El Angel, el molino, el caracol del faro, estampas rurales y de cuentos, estampas de un Leon y una Leona, estampas del Faro · Unidad 4 de 41
Unidad 4 · LA ALDEA
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
LA ALDEA
Llega el invierno. De los oteros vienen galopando los vendavales; laten los mastines; se estremece el esquilón de la ermita; toda la aldea cruje como una espalda vieja que se dobla; por las cuestas nunca acaba de pasar un tumulto de reses con tábano. Los niños se asustan y lloran. Y las abuelas, persignándose, les dicen:
— ¡Son las bestias negras de los demonios; los demonios hambrientos de pecadores, y como aquí no hay, embisten contra los portales y vallados! ¿No los veis?
Y abren un postigo; y los nietos ven los demonios, y se duermen bajo el cabezal.
No hay pecadores. La aldea es pura.
... Al amanecer salió el hombre justo, y encontró un caminante tendido, con los ojos abiertos y helados. Le
buscó las heridas de su muerte. No tenía heridas. Se le podían contar todos los huesos como al cadáver del Señor. Le colgaba la piel morada del vientre y de los ijares huecos.
Vinieron las gentes aldeanas a mirarlo. Tornábanse blancas de espanto; les temblaba el corazón. El caminante se parecía al Cristo de la ermita: un Cristo más viejo, y sin clavos, sin espinas de sangre en las sienes, sin lanzada, sin haber sido crucificado por unos pocos hombres para redimir a todos los demás. Y le tienen miedo como Dios viéndole hombre. Creen que le pisan la cruz con sus alpargatas como si la cruz se hubiese hecho senda, bancal, surco, viña...
De noche, vuelven de los oteros los vendavales.
En cada portal se enrosca una ráfaga como una lengua que pide com-
LA ALDEA
pasión. Gimen los árboles. Por las chimeneas bajan voces penadas; entra luna, y su claridad recuerda los ojos helados del hombre muerto.
Las criaturas lloran despavoridas. Los grandes les dicen:
— ¡Es el caminante, es el caminante!
Y el viento trae un clamor de desgracias y agonías tan humanas, que hasta el hombre justo se levanta para cerrar y atrancar más fuertemente su puerta...
EL ÁGUILA Y EL PASTOR
Un águila seguía siempre al rebaño. Su grito resonaba en todo el ámbito azul del día; las ovejas se paraban mirándola; a veces volaba tan terrera que se sentía el ruido de sus plumas y de su pico, y toda su sombra pasaba por los vellones de las reses.
Tendíase el pastor encima de la grama; y se apretaba el ganado contra el peñascal del resistero. Todo el hondo era de sol: labranza roja, árboles tiernos, huertas cerradas, caseríos como escombros, caminos hundidos en el horizonte de humo..,
El pastor pensó: — Veo más mundo del que podré caminar en mi vida, y él no me ve; si ahora viniese el hijo del amo y yo lo despeñara, nadie lo sabría, estando delante de tanta tierra.
Se revolvía muy contento, hundiendo la nuca en el herbazal; pero le roía la frente una inquietud como de párpado que quiere abrirse, y alzaba los ojos. Agarrada a las esquinas de un tajo, doblándose toda, le miraba el águila. El pastor botaba y maldecía y apuñazaba el aire como un poseído. Crujía su honda y zumbaba su cayado. Y el águila se iba elevando.
Cuando se acostaba en la besana la sombra del monte, el pastor recogía su rebujal; el mastín sendereaba a los recentales y acudía por las ovejas zagueras. Arriba, despacio y recta