El Angel, el molino, el caracol del faro, estampas rurales y de cuentos, estampas de un Leon y una Leona, estampas del Faro · Unidad 3 de 41
Unidad 3 · UN CAMINO Y EL NIÑO DEL MAÍZ 21
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
UN CAMINO Y EL NIÑO DEL MAÍZ 21
Este camino es de tanta belleza, que hasta los dueños de los jardines vienen, algún día, por los arriates de las tapias para verlo. Todo lo miran, lo aprueban, sonríen delicadamente como si realizaran o consintieran una buena obra. Es una delicia ser buenos. Casi no comprenden que los demás no tengan un jardín como el suyo, con un camino como éste, desollado, ardiente y hondo entre muros frescos y tapias nítidas, deslumbrantes.
Los niños del huerto han entrado al niño del maíz. Ya se quieren mucho; el hombro del rapaz huele a soga, y su camisa a sudor, a forraje y mazorcas de granos tiernos y blancos como los dientes del chico.
Sube un caminante por el camino. Se oye mucho tiempo sus esparteñas; se le oye pararse mirando el ca-
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mino, la distancia apretada; sol; el fondo azul; en medio una nube blanca gloriosa.
Quietud de los jardines en mediodía. ¡Cómo se desea preguntarle al caminante si va muy lejos, y después verle y oírle, anda que andarás, anda que andarás!
Se han callado los niños mirándose con desconfianza.
Baja un hombre rápidamente por el camino, dejando ruido de documentos enrollados. Vuelve al pueblo y pensó: «Por aquí atravieso y ahorraré camino.» De la distancia dormida como el agua de un canal romántico, se sirve ese hombre de negocios como de un atajo; hasta parece que lo abra con su prisa.
Se pelean los niños; ya no hay remedio.
El rapaz del maíz corre a la puer-
UN CAMINO Y EL NIÑO DEL MAÍZ
tecita del huerto. Los otros le salen entre una vid del muro y le llaman:
— Ahora jugaremos nosotros con un elefante que se le da cuerda, y él coge con la trompa al indio y se lo sube encima...
— Y con un vapor que atraviesa él solo toda la balsa. ¡Toda la balsa! El niño del maíz se revuelve:
— ¡Y yo voy a mi casa y me comeré una panocha torrada en el horno!
Los del huerto brincan y se aúpan más, y cerrándose las orejas con los puños se ríen, gritando:
— Pero ¡cómo nosotros no lo hemos oído y tú sí!
Y bajan de la tapia llorando y pidiendo panoja asada, panoja asada...
LA ALDEA
a aldea se ha criado entre los
Prieta, dorada, caliente; con sus hortales jugosos de bardas crudas y ropas tendidas; un alboroto de sendas y acequias que se van cegando en el frescor de la senara; una lumbre de balsa y de vidrios. Sube la espadaña de cal de una ermita morena que en cada cantón tiene un ciprés. De lejos, todo cincelado en claridad. Parece una aldea blanca, no siéndoloBien pueden quedarse en los bancales y en el ejido las cosechas maduras. Nadie hurtará un fruto, sino
oteros de viñares.
los gorriones que sólo toman lo preciso.
Si un aldeano se lisia, lo bizman, acuden al Cristo de la ermita; y la imagen y la hierba de la salud le remedian.
Hay un hombre justo que elogia y practica la verdad, y arranca las discordias, los cuidados y muchas tentaciones lo mismo que si quitara el rancajo de la carne.
Siempre se eleva un humo tranquilo y oloroso como de sacrificio de Abel, agradable a Dios. Todos los hornos cuecen; las madres amasan, lavan y tienden; los hombres guían las yuntas por el secano, cavan la gleba encarnada con un azadón de sol; las doncellas hilan, llenan las cántaras en un remanso azul, y bailan en las eras la misma tonada que junta al ganado que se entró por los herrenes.