El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · Unidad 23 de 32

JORNADA SEGUNDA · 6 — parte 3

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Saludáronse como dos mastines, más bien gruñendo que hablando; y maquinalmente llegó Gedeón á preguntar á su viejo camarada por Anás.

--¡No me hables de ese cerdo!--exclamó trémulo de ira Caifás.

--Efectivamente... No me acordaba de que habíais tenido un disgusto: perdona la distracción.

--¡Si no me lo quitan entonces de las manos!...

--Más vale que te le quitaran.

--¡Yo digo que no, porque debí matarle allí!

--¿Tan grave fué el motivo de la riña?

--Gravísimo. Disputamos primeramente sobre si eran mejor las cintas que los botones para sujetar los calzoncillos encima de las medias...

--¡Por eso nada más?

--Y por lo otro, Gedeón; por lo otro que teníamos en el cuerpo desde muy atrás. Lo de los calzoncillos fué la mecha que prendió la pólvora.

--Entonces no digo nada.

--¡Pues yo te digo á tí que ese hombre es un sinvergüenza!

--Lo será si te empeñas.

--Y tú debieras decir otro tanto, sabiendo cómo vive.

--Te juro que no lo sé.

--Pues debieras saberlo.

--Jamás lo he intentado; y cree que me iré á la sepultura en mi ignorancia, si tú no me sacas de ella.

--Ya sabes que es muy avaro y le da por decir á todo el mundo que él no se casa porque cree que nadie, ni los hijos, tienen derecho al caudal de su padre. Pues bueno: cuando á tí te decía eso mismo, aconsejándote que no te casaras, vivía de posada en casa de una buena moza, mujer de un sargento de carabineros: el cual sargento pasaba de cada tres semanas, una al lado de su mujer, porque estuvo de punto muchos años cerca de la ciudad. Esta mujer fué teniendo familia, hasta tres hijos, y consiguió hacer creer á ese bestia que los chicos se le parecían, á medida que iban naciendo; y le obligaba á pasearlos, y á dormirlos, ¡y hasta limpiarlos!... En fin, hombre, y pásmate: le exigió que hiciera testamento á favor de ellos, porque estaba en ese deber.

--Á eso ya se resistiría.

--Como si callara: amenazóle la pícara con decírselo _todo_ al sargento; él es un cobardón, y además se le caía la baba delante de aquella prole, como si fuera suya, y testó, Gedeón, ¡testó como quería la carabinera!

--¡Qué me cuentas?

--La verdad, la verdad pura; y ahí le tienes hoy viviendo en la misma casa; dejándose llamar _padrino_ por tres hombrachones ya casados, que comen á sus expensas; manteniendo al sargento que se licenció, y aguantando la tiranía brutal de aquella mujer sin educación, sin entrañas y sin vergüenza... Porque yo te garantizo ¿lo entiendes? yo te garantizo que no la tiene.

--¿Y sospecha él que tú puedes garantizarlo?

--Témome que sí.

--Entonces ya voy cayendo en la cuenta de los palos.

--Témome que no del todo... Como yo le dije un día, muchos años há, cuando me vino con indirectas, á causa de sus recelos y aprensiones:--«Pedazo de bruto, mientras vivas como vives, ¿que derecho tienes tú para quejarte? Bueno que cada hombre tenga los líos que le dé la gana; pero que los tenga con decencia y con cierto decoro... ¿Por qué no haces lo que Gedeón?...»

--¿Eso le dijiste?

--Eso le dije.

--¿Y con qué derecho?

--Me parece que diciendo la verdad...

--¡Yo no tengo líos, ni los he tenido nunca!

--¡Oiga! Parece que te amoscas...

--Y me amosco con razón.