El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · Unidad 12 de 32
JORNADA SEGUNDA · 3 — parte 1
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--Eso es responder de mala fe: usted me ha confesado que lo que más le dolía entonces era... _el desamparo_.
--Llámelo usted _hache_.
--Precisamente hay que llamarlo _equis_, porque es la incógnita de este problema.
--Pues concedido que lo sea. ¿No podía yo estar acompañado y asistido... hasta con amor, y sin embargo?...
--Y sin embargo, pensar usted como piensa, y ser usted lo que es. ¿No es esto lo que usted quería decir?
--Cabalmente.
--Y ¿á título de qué, señor mío, había de gozar usted ese privilegio? ¿Quién le ha dicho á usted que el amor del prójimo se enciende como una pajuela cuando necesitamos su luz, y se apaga cuando nos estorba? ¿Qué da usted al prójimo en cambio de eso que le pide?... Ó ¿cree usted que el mundo es un mueble de lujo para recreo de cuatro solterones aburridos, ó de otros tantos egoístas desalmados?
--Está usted cruel conmigo, Doctor.
--Como lo estoy siempre que trato de salvar una vida extirpando el cáncer que la compromete. Cumplo con mi deber.
--Es verdad.
--Y no dude usted que le hablo con ella en los labios.
--No lo dudo, y hasta agradezco la intención. Pero pongámonos en todos los casos. Suponga usted que esas teorías me parecen muy saludables, y que las aplaudo; pero suponga usted también que mi corazón se resiste á aceptarlas. ¿Cómo he de adoptar yo un partido que, sin poder remediarlo, me repugna?
--El corazón se educa como la inteligencia, señor mío; y la prueba es que el corazón de usted está dando hoy el fruto de la educación que recibió ayer.
--Árbol, como dicen los moralistas, que se torció de joven.
--Cabalmente.
--Luego debo renunciar á enderezarle, hoy que es ya viejo.
--Esa segunda parte es la que no se ajusta rigurosamente al caso actual.
--¿Por qué?
--Hay en la enfermedad que usted padece, un síntoma del cual huye usted tomándole por enemigo de su reposo. Pues precisamente ese síntoma es el que á mí me revela que el árbol, aunque robusto, puede enderezarse todavía. Aludo á esa ansia de algo que usted busca y no halla, desde que se vió solo en el hogar doméstico.
--Y ¿qué viene á ser ese síntoma?
--El grito de la naturaleza que reclama sus derechos; el ¡ay! de un alma solitaria.
--Y ¿cómo he de responder yo á esos gritos y á esos ayes?
--Dándole al alma su natural refugio.
--¿Dónde existe ese refugio? ¿Cómo se llama?
--Existe en todas partes; se llama familia.
--¡Familia! Olvida usted que no la tengo.
--Sé que no trató usted de adquirirla cuando perdió la que tenía; y á esa falta de previsión aludí al principio.
--Pues, amigo Doctor, ya es tarde para reparar esa falta.
--Yo insisto en que aún es tiempo.
--¿Y así, de repente, como quien cambia de vestido, quiere usted que cambie yo de sistema, ó de estado?
--De ningún modo. Quiero que, ya que hasta hoy ha venido usted envenenándose el alma con quimeras de la imaginación, empiece usted á tomar el antídoto, estimulando un poco el sentimiento, ó lo que es lo mismo, dejándose llevar de esa ansia que le _persigue_, hasta donde esa ansia le lleve. El punto de parada será el puerto de salvación.
Dicho esto, cállase el médico y Gedeón no replica, y quédanse los dos mirándose mutuamente; pero la mirada del Doctor es la que ataca, por decirlo así; la del enfermo la que se defiende, y no con mucho valor.
[Ilustración]
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XII
OPINIÓN DE UN MÉDICO SOBRE UN FISIÓLOGO Y OTRAS MISERIAS
Transcurridos así breves momentos, Gedeón pregunta, en crudo, al Doctor:
--¿Es usted casado?
--No, por desgracia.
--¿Luego no me predica usted con el ejemplo?
--Le predico á usted con el sentido común, y además con la experiencia.
--¿Con qué experiencia?
--¿Le parece á usted poca la de mi profesión? Todas las de mis enfermos son otras tantas familias con quienes comparto sus penas y sus alegrías. ¡Y si viera usted cuánto se aprende en esos libros tan viejos como el mundo!
--No lo dudo; pero mientras en su lectura no se interese el corazón...
--¿Luego cree usted que el mío no se interesa en ella? ¿Luego es usted de los que piensan que la condición de médico excluye toda sensibilidad moral?
--No tanto como eso; pero creo que la costumbre de ver padecer á otros, embota, hasta cierto punto, esa sensibilidad.
--La costumbre, amigo mío, enseña á sufrir, pero no á matar el sentimiento; la costumbre enseña á cortar un miembro sin que la mano vacile, pero no á que el corazón deje de sentir el ¡ay! que el dolor arranca al amputado; la costumbre enseña á penetrar en el hogar ajeno, donde todo es lágrimas y desconsuelo, sin que las nuestras broten de los párpados, pero no evita que el alma se anegue en ellas... Créame usted, no hay nada más terrible que la situación de un médico á la cabecera de un moribundo. Á los ojos de la madre, de la esposa, de los hijos, asomadas sus almas, y esas almas mirando á nuestros ojos para leer en ellos un consuelo y pedir á nuestra ciencia una esperanza; y, entre tanto, nuestra ciencia no sabe calmar uno solo de los dolores que van matando poco á poco al desgraciado, que acaso es nuestro mejor amigo ó nuestro hermano.
--¡Menguada ciencia, por cierto!
--La ciencia no puede borrar lo que está escrito. Allí donde Dios pone su mano; allí donde el Hacedor dice: «esta vida se acaba,» es inútil el esfuerzo del hombre.
--Luego es inútil la ciencia.
--La ciencia sirve para hacer de un cuerpo inválido un cuerpo vigoroso. Éstos son nuestros grandes consuelos, aunque no alcanzan á compensar las otras amarguras. Pues bien: el que tiene saturada de ellas el alma; el que á combatir sus causas se consagra, sin hora cierta para el reposo ni el sosiego, ¿cómo ha de gozar las dulzuras de la familia propia? ¿No la expondría á cada instante, si la tuviera, al contagio de sus melancolías? Por eso no la tengo yo, amigo mío; es decir, por amarla, por venerarla demasiado; por eso se la recomiendo á usted, que es libre, para hacerla feliz y serlo, á la vez, con ella.
--Pero repare usted, Doctor, que la pintura que usted me ha hecho del interior, llamémoslo así, de una familia, no tiene gran atractivo que digamos.
--¿Y piensa usted que por huir de la familia ha de verse libre de dolores ni de la muerte?
--No; pero entre sentir los míos solos, y cargar con la molestia de los ajenos, hay alguna diferencia.
--No tan grande, seguramente, como la que hay entre verse usted como se ha visto anoche, aun sin grave dolencia, y asistido y consolado como, según usted mismo me ha dicho, se creyó, por un instante, en su delirio.
--Delirio al cabo, Doctor.
--Delirio que yo veo todos los días convertido en realidad.
--¿En dónde?
--Á la cabecera de mis enfermos; allí, por cada vez que hallo el vacío y el desamparo, como los he hallado en este cuarto, hallo mil todas las virtudes de que es susceptible el corazón humano, formado á tiempo por el santo calor de la familia cristiana, á cuyo abrigo tuvimos usted y yo la dicha de nacer; allí, entre la prosa, como ustedes dicen, de los jaropes y de los ayes, es donde yo veo el amor desinteresado, la abnegación y el heroísmo, lucir como las estrellas en el cielo, brotar como las flores en la primavera. Allí, en presencia de aquellos modelos, es como debieran escribirse las _fisiologías del matrimonio_; no á las puertas del gran mundo, ni en los bailes de la Ópera, ni en las carreras de Long-champs; en esos libros debieran buscar los hombres como usted la resolución de sus dudas, y no en las páginas de los libelos, ni en el dictamen de tres egoístas de la peor especie.
--¿Conoce usted á Balzac, Doctor?
--Conozco á Balzac y á cuantos han llevado su contingente de burlas á ese cúmulo de dislates sobre la familia, que le han extraviado á usted el criterio.
--¡Dislates Balzac!
--Precisamente han sido los grandes hombres quienes han dicho los mayores desatinos.
--¡Doctor!...
--No se fije usted en mi pequeñez para desautorizar el aserto. Otro grande hombre, más viejo que Balzac, y aun de más talla, Cicerón, lo ha dicho: _Nihil tan absurdum quod_...
--Perdone usted, Doctor; estoy algo flojillo en esa lengua.
--Pues quiere decir, en romance, _que no hay absurdo corriente_, _por enorme que sea_, _que no proceda de algún filósofo_.
--Pues con la venia de Cicerón, ya que quiere usted que no acepte yo sus palabras como un dicho más, paréceme á mí que tratándose de hechos como los que analizan esos grandes pensadores, no tiene mucho valor ese dictamen.
--¿Á qué hechos se refiere usted?
--Al matrimonio, por ejemplo.
--¿Y le analiza alguno de ellos?
--Con pinzas y microscopio... Pero ¿no me ha dicho usted que conoce á Balzac?
--Y lo repito; y por eso declaro que yo no he visto jamás en los libros de ese autor cosa que se parezca al matrimonio.
--¡Pues me gusta, hombre!... ¡Cuando no tratan de otro asunto sus dos obras más famosas!... Á millares danzan allí los maridos y las mujeres... y lo demás.
--Efectivamente, se habla mucho en esos libros de matrimonios que, después de arañarse por resentimientos apenas verosímiles en imberbe enamorado, se reconcilian con un vestido de baile, con una comida _au Rocher de Cancal_, ó con una cena en el _Café Inglés_; hay allí mujeres que «se aterran» porque dice la modista, al probarles un corsé, que les ha crecido el perímetro de la cintura media pulgada; maridos que se amoscan porque sus mujeres aluden con demasiada frecuencia al reciente desarrollo de sus estómagos; esposas que se arrepienten de serlo porque sus maridos tienen un diente postizo, pero que, al cabo, se consuelan sabiendo que hay esposos de sus amigas que toman rapé. Á todas estas cosas y otras infinitas no tan _transcendentales_, pero sí inherentes al matrimonio, se les llama _miserias de la vida conyugal_, y se discurre largamente sobre ellas, en palabras de doble sentido, y dando á todas las frases un aire de «¡pobres _predestinados_!;» se dice, bajo el rótulo de _axioma_, y como un aviso en bien de la paz de un matrimonio, «que se guarde mucho el marido de dormirse antes y de despertarse después que su mujer;» porque ¡figúrense ustedes lo que sucedería oyéndole ésta roncar, ó contemplándole en posición poco _elegante_!; se diserta con este motivo sobre las condiciones que debe reunir la cámara nupcial, y se califica de _imbécil_ al marido que se atreve á colarse en el tocador de su esposa... Aquello, amigo mío, de punta á cabo, no es más que una pura decepción de los sentidos, y una ociosa gimnasia del raciocinio para indicar el modo de que duren algo más las _ilusiones_; lo propio que si se tratara de un acaudalado sensual y de una cortesana corrompida, que se _ajustasen_ para vivir matrimonialmente una temporada.
¿Le parece á usted que es esto analizar el matrimonio? ¿Le parece á usted que éste no tiene otros fines que cumplir ni otros aspectos por los cuales deba estudiársele? ¿No es un desatino, más que desatino, sandez, excitar al lector á que crea que la esposa que se arroja de su lecho para salvar de las llamas á su hijo, sin reparar en que su marido la está viendo descalza y en camisa, es una mujer prosáica, cuyo ejemplo debe presentarse para _escarmiento_ de los hombres de _buen gusto_ aspirantes á casarse?
--Amigo mío, llevando las conjeturas al extremo á que usted las lleva...
--No hay tal extremo; son deducciones lógicas de los principios manoseados por Balzac. Y yo pregunto ahora: ¿qué se propone este sediciente fisiólogo? ¿Demostrarnos que la _ilusión_ del novio desaparece en breve dentro del matrimonio? Pues para semejante vulgaridad no había para qué emborronar tantos papeles. El marido más ramplón de los _míos_ sabe que todo lo que en la vida conyugal se refiere á los sentidos, apenas resiste la segunda prueba. ¿Quiere decirnos también que el matrimonio más enamorado al formarse, tiene que deshacerse pronto por la fuerza incontrastable de las miserias de sus propios _desencantos_? Pues á esto puede preguntar el mismo _pobre_ marido á ese grande hombre: «¿Qué haces tú de los cónyuges de tus libros cuando pierden las ilusiones ó se las quitan los años con la prosa de las arrugas y del histérico? ¿Se devoran unos á otros? ¿Los recoge la caridad pública? ¿Ó hay algún infierno especial adonde van estos seres, aun en vida, á purgar el delito de haberse casado, ó la afrenta de haber envejecido? ¿Y son esos los matrimonios que han de producir hombres útiles á la patria, y mujeres que lleguen á ser madres honradas, como la mía? Pues yo, que peino canas y tengo á mi lado una esposa con arrugas, no trocara por aquellas ilusiones que duraron un día, como todo lo carnal y voluptuoso, el inefable placer que siente mi alma desde el instante en que se fundió en la de mi _compañera_, como la de ésta se fundió en la mía; el sublime consuelo de venir atravesando juntos el desierto de la vida, prestándole yo mis fuerzas y ella auxiliándome con las suyas; y, por último, la dicha de verme revivir en mis hijos, de verlos crecer y de dirigir sus corazones para que sus virtudes puedan llegar á ser un día corona de mis canas, y acaso, más allá, la gloria de mi nombre ó de su patria, con el cual fin les pongo, como perenne juez de sus actos, á Dios de quien proceden y á quien irán, si á su ley no faltan mientras acá abajo lidian, que á eso venimos á este campo de batalla, contra las propias pasiones y el rudo acometer de las ajenas. Así pensando y así sintiendo, ni yo veo sus arrugas, ni ella en mis canas repara; y cuanto más el cuerpo se encorva hacia la tierra que le llama, más risueño y más ufano se eleva mi espíritu hacia Dios, que es su dueño y su destino.»
Esto le diría á Balzac, dándole en ello bien resuelto su mal planteado problema, el último de los maridos que no han aprendido á serlo en los _gabinetes reservados_ de los _restaurants_ de París, ni en el _foyer_ de sus teatros, ni en las aceras de sus _boulevards_, ni en las _exposiciones_ de sus _loretas_ y _cocodés_. ¿Se dice algo parecido á ello en los matrimonios á que aluden esos libros?
--Pero, Doctor, el que Balzac hable de lo que sucede en sus matrimonios, no quiere decir que se burle de _los de usted_.
--Precisamente es á propósito de eso cuando la desfachatez del grande hombre, francés y todo, raya en lo inimitable. Recuerdo que subiéndose, como de costumbre, á la trípode (y por esa modestia me gustan á mí todos los escritores de su tierra), lanza á los cuatro vientos este _axioma_... entre dos anchos espacios, como aconseja Beaumarchais que se haga para que un dicho huela á sentencia de sabio: «Para ser feliz en el matrimonio, se necesita que los cónyuges sean hombre de superior talento _él_, y tierna y sublime _ella_, ó los dos rematadamente bestias.»
--¡Pues cátalo ahí!
--¿Cuál?
--Un caso... dos casos.
--¿De qué?
--De matrimonios posibles.
--Cabalmente son de los pocos que tacha el sentido común.
--¡Qué demonio de Doctor éste! ¿Pues cuáles son los que el sentido común acepta?
--Todos los que excomulga Balzac en el axioma: todos los que caben entre sus dos extremos: todos aquéllos á quienes el vulgo llama, en su lenguaje expresivo y adecuado, «matrimonios _como Dios manda_;» es decir, las mujeres que cosen, los hombres que trabajan, las madres que viven para sus hijos, los padres que cumplen con sus deberes. Para todo esto y mucho más que es la moneda corriente en todas las familias honradas y en toda sociedad bien regida, son un estorbo serio la sublimidad del ingenio y la sensiblería pedantesca ó la falta de sentido común en los esposos... Conque ¡vaya usted admirando la competencia ó la buena fe de su grande hombre para entender en achaques matrimoniales!
Entre tanto, y prescindiendo yo de estas razones que tantas ventajas me dan en la cuestión que ventilamos, tómola en el punto en que usted me la puso hace un momento, y concedo que Balzac, al burlarse de _sus_ matrimonios, respeta los _míos_. En tal caso, ¿por qué acepta usted todo lo que él dice, como razones contra _todos_ los matrimonios?
--Porque está de acuerdo con mi manera de pensar y de sentir.
--¡Y con esa ligereza se resuelven asuntos tan graves para la vida!... Porque todavía comprendo yo que Balzac, por lucir su ingenio, se entretenga en escribir esas lindezas contra el matrimonio; pero que haya hombres que se las traguen como artículo de fe, y las acepten por regla de conducta, sacrificando á ellas hasta los impulsos de su corazón, le juro á usted que no me lo explico.
--Pues yo sí, Doctor, y muy fácilmente.
--¿Conoce usted _los otros_ matrimonios?
--Nada más que por lo que usted me ha dicho de ellos.
--De manera, que tiene usted, de una parte, los matrimonios _á la francesa_, llamémoslos así, ridiculizados por algunos escritores de chispa y por la grosería de tres solterones impudentes; y de la otra, los matrimonios _á la buena de Dios_, que le son desconocidos; y cuando su corazón le grita que es ya llegada la hora de decidirse, renuncia usted á casarse por lo que ha leído y le han contado de los malos, sin tomarse la molestia de ver lo que hay oculto entre los buenos. Concédame usted que esto es discurrir con poca lógica, y conspirar contra sus propios intereses.
--Pero ¿de qué deduce usted que yo he sentido esos impulsos del corazón hacia el matrimonio?
--De sus tristezas pasadas y de sus soledades de hoy; de todo cuanto usted me ha referido, y de lo demás que voy _traduciendo_ yo.
--De modo que insiste usted en prescribirme por remedio...
--Justamente: que se deje usted llevar de esos impulsos hasta donde ellos le conduzcan... Y creo que, dicho esto, basta de amonestaciones por hoy. ¿No es cierto?
--Le aseguro á usted, Doctor, que estoy oyéndole con grandísima complacencia.
--¿Por lo que le distraigo, ó por lo que le _ilumino_ á usted?
--Por ambas cosas.
--Permítame usted que le diga que no habla mucho en pro de la segunda el laconismo de sus réplicas.
--Cortedad de alcances, Doctor.
--Ó impenitencia obcecada, señor modesto... De todas maneras, no olvide usted, para perdonarme, que cuanto le he dicho ha sido como médico en combate con su enfermedad, para lo cual me ha llamado usted á la cabecera de su cama. La misma salvedad hago para cuanto pueda decirle en adelante.
--Y á propósito, ¿qué me dispone usted?
--Ya he dispuesto lo esencial.
--Digo para el momento.
--Para el momento, es decir, para cuando pueda usted salir á la calle, y con el fin de estimular un poco esos impulsos, pensaba disponerle á usted, y le dispongo, la misma casa que abandonó por dar demasiada importancia á las cosas de la señora Braulia. No tome usted criada joven y guapa.
--Procuraré, precavido Doctor, cumplir la prescripción en todas sus partes.
--No crea usted que es la segunda menos importante que la primera, si el efecto del remedio ha de corresponder al carácter de la enfermedad.
--Conformes; pero es el caso que al pedirle á usted algo para este momento, no me acordaba del espíritu, sino del cuerpo.
--Su cuerpo de usted, que ya no tiene dolores, no necesita más que salir de este agujero cuanto antes, y tener en la convalecencia mejor compañía que la que tuvo durante la enfermedad. De lo primero cuidará usted; de lo segundo me encargo yo.
--Es usted la bondad misma, Doctor.
--Cumplo con un deber sagrado, amigo mío. Y pues nada me queda que hacer á su lado en esta primera visita, deme usted su permiso para despedirme hasta la segunda... si usted la desea.
--Pensaba rogarle á usted que no la retardara muchas horas. ¡Estoy tan solo!
--Entonces, hasta la vista.
--Hasta luego, Doctor.
Pero al decir esto Gedeón, deja leer en su cara algo como apremiante deseo.
El Doctor lo conoce, sonríe y pregunta:
--¿Qué más tiene usted que decirme?
--Si en ello no cometiera una indiscreción...
--Hable usted sin ese recelo.
--Pues, con su permiso, declaro que me deja usted muy sorprendido.
--¿De qué?
--De su modo de pensar... tan...
--Adelante.
--Tan... inverosímil en un médico.