El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · Unidad 20 de 32

JORNADA SEGUNDA · 5 — parte 3

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.

En esto se despierta Adonis, que dormía en su rincón acostumbrado, y comienza á husmear el aire y á exhalar gruñidos, y á revolverse sobre el colchón, como si le amenazara una invasión de pulgas.

Un momento después aparece á la puerta del gabinete Regla con el manto sobre los hombros, recién destocada su cabeza, y detrás de Regla, Merto, asido de las faldas de su madre y tapándose con ellas. Al sentirle Adonis tan cerca, deja de gruñir y comienza á entonar una salmodia entre lúgubre y desesperada.

Gedeón, con la frente entre las manos y los codos sobre la mesa, ni advierte la presencia de los recién llegados, ni la inquietud del perro.

Regla avanza dos pasos más; Merto la sigue, y Adonis, al verse á tres varas de su odiado enemigo, concluye la salmodia con un trino convulsivo, y de un salto se coloca junto á su amo.

Entonces se fija éste en lo que sucede.

--¿Qué hay?--pregunta á Regla, alzando la cabeza.

--Pues hay, señorito--contesta Regla, torciendo y estirando entre los dedos un pico de su manto,--que he ido á buscarle y que... aquí está.

--¿Quién?

--Merto.

--¡Merto?

Al oir este nombre execrado, vuelve á trinar Adonis, pero muy recio.

--¡Calla, condenado animal!--exclama Gedeón con gesto avinagrado y largando un castañetazo al ratonero.

--¡Guaaayyy!--late el infeliz. Y se esconde debajo de la butaca de su amo, como si ya tuviera encima los varazos que huele en lo porvenir.

Á Merto se le hinca en el alma aquel ladrido. ¡Cuántos como él y del mismo gaznate escuchó insensible el día de la batalla, mientras caían en pedazos, de muebles y paredes, los más preciados adornos de aquel recinto! Este recuerdo le hace temblar; pero no le impide lanzar una mirada con el ojo más bizco, y bien cubierto de las de su amo con el vestido de su madre, á cuanto le rodea. Parécele, en número, menos de lo que él vió allí mismo en el funesto día; pero no halla escombros ni derrengaduras al alcance de su ojo, y esto le tranquiliza bastante.

¡Y el reló?... ¿Estará descubierto y perdonado este delito, ó podrán pedirle cuentas de él el día menos pensado?

Mientras en esto se entretiene el chico, su madre, respondiendo á Gedeón, dice:

--Merto, sí, señor. Yo no pensaba traerle todavía; pero de pronto cavilé que podía usted tomar á mal el empeño mío en castigarle más... ¡Como usted le tiene tan grande en que le perdone!

--¡Yo!--exclama Gedeón, cual si en su vida se hubiera acordado de semejante criatura.

--Me parece...

--Tienes razón... Estaba distraído... ¿Y dices que vas á traerle?

--Le he traído ya.

--¡Hola!... ¿De modo que ya está en casa?

--Eso he querido decir á usted.

--Ya me hago cargo... Pues nada, si está en casa ¿qué le hemos de hacer?... Prevenle que á la menor diablura que cometa le rompo la crisma, como Dios está en los cielos... y nada más.

--¿Lo oyes?--dice Regla, volviendo su cara ceñuda atrás, y poniendo á su hijo enfrente de Gedeón.

Merto aparece tiritando, con una mano en el bolsillo correspondiente de sus bombachos recosidos, y con la otra hundida en la boca hasta cerca de las fauces.

--¡Conque estabas tan cerca?--dícele Gedeón con sequedad al verle.--Pues me alegro: así excuso repetirte lo que le he dicho á tu madre.