El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis · Unidad 21 de 40
CAPÍTULO XVII — parte 2
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--Los judíos tenían una particular habilidad en unir los diferentes trozos del pergamino, haciéndolo en términos de no poderse distinguir señal alguna. Con este motivo, añade Flavio Josefo que Tolomeo Filadelfo se llenó de admiración cuando los setenta ancianos, enviados por el gran sacerdote, desdoblaron en su presencia los rollos de la ley toda escrita con caracteres de oro. No obstante, el grabado en seco, sin auxilio de la tinta ni de otro color, parece haber sido el primer procedimiento: los montañeses de _Kuei-cheu_ en China, así lo ejecutan sobre unas tablitas de madera muy tierna. Los parthos hacían en sus vestidos las letras con aguja, no usando del _papyrus_ que podrían haber hallado en abundancia en Babilonia.
--Ya que me vuelve usted loca con tanto nombre extranjero, explíqueme usted siquiera alguno de esos terminachos que como guijarros de punta me están levantando chichones en la cabeza.
--El _papyrus_ es una especie de caña parecida a la _typha_ propia de los parajes bajos y húmedos. Sus raíces leñosas tienen por lo regular diez pies de longitud: su tallo triangular no excede de dos codos en tanto que no se eleva sobre la superficie de las aguas; pero en su totalidad alcanza hasta cuatro o cinco. Después de varios procedimientos llegaba a ser papel, no excediendo nunca de la marca que se le tenía asignada, que era dos pies de longitud. Los instrumentos empleados para escribir han sido con corta diferencia los mismos que usamos en el día, a saber: la regla, el compás, el plomo, las tijeras, el cortaplumas, la piedra para afilar, la esponja, el estilo o punzón, la pluma o caña, el tintero o escribanía, el atril y las ampolletas o botellitas de vidrio, conteniendo una el líquido para volver más suelta la tinta espesada, y otra el bermellón o rojo para escribir los principios de los capítulos. El estilo, _stylus graphium_, y el buril, _cælum celtes_, sirvieron para la escritura en seco o sin tinta; de consiguiente se empleaban en los mármoles, metales y en las tablas preparadas con cera y yeso, y eran de varios tamaños y formas. La caña, _arundo_; el junco, _juncus_ y el _calamus_ usáronse en la escritura que se hacía con tinta; pero antes de conocerse la aplicación de las plumas. El Egipto, Gnido y el lago Amais en Asia, según Plinio, daban profusión de estos juncos o cálamos que los griegos se hacían llevar de Persia y que, cogidos en el mes de marzo en Aurac, dejaban endurecer por espacio de seis meses entre el fiemo o estiércol, tomando de este modo un hermoso barniz jaspeado de negro y amarillo oscuro.
En aquel instante sonó un ronquido; pero Benjamín embriagado en su peroración, no se detuvo hasta terminar su relato.
--El uso de las plumas de ánsares, cisnes, pavos y grullas --continuó disparado-- no data al parecer sino del siglo quinto. Los siameses se valían del lápiz. Los chinos emplean actualmente, como en la antigüedad, el pincel de pelo de conejo por mejor y más suave. La tinta de los tiempos remotos no tenía de común con la nuestra sino el color y la goma que entraba en su composición: Se llamaba _atramentum scriptorium_ o _librarium_, para distinguirla del _atramentum sutorium_ o _calchantum_. El negro lo hacían con el humo de la resina, de pez, de tártaro, marfil quemado y carbones triturados; cuyos ingredientes en fusión se sometían a la acción solar. Los pueblos orientales empleaban la gibia y el alumbre que los africanos substituían a veces con la adormidera o el jugo del calamar. Refiere Allatius haber visto la tinta de pelo de cabra quemado que, aunque un poco roja, tenía las propiedades de no perder su color, ser lustrosa y adherirse muy bien al pergamino; de modo que era muy difícil borrarla. La tinta china, conocida 1120 años antes de J. C., se extrae de varias materias y especialmente de los pinos o del aceite quemado. Entre los indios la decocción de las ramas de un árbol llamado _aradranto_ les suministra este licor tan...
Aquí llegaba Benjamín en su afluente desbordamiento, cuando un
--«Mátame al sabio», de Juanita que soñaba, le hizo comprender que su erudición era inútil y dio por terminada la conferencia.
En esto un hombre, que con una linterna encendida en la mano doblaba la esquina, desembocó en el _quadrivium_.
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--¡El loco! --gritó Benjamín reconociendo a don Sindulfo, que en efecto venía en busca de los fugitivos; a cuya voz despertáronse los tres durmientes como si hubiesen sentido un sacudimiento galvánico.
--¡Favor! --exclamaron las infelices, abrazándose en defensa mutua.
Pero Benjamín, para quien aquella luz era como el relámpago para el caminante perdido en las tinieblas, antes de que su amigo les apercibiese, corrió a su encuentro vociferando como el sabio de Siracusa cuando al dar con la teoría del peso específico dicen que salió desnudo del baño repitiendo: ¡Eureka!
--¿De qué se trata? ¿Ha vuelto a la vida mi rival? --preguntó el demente persiguiendo su manía.
--No. He hallado el secreto de la inmortalidad. Leamos, alúmbreme usted.
Y consultando los cordelillos, su pecho se dilató al ver que la disposición de los nudos correspondía a la escritura armenia en la que creía poder alardear sus conocimientos.
--Y bien: ¿Qué dice?
Benjamín con no poca dificultad leyó lo que sigue:
--«Si quieres ser inmortal, anda a la tierra de Noé y...» ¡Maldición!
--¿Qué es ello?
--Que no puedo interpretar el sentido de los demás caracteres. No importa --continuó en su delirio--. Volaremos a la región del Patriarca y daremos solución a este enigma indescifrable.
--Si usted en cuestión de lenguas no conoce más que la estofada --se permitió argüir la intemperante Juanita; a cuya voz el loco fijando mientes en el grupo de las tres gracias, crispó los puños, y dirigiéndose a Sun-ché:
--Tú también me estorbas --dijo-- pero pronto no serás más que un cadáver.
E iba a abalanzarse sobre ella, cuando por dicha suya el sabio tropezó en uno de los poyos y cayó al suelo de bruces. Benjamín acudió en su auxilio mientras la trinidad femenina se replegaba con espanto hacia la fuente.
--Esto no se hace entre cristianos --gritó la de Pinto con toda la fuerza que le prestaba la indignación.
--¡Cristianos han dicho! --murmuró por lo bajo a su gente el ceryx, que atraído por la linterna de don Sindulfo, acechaba a los viajeros y que, por la relación de la palabra española con la latina dedujo una verdad funesta para los anacronóbatas.
--¿Qué? --se preguntaron todos al verse rodeados de los _vigiles_.
--Apoderaos de ellos.
El terror fue general.
--Yo soy inocente --aducía Clara.
--Respetad a la emperatriz --ordenaba Sun-ché en chino.
--¡Prenda usted a ese, señor guindilla! --balbuceaba la maritornes señalando al tutor.
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Pero como los gritos fuesen en aumento, les aplicaron unas mordazas y maniatados los condujeron a la presencia del prefecto que en desenfrenada orgía saboreaba en el pretorio el motín tan favorable a la causa de Domiciano.
--¡Piedad! --articularon todos, libertados de sus ligaduras y cayendo a los pies del ebrio senador.
--No le excitéis con vuestros ayes --observó el políglota--. Reparad que no entiende más que el latín.
--Pues bien: _In nomine Domini nostri Jesu-Cristi_ --dijo Juanita muerta de miedo y recordando la salutación con que el cura de su lugar daba los buenos días a sus feligreses.
--¿Quién pronuncia aquí el nombre del impostor de Galilea? --rugió el prefecto pudiendo apenas mantenerse en equilibrio.
--Estos cristianos que acaban de profanar la estatua de Nerón.
--¿Cuál es el jefe?
--Este, el más viejo --contestó Juanita impuesta por la traducción de Benjamín.
--Subidlo al cráter y arrojadlo en las entrañas del Vesubio.
Una explosión de lágrimas y lamentos sucedió a tan bárbara orden; pero antes de que las excursionistas pudieran dirigir una palabra de consuelo a don Sindulfo, este había desaparecido entre un grupo de _vigiles_ encargados de la ejecución del decreto.
--Los demás --prosiguió el togado beodo-- apréstense a servir de bestiarios en los circenses de mañana.
--¡Horror! Nos destinan al circo --tradujo el arqueólogo, cubriéndose el rostro con las manos, mientras Clara perdía el sentido y Sun-ché interrogaba con ojos extraviados sin obtener contestación.
--¿Al circo? Pues no se apuren ustedes --objetó Juana-- que si es en el de _Price_ yo tengo allí un primo aposentador.
--No: se nos condena a ser devorados por las bestias feroces.
Amordazados de nuevo, nadie pudo proferir una queja. Los _vigiles_ sacaron del pretorio a los reos, y el _Præfectus urbis_, tambaleándose, volvió a la sala del festín gritando a sus comensales con feroz alegría:
--El pueblo tendrá bestiarios: la paz de Pompeya queda por ahora asegurada.
Y en efecto; unas horas después, al resplandor del sol naciente, el pobre tutor con los pies ensangrentados por la penosa ascensión del Vesubio rodaba a los profundos abismos del volcán, al mismo tiempo que sus compañeros de viaje penetraban en las mazmorras del anfiteatro para servir de pasto a las fieras y de diversión a la más soez de las plebes.
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