El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · Unidad 11 de 32

JORNADA SEGUNDA · 2 — parte 3

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--No me sorprende. Viéndose usted joven, robusto, mimado y consentido, dejóse arrastrar de los estímulos de todas esas aparentes ventajas, sin tener en cuenta que son muy efímeras, ni, lo que más importa, aunque el corazón debió advertírselo, que el hombre necesita, en cada edad, hacer (si es lícita la metáfora) sus provisiones para la inmediata; porque sabido es que en lo moral, y á las veces en lo físico, lo que en las unas nutre, en las otras envenena.

--Por ejemplo...

--Por ejemplo: la absoluta emancipación de las pasiones, la ruptura de todos los vínculos divinos y humanos...

--¿Y eso nutre alguna vez?

--Eso, durante el hervor de la juventud, es el fuego que más le sostiene; el huracán que le empuja; el imán que la atrae.

--¿Y después?

--Después es el hielo de los páramos en el invierno de la vida.

--Es muy bonito eso... para dicho, Doctor; pero...

--¿Duda usted que sea cierto?

--Acaso.

--Pues de que lo es, tengo un ejemplo delante.

--¡Yo!

--Me ha confesado usted hace poco que la soledad le mata.

--Es verdad.

--Luego no me equivoco.

--Pero eso le sucede á cualquiera.

--Lo niego: de esa clase de soledades únicamente se quejan los que han vivido divorciados de todo afecto generoso; los que han hollado en la juventud las leyes de Dios y las de la naturaleza; los que han llegado á las puertas de la vejez sin un abrigo para el corazón, sin un consuelo para el alma.

--Hombre, en eso de consuelos, cada uno puede tenerlos á su manera.

--No el alma, que los tiene bien determinados; el alma, como de origen divino, no puede satisfacerse con los goces brutales de la materia. Su destino en el mundo es mucho más elevado.

--¿Cuál es, según usted, ese destino sublime?

--El amor.

--Entonces estamos de acuerdo.

--El amor, sí; pero no ese amor carnal que sólo dura lo que la pasión grosera que le enciende; el amor del padre al hijo, del hijo al padre, del hermano al hermano, del hombre á su prójimo; el amor que infunde en una criatura el heroísmo de arrojarse al fuego por sacar de él á su enemigo; el placer inefable de aliviar los dolores que padece otro sér; el ansia de ser útil á sus semejantes... Este es el amor sublime; éste es el amor del alma, si el alma ha de ser digna de Dios.

--Y ¿cuál es, en opinión de usted también, la fuente en que se bebe ese néctar?

--La familia.

--Y ¿por qué no ha de beberse fuera de ella?

--Fuera de ella puede también sentirse ese amor; sólo que quien así le sienta, no odiará, como usted, el matrimonio, base y fundamento de la familia.

--Y ¿por qué odiando el matrimonio no he de poder yo amar de esa manera?

--¿Por qué no brotan flores en el Sahara?

--Porque es un desierto.

--¿Y cree usted que es otra cosa el corazón de un egoísta? ¿Cómo ha de ser capaz de partir su capa con el pobre quien renuncia á los hijos por el temor de que le turben el sueño con sus juegos? ¿Qué ha de ser el corazón que sólo palpita al impulso de los groseros deleites, más que una víscera, como el de una bestia?... y digo mucho, porque las bestias tienen el instinto de asociarse y de amar á sus semejantes, cumpliendo de este modo la ley que Dios les impuso; ley contra la que nada ni nadie se rebela en la tierra, más que el hombre egoísta.

--¡Ja, ja, ja!... ¡qué Doctor éste!

--¿Se ríe usted?

--¿Pues no he de reirme?

--¿Por qué no se reía usted anoche?

--Hombre... porque estaba enfermo.

--Y ¿por qué lo estaba usted?

--¡Toma!... Porque... porque no estaba sano.