El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis · Unidad 35 de 40
CAPÍTULO XX — parte 12
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Cantón es para los chinos lo que París para los europeos; la ciudad de los placeres, del lujo, de la industria, de la actividad y de la riqueza. Pekín, con ser la capital del Imperio, no tiene para los celestiales otro aliciente que el de la vida pública con su balumba oficial.
Nacer en _Suchau_, que produce los hombres más hermosos; vivir en Cantón, paraíso de los bienes terrenales, y morir en _Lauchan_, donde se fabrican las mejores cajas de muerto, son los tres dones más preciados que la naturaleza puede hacer a un hijo de Confucio.
Las noventa y tantas millas que separan al emporio chino de la colonia de Hong-Kong, y de las cuales más de dos tercios son de navegación fluvial, se recorren en unas siete horas en vapores de río, sistema americano, pertenecientes a compañías, ya indígenas, ya inglesas, con servicio cuotidiano de día y de noche.
Ni Cunard, ni las Mensajerías, ni la Mala del Pacífico, ni la Trasatlántica, ni la Trinacria pueden compararse en lujo y comodidad con algunos de los buques de esta empresa británica. Construidos para cortas travesías, sin riesgo de ninguna especie (pues al menor indicio de tifón dejan de circular), estos _steamers_ tienen en el centro de la cubierta la cámara; vasto y elegante salón ventilado en verano por multitud de ventanas que permiten al viajero admirar las riberas sin moverse de su sitio, y abrigado en invierno por caloríferos y estufas.
Los camarotes son verdaderos gabinetes, con camas en vez de literas, lámparas suspendidas e inmensos tocadores de mármol provistos de irreprochables artículos de limpieza. El pasaje no cuesta más que tres duros, y uno y medio cada comida, que en cantidad satisfaría la intemperancia de Lúculo, y en calidad merecería el aplauso de Brillat-Savarin; se la rocía con Burdeos, Jerez, Porter y Pale-ale, sin contar los licores que precipitan el Moka, y añadiendo un desayuno a elección en los viajes de noche.
Viajar por agua sin columpiarse, es el bello ideal de la locomoción: metido, pues, en un palacio que se desliza, avanza uno con vertiginosa rapidez embelleciendo con la feliz disposición del ánimo los detalles que le salen al encuentro. Para Boca Tigris, fortificación que defiende la entrada del río, es la primera sonrisa del excursionista, que en cada montón de tierra que saca la cabeza del agua, reconoce siempre a un simpático amigo. Renuncio a juzgar si este mamelón está bien o mal artillado, porque en punto a cañones, yo no he tenido trato más que con los de las plumas cuando se estilaban de ave. Lo único que sé, es que los chinos lo miran como un Gibraltar, y los europeos se ríen de él. Sumando, pues, ambos términos, y tomando la proporción media, deduzco que con unas leccioncitas de los oficiales del ramo ingleses y buena pólvora de Albión, el ruido y las nueces andarían equilibrados.
Remontando aquellas riberas amenizadas con las típicas torres de cinco, seis o siete pisos, terminados por tejadillos en forma de araña y alfombradas de diversas plantaciones, llégase a Wampoa, avanzada de Cantón, donde ya nos interceptan el paso los innumerables botes de la población flotante, condenada a vivir y morir en sus esquifes, y cuyo número excede a toda ponderación. Los ingleses llaman a estas embarcaciones _Slipper-boat_ (barco zapatilla) por la forma que afectan con su puntiaguda proa y sus toldos agalerados de bambú: el efecto real es el de un cerdo nadando. Al verlos hacinados a miles bajo los puentes de Cantón y en los puntos más resguardados del río, se le ocurre a uno preguntar si la ciudad está abandonada, pues no parece sino que se ha trasladado a bordo el millón y medio de sus habitantes.
Por fin se atraca: estamos en el emporio chino. Cerremos los ojos ante aquella especie de muladar que constituye el carácter distintivo de los barrios celestiales, y apretemos el paso para hacer entrar a los sentidos en puertos de salvación. Después nos encenagaremos.
Antes de rebasar la línea, nos sorprende un edificio severo y majestuoso con cara de persona decente y acomodada. Es el _Custom house_ o aduana inglesa. Sabido es que cuando la poderosa Albión terminó a cañonazos sus diferencias con el imperio del Medio, intervino las aduanas, como garantía del pago de la indemnización de guerra. Saldada que fue la operación, observó el gobierno chino que los rendimientos durante la gestión administrativa de sus apaleadores, habían sido mucho más pingües que en manos de sus funcionarios nacionales; y rogó a aquellos que continuasen en su tarea por cuenta del Estado en lo que se refiriera a importación o exportación en buques extranjeros. Desde entonces radica en Pekín un inteligentísimo Director general, retribuido con un elevado tanto por ciento sobre el total de la recaudación, a cuyo cargo, elección y coste, están los funcionarios de las diferentes agencias fiscales del imperio. Sujetos a un escalafón riguroso y a reglamentos fijos, exígeseles a estos empleados el conocimiento perfecto del inglés, e ingresan en el cuerpo, después de unos meses de prueba, con un haber mínimo de ciento veinte pesos al mes y casa en común o independiente si son casados. Simultaneando con el ejercicio de sus funciones, aprenden la lengua mandarina y obtienen sus ascensos a medida de su aplicación, hasta llegar a jefes de departamento con diez, doce y creo que hasta catorce mil duros anuales, y habitación, criados, convites oficiales y otros gastos satisfechos. El personal se compone de ingleses, americanos, españoles, franceses, italianos; de todas las nacionalidades en fin. De ese modo el día que el gobierno chino quisiera prescindir de la administración inglesa, habría una reclamación universal de intereses lastimados, y tendría que someterse a la dura ley de la fuerza. Esto es entenderlo y saber hacer duraderas las cosas. Lo mismo nos pasa a nosotros.
No nos entristezcamos y pasemos adelante.
Atravesando el puente de los señores, pues el otro que lo separa de la población china está destinado a la servidumbre, nos encontramos en _Shameen_; islote no más grande que una manta de cama pequeña de matrimonio, cuyo terreno constituye la concesión o morada europea. Habitado por el cuerpo consular, los funcionarios de la aduana y los agentes de las casas de comercio extranjeras, _Shameen_ encierra en junto treinta familias. Cada casa es un pequeño hotel con su galería abierta sobre la fachada, respirando alegría, riqueza y buen gusto. El arroyo es de césped y las calles andenes de jardín. Hay una capilla protestante y hasta gente que se pasea a caballo y al trote. ¡Qué temeridad! Pero no vayan ustedes a figurarse que aquí se detienen las maravillas del pequeño Lilliput: es todo un Estado bajo la base del comunismo. Un cónsul es administrador de correos con la responsabilidad y formalidades de un funcionario público. Todos los habitantes, excepto las señoras (que me parece que son nones y no llegan a tres), están obligados a prestar servicio como bomberos. El de las armas es gratuito y obligatorio: al menor asomo de revuelta por parte de los chinos, como aconteció hace dos o tres años, cada cual empuña el útil de guerra de que dispone, organízanse guardias y retenes, los vapores de la línea aprontan sus calderas; y, como fuera vano empeño resistir, al primer tiro de alarma, todo el mundo a bordo: el ejército de tierra se convierte en fuerzas de mar.
Sobre ser tan pequeña la isla, aún queda espacio para un elegante paseo sobre el malecón; desde el cual, dirigiendo la vista del lado de la tierra, apercíbense hombres que se agitan en diversas direcciones, pelotas que describen giros parabólicos y raquetas que muy a menudo resignan sus poderes en la cara de su dueño. Son praderas públicas, trinquetes a la inglesa, _sport_ verdadero, donde los moradores entretienen sus ocios con el ejercicio gímnico del _cricket_. Teniendo ya _lawn-tennis_, no pierdo la esperanza de asistir a un _handicap_ en el futuro hipódromo de Shameen.
¿Me preguntan ustedes qué ruido de billar es el que sale por las ventanas de ese magnífico edificio? Pues qué quieren ustedes que sea sino el del billar del club inglés; donde además de todos los juegos lícitos y de todas las bebidas y reconfortantes gástricos apetecibles, encontrarán ustedes una magnífica biblioteca, de cuyas obras se puede disponer a domicilio, y habitación dispuesta para que pernocte el socio transeúnte. Esto sin contar los periódicos y el papel gratis para la correspondencia.
Pero no nos detengamos aquí, que mejor que el club inglés es el alemán, en el que, amén de las mismas comodidades y atractivos, existe un teatro, un verdadero teatro común de dos; pues en él los pobladores de Shameen hacen de hombres y mujeres; de actores y público; de empresario y abono.
¿Quieren ustedes más? Pues como no nos metamos en un _houseboat_ (bote-casa), con su dormitorio, cocina y demás menesteres, para entrarnos río adentro y pasar ocho días consagrados a la pesca o a la caza en domicilio flotante propio, de que nadie carece, la isla ya no da más de sí.
Ahora repasemos el puente; hagamos irrupción en la ciudad china y digamos como en los libretos de las comedias de magia: Mutación.
Así como el comedor de la casa de aquel chusco era tan bajo de techo que no podía comerse en él más que lenguados, así las calles de Cantón son tan estrechas que no hay mortal que entre en su recinto si no es con calzador. Extendiendo los brazos, y hablo en serio, se tocan ambas paredes; y en todas las esquinas hay una tienda con una puerta en cada lado del ángulo, a fin de que, al cruzarse dos palanquines, mientras el uno sigue por el arroyo, el otro tome por el almacén y no se interrumpa la circulación. De trecho en trecho un enorme portón se atraviesa en el camino para limitar un barrio; abierto al tránsito de día, ciérrase al ponerse el sol, y nadie pasa sin permiso del portero, lo que permite no solo localizar cualquier motín en un momento dado, sino saber quién trasnocha y por qué motivo.
El que haya visto una población china las conoce todas; su construcción es idéntica. Casas hechas con un ladrillo gris azulado, sin más presión que la de los pies del obrero, y que no enlucen jamás ni en paredes ni en tabiques: vigas al aire; en el interior una zahurda; en la fachada una puerta con una ventana encima. Escalas de mano para el acceso: dos o tres industriales viviendo en comunidad, y toda clase de animales domésticos, desde el guarro hasta la chinche, compartiendo el hogar con los moradores racionales. El chino rico solo se diferencia del pobre en tener casa más grande y poseer más dinero.
Pekín es la única ciudad que reviste otro carácter. Sus calles anchas tienen en el centro a modo de un terraplén formado por la basura, que arrojan los vecinos y que el sol se encarga de secar y corromper. Sobre esta alfombra transita la gente, ya a caballo ya en carretas, en las que no cabe más que un individuo sentado en el fondo de la caja; porque asientos, Dios nos los dé. El polvo es asfixiante y fétido; pero la _municipalidad_ ya lo tiene previsto todo: ha colocado de distancia en distancia unos recipientes de barro que hacen el oficio de columnas mingitorias; y a determinadas horas del día la escuadra de la limpieza, provista de sendos cazos, riega la vía con aquel precioso licor. No hablemos más de Pekín; en primer lugar porque no lo conozco y me alegro; y en segundo, porque mis lectores han de participar de mi alegría.
[Ilustración]
CANTÓN
II
Ya estamos dentro de Cantón; ya estamos en medio de esta red de estrechas callejas, llenas en toda su extensión de tiendas y tiendecillas.
¿En dónde están los que consumen? se pregunta uno al ver aquella profusión de abastecedores. Porque en efecto, no hay una sola casa que no sea una tienda, a excepción del barrio tártaro, erigido en una zona especial, cuyos moradores, de más bizarro continente que los chinos, y soldados por derecho de raza (pues pertenecen a la nacionalidad de la dinastía _manchú_ reinante) tienen viviendas de un solo piso, jalbegadas por el exterior, y si mucho menos aseadas, parecidas a las de algunas aldeas pobres españolas. El fenómeno se explica con recordar que Cantón es a Asia lo que París a Europa. Los cuatrocientos millones de habitantes del Celeste imperio se surten en él, no solo de los artículos de lujo, sino de los de boca de primera necesidad que, salados y secos, transportan a los últimos confines en millares de _lorchas_ o juncos de su temeraria cuanto rutinariamente diestra marina mercante.
Dicho sea en honor de la verdad, hay algunos establecimientos que seducen, no por la suntuosidad de los edificios, que en poco o en nada difieren de los otros, sino por la riqueza de los objetos que en ellos se expenden. Los bordados de seda, las lacas, las porcelanas, los tejidos, las incrustaciones de nácar sobre madera, peculiares del Tonkín, las sillerías de tamarindo (el ébano local), las tallas perfeccionadas de Ning-po con aplicaciones de marfil, las filigranas de plata y oro, y las antigüedades, fascinan por su valor intrínseco y por la novedad que producen a nuestros ojos; pero carecen de aquella variedad infinita, del gusto ejemplar de la industria europea, y sobre todo de su perfección irreprochable. Aquí no hay nada bien concluido, y las más preciadas joyas concluyen por hastiar a fuerza de monotonía. Se fabrica sobre un tipo y solo varía la materia. El arte, como la existencia del chino, está sujeto a patrón. Así es que cuando se han aprendido ya de memoria las dos docenas de moldes en que se vacía su inteligencia industrial, los bazares suntuarios con sus preciosidades gemelas (o por lo menos con su aire incontestable de familia) y sus enormes muestras de planchas de charol con caracteres de oro que, pendientes del arquitrabe y rasando el suelo en sentido vertical, dan a la calle el aspecto de una columnata, quedan eclipsados por la asombrosa multiplicidad y el inagotable surtido de abacerías, bodegones, ropavejeros, confeccionadores de toscos objetos de papel para conmemoración de los difuntos, y tantos y tan repugnantes comercios bajos que, ora detienen la marcha del transeúnte con un buey o un cerdo abierto en canal junto a la carcomida tabla anunciadora: ya le salpican el rostro con la sangre del pescado que cortan a rebanadas; o provocan sus náuseas, en fin, con la exhibición de verduras en salmuera, salazones de especies desconocidas, gusanos de seda sacados de las perolas de las fábricas de filatura para ser comidos con arroz, hierro enmohecido, festines de animales al aire libre, dentistas ambulantes revestidos de rosarios de muelas, barberos que sacuden sus navajas sobre los circunstantes, hombres desnudos que, con sus amarillentas manos provistas de largas y negras uñas, sacan de las vasijas los manjares que aquel pueblo famélico devora con avidez; ciegos en filas de seis y ocho tocando campanillas para no ser atropellados por la muchedumbre, mendigos con úlceras y escrófulas que solo se creen viéndolas, truhanes, agoreros, jugadores de dados y fumadores de opio. Este es el Cantón típico: miseria, basura, abyección.
Apenas anochece cesa el ruido; las puertas se cierran herméticamente. En las primeras horas arden unas candelillas, que cada familia enciende a sus dioses penates en hornacinas abiertas sobre el umbral. Cuando se apagan, todo queda en tinieblas. Entonces aparecen las rondas nocturnas, armadas de lanzones retorcidos, partesanas, escudos de mimbre, y precedidos de un _gong_ o campana china, en el que dan sendos porrazos; con lo que consiguen dos objetos: despertar al que duerme y prevenir a los ladrones para que burlen su vigilancia.
Una buena costumbre, que debe ser imitada en ciertos países donde la policía deja mucho que desear, es la de hacer responsables a los inquilinos con tienda abierta de los desórdenes que pueden ocurrir en la calle delante de su casa. De ese modo el temor de una multa, hace que en cuanto en el arroyo se origina una disputa, salga el tendero provisto de un garrote o de cualquier otro argumento de persuasión, y se lleve a los contendientes a la zona de su vecino, quien a su vez repite la operación, y así sucesivamente hasta dar con la fuerza pública, que termina en la cárcel la partida de tente-tieso.
Las pagodas, aunque en la parte consagrada al culto difieren poco entre sí, tienen notables diferencias de aspecto como edificios. Cuéntanse a centenares, por lo que no nos detendremos mas que en las que ofrezcan alguna particularidad. La de los Quinientos ídolos es sencillamente un museo de escultura encargado de perpetuar, en toscas figurillas de madera dorada de medio tamaño natural, la memoria de los que se han distinguido por cualquier concepto. Un padre que tuvo muchos hijos, un hombre que alcanzó una gordura fenomenal (signo de favor celeste), un individuo virtuoso, un general valiente, están seguros de inmortalizarse en aquel _totum revolutum_ de santos, héroes y monstruos de feria. No hablemos del mérito artístico de las estatuas. Hay allí (y por cierto que es circunstancia singular) una reproducción del gran viajero del siglo XIII, del veneciano Marco Polo, con una chaquetilla de trajinero de la Mancha y un hongo pavero, que pedir más fuera gollería.
La de la Campana es solo notable por el gigantesco tamaño de la que pende de una oscura y medio derruida linterna. Todos estos templos poseen la suya además del _gong_ y del bombo con parche de piel de vaca sin curtir; pues, según la tradición, los primitivos bonzos eran criminales condenados al aislamiento; y debían anunciar, con una campanada repetida cada quince minutos, que no habían apelado a la fuga.
La Torre de porcelana, mal comprendida entre las pagodas, es uno de esos polígonos de varios cuerpos que figuran en todas las telas de abanicos y cuyas tejas barnizadas relucen al sol con varios cambiantes. Sus relieves de buen gusto y su elegante forma la conquistan un primer lugar entre los monumentos de su especie.
La Pagoda de los Cerdos, así llamada por una pocilga en la que pasan feliz existencia cinco o seis ejemplares sagrados de ellos, que se renuevan anualmente, encierra un culto simbólico; pues parece ser que, según la metempsicosis, el hombre que transmigra a aquel animal inmundo es de los menos pecaminosos; y tiene la seguridad de recobrar pronto su condición primitiva, visto que la vida del marrano no excede por lo común de doce meses. Constituye, en una palabra, una dosis de purgatorio a su manera, tanto más pronto redimido cuanto menos tardan en desarrollarse las mantecas del pecador.
La de los Cinco pisos, desmantelada, no sirve ya mas que de mirador, en gracia de su altura, y fue cuartel general del ejército de ocupación.
El ritual del culto de Buda, cuya religión tiene tantos puntos de contacto con el cristianismo, se parece bastante al ceremonial católico. El oficiante junta las manos sobre el pecho, como nuestros sacerdotes, con ligeras alteraciones en la colocación de los dedos; y hasta en sus cantos hay inflexiones que diríanse copiadas de nuestra liturgia.