El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · Unidad 19 de 32
JORNADA SEGUNDA · 5 — parte 2
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
Regla, que de todo este fárrago no pierde palabra que sea utilizable á sus propósitos, interrumpe á la señora Rita para preguntarla:
--¿Y dice usted que tiene una hija?
--¿Quién... el amo?
--No, mujer, ese perdido.
--¡Ah! sí... Lo decía antes de darse tanto lustre. Ahora, Dios sabe lo que dirá.
--¿Luego usted no la conoce?
--Como al día en que me he de morir.
--¿Ni usted tampoco, tío Simón?
--¡... _de mi diiiii... cha_!
--¡Digo si conoce usted á la hija de ese hombre!
--Yo no conozco más que mi obligación, señora Regla.
--Antes que él--continúa ésta,--creo que vino una carta...
--Pues por eso decía yo á Simón--replica la señora Rita,--antes de bajar usted, que hay días que ni buscados con un candil... Vino una carta, sí, señora.
--¿Quién la trajo?
--Una jovenzuela. «¿Vive aquí don Gedeón?» preguntó muy relamida. «Aquí vive, en el primero,» la respondí muy atenta. «¿Se le ofrece á usted algo?» «Dele usted esta carta,» me replicó con el hocico muy plegado, como si fuéramos aquí gente de chanfaina. «¿Tiene contestación?» volví á preguntar al tomarla... porque me parece á mí que esto es de cortesía, para, si acaso, decirla: «Pase usted adelante, tome usted asiento mientras bajo.» Pues nada, señora Regla: me volvió la espalda sin decir «por ahí te pudras,» y se largó, la muy descortés.
--Y esa joven--pregunta Regla con evidente curiosidad,--¿qué aire tenía? ¿Era, como quien dice, persona decente?
--¡Calle usted, por el amor de Dios! una atropella-platos como otra cualquiera.
--¿Y nada más la dijo á usted?
--¡Y qué más había de decirme? ¡Podía haberse atrevido á mayores, la muy remilgada! ¡No, por vida mía! Pobre sí; pero á saber guardar mi puesto, me ganan pocas.
--De manera, señora Rita, que, como usted dice, el día ha sido aprovechado: primero, una joven con una carta para el amo, y después, un andrajoso que dice que es pariente de él; que sube á hablarle, y que baja de la visita sonando mucho dinero en el bolsillo.
--Cabales.
--Pues eso se ve todos los días, señora Rita.
--No en los míos, señora Regla; y eso que los arrastro bien por el mundo y sobre buenas alfombras, aunque me esté mal el decirlo; que para eso sirvo á muchos... Pero aunque se viera, yo digo que no debía verse nunca de eso.
--Pues para que no se vea aquí más, he dado yo á ustedes el encargo que también acaba de darles el amo, según me dicen... Y con esto, me vuelvo arriba...
--Vuélvase usted, señora Regla, y vuélvase usted en la cuenta de que ese hombre no pisará más este portal... Y diga usted, si viene otra carta ¿tampoco la recibo?
--Esa sí--contesta Regla con vehemencia.--Reciba usted cuantas vengan, y entréguemelas á mí.
--¿Aunque sean para el amo?
--Para dárselas yo á él, alma de Dios.
--Eso es otra cosa.
--Adiós, señora Rita.
--Adiós, señora Regla.
Cuando ésta pone el pie sobre el primer escalón, llámala el filarmónico zapatero.
--Señora Regla--la dice con mucha parsimonia, quitándose las gafas y volviendo la cara hacia ella.--Yo hablo poco, ¿está usted?... y cuando con lo poco que hablo no me entiende ¿está usted?... el que se empeña en meterse ¿está usted?... donde no le llaman... y contra mi gusto, agarro el tirapié ¿estamos?... y en seguida me hago respetar ¿está usted?... De modo que pisar ese hombre las escaleras que usted pisa ahora ¿está usted?... es tanto como decir que Simón ha muerto ¿está usted?... Pues no digo más.
--Y es bastante, tío Simón.
--Y como lo dice lo hace el inocente, créalo usted.
--Hasta luégo, señora Rita.
--Hasta luégo, señora Regla.
Volando sube ésta al piso, y de dos voleos se echa el manto sobre la cabeza.
--¡Se me va de entre las manos!--murmura mientras se le arregla y anda.--Hay que atarle con cuanto esté al alcance de las mías.
Y echa escalera abajo.
Deja á los porteros la llave del piso, como acostumbra en ausencias de su amo, por si éste vuelve antes que ella; y sale del portal sin hacer caso de la señora Rita, que quiere detenerla para hablar un rato.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXII
OTRO INCIDENTE MÁS GRAVE
Solita no cesa de mirar á la calle por las vidrieras del balcón, como hace quien espera con ansia á una persona, ó quien teme que llegue otra que no debe llegar.
No puede ser de las últimas la que, al cabo, columbra, según la prisa que se da á salir á la sala, tumbarse con languidez en una butaca y dar á los pliegues de su falda y á cuanto cuelga en su doméstico arreo, la caída y el _aire_ que corresponden á la palidez de su semblante... porque es de advertir que su semblante está mucho más pálido y ojeroso que de costumbre.
Cuando oye abrir la puerta de la escalera, deja caer la cabeza sobre una mano, y el otro brazo fuera del correspondiente de la butaca.
En esta guisa la halla Gedeón, que era, á no dudar, la persona esperada y vista por Solita.
Pero lo que Solita no esperaba y ve ahora por las rendijas de su mano, es que Gedeón viene echando lumbre y veneno por todos los agujeros de su cara.
Aquel hombre es una botica que arde.
No se sienta, se derrumba delante de Solita; y al derrumbarse, rechina la butaca y cruje el pavimento; el sombrero que se arranca de la cabeza, no le coloca, le estrella en el sofá; y al cruzar sus piernas, parece que trata de romper la una contra la otra.
--¿Recibiste mi carta?--le pregunta Solita, sin levantar la cabeza, con voz lánguida, muy lánguida, después que observa que el recién venido, aunque bufa mucho, no rompe á hablar.
--¡Sí!--responde Gedeón con un bramido huracanado.--Recibí tu carta... ¡y algo más que tu carta!
--Me atreví á escribirte porque hace tres semanas que no te veo; y el caso era urgente.
Después de decir esto con la misma voz lánguida y apagada, llévase una mano á la garganta, como si se le atravesara allí algo que le produjera bascas; mira á Gedeón con ojos tiernos, y reclina todo su busto en el respaldo de la butaca.
--¿Conque es urgente el caso?--exclama Gedeón con la sorna de un mastín cuando enseña los dientes.--Y ¿cuál es el caso?
--Uno de ellos, el que yo me temía, Gedeón. Anteanoche, saliendo á tomar el aire, porque _ahora_ necesito tomar el aire muy á menudo, me encontré con... mi padre.
--¡Adelante!
--Me extraña la poca sorpresa que te causa la noticia...
--¡Adelante!
--¡Jesús., qué suave te vas volviendo!
--¡Adelante, Solita! ¡Adelante, y déjame á mí en paz!
--Como tú quieras... Híceme la desconocida cuando me llamó por mi nombre, y hasta quise desorientarle metiéndome por las calles más extraviadas; pero debió de seguirme los pasos, porque cuando me creía libre de él en mi casa, comenzó á llamar á la puerta, y con tanta furia al ver que no le respondían, que los vecinos salieron asustados á la escalera. Entonces, por evitar un escándalo, abrí. Entró; y como no le podía decir que estaba yo sirviendo en esta casa, pues desde mi vestido hasta la soledad que reina en ella le probaban todo lo contrario, ocurrióseme decir que me había casado en Puerto Rico, pero en secreto, y que había venido á España en el último vapor á esperar á mi marido, que llegaría tan pronto como las cosas le permitieran publicar el casamiento... ¡qué sé yo lo que inventé por el estilo! y á mayor abundamiento, le dí cuanto dinero podía darle en aquel instante. Parecióle bien la dádiva, pero no la historia; y prometiéndome enterarse de ella más á fondo y hacerme otras visitas, se marchó. No he vuelto á verle, y esto quería decirte para tu gobierno.
--¿Has concluído?--pregúntala Gedeón, enronquecido por la ira y el despecho.
--No tengo más que decirte sobre este asunto,--responde Solita, cada vez más lánguida y sentimental.
--Pues bien--exclama el otro como estallan los pellejos muy inflados, á poco que se los apriete,--yo, en cambio, tengo que contarte á tí que el zapatero inmundo, que el remendón miserable, que el sinvergüenza de tu padre, ha estado en mi casa... ¡y ha querido abrazarme! ¡y me ha llamado hijo suyo!... ¿lo oyes bien? ¡hijo suyo!... ¡y me ha tuteado!... ¡y he tenido también que darle dinero para taparle la boca, ya que no podía taparle el resuello con pólvora y solimán!
--¡Mi padre en tu casa! Pero, ¿quién le guió allá?--dijo Solita dejando los dengues y dando á su voz y á su fisonomía tal aire de sinceridad, que el mismo Gedeón no se atreve á dudar de ella.
--Por lo visto, la víbora de doña Ambrosia, á quien el condenado fué, con infeliz ocurrencia para mí, á pedir _antecedentes_ del caso. ¡Figúrate si se habrá regodeado la pícara buscándonos las huellas!
--¡Pero es una infamia eso!
--Será lo que tú quieras... De cualquier modo, hay que tomar sobre ello una resolución heróica. ¡Yo no puedo quedar ligado á la ignominia de ese hombre!...
--Ciérrale la puerta... hazte el desconocido.
--Me he hecho el desconocido y le he cerrado la puerta; pero volverá á llamar á ella, y me perseguirá, y será mi sombra de día y mi pesadilla de noche. ¡Qué horror!
--¡No es para tanto, hombre! ¡En qué poca agua te ahogas!
--¡Poca... cuando me cubre con más de un palmo, no el agua, sino la pringue de la zapatería!
--¡Y vuelta al zapatero! Pues, qué caramba, ya sabías que lo era cuando te acercaste á su hija.
--¡Sólo falta ya que tú le defiendas!
--No le defiendo; pero al cabo es mi padre...
--Es decir, que siendo yo el descalabrado, tratas de ponerte tú la venda.
--Yo trato de poner las cosas en su punto, y nada más.
--Pues precisamente vengo yo á eso: á poner las cosas en su punto, y á ponerlas en seguida.
--Pues tú dirás...
--Antes tienes tú que decirme, por si también es de las partidas que deben figurar en la liquidación, cuál es el otro caso grave de que tienes que hablarme.
Aquí languidece de nuevo Solita; y como si de pronto olvidara todos los puntillos que tiene pendientes con Gedeón, mírale con los ojos casi en blanco; sonríele medio ruborosa, y exclama, á vueltas de algunos toques de mímica sentimental:
--¡Ay, Gedeón! ¡qué ocasión más providencial para dar al olvido resentimientos de vicio y quejas de tres al cuarto!
--Pues qué, ¿nos ha tocado la lotería?
--¡Sí, amado Gedeón; y el premio gordo!...
--¿Quieres hacer el favor de no bromearte, Solita, y acabar pronto de responderme?
--¿Tan de prisa estás?
--¡Muy de prisa!
--¡Ingrato!
--¡Solita!... déjame de sensiblerías ridículas, y piensa que es de muy distinto género lo que tienes que oir, después que me respondas á lo que te he preguntado.
--No temo la amenaza, Gedeón; porque después que yo te diga dos palabras, trocaránse en mieles tus amarguras, y en mansedumbre tus furores.
--Ya tardas en decírmelas; pero dímelas en crudo y sin esos jarabes que me empalagan.
--Voy á decírtelas, ¡ingrato!... pero al oído: quiero que ni el aire se entere de ellas antes que tu corazón.
Dicho esto, se levanta Solita hecha un caramelo, pero un caramelo blando que se cimbrea y se escurre; acércase á Gedeón, enlázale con sus brazos, arrima á su oído la boca, y permanece así dos segundos.
De repente da Gedeón un salto y lanza un rugido espantoso; y al caer en el suelo, después de haber tenido cerca del techo la cabeza, oprímesela con las manos crispadas, y comienza á exclamar con voz rabiosa:
--¡Ábrete, tierra, y trágame... una vez!... ¡dos veces!... ¡diez veces!... ¡mil veces!... ¡y vuelve á escupirme á la luz!... ¡y vuelve á tragarme!... ¡por sandio!... ¡por estúpido!... ¡por ridículo!... ¡Yo debí preverlo!... ¡y no lo he previsto!... ¡yo debí... no haber nacido, para no verme en estos trances afrentosos!
Y esto dicho, y algo más que no copio, y mientras Solita lo oye con la boca abierta después de haber estado á pique de caer de espaldas al saltar de la butaca Gedeón, toma éste el sombrero; hunde en él casi toda la cabeza, y sale, ó más bien, huye de la casa como si llevara un incendio debajo de la levita.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXIII
EL TERCER INCIDENTE
Cuando baja la escalera, parece un peñón que se desgaja y rueda al abismo: tal salta de tres en tres los peldaños; y aquí tropieza, y allí vacila, y más allá resbala; y á sus golpes crujen los tablones y tiembla la balaustrada.
Así llega al portal; y, sin pisarle más que una vez, quiere avanzar hasta la acera; y para conseguirlo, ha sacado ya la pierna fuera del batiente; pero otro hombre va á meter la suya al mismo tiempo y por el mismo lado de la puerta, de modo que el que entra y el que sale chocan como dos carneros; y con tal ímpetu, que el uno retrocede hasta la escalera, y el otro hasta el medio de la calle.
--¡Bruto!--ruge el de adentro.
--¡Animal!--exclama el de afuera.
Y cada uno se tapa y oprime la cara con las manos para mitigar un poco el dolor del testerazo que le ha correspondido.
El primero que se descubre es Gedeón, que, al fijar su vista en el de la calle, todavía tanteándose cabizbajo los chichones, conoce en él á su amigo Herodes.
--¡Conque eras tú!--exclama admirado.
--¡Gedeón!--responde Herodes al oir la voz de su camarada, mirándole á hurtadillas y con señales de sobresalto, á causa, sin duda, de la impresión que hace la luz en sus ojos, aún doloridos por el golpe.--¿De dónde diablos bajabas tan de prisa?
--¡De arriba!--contesta Gedeón, palpándose la frente.--Y á tí, ¿qué demonios se te pierde en esta casa? ¿Qué casualidad nos reúne aquí?
--Iba á subir.
--¡Ya! pero ¿á qué?
--Á... hacer una visita.
--¡Visitas tú, y en una casa tan extraviada!
--¿No las haces tú también en ella?
--Es verdad, hombre.
--¡Menudo coscorrón me has dado!
--¡No le recibí yo más flojo!... Ya habrás notado, por el que te dí, que voy algo de prisa.
--En efecto.
--Pues excúsame de cumplimientos; alíviate, y adiós.
--Lo mismo digo. Hasta la vista.
Y Gedeón echa calle abajo, como alma que lleva el diablo, y acaso no sea exagerada la comparación.
Herodes, después de permanecer unos instantes en el portal, saca con cautela su cabeza fuera de la puerta, y sigue con la vista al que se aleja: y ¡extraña curiosidad! cuando éste ha doblado la esquina, llega hasta ella el otro, y con las mismas precauciones de antes, mírale desde allí cómo se interna en otra callejuela; y ¡capricho más pueril todavía! se va tras él, como si quisiera contarle los pasos. Así le escolta hasta verle salir del barrio, y sólo entonces se resuelve á volver atrás. Llega de nuevo al portal de Solita; y como si ya no se acordara del testerazo, arréglase un poco la corbata y echa escalera arriba con aire tranquilo y reposado.
Entre tanto, Gedeón llega también á su casa; se encierra en su gabinete y comienza á dar vueltas en él, como tigre en jaula.
Su cabeza es un volcán en que hierven, y se oprimen, y se mezclan y se revuelven las ideas; ideas que le escaldan y le confunden el cerebro; porque, á la vez que lava abrasadora, son marea que avanza y retrocede, y muge y aporrea.
Lo que Solita ha confiado á su oído no son palabras, es una cadena de presidiario que le amarra á él, por toda la vida, á la hija del remendón... Ya no es libre; ya no puede tener ni la esperanza de serlo, como la tenía pocas horas antes, cuando iba resuelto á liquidar las cuentas de sus debilidades con Solita. ¡Qué adelantaría ya con realizar estos propósitos... si le quedaba _lo otro_ por liquidar? Y _lo otro_ es todo lo más abominable que puede proceder de Solita, y además, Solita entera y verdadera, y además, el zapatero con más hondas raíces á la puerta de su casa, amenazándole con sus harapos y su parentesco. Y de esto puede alejarse, pero no desprenderse; porque ¿adónde irá que no lo vea, ó que no lo oiga, á lo menos? Y verlo ú oirlo, ¿no es estar ligado á ello? Será la cadena más ó menos larga; pero siempre será cadena, á cuyo extremo estará amarrado él, girando, como bestia en hipódromo, alrededor de un centro de mamarrachos y de ignominias.
Cuando éstas y otras y otras ideas, no más risueñas ni sosegadas, han batido con furia todos los rincones de su cráneo; después que de aquella tempestad bravía sólo queda la espuma de sus amarguras sobrenadando, señal de que las ideas han vuelto á su nivel acostumbrado, la razón comienza á ver alguna claridad por las rendijas de la bruma que se rasga y va desapareciendo en jirones por el horizonte. Entonces, y sólo entonces, advierte que en el encuentro que tuvo con Herodes puede haber de curioso algo más que el mutuo coscorrón que ambos se dieron. ¿Qué buscaba allí aquel hombre, precisamente á la hora en que Gedeón nunca había entrado en aquella casa hasta ese día? ¿Y qué buscaba en un barrio tan extraviado, y en una casa cuyos vecinos todos, según confesión de Solita, la miran á ella con menosprecio, señal evidente de que todos son honrados? Y siendo todos honrados, ¿cómo puede tratarse con ninguno de ellos un hombre que no comunica con la humanidad más que por el lado de las mujeres que sean livianas y corrompidas? ¿Y en qué mujer de las de aquella vecindad se pueden sospechar, con algún fundamento, conexiones con el impudente solterón?... ¡Será posible que el hombre que más esfuerzos ha hecho para separarle á él de la buena senda, se atreva á tanto?... Y ¿por qué no? Quien se burla de los afectos más puros y de los sentimientos más honrados, ¿por qué no ha de burlarse de un camarada de vicios y liviandades?... Pero aunque él llegara á intentarlo, Solita le rechazaría... Y ¿por qué ha de rechazarle Solita? Si la mujer propia, si la mujer unida á un hombre ante los altares de Dios, según las doctrinas del mismo Gedeón, falta á sus juramentos, y quebranta sus deberes, y mancilla el honor de su marido, ¿por qué no ha de sucumbir la obra de las tinieblas y del vicio? Quien ha sucumbido á las ofertas de un amante, ¿por qué ha de resistirse á las dádivas de otro? ¿Qué más da Gedeón que cualquiera de sus amigos? Además, Solita se queja, no sin fundamento, de que Gedeón la tiene medio abandonada; pues así como él busca lejos de ella remedio para el hastío que le mata, lejos de él buscará ella el consuelo para la soledad en que vive. Cierto es que Solita debe á Gedeón lo que le cuesta, en dinero, su vida de «señora de su casa;» pero ¿no le debe nada Gedeón á Solita? ¿Nada valen en el mercado del mundo la honra y la libertad de una mujer, única hacienda que Solita poseía y ha sacrificado á Gedeón? Por este lado pagados están ambos también. ¡Pero por _el otro_!... ¡Vamos, eso sería inicuo!... ¡En semejantes circunstancias!... ¡Hacerle á él cargar con!... ¡Horror, mil veces!...
Pero, después de todo, ¿qué ha sucedido para tales imaginaciones?... Nada, ó poco menos: un encuentro de dos hombres en el portal de una casa. ¿No se ve esto cada día y en cada calle?...
Mas aunque se vea y nada grave haya que temer con fundamento, ¿no es bastante lo que ya está sucediendo? ¿No es hasta demasiado que él, un hombre como él, libre como él, emancipado como él de todas las «miserias del hogar,» de todas las «inmundicias del matrimonio,» esté en aquel instante... celoso... ¡sí, señor, celoso!... y por una fregatriz, hija de un remendón borracho y sin vergüenza; por una mujer á quien no ama y de cuya compañía huye delante de la gente, como se huye de lo que mancha y desdora?
¡Oh, qué razón tenía el médico! No basta romper los lazos de la familia para verse un hombre exento de los pesares que teme en ella, y de otros muchos más.
Y así batallando, quiere volver á casa de Solita por si aún está en ella el inicuo amigo; pero luégo reflexiona que no será éste tan necio que habiéndole hallado á él en el portal, permanezca al lado de la infame tan largo rato.
Después torna á encontrar descabellados sus recelos, y se tranquiliza encomendando al tiempo y á una prudente vigilancia la solución de sus dudas...
--Porque ¡tendría que ver--concluye,--que un hombre como yo diera una campanada de esas, y la diera en falso!
[Ilustración]
[Ilustración]
XXIV
LO QUE ERA DE ESPERAR