en los susodichos antepasados, más su gracia digna de archiduquesa, habíanle rodeado de gran prestigio. Pero un día su marido doblando la venerable testa sobre un telegrama cifrado, murió sin consideración a la situación delicadísima en que quedaba ella. Como en el perpetuo vagar diplomático había perdido todas las amistades de su país y las ligadas en diferentes puestos, más que propias eran como cosa inherente al cargo, hallóse sola con una pensión másbien misérrima y un salón,,, del que pronto no quedaron sino los muebles y aun ésos amenazados por ios usureros. Mujer sabihonda, con sus puntas y ribetes de doctora en Letras, acordóse del cuento del gato con botas y pensó que un salón era mucho. Esforzóse en hacerlo político; gracias al recuerdo del difunto, algunos hombres públicos accedieron a caer un día por allí, seguros de sacrificar dos o tres horas de profundo tedio