El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis · Unidad 36 de 40
CAPÍTULO XX — parte 13
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Jamás olvidaré la impresión que me produjo un servicio fúnebre a que asistí en Macao con motivo del entierro más suntuoso que registran los fastos chinos. Invirtiéronse en él cerca de cuarenta mil duros; pues en los cien días que se conservó el cadáver en la casa y que, según el budismo, es el tiempo que el alma anda errante hasta ocupar su puesto en la región de los espíritus, cuantos parientes, deudos y amigos acudieron a rendir el último tributo al finado, fueron mantenidos, incluso de opio, a expensas del hijo primogénito. Sin detenerme a describir las maravillas de ornamentación de la casa mortuoria, atestada de muebles excepcionales, de plantas en cuya cultura habían intervenido tres o cuatro generaciones para ir conduciendo los tallos hasta formar con las robustas ramas caracteres, figuras y símbolos; de objetos de papel para quemar ante la tumba que se confundían con el marfil, el bronce y el cristal; omitiendo la narración de los tres meses de ceremonias religiosas, en las que tomaron parte sesenta bonzos y dos obispos o jefes de comunidad, referiré a la ligera la que tuvo efecto la víspera de la inhumación. Una pagoda, aislada de la capilla ardiente, ocupaba dos habitaciones contiguas. En la interior y bajo unos arcos de ramaje de una transparencia cristalina, profusamente iluminados, doce bonzos y un superior vestidos de seda y oro y apoyados en una fauna simbólica, se mantenían en éxtasis. ¡Qué inmovilidad en aquellas difíciles posiciones! ¡Qué inercia y qué absorción en aquella actitud contemplativa! Era preciso detenerse media hora ante aquellas estatuas animadas, para sorprender una ligera oscilación que acusase un soplo de vida en su marmórea rigidez. Así se mantuvieron desde las seis de la tarde hasta la una de la madrugada. En la pieza vecina, atestada de relicarios gigantescos de filigrana, revestida de paños bordados, en que el oro entraba por arrobas, e iluminada profusamente, veíanse unas mesas dispuestas en trapecio, como en los festines de las óperas. Ocupaban las de los lados los bonzos de orden menor, cubiertos de unas hopalandas oscuras y ceñidos de unas fajas y bandas de diversos colores, según la comunidad a que pertenecían. En las tres del fondo estaban los oficiantes. Sobre estos y en un trono de nubes pendiente del techo, yacía recostado un obispo en el mismo arrobamiento que sus otros compañeros de reposo; si bien acompañado de dos harapientos culis, que con sendos abanicos, le refrescaban la atmósfera deletérea de aquella elevación en que se acumulaban las emanaciones del aceite de las luminarias y la respiración, a menudo ruidosa, de sus colegas y del auditorio celeste. Otros mancebos, con más o menos mugre, distribuían té a los religiosos. Preces, invocaciones, purificación de la morada por el fuego y mucho golpe de gong acompañado de dulzaina, formaron la parte esencial de la ceremonia. Por fin, el oficiante principal se puso en pie detrás de su mesa; y en medio de un silencio sepulcral, levantó los ojos al cielo, blandió dos campanillas y se puso a comunicar con el muerto.
Después del _Dies iræ_ del catolicismo, no conozco nada más sublime que ese coloquio de la religión con el pecador. Ni una voz, ni un canto, ni una palabra; pero ¡cuánto arte en las vibraciones del timbre que, ora simulan el terror del alma puesta al borde del abismo de las penas eternas; ora traducen la satisfacción y la gratitud del espíritu arrancado de repente a la condenación, por las plegarias de los vivos; o bien, por último, evaporándose en una imperceptible noción del sonido, acusan el alejamiento del hálito vital por las regiones etéreas, para volar a fundirse en Dios, principio y germen de todo lo creado, de quien era partícula y a cuyo todo se restituye! Es un pasmo de ejecución y un torrente de sentimiento. Por desgracia, pronto descubren la oreja; pues el difunto, para quien aquel día suele ser siempre nefasto, responde que su alma está sufriendo crueles torturas, que no cesarán hasta que doten con una fuente en que naden peces de colores a tal convento, o hagan a cual otro los donativos que sus riquezas le permitan; de modo que el estómago se apodera de la sublimidad de la concepción, y toda la grandeza del espíritu se desvanece entre la gente bonza, ante una solución gástrica de refectorio.
Cerremos esta crónica religiosa con cuatro palabras sobre la Catedral erigida en el centro del barrio tártaro. De orden gótico, está tallada en duro granito y recuerda la de Amiens. Carece aún de pavimento, de ornamentación, de altares y de objetos de culto, y van invertidos en ella ocho millones de francos, producto de donaciones y limosnas. Su diócesis alcanzará a veinte personas; sin embargo, al verla ostentar su inmensa nave en medio de millón y medio de gentiles, diríase que ha sido construida en la previsión de que pueda servir para millón y medio de católicos. Todo es de esperar de nuestras intrépidas misiones.
CANTÓN
III
En la parte opuesta del río, llamado _Honam_, hay unos jardines, que visitaremos, por no quedarnos sin verlo todo; pero no porque merezca la pena de perniquebrarse al pasar aquellos carcomidos puentes, ni de atrapar unas fiebres palúdicas por intentar en vano reflejar nuestra imagen en el impuro seno de unas charcas cenagosas. La flora es rica, pero descuidada; y como esta excursión no es científica, suprimo por inoportuno lo que habla a la inteligencia y callo por inexistente lo que halaga los sentidos. No saldremos, sin embargo, de allí sin entonar un himno de asombro a la camelia de Cantón, rarísima variedad, que solo florece de dos en dos años y cuya forma es una verdadera maravilla. Redúcese a una estrella de varias puntas, cada uno de cuyos radios está compuesto de pétalos sobremontados, que disminuyen hacia las extremidades con una simetría y proporción geométricas. Estos pétalos, que son de color de rosa pálida, doblan sus bordes hacia fuera, presentando una fimbria de matiz más fuerte, que dan a la flor, como dejo dicho, el aspecto de una estrella de escamas, con círculos concéntricos festoneados de rojo.
No salgamos del _slipper boat_, toda vez que nos hallamos en el río; y desafiando su impetuosa corriente, dirijámonos de nuevo a las márgenes de la ciudad china, en busca de los tan afamados botes de flores, donde los celestiales comparten los placeres nocturnos con los teatros y los _culaus_; bodegones sobre los que vale más callarse, y espectáculos de que es preferible no volver a decir una palabra.
Constituyen aquellas mansiones de la alegría unas enormes barcazas flotantes, que en nada difieren entre sí, a pesar de su número. Vista una, vistas todas. Alegremente pintadas al exterior, ocupa el puente un salón alumbrado por linternas y amueblado con sitiales y mesillas. Unos canastillos de flores penden del techo: y allí se come, se bebe y se fuma, mientras unas cuantas mujeres de jalbegado rostro, con los pómulos y los párpados cubiertos de almazarrón (aristocrático afeite del bello sexo), bien vestidas y mejor peinadas (pero nunca limpias), cantan, al parecer acompañadas de instrumentos músicos, muy semejantes para nosotros a los de tortura, preparan las pipas de los consumidores y les dan conversación. Todo ello sin algazara expansiva, pacíficamente y sin ulteriores consecuencias. Los hombres pagan y no riñen; y a las cantantes les dura el peinado intacto una semana, que es lo que tarda en volver la peinadora. No hay propinas.
Se me olvidaba consignar que los europeos deben ir provistos de algún frasco de esencia con que preservar el olfato de ciertas emanaciones, porque además de los perfumes urbanos, existen los fluviales, despedidos por unas _góndolas_ que constantemente están cruzando el río cargadas con materias para el abono de sus fértiles tierras de labor, y a las que los habitantes de Shameen han bautizado con el nombre de _tigres_, no sé si por el aliento que exhalan o por el terror que inspiran: lo cierto es que se las presiente y se las huye.
Saltemos a tierra. ¿Pero qué es esto? ¿Tocan somatén? ¿Hay algún incendio? Toda la gente mira hacia arriba, y provistos de gongs, cacerolas, latas de petróleo o simples pedazos de bambú, grandes y chicos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres golpean y gritan a quien mete más ruido. ¡Ah! No hay que asustarse. Es que hay eclipse, y como según la astronomía china, este fenómeno tiene lugar porque la luna riñe con el sol, y en la contienda lleva la casta Selene la mejor parte, pues empieza ya a comerse al astro del día, los moradores de la tierra la obligan por aquel medio a soltar el bocado, a fin de no quedarse sin luz y sin calor; lo que consiguen siempre, porque aquí no tiene el mismo significado que en Europa lo de ladrar a la luna.
Verifícanse en Pekín y en Cantón alternativamente los exámenes anuales para los diversos grados de mandarín. Los ejercicios se hacen por el sistema celular; es decir, que cada examinando queda recluso y tabicado durante unos días, con el objeto de escribir su tesis sin el auxilio de bibliotecas ni consultores; y a este fin se destina un edificio conocido con el nombre de las once mil celdas, que mas propiamente deberían llamarse chiqueros. No es, pues, una universidad, porque la enseñanza es libre y a domicilio; y tampoco es una pocilga, porque son miles de ellas. Con saber las máximas de Confucio, los comentarios de Mencio, la cronología de los emperadores y contar hasta diez mil, sale de allí un hombre con aptitud para general, almirante, presidente del Supremo, obispo, ministro de la música (existe un ministerio _ad hoc_) o cualquier otro cargo en armonía con sus aficiones o al alcance de sus recursos, pues importa saber que en China la administración del Estado se concede a la puja. Luego nos extenderemos sobre este particular. Recordemos antes a los lectores que lo hayan puesto en olvido, que existe una lotería llamada _Vaiseng_ (desterrada del imperio y acogida al pabellón portugués en Macao), reducida a jugar sobre el nombre de los examinandos que se presume que han de ganar el curso. Cuál sea el número de los jugadores dedúzcase de lo que el monopolizador paga al gobierno del establecimiento lusitano, que en la última subasta trienal satisfizo la enorme suma de seiscientos cuarenta mil duros. Así es que cuando la opinión se inclina por tal o cual estudiante de reconocida aplicación e incontestable inteligencia, el concesionario, ante la probabilidad de tener que satisfacer grandes premios, procura sobornar a los examinadores para que desahucien al candidato, o corromper a este con dádivas para que abdique del éxito.
Volvamos a lo de la puja. Cantón, capital de los dos Kuanes (Kuan-tung y Kuan-si) es la sede de un a modo de gobierno de provincia; con la sola diferencia de que el gobernador tiene el título de virrey y ejerce jurisdicción sobre cuarenta millones de habitantes en una extensión de 435,000 kilómetros cuadrados. Pues bien; cuando el gabinete de la metrópoli, o más propiamente hablando, el emperador --y en su defecto el regente, si como acontece ahora, el soberano está aún en la menor edad-- trata de proveer el cargo, elige un mandarín de la más elevada categoría; pero siendo muchos los aspirantes, opta por aquel que ofrece mayor suma de rendimientos al Estado. Por supuesto que el monarca repite, como Luis XIV, _el Estado soy yo_. Una vez el agraciado en el ejercicio de sus funciones, saca sus cuentas y dice: «Seis que me cuesta el destino y seis que yo quiero ganar son doce, que corresponden a los contribuyentes. Dividiendo estos doce por tres, que son los años que ha de durar mi ejercicio, tocan a cuatro anual.» Y en efecto; llama a los mandarines sufragáneos, y suma por aquí, multiplica por allá, él se las arregla de modo que le salgan los cuatro. Pero ¿qué acontece? Que, como las autoridades inferiores han escalado sus destinos por igual procedimiento, apelan a los mismos recursos económicos; y pídales lo que les pida el virrey, se lo dan, pues toda la operación se reduce a aumentar la derrama entre sus administrados. No hay más ley que el capricho, y es inútil quejarse, porque al que protesta se le confiscan los bienes, y al que se resiste lo decapitan.
Para muestra basta un botón. El general de las fuerzas militares de Cantón, a quien tuve el gusto de conocer, y que entre varias cosas notables me preguntó si España estaba junto al Perú, responde de un contingente de doscientos mil soldados, pues el efectivo apenas llega a la mitad; los restantes figuran solo nominalmente en los cuadros del ejército, y el pre se cobra pero no se paga. El día que hay una revista general, lo que ocurre de higos a brevas, se echa mano de los culis de los oficiales, de los cargadores, mozos de esquina, vagos y mendigos, y hasta la otra. Este espectáculo, que tiene mucho de curioso (y no en la acepción de limpio), se divide en dos partes.
Es la primera una parodia de táctica al estilo europeo, en que las voces de mando son sustituidas por golpes de gong y las descargas dirigidas por los banderines de las secciones. Los movimientos resultan a discreción, sin duda para corresponder al calzado de la tropa, que es también discrecional. Unos llevan borceguíes viejos de señora con bigotera de charol, otros botas de hombre con la caña por fuera, algunos los usan de gendarme francés montado, y la generalidad _caret utroque_. En fusiles los hay desde el arcabuz hasta el de aguja, largos y cortos, y que apuntan y no tiran.
La parte nacional comprende el tiro al blanco con arcos de un peso y de una tensión excepcionales; la esgrima de lanza, en la que agotan todos los recursos de la gesticulación para hacerse miedo; y las maniobras hípicas con jinetes, que montan y desmontan a la carrera, se tienden sobre el caballo, que es poco mayor que una rata gorda, y ejecutan, en fin, todas las habilidades propias de los _clowns_.
Ahí van algunos datos curiosos.
Según la estadística de Behm y Wagner de 1874 a 76, las veinticinco provincias en que se divide el Imperio del medio, contando la China propiamente dicha y los países tributarios, miden una superficie de 10.466.655 kilómetros cuadrados, y tienen una densidad de 434.446.514 habitantes. Pero vaya usted a saber la verdad en un país donde no hay censo y en el que es preciso sacar las cuentas como las presupuestaba de las obras municipales aquel arquitecto de Soria, que, preguntándole lo que podría costar un matadero, respondía: «De quinientos a sesenta mil duros.»
Los ingresos de la nación, según los ingleses, que son los más versados en la contabilidad china, ascienden por el presupuesto de 1875 a 79.500.000 taels (cada tael valiendo peso y medio), y se descomponen así:
Por territorial 18.000.000 Impuesto sobre mercancías 20.000.000 Renta de aduanas 15.000.000 Sal 5.000.000 VENTA DE CATEGORÍAS 7.000.000 Ingresos eventuales 1.000.000 Ganados, agricultura y demás productos naturales y en especie 13.100.000 ------------ TOTAL 79.100.000
En 1874 emitió el gobierno chino el primer empréstito exterior por 15.691.875 francos, dando en garantía la renta de aduanas.
Careciendo de administración civil, no es para extrañarse que tampoco la tenga militar. Verdad es que el mismo vacío se nota en ingenieros y estado mayor; y aun me atrevería a decir en el ejército en absoluto, si no vinieran a desmentirlo los siguientes datos de Klaprotz, de que él no sale garante, ni yo tampoco, pues están adquiridos en los cuadros mitológicos del ya conocido contingente ideal.
Infantería regular 300.180 hombres. Caballería regular 227.000 » Artillería 17.000 » Reserva 30.000 » Oficiales del ejército regular 6.000 » Infantería irregular 400.000 » Caballería irregular 273.000 » Oficiales del ejército irregular 5.200 » Marina 32.440 » ---------- TOTAL 1.290.820 hombres.
Si yo fuera ministro de la Guerra en China, pondría una nota al pie de mi presupuesto departamental, como la de los antiguos billetes de diligencia en las observaciones sobre los equipajes, diciendo: «No se responde de robos por fuerza mayor.» Como no lo soy, y me alegro, me limito a consignar que el efectivo del ejército celeste depende del resultado de las cosechas generales.
[Ilustración]
CANTÓN
IV
[Ilustración]
Según hemos consignado al principio, la dinastía reinante no es china, propiamente hablando, sino tártara manchú; es decir, invasora, dominante por derecho de conquista, y mirada, por consiguiente, con prevención por los oprimidos. De aquí nace el que, favorecidos por la gran desorganización del Estado, tengan estos formadas sociedades secretas, que funcionan en el misterio, y cuyo fin, como fácilmente se colige, no es correr tras la libertad en busca del derecho político moderno, sino sencillamente cambiar de yugo. Dos siglos hace que trabajan con este objeto, sin lograrlo.
Hay además otro partido: el extranjerista, compuesto indistintamente de tártaros y chinos, que reconociendo las ventajas de la civilización, pide telégrafos, ferrocarriles, reformas en las costumbres y progreso, en una palabra; pero sus sectarios se hallan en minoría, pues ni el espectáculo del gas incita a la masa tradicional del pueblo a desprenderse de sus linternas, ni el espíritu revolucionario del movimiento en sentido de avance, se aviene con la rutinaria y perezosa marcha de estos seres mecánicos. Ello vendrá, no obstante, y acaso muy pronto, pues ya empiezan a observar que la actividad es un elemento de riqueza, y el chino es avaro.
Tomando pretexto de cualquiera de estas razones políticas, sucede a lo mejor que un mandarín cuyas aspiraciones no han sido satisfechas, se levanta en armas, recluta ciento cincuenta mil hombres, y recorre con ellos las provincias, amenazando absorber el imperio. Pero como en Pekín le ven las cartas, le envían un emisario para que ajuste la paz con él; le dan algo de lo mucho que pide y una mañana el rebelde no amanece en el campo, con lo cual se disuelve el ejército; porque, lo mismo en sublevaciones que en batallas, en faltando el jefe se acabó el cotarro. Algunas veces, pocas, pillan al descontento y le cortan la cabeza, como acaeció hace cuatros años con el general Li, que se había enseñoreado del Tonkín, y cuyo recuerdo me trae a la memoria una frase del virrey de Cantón, que no debo pasar en silencio. Esto me da pie para relatar nuestra visita al _yamen_ o palacio del feudal lugarteniente del emperador.
Agregado en calidad de curioso a la misión diplomática que cerca de Li-u (nombre del virrey, que no hay que confundir con el del general rebelde) fue a desempeñar por entonces nuestro malogrado ministro en China D. Carlos A. de España, vestíme, como los demás señores del cortejo, de chaqué y sombrero gacho; y suprimidos con el frac los guantes como innecesario e incomprensible atributo de cortesía en las altas y bajas regiones celestes, encaminámonos todos en sendas sillas mandarinas forradas de algo que fue paño verde, y con alamares, que a haber conservado su envoltura de seda, hubieran sido negros, al yamen del gobernador, precedidos del porta-tarjetas para anunciarnos.
Forman el palacio en cuestión multitud de anchurosos patios con pabellones sueltos, que en nada difieren, como arquitectura y muebles, de las casas de los chinos ricos. En la puerta exterior unos harapientos culis disparan seis morteretes; y unos hombres vestidos de colorines, con la cabeza calzada de una especie de enorme cencerro colorado, del que salía como cimera una tiesa, larga y única pluma de faisán, se pusieron en fila junto a unos figurones gigantescos y ridículos de cartón, dioses porteros de la morada.