El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · Unidad 14 de 32

JORNADA SEGUNDA · 3 — parte 3

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--Que si alguna vez me quisiste... ó me deseaste, lo que mejor te parezca, hoy acaso soy para tí... una carga pesada.

--¡Solita!

--¿Crees que me equivoco?

--¿No he de creerlo?

--Pues dame pruebas de ello.

--Ya te las estoy dando.

--Alejándote cada vez más.

--¿No me tienes ahora á tu lado?

--Después de seis días de ausencia.

--Mira, Solita, no se acredita mucho el bien querer con los mimos y los arrumacos del primer día: esos son el huracán que pasa en breves horas; lo otro es el... el... vamos, el... ambiente que dura, y se respira y conforta.

--¿Y cuál es lo _otro_?

--Lo otro es... esto que yo hago: venir á verte de vez en cuando, interesarme por tí... y créelo, Solita, muchas cosas más que yo haría si me dejaras en paz y en gracia de Dios, libre de refunfuños y sermones; si tuvieras fe en mí; si jamás te acordaras de preguntarme dónde he estado, de dónde vengo y adónde _vamos_; porque soy de un temperamento tan especial, que los mejores propósitos se me evaporan si me preguntan por ellos antes de realizarlos; y en fin, Solita, porque mucha de la estimación en que tenemos á una persona, consiste en el buen concepto que ella forma de nosotros.

--No se pueden formar buenos conceptos sobre malas obras.

--Lo cual es decir que yo no las hago buenas.

--Ya me has oído.

--También tú á mí lo que acabo de decirte; pero, según las trazas, como quien oye llover.

--Palabras, Gedeón.

--Pues mira, Solita, por tí lo deploro.

--Sobre que el mismo pago me has de dar, ¿por qué no he de decirte lo que siento?

--¿De modo que me engañaras si mejor pago te diera?

--Evitarte un disgusto nunca sería engañarte.

--Noto, Solita, que te vas elevando hasta en estilo.

--¡Ay, Gedeón... los desengaños son grandes maestros!

--Lo dicho; y te declaro que, si bien te tuve siempre por discreta, jamás soñé que tan pronto pudieras hacerte culta.

--Pues hasta eso te debo á tí... ¡Mira si te voy debiendo!

--Pues á ser zumbona no te he enseñado yo.

--¿Tampoco á ser desgraciada?

--¡Solita!... Con doscientos mil de á caballo, ¿quieres decirme de una vez, y claro, qué es lo que deseas, qué es lo que pretendes?

--Que pongas fin, y pronto, á esta situación en que me consumo.

--Pero ¿cómo he de ponerle?

--¿Cómo?... Haciendo que yo pueda salir de este presidio; pero con la cara descubierta, como la llevan las mujeres honradas... al lado de su marido.

--¡Solita!

--¡Gedeón!

--¡Esas tenemos!

--Pues ¿qué pensabas, desalmado?

--¡Canastos!... Conque... Pues hombre, ¡me gusta la salida!... ¡Y yo que venía esta noche más tierno que unas mantequillas!

--¡Bien se te conoce!

--¡Tales caricias me haces tú!

--¿Dónde están mis agravios?

--¡Pues digo!...

--¿Lo son, acaso, el quejarme de tus desvíos y pedirte la reparación del daño que me has hecho?... ¿Te parece poco la hija del remendón para señora de un hombre como tú?... Entonces, ¿por qué la encontraste buena para manceba?

--Lo que á mí me parece, Solita, es que esas distinciones no cuadran aquí enteramente.

--Pero cuadran mucho, y has de oirme; que por altos que vayan tus humos, valía tanto la honra de la hija del zapatero, como la tuya, cuando se la robaste con engaños.