El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · Unidad 15 de 32

JORNADA SEGUNDA · 4 — parte 1

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--Yo nunca te prometí...

--¡Ni siquiera tienes la delicadeza de disimular un poco!

--En eso, casi tienes razón.

--Y tú, en cambio, no la tienes en nada... ¡porque eres un egoísta sin entrañas!

--¡Zambomba! digo yo; y que te aguante la madre que ha de volver á parirte.

Imagínese aquí el pío lector un hombre que se cala el sombrero hasta las narices y sale echando centellas de la sala á la calle; y una mujer que, anegada en llanto, se desploma sobre una cama, y tendrá una idea completa del final del diálogo referido.

Pero no acaba aquí el lance, ni debe acabar; porque es muy lógico que Gedeón, después de considerar lo que hay de chusco en que la hija de un remendón miserable y borracho se crea con títulos bastantes para reclamar la mitad del lecho de un hombre á quien asusta el matrimonio, aun contraído con todas las ventajas imaginables, y lo que hay de prosáico y digno de las burlas de un fisiólogo como el de marras, en la escena en que acaba él de figurar con el papel de galán, y aun después de ocurrírsele tomar por motivo aquellas indignidades para cortar por lo sano y sacudirse de una vez las pulgas que le incomodan mucho tiempo há, considere asimismo que, en parte, no le falta razón á Solita para quejarse del destierro en que vive y él la ha puesto; lógico es también que, andando, andando, la compadezca; lógico, por ende, que disculpe sus declamaciones y sus quejas; y siendo lógico todo esto, y cierto que en la refriega fué Solita quien más tuvo que decir, y no menos evidente que Gedeón conserva siempre _cierta inclinación_ á Solita, por más que le duela verse cogido por ella por _tan arriba_, lógico y natural es que Gedeón retroceda desde medio camino para hacer las paces con Solita, dándole las debidas satisfacciones.

Con lo cual consigue Gedeón dos cosas: que Solita, por buscada, gane, por esta vez, no poco ascendiente sobre él; y que él, al advertirlo, hechas ya las paces, salga de casa de Solita arrepentido y melancólico... es decir, rascándose las pulgas y sin fuerzas para sacudírselas.

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XV

EL DIABLO, EL FUEGO Y LA ESTOPA

Ponga el lector entre este cuadro y el que antecede todo el tiempo que más le plazca, que por mucho que sea, holgado le viene el sitio; y llénele de tristezas, cansancios, desalientos y fastidios para Gedeón, agobiado ya por el peso de Solita, huyendo de su presencia como el diablo de la cruz, y sin hallar dentro de su casa ocupación que le distraiga, ni fuera de ella espectáculo que le seduzca.

Cuando un hombre cualquiera pierde una afición racional, adquiere otra que le entretiene lo mismo, eligiendo, conforme á su gusto, en el inmenso campo de las cosas lícitas y honradas; pero cuando un egoísta solitario se harta de lo único que apetece, es hombre perdido; es la bestia que se tumba á dirigir lo devorado, ó que brama á la puerta del establo ajeno porque en él olfatea lo que no hay en el suyo. Fuera de aquello, nada desea ni le distrae... Y tenga el lector muy en cuenta esta condición esencial de carácter, para lo que queda dicho y lo que falta decir de nuestro personaje.

Para los hombres como Gedeón, el arte no tiene bellezas, ni la naturaleza aromas, luz, ecos, armonías ni colores; la misma impresión les causa el nubarrón que obscurece el horizonte, que los arreboles de una aurora; lo mismo hiere sus oídos la inspirada melodía, que el chirrido de las carretas; la propia aversión tienen á la prosa de Cervantes, que á las coplas de Calainos. Pasear en el campo no es para ellos recrear la vista y el olfato, ni sumir el alma en plácidas contemplaciones: es simplemente estirar las piernas, bracear á su antojo, eructar recio, aflojar la corbata, remangar la pernera y soltar la liga para cazar la pulga debajo de la media... porque estos hombres gastan medias altas todavía.

Por eso no hay términos hábiles de levantar un espíritu semejante, esclavo de un corpanchón atiborrado del único manjar que le sustenta, hasta que la hartura pase y el apetito vuelva.

En un estado idéntico de espíritu y de cuerpo retorna Gedeón á su casa, cabizbajo y perezoso, á las altas horas de una noche.

Á sus pesadumbres _de carácter_, hay que añadir que le duele bastante el destacamento de la rodilla; que al peinarse en la barbería, donde también le afeitaron, le ha hecho notar el peluquero que se le va corriendo la calva hasta la frente; que las canas le invaden el poco pelo que le queda, como el _pan de cuco_ las heredades; y, por último (esto no se lo dijo el peluquero), que se le menean, desde por la mañana, tres dientes incisivos, de los seis que le quedan en la boca, aunque negros y desconcertados.

Que toda esta carga le pese y le preocupe, se concibe sin dificultad.

Lo que no se concibe fácilmente es por qué Gedeón, en el momento de pisar los umbrales de su puerta, se pone á meditar sobre las fragilidades humanas, sobre lo pequeñas que suelen ser las causas que producen los más descomunales efectos, y sobre lo fatal de la disposición en que vienen preparadas las cosas cuando el demonio está resuelto á meter la pata entre ellas.

Tan absorto está en estas meditaciones, que al llegar á su gabinete ni siquiera se fija en que Regla, después de colocar una luz sobre la mesa, le pregunta qué se le ofrece y le da las buenas noches de despedida.

Y como no tiene sueño, quiere dedicar una hora, antes de acostarse, á despachar algunos asuntos económicos que tiene desarreglados. Así se distraerá un poco.

Al dar por terminada su tarea, oye á su lado quejidos lastimeros. Vuélvese, y ve á Adonis que se revuelca en su colchón, y tan pronto se pone panza arriba como cabeza abajo. Es indudable que el pobre animal siente dolores agudos: Gedeón tira del cordón de la campanilla, casi con tanta fuerza como en la fonda de triste recuerdo; pero, más afortunado el perro que él, al segundo campanillazo tiene el socorro á la puerta.

Regla aparece en ella, aunque sin dejarse ver por entero.

--Perdone el señor--dice recatándose mucho;--creyéndole acostado, me acosté yo también y me dormí.

--¿Qué he de perdonar?--responde Gedeón mientras fija su mirada devoradora en lo que se ve de su criada.

--Que no haya acudido á la primera llamada que oí entre sueños... y que me presente así... Porque como el señor no acostumbra á llamar á estas horas, he creído que estuviera malo... De modo que, si no hay urgencia, iré á vestirme...

--¡De ninguna manera!--exclama Gedeón, condolido sin duda de la situación angustiosa del perro, pero sin apartar su vista de la criada.--Llamaba porque Adonis está muy malo... Vea usted...

Entonces avanza Regla un paso, haciendo heróicos esfuerzos para cubrir el busto rollizo con un menguado chal tirado sobre los hombros.

Toma la luz que Gedeón pone en su mano, y los dos se acercan al rincón en que se halla Adonis dando volteretas y exhalando gritos lastimeros.

--Es un cólico--dice Regla.--¡Pobrecito!

Y extiende el brazo libre y desnudo hacia la bestia. Pero la casualidad, la taimada casualidad que ha infundido el mismo pensamiento en Gedeón, guía la mano de éste con igual rumbo; y como el camino es estrecho, la mano choca con el brazo, y el brazo, temeroso ó deferente, por ser de quien es, se repliega y retrocede; en virtud del cual movimiento, el mezquino chal de la azorada Regla se desliza por los hombros abajo.

--¡Lo mismo que yo me había figurado!--exclama entonces Gedeón, con el entusiasmo de un doctor que ve cumplidos sus pronósticos, aludiendo seguramente á la enfermedad del perro, mientras la criada, lanzando un ¡ay! entre risueña y ruborosa, quédase en la actitud de la bíblica Susana al verse sorprendida en el baño por los viejos.

--¡Alumbre usted más!--dícela anheloso Gedeón, quizás creyendo que no ve bastante todavía.

Pero, como si en concepto de Regla se viera hasta demasiado, sopla en la bujía y deja el cuarto á obscuras para desesperación de Adonis, cuyos lamentos crecen desde aquel instante, y son los únicos ruidos que turban el silencio de la casa,

mientras el mundo sin cesar navega por el piélago inmenso del vacío,

como dijo el poeta y han repetido otros mil que quieren serlo, y repito yo ahora, sin saber por qué ni para qué.

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XVI

UN INTRUSO

Al siguiente, ó pocos días después, Regla le dice á Gedeón, mientras le sirve el almuerzo:

--Yo quisiera pedirle á usted un favor... digo, si no molesto.

--¡Ya empezamos!--piensa Gedeón; y en voz alta añade:--¿Nada más que uno?

--Por ahora...

--Y ¿de qué se trata?

--Ya sabe usted que yo soy viuda hace siete años.

--Así me lo ha dicho usted.

--Porque es la verdad. Y es el caso que mi difunto me dejó un hijo.

--¿De él solo?

--De los dos, señor.

--Bien, ¿y qué?

--Que cuando la necesidad me obligó á ponerme á servir, tuve que dejar ese niño en casa de unos parientes, que por un tanto me le cuidan.

--Nada más natural.

--Pero, á decir verdad, no me gusta la educación que están dándole; y con ése cuidado, no vivo tranquila.

--Se comprende.

--Y me he dicho á mis solas muy á menudo: «si yo pudiera tener á mi lado á ese inocente, ¡con qué facilidad le educaría como es debido, y con cuánto más gusto cumpliría yo todas mis obligaciones!» Porque, créalo usted, señor, si á esa edad dan en torcerse las criaturas, luégo que crecen ya no las endereza una estaca.

--También es cierto.

--¡Hay tantos ejemplos de ello!

--No dejan de abundar, según dicen.

--Muchísimo, créalo usted. Decía mi madre, que en paz descanse, que todos los hombres malos han sido niños mal educados.

--Tampoco lo niego, Regla.

--Pues eso es lo que no quisiera yo que se dijera mañana de mi hijo, por culpa de su madre.

--Muy bien pensado; pero ¿qué tengo yo que ver en todo eso?

--Bastante, señor.

--Pues usted dirá...

--Digo, con su venia, y si en ello no ofendo, que si usted, que es tan bueno y tan generoso...

--Muchas gracias.

--Me permitiera traerle á mi lado...

--¿Á quién?

--Al hijo.

--¿Sabe usted que por verme libre de ellos no me he casado yo?

--Eso no quita; porque yo me comprometo á que el mío no le moleste á usted... ni le vea siquiera.

--¿Qué edad tiene?

--Cumplirá siete años por San Juan.

--¿Es guapo?

--Ya sabe usted que á ninguna madre le parecen feos sus hijos. Por lo demás, es el vivo retrato de su padre.

--No tuve el gusto de conocerte.

--Un real mozo, sin agravio de lo presente.

--Muchas gracias. ¿Es limpio?

--Como los mismos oros de la Arabia.

--¿Tiene mal genio?

--Un borregote á la buena de Dios. Basta mirarle para que se le ponga la cara como un tomate.

--En fin... que venga.

--Tantísimas gracias, señor... aunque no esperaba yo menos de su buen corazón.

--Ni de mis fragilidades,--concluye Gedeón para sus adentros.

Pocas horas después viene el niño al lado de su madre, y ésta se le presenta á su amo inmediatamente, acaso porque en ello cree cumplir un deber de respeto y cortesía; acaso porque intenta que los ojos de aquél le acrediten los elogios que ella le hizo de su hijo: intento, si tal la mueve, mal ideado; pues el niño, con perdón de su madre, es feo subido, zaino, y tiene mocos, ó huellas, debajo de la nariz, de tenerlos colgando muy á menudo.

--¿Cómo te llamas, hombre?--le pregunta Gedeón.

--Respóndele, hijo,--le dice su madre al ver cómo el rapaz, medio oculto entre sus faldas, se chupa un dedo, baja la cabeza y se balancea sobre un pie. Al cabo de un rato se oye como un gruñido intraducibie.

--¿Cómo has dicho?--pregunta Gedeón.

--Mmmeeeeto,--gruñe otra vez el chico.

--Dice que Merto--añade su madre.--Le llamamos así, porque su nombre es Mamerto.

--¿Cuántos años tienes?--vuelve á preguntarle Gedeón.

El chico sigue balanceándose, sin dejar de chuparse el dedo, y no contesta.

--Que cuántos años tienes... ¿No oyes lo que te pregunta este señor?... Pero saca esos dedos de la boca, inocente, y ponte derecho... ¡Así!

Y Merto, puesto como su madre desea, ó mejor dicho, como su madre le pone, al quedarse mirando á Gedeón, que también le mira á él, frunce la jeta y échase á llorar.

Adonis (y aprovecho la ocasión para decir al lector que la alimaña ratonera no murió aquella noche, sin duda porque también hay una providencia que vela por los perros, cuyas desdichas no hallan compasión en el egoísmo de los hombres); Adonis, repito, que roncaba en un colchón tranquila y descuidadamente, al oir los berridos de Merto despiértase despavorido y lánzase sobre el intruso, como pudiera hacerlo sobre un rival que le disputara los mimos de cierta perra carlina de la calle.

Envuélvese el acometido en la saya de su madre, sobrecogido de espanto; crecen sus gritos y lamentos, y ni unos ni otros cesan hasta que, á instancias de Gedeón, sale Merto del gabinete y se vuelve Adonis á su lecho murmurando no sé qué perrerías y enseñando los afilados dientes.

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XVII

LOS SOBRINOS DEL DEMONIO

Poco á poco va perdiendo el hijo de Regla el miedo y el encogimiento que la casa y su amo le infundieron al entrar en ella.

Regla cuida de que Merto abra la puerta siempre que Gedeón sale ó entra, y también le permite que haga algunas excursiones por salas y pasadizos. Así familiariza á su hijo con la cara de su amo, y á éste con la catadura del rapaz.

Después, ya llega Merto alguna vez hasta el gabinete para recoger botas que hay que limpiar, ó poner al alcance de Gedeón las que ya están limpias.

Cuando esto sucede, Gedeón cuida de que Adonis no se mueva ni Merto le provoque aunque no alcanza á impedir que el uno gruña y el otro, á la disimulada, le haga una mueca.

Más adelante, el chico se atreve á sonreírse siempre que se encara con el amo de su madre, y entonces es de rigor que éste le dé un coquetazo, ó le tire de las orejas, en son de caricia, con lo cual Merto adquiere otras tantas alas con que aprender á volar á su gusto en aquel espacio.

Días y meses andando, si mientras Gedeón está comiendo pasa el chico cerca de la mesa, le llama; y por el gusto de ver qué cara pone cuando la muerde, le da una aceituna; y por el placer de contemplar cómo se relame saboreándole, le regala un dulce.

De este modo el carácter de Merto se va desenvolviendo por completo; y como ya nunca se halla bajo la impresión del miedo ni del sobresalto, llega á haber en su fisonomía esa expresión de sinceridad atractiva, tan propia de los niños, por feos que sean, como á Merto le sucede. Además es algo bizco, torpe de lengua, y, en cuanto se enfada un poco, echa cada terno que saca lumbres.

Todas estas cualidades hacen suma gracia á Gedeón, que no oculta el placer que tiene en que muy á menudo, y cuando ya está él aburrido de atusar las greñas al ratonero, entre el chico en el gabinete _mandándole_ que le enseñe _los santos_, ó la máquina del reló.

--Pues límpiate los mocos--le dice Gedeón.

--Puez amalda tú el peldo,--le contesta Merto.

Porque Merto y Adonis, para entonces, ya no se pueden ver.

Empezando por darle algunas golosinas de la mesa, acaba por sentarle á ella casi todos los días, mientras á Adonis, acurrucado en el suelo entre los dos, se le indigestan los mendrugos que le regala su amo, considerando la altura á que ha elevado su privanza aquel intruso. Algunas veces tiene Gedeón el capricho de tirar á Merto, que ocupa el extremo opuesto de la mesa, una rosquilla; y entonces Adonis, creyendo que es para él, ó fingiendo que lo cree, da un salto increíble; y después de atrapar en el aire la rosquilla, cae sobre la mesa, metiendo las patas en una dulcera, cuando no el rabo y algo más en el plato del intruso, ó en el de su amo. En estos casos, no siempre que Merto quiere castigar el atrevimiento de Adonis tirándole con un panecillo ó con el tenedor, lo consigue sin que Gedeón reciba el proyectil de rebote en el estómago, ó en las narices; lances que (¡vean ustedes lo que son algunos _ogros_!) hacen desternillarse de risa al solterón.

Es lo más curioso que éste cree todavía que Merto es un chiquillo antipático é insoportable, por feo, por díscolo y por mal educado; y no bien oye un porrazo hacia la cocina, ya sale despavorido á preguntar _quién_ se cayó, recordando _casualmente_, en aquel instante, que el hijo de su criada es travieso y aficionado á encaramarse en sillas y vasares.

Un día toma Merto una indigestión de bizcochos y agua de limón, y se pone á morir; y _casualmente_ en ese día no tiene Gedeón ganas de salir de casa; y por no aburrirse en ella, entra doscientas veces en el cuarto del enfermo; y porque no diga su madre que se le ha desatendido la asistencia, obliga al médico á hacer diez visitas más de las precisas; y ¡cosa más rara aún! en el momento en que el chico sale del peligro, se encuentra él más animado y hasta con ganas de salir á la calle; y ¡coincidencia todavía más extraña! hasta se le ocurre, al pararse, _por casualidad_, delante de una tienda de juguetes, comprar para el convaleciente un tren de artillería, por lo mismo que nunca le ha regalado cosa que valga media peseta.

Otra vez rompe Merto una chuchería de las varias que tiene Gedeón sobre la mesa; y al volver éste de la calle y coger al rapaz con el delito entre las manos, reniega de él y hasta de la hora en que le permitió entrar en su casa. Óyelo su madre, y parte furiosa á castigar á su hijo. Mas apenas le ha sacudido el primer soplamocos, ya está Gedeón amparando al delincuente.

--¿Á qué vienen esas violencias?--dice con mal gesto á Regla, mientras coloca á Merto detrás de él.

--Á enseñarle lo que no sabe; á quitarle los condenados resabios que trajo de la otra casa. ¡Te he de desollar vivo, tunante!

--Pues no lo conseguirá usted dándole golpes. Bueno que se le reprenda y se le amoneste; pero...

--Como si predicara usted en desierto...

--Si los niños tuvieran la reflexión de los hombres...

--¡El loco con la pena es cuerdo!

--Pues por hoy se acabó el castigo, porque yo, que soy el agraviado, perdono el agravio por esta vez... Por esta vez no más... ¿lo oyes, Merto?

Pero Merto, con gran sorpresa de Gedeón que le creía llorando arrepentido, está haciendo gestos provocativos á Adonis, que, á su vez, le enseña los dientes; después alumbra un pisotón al ratonero, y se oyen á un tiempo un aullido terrible y un terno feroz, mientras Adonis enrosca el rabo dolorido y Merto se lleva ambas manos á una pantorrilla.

--¡Ve usted lo que es interceder por el demonio?--exclama Regla, buscando iracunda á su hijo entre los faldones de la levita de su amo y las patas de la mesa.

--Déjele usted, que el pisotón ha sido casual...

--¿Y también lo _otro_?--grita Regla.--¿Eso te han enseñado en esa casa, groserote? No aprenderás los consejos que yo te doy, tan bien como esas indecencias, ¡Satanás!

Y atrapando al fin á su hijo, arrástrale hasta la cocina, administrándole por el camino media docena de sopapos.

--No estoy yo por el sistema de los cachetes para educar á los chicos,--murmura Gedeón en tanto, como si en su vida se hubiera ocupado muchas veces en cuestión tan transcendental.

Y para comprobar la teoría, arrima dos castañetazos al pobre perro, por la parte que ha tenido en la media docena de ellos de que Merto va rascándose.

Al verse tratado así, no el dolor, el asombro parece pintarse en la hirsuta faz del ratonero. ¿Qué castañetazos son aquéllos? ¿Desde cuándo y por qué su amo se permite hacerle tales ultrajes? ¿Es por el mordisco que él dió á Merto en la pantorrilla? Pues Merto le pisó á él primero el rabo, después de haberle provocado con gestos y ademanes injuriosos. ¿Es que le han dolido á su amo los cachetes de su criada, más que á Merto que los recibió, y busca un inicuo desahogo en el inocente Adonis? Esto es lo más triste para él, porque es lo más verosímil.