El arbolado y la patria · Capítulo real 8 de 16
CAPÍTULO VIII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
CAPÍTULO VIII
Condiciones económicas del cultivo de la encina
El país clásico de este cultivo, es Extremadura. En la provincia de Badajoz produce el encinar, en tierra apta para cereales, una renta de 40 á 50 reales anuales por fanega (1), tomando el término medio en un quinquenio. Esta renta es próximamente igual á la que daría ese mismo terreno, libre de árboles y sembrado de trigo. Pero, ordinariamente, el cultivo de las encinas se circunscribe á las tierras montuosas ó pobres, y en ellas es mucho más beneficioso que el de cereales.
La formación de un encinar por siembra es muy rara, porque el crecimiento del árbol es muy lento, y tarda ochenta ó noventa años en dar una renta apreciable. Lo común es formarlo por descuaje y limpia de los matorrales que se forman en dehesas que fueron antes monte alto, ó por diseminación natural: en este caso, se abrevia el período de crecimiento en veinte ó treinta años. Entiéndase que [estos períodos son el término ¡medio más general; pues, de hecho, dependen de la naturaleza y grado de fertilidad del suelo, y de las labores que se den al encinar.
(l) Esto es, de 62 á 71 reales por hectárea, equivaliendo la fanega á 64 áreas y media próximamente.
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Cuando se transforma por este procedimiento una tierra de pan llevar en monte de encinas, la producción cereal desmerece muy poco en los primeros años. La disminución es apenas sensible en el primer quinquenio: hasta los quince años, puede calcularse la pérdida en una tercera parte. Debe tenerse en cuenta, sin embarg-o, que las labores hechas para los cereales aprovechan el encinar, y que la pérdida sufrida en aquéllos se traduce en mayor crecimiento de éste. Así como se van apoderando las encinas del suelo y del aire con sus raíces y con sus ramas, el producto en grano se aminora sensiblemente, hasta quedar reducido á un 50 por 100, á un 40, y hasta á un 10 de lo que produce una superficie ig-ual de tierra blanca, destinada exclusivamente á cereales. En este último caso, suele abandonarse el suelo á los pastos naturales.
Por regla general, pues, la asociación del cultivo cereal con el arbóreo se da únicamente durante el período de formación del monte. Pero hay casos en que, por estar claros los árboles, ó ser la tierra muy substanciosa, se benefician á un tiempo el suelo y el vuelo, y aun algunas veces se establece entre estas dos explotaciones separación de derechos. El dueño del encinar suele reservarse el beneficio del arbolado, y arrendar la explotación del suelo á colonos, que lo siembran de cereales ó lo dejan para pasto. En tal caso, son de cuenta del colono las labores y la simiente: el dueño percibe una parte alícuota, que oscila entre el noveno y el tercio, del grano cosechado, según la calidad del terreno. Otra forma de remuneración es: dos fanegas de grano por cada once cosechadas, y además, 9 á 14 reales por fanega de tierra en concepto de medias hierbas, ó sea, por los pastos de la barbechera desde Octubre hasta Abril. La mira principal que el dueño lleva en este contrato es beneficiar el encinar y estar libre de los cuidados de la labranza, proveer de las necesarias labores al arbolado y tenerlo bien vigilado, sin entenderse con yuntas, guardas y gañanes. Así es que suele contentarse con una parte muy módica de la cosecha obte-
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nida por el colono, como precio del arrendamiento, entendiéndose que lo principal de éste son las labores de que disfrutan las encinas tanto como los panes. Cuando el contrato se celebra á pagar en metálico, la renta, por término medio, es de 20 reales por fanega de sembradura, si se trata de pasto y labor, y 16 reales cuando no se aprovecha del suelo más que los pastos. Al arbolado se le calcula un producto de 20 reales en bellota y 3 ó 4 en leña. Total, 40 á 44 reales. Estoen la sierra: en las tierras llanas y de fondo, aumenta en 10 reales la producción del vuelo y en otros tantos la del suelo.
Hasta aquí los datos que me han sido facilitados por propietarios de la provincia de Badajoz (1). Hay reg-iones enteras donde no cabe otro cultivo que el de la encina, económicamente hablando. En esta misma provincia de Madrid existen pueblos (sirva de ejemplo Chapinería) que se han arruinado en pocos años, por haber cortado las encinas que poblaban sa término, y sustituido este cultivo con el de cereales. En Benabarre (Huesca) se calcula que una encina produce tanto como un olivo, sin exigir mayores cuidados. — El modo más común de utilizar el fruto, es la cría de ganado de cerda: acaso no sea otro el origen de la crisis porque atraviesa en la actualidad esta industria, ante la competencia de las carnes americanas, que el haberse desmontado miles y miles de encinares á consecuencia de la desamortización. Hay comarcas de la Península donde la bellota se tuesta y muele para fabricar pan, mezclada con harina de trigo ó de centeno: en tiempo de Strabón y de Plinio, los españoles se sustentaban con este fruto nueve meses del año.
El único inconveniente de este árbol es la lentitud de su crecimiento. Parece que en los Estados Unidos se ha descubierto recientemente un querms poUmorpha, que tiene la ventaja de crecer con la rapidez de los olmos, dando fruto á los seis ú ocho
(1) D. Julián Martínez Adradas, Llerena; D. Patricio Sama, Talavera la Keal, y D. Francisco Carrasco, San Vicente de Alcántara.
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años. Y en algunos departamentos franceses viene propagándose en gran escala desde 1860 la encina trufera, que, d los diez años de plantada, deja un beneficio líquido de 500 á 2.000 reales anuales por hectárea, en trufas. Municipio hay (Bédouin) que lleva ya plantadas cerca de 3.000 hectáreas en el monte Ventoux, de tan detestables condiciones para la vegetación. El solo departamento de la Vaucluse ha repoblado con este árbol una superficie de más de 60.000 hectáreas. La encina trufera va tomando posesión de los viñedos destruidos por la filoxera. También se ha ensayado con éxito asociarla con la viña. Tierras á que antes no se daba ningún valor, se convierten por este medio en tierras de primera clase, que producen en un año más de lo que han costado. Con tan sencilla combinación, el inconveniente que encontrábamos en el cultivo de la encina, desaparece.