El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis · Unidad 20 de 40

CAPÍTULO XVII — parte 1

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.

Panem et circenses

Pocos meses hacía que, sucediendo a su progenitor, imperaba Tito en Roma. Este príncipe generoso, que llamaba día perdido a aquel en que no había dispensado algún bien, empezaba a borrar con su clemencia el sangriento recuerdo de Nerón y la sórdida avaricia de Vespasiano su padre.

El triunfador de Jerusalén, _las delicias del género humano_ como le apellidaban, había proscrito las persecuciones contra los sectarios del Nazareno, iniciadas por Tiberio y sobrepujadas por el hijo de Agripina. Ello no obstante, los suplicios no cesaron completamente.

Las provincias, gobernadas por prefectos arbitrarios revestidos de una autoridad suprema y escudados en una irresponsabilidad absoluta, se libraban a cruentos espectáculos, ora para satisfacer los naturales instintos de la plebe, ya para secundar los ocultos planes de los pretores. En este caso se hallaba Pompeya.

Residencia de estío de las familias patricias de la Campania y del Lacio, sus habitantes más que de luchas políticas se ocupaban del embellecimiento de su ciudad con el fin de atraer a la población flotante que tan buenos rendimientos les daba. Y tal era su fanatismo para la conservación del ornato público que, cuando a la caída de Nerón la Italia entera destruyó las estatuas de este monstruo, ellos respetaron, sin deificarlas, todas las que erigidas en sus calles encerraban alguna notoriedad artística. Pero así que el caliginoso aliento del verano empujaba hacia aquella vertiente del Vesubio a los levantiscos ciudadanos de Neápolis y Salerno, las pasiones se encendían y Pompeya era durante cuatro meses émula en discordias civiles de Roma su metrópoli.

Tenían los pompeyanos a la sazón por _Præfectus urbis_ un senador vendido a la causa de Domiciano, aquel segundo Calígula que dos años después debía precipitar la muerte de su hermano Tito, colocándole en la fila de los dioses mientras le denigraba entre los simples mortales. Fingiendo pues someterse a los designios del emperador, el prefecto no desperdiciaba coyuntura de atizar el fuego de la indisciplina para favorecer, bajo mano, los ambiciosos planes del Caín su protector.

Habían dado comienzo las _vindemiales_, ferias de las vendimias que desde el tres de septiembre al tres de octubre se celebraban en toda la Italia agrícola. La época de los grandes juegos se aproximaba y con ella el descontento público; no solo porque su terminación era la señal de desfile para los veraneantes impelidos mal de su grado a consagrarse a sus tareas ordinarias, sino porque desde el advenimiento de Tito las circenses no eran ya las lúgubres hecatombes en que el pueblo romano bebía su bélica inspiración. Reducidos a la carrera, al salto, al disco y al pugilato, echaban de menos los _gladiadores_, los _bestiarios_, los _secutores_ y los _dimaqueres_ con su polvo, sus rugidos, su sangre y sus cadáveres.

Pero a las ya expuestas uníase aún otra circunstancia. Habiendo consumido un incendio en Roma el Capitolio, el Panteón, la Biblioteca de Augusto y el Teatro de Pompeyo, amén de otros monumentos menos importantes, Tito prometió que todo sería reedificado a sus expensas; y, rehusando los donativos que le ofrecían así las ciudades del imperio como los príncipes sus aliados, vendió hasta los muebles de su palacio para cumplir su palabra. El entusiasmo público desbordó en todas partes organizándose festejos con que solemnizar la largueza del emperador. Pero los secuaces de Domiciano, valiéndose de ocasión tan propicia para tomar en ridículo la clemencia del soberano, indujeron a la plebe a reclamar con tal insistencia la restitución de su espectáculo predilecto, que Tito debió ceder ante el clamor general y, al inaugurar su célebre anfiteatro, otorgó gladiadores, _naumaquias_ o combates navales y hasta cinco mil fieras. Los pompeyanos no fueron los que contribuyeron en menor parte a esta dolorosa reconquista instigados por el _Præfectus urbis_.

Era el anochecer del día 7 de septiembre del año 79 de Jesucristo. El _ceryx_ encargado de la conservación del orden, recorría presuroso todos los puestos recomendando a sus _vigiles_ que atendieran a la seguridad pública, sin oponerse no obstante al torrente popular que, desbordando de las termas, de la Basílica, de los templos de Júpiter y Hércules, de las tiendas de la avenida de la Abundancia y de los tugurios de la calle de la Fortuna, se dirigía en tropel a la morada del Pretor, llevando teas encendidas y gritando como en la Roma cesárea:

--¡Panem et circenses!...

El prefecto, queriendo cubrir con cierto velo de legalidad su propia obra, presentóse en la puerta de palacio, rodeado de la guardia pretoriana; y, precedido de seis lictores que vestidos con el _sagum_ descansaban los _fasces_ sobre el hombro izquierdo mientras con la _virga_ en la opuesta mano separaban los grupos:

--Al foro, dijo --y tomó el camino de las asambleas generales seguido de la multitud que tras él continuaba vociferando:

--¡Panem et circenses!...

En aquel santuario de la opinión pública, una representación verbal le fue elevada en nombre de todos los ciudadanos de Pompeya.

--¿Sabéis --arguyó-- que las leyes lo prohíben?

--Entiende tú --repuso el tribuno que llevaba la voz-- que si se enerva el pueblo en la molicie, el día de la lucha no tendrá fuerzas para abrir las puertas del templo de Jano.

--¡No más _quadriga_!...

--No más disco.

--¡Luchadores!... --fue el grito unánime.

Y como la exasperación amenazara convertirse en motín, el prefecto les concedió los _andabates_ que, peleando con una venda en los ojos o cubiertos con una armadura, ofrecían menos riesgo.

--No: ¡gladiadores! --repitió la turba.

Y el demandado fingiendo doblegarse a las circunstancias, asintió a los clamores de la plebe; pero como la debilidad de parte de la fuerza es la señal del abuso en el oprimido:

--¡Bestiarios! --prorrumpieron unos pocos; lo que no tardó en hacerse el eco general. Y de concesión en concesión, los pompeyanos consiguieron que les restituyesen no solo los _laquearios_ (que por un lazo escurridizo tirado con destreza procuraban detener y cazar a los adversarios) y los _retiarios_ que, con una mano armada de un tridente y llevando en la otra una red, envolvían con ella a su antagonista para darle muerte una vez vencido, sino el repugnante espectáculo de las bestias feroces, desgarrando entre los aplausos de la abyecta muchedumbre las carnes de los prisioneros de guerra, o abriendo con sus dientes el camino de la gloria a los mártires sublimes de la religión cristiana.

La impaciencia popular señaló el día siguiente para renovar el derramamiento de sangre en el anfiteatro. La premura de la exigencia no permitiendo que se restablecieran los abolidos gladiadores _fiscales_, que eran los que el Fisco suministraba a sus expensas, ni los _postulatitii_, o sea los que por más hábiles el pueblo reclama preferentemente, hubo de recurrirse a los _privados_, sostenidos por empresas particulares que los alquilaban mediante una retribución pecuniaria.

En cuanto a los _bestiarios_, a falta de prisioneros de guerra y de delincuentes condenados a este género de lucha, se determinó substituirlos con esclavos o con gente ya acusada de impiedad, ya sospechosa de seguir la doctrina del que llamaban impostor de Galilea.

Restituido el prefecto en triunfo al pretorio y agotados los vítores al emperador, la ebria muchedumbre se retiró a sus hogares a esperar el mañana, quedando sumida Pompeya en esa calma precursora de toda tempestad horrible.

Este fue el instante en que los fugitivos del Anacronópete, deslizándose como sombras sobre el empedrado de lava de sus rectas y elegantes avenidas, penetraron en la ciudad.

Benjamín, que en medio de las mayores contrariedades perseguía su fin científico con la terquedad de un sabio aragonés, se había provisto en su fuga de un zapapico y caminaba consultando al resplandor de la luna creciente el plano del teatro de sus operaciones. Sun-ché, que además de haber asistido a la trágica desaparición de los militares había sido impuesta por el políglota en la locura del doctor, se apoyaba en el brazo izquierdo de su intérprete rendida de cansancio y entregada a tristes pensamientos. Pendida del derecho arrastrábase mejor que andaba la más digna de compasión de todos: la desventurada pupila que por breves horas había tocado el séptimo cielo de sus ilusiones para ser precipitada desde más alto en los últimos abismos de la desesperación.

Juana era la única que, no obstante la gravedad de las circunstancias, no se abandonaba al desaliento.

--Verá usted --decía-- cómo a lo mejor nos los vemos aparecer por ahí vestidos como judíos del monumento.

--No, esta vez los hemos perdido para siempre.

--¡Quiá! Si ellos son como el ave _Félix_ que según cuentan renace después de hecha _cecina_.

--Por fin llegamos --exclamó Benjamín deteniéndose en un _quadrivium_ o desembocadura de cuatro avenidas, en cuyo centro se alzaba la estatua de Nerón dando frente a la puerta de Herculano situada en la extremidad de la calle Domiciana.

Invitados los viajeros por el impaciente sabio a tomar algún reposo mientras él se libraba a sus excavaciones, Clara y Sun-ché se recostaron en los poyos de una fuente que junto a ellas corría con manso murmullo; y, entregadas a sus reflexiones, quedáronse pronto, si no dormidas, aletargadas.

Juanita, en la esperanza de ver aparecer a Pendencia en la forma de centurión o de _draconarius_, se quedó haciendo compañía al arqueólogo amenizándole la tarea con sus aceradas pullas.

La situación del tesoro estaba tan perfectamente señalada en el plano, que a la media hora escasa de remover la tierra, el zapapico tropezó en un cuerpo resistente.

Benjamín, con el corazón hecho un molino de viento, desenterró una pequeña caja de metal que, sin inscripción alguna, revelaba servir solo de estuche a algún objeto precioso. Abierta por fin en medio de la mayor ansiedad, sacó a luz el políglota unos manojos de cordelillos en los que de distancia en distancia había nudos que a primera vista dejaban comprender por sus combinaciones que no habían sido hechos al azar. El sabio dio un grito de asombro.

[Ilustración]

--¡Cordeles! --dijo Juanita--. ¿Hombre, y no le dan a usted ganas de ahorcarse?

--Silencio, profana.

--Siquiera propínese usted con ellos una docena de disciplinazos.

--¿Sabes tú lo que es esto?

--A que salimos ahora con que es alguna libra de fideos del tiempo de Salomón...

--Esta es la primera escritura que usaron los hombres sobre la tierra, legada a la humanidad por _Fo hi_, como le llaman los chinos, o según nosotros por Noé a su salida del arca. Este es el prototipo de la palabra escrita revelado al mundo sabio en la academia de inscripciones por el paleógrafo Shuckford.

Y con verdadera hidrofobia científica Benjamín se dispuso a interpretar el enigma. Desgraciadamente una densa nube le eclipsó el tenue rayo de la luna próxima ya a desaparecer en el horizonte occidental; y no bastándole el simple tacto, tuvo que diferir su empresa.

--Pero diga usted: ¿qué tintero empleaban esos _potrotipos_? Pues qué: ¿siempre no se ha escrito del mismo modo?

--Ni por soñación. Que sepamos, hasta ahora son tres las maneras conocidas de trazar la escritura: Por línea perpendicular, por orbicular o redonda y por horizontal; y aun así estas tres grandes ramas se subdividen en muchas variantes.

--¡Jesús! Y yo que no sé poner una carta más que con falsilla, porque, si no, me tuerzo.

Benjamín, a quien la nube se empeñaba en velar el astro de la noche, tanto para distraer su inacción, como cediendo a sus naturales aficiones, tomó así la palabra creyendo asistir a un curso de paleografía:

En la _Mitología_ de Carrasco se lee que los indios de la isla Trapobana, según Diodoro de Sicilia, escriben por líneas perpendiculares rectas. Du-Halde consigna que los chinos y japoneses, aunque usan la escritura perpendicular, la trazan como los hebreos de derecha a izquierda; así es que sus libros comienzan por donde los nuestros tienen su fin. Los septentrionales o Escitas grababan en las rocas sus letras llamadas Runas o Rúnicas en renglones curvos, reuniendo las líneas de alto abajo y vice-versa; pero oblicuamente o en espiral. Los tártaros, según Nienhoff, cuyas consonantes son parecidas a las de los etíopes porque las enlazan con sus vocales, escriben en línea perpendicular de derecha a izquierda; y los mogoles, de alto abajo en opinión de Treveux. Los habitantes de las Islas Filipinas y de Malaca, refiere Giró del Mundo que comienzan, por el contrario, de abajo hacia arriba y de izquierda a derecha. Y los mejicanos, según Acosta, lo verifican por línea perpendicular ocupando de alto abajo toda la página. Conocieron también el uso de unas cuerdecitas teñidas de diversos colores anudadas y entrelazadas de varios modos según la importancia del suceso que debía referirse; esta costumbre era común en todos los salvajes de la América septentrional. Las grandes poblaciones del Perú, dice Baltasar Bonifacio, usaron como las de la América del Norte las mencionadas cuerdecitas, que conservaban en archivos (establecidos y custodiados por personas instruidas) para consulta de todos los sucesos dignos de ser transmitidos a la posteridad.

--Aguarde usted --interrumpió Juanita--. ¿Va a ser muy larga la procesión?

--Si te molesta la dejaremos.

--Nada de eso; a mí no me incomoda, porque lo que no entiendo, por un oído me entra y por otro me sale; pero si usted me lo permite me sentaré. Con que quedamos en los salvajes de la _Habana serpentrional_.

Benjamín la miró con lástima y prosiguió así:

--Entrando en el segundo sistema, aseguran Pausanias y Bimard de la Bastie, que los griegos conocieron la escritura orbicular como se desprende de la inscripción del disco de Ífito que se reputa posterior en 300 años al sitio de Troya. También se sirvieron de ella, según Maffei, los etruscos o antiguos toscanos. Los más remotos pueblos septentrionales enlazaron la escritura de alto abajo y vice-versa; pero también en líneas oblicuas o en espiral. Y no ofreciendo dificultad el que estos caracteres sean los verdaderos runos, resultan legítimas las inscripciones que cita el mismo Pausanias por tener sus líneas mucha semejanza y aun identidad con las de los pueblos del Norte. Las inscripciones griegas del monumento erigido en Olimpia por los cipsélidas, eran difíciles de leerse a causa de sus multiplicadas curvas.

--Lo mismo me pasaba a mí con las cartas de Pendencia; y eso que venían en papel rayado; pero cada renglón parecía un _via-crucis_: aquello sí que a estar en latín, lo cree usted escritura _articular_.

--Tomemos la horizontal --continuó el sabio.

Y Juanita, creyendo que se trataba de una orden que empezaba a lisonjearla, se tendió cuan larga era en el arroyo, como lo pudiera hacer en el más mullido lecho.

--No me duermo, no señor --adujo al comprender por el movimiento de extrañeza de Benjamín que se había equivocado--. Siga usted, que si me aburro ya le diré a usted que se pare.

Benjamín buscó la luna; pero como ella no se dejase ver, reanudó su discurso con desaliento.

--Pues bien: la escritura por línea horizontal abraza varias especies. La _bustrofedona_ de la primera edad, de derecha a izquierda; la del segundo hasta el cuarto período, de izquierda a derecha; y la _aratoria_ que reúne las precedentes yendo y volviendo por líneas paralelas y frente por frente del punto de partida.

--¡Vaya un trajín! ¿Sabe usted que una plana de esas parecerá un ejercicio de bomberos?

--Los orientales siempre han escrito de derecha a izquierda como los etruscos; menos los armenios y los habitantes del Indostán que lo hacen de izquierda a derecha. En los griegos se ha observado que, bien sea por los métodos de Pelasgo, de Cécrope o de Cadmo, participa aunque a lo oriental de las dos especies; porque cuando escriben muchas líneas vuelven de derecha a izquierda. Esta dirección es la que empleaban los hunos.

--¿Y los otros?

--Hablo de los hunos, hoy _zikulos_ de la parte de la Transilvania.

--¡Ah! sí. Adelante, no los conozco.

--Los etíopes o abisinios, los siameses y los tibetanos escriben de izquierda a derecha, y estos últimos casi horizontalmente. Dos inscripciones notables presenta la escritura _bustrofedona_ de la primera edad, admitida también entre los galos y los francos; la una se halló en las ruinas del templo de _Apolo Amyclæus_ en Amycles, villa de la Laconia, hacia el año 1400 antes de J. C.; la segunda, que refiere Muratori, consta en el mármol de Nointel o Baudelot descubierto en 1672 en una iglesia de Atenas, cuyo mármol fija la época por los años 457 antes de la era cristiana. Las pieles de los cuadrúpedos preparadas de diversas maneras, las de los pescados, los intestinos de las serpientes y de otros animales, las telas de lienzo y de seda, las hojas, la corteza y la madera de los árboles, la borra de las plantas y su corazón, el hueso, el marfil, las piedras comunes y preciosas, los metales, el vidrio, la cera, el ladrillo, la greda y el yeso, han sido las materias sobre las que en todos tiempos y en el día se escriben los caracteres.

--Pues en cuestión de caracteres, aunque el mío no es de los peores, como don Sindulfo no nos devuelva los militares, aún ha de ver usted a las criadas escribir con las uñas sobre pellejo de sabio.

--Los mármoles, los bronces y las planchas o láminas de metal han sido de uso común entre los griegos y romanos: el de las pieles data del tiempo de Job. En planchas de madera y tablitas de bambú escribieron los chinos, dice Du-Halde, antes de la invención del papel. Las pirámides, los obeliscos y las columnas de las observaciones astronómicas de los babilonios, que refiere Flavio Josefo, fueron de mármoles, piedras y ladrillo. Las leyes de Solón estaban escritas en madera; las de los romanos en bronce, de las que tres mil se perdieron en el incendio del Capitolio. Los pueblos septentrionales grababan sus inscripciones rúnicas en las piedras y en las rocas. La escritura en plomo sube al tiempo del Diluvio. La hecha en marfil se ha conservado en las tablas llamadas _dípticas_ o de dos hojas, porque las _polípticas_ son las que exceden de este número. Se escribía también, según Plinio, en las hojas de palmera y de ciertas malvas; así es que en algunas comarcas de las Indias orientales, afirma Alfonso Costadan, escriben en las hojas del Macareguo, hojas que tienen seis pies de largo por uno de ancho. Lo propio hacen, dice Michael Boim, los habitantes del fuerte de Mieu, junto a Bengala y Pegú, sirviéndose del Areca, especie de palmera, y de la corteza del árbol llamado Avo. Los del reino de Siam y Camboya y los insulares de Filipinas (aunque estos últimos siguen el método de los españoles) se valen de las hojas de plátano, de palmera o de la parte lisa de las cañas en las que trazan sus caracteres con un punzón o cuchillo. Los siracusanos lo hacían en hojas de olivo y los atenienses en conchas. En Atenas, cuenta Suidas, que se consignaban los nombres de los valientes que habían sucumbido en defensa de la patria, sobre el velo de Minerva.

--Pues buena la pondrían la mantilla a la pobre señora. ¡Vamos! sería de casco y lo escribirían por el revés.

--Los indios, según Filostrato, hacían su escritura en los _Syndones_, que así llamaban a sus telas o vestidos.

--¡Ay! Pues yo siempre los he visto en cueros; es decir, en las estampas.