El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · Unidad 24 de 32

JORNADA SEGUNDA · 7 — parte 1

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--Pues ya que tan por lo alto lo tomas, sábete que lo que entonces sospechaba yo por ciertos indicios, se hizo público años después por boca de tu ilustre padre político.

--¡Falso!

--_Hijo_ te llamaba él en calles y plazuelas... Todo el barrio lo sabe.

--¡Mientes!

--¡Gedeón!...

--Y no te rompo la crisma, porque necesito el bastón para sostenerme de pie...

--Eso te salva de que no casque yo el mío encima de tus costillas, ¡grosero!

--¡Calumniador!... Si yo no te hubiera conocido nunca... ¡otro gallo me cantara!

Así acabó aquel encuentro, cuando ya empezaba la gente á formar corrillo alrededor de los dos _amigos_.

El grandísimo disgusto que produjo á Gedeón lo que Caifás le dijo acerca de sus _ocultos_ enredos, no le quitó el deseo de saber algo sobre la vida del mismo Caifás, deseo nacido de las primeras palabras de éste al encontrarse con él. Si también este juez de su antiguo pleito había prevaricado, ¡morrocotudo tribunal fué aquél _de los tres_ que le sentenció! Para averiguar ese algo, ninguna fuente como el mismo Anás, primero amigo y después enemigo feroz de quien tan ferozmente acababa de biografiarle á él.

Buscóle con cachaza, y le halló al cabo, también en medio de la calle, como se había propuesto Gedeón para no darle que sospechar buscándole en su casa.

También le pareció su antiguo consejero muy acabado, y, además, mal vestido y poco limpio.

Á las pocas palabras, después de un saludo frío y desaliñado, Gedeón le preguntó por Caifás.

--¡Mal rayo le parta!--gritó Anás transformando su sombrío decaimiento en furor salvaje.

--Perdóname, hombre: no me acordaba ya de que habías tenido un disgusto.

--Si la gente no se interpone, le destrozo, y libro á la humanidad de ese infame.

--Entonces, más vale que se interpusiera la gente.

--¡Yo digo que no, porque debí hacerle polvo!

--Según eso, fué muy grave el motivo de la querella.

--No valía dos cominos, Gedeón; pero había mucha pólvora en mi cuerpo, y esa futesa la inflamó.

--De lamentar es el caso, de todas maneras.

--¡Ese hombre es una bestia, Gedeón, y además un canalla!

--Será si tú lo dices; pero como no estoy en antecedentes...

--Pues qué, ¿no sabes cómo vive?

--Ni he intentado saberlo... Como no me trato con nadie...

--Recordarás que esa fiera siempre fué tan vehemente como celoso, y que por no fiarse de ninguna mujer, detesta del matrimonio y de los que le contraen. Pues bueno: puso casa muchos años hace, y tomó un ama bien parecida. La muy lagarta conoció pronto de qué pie cojeaba el animal de su amo, y se complacía en dar pábulo á sus accesos bestiales para tener el gusto, contrariándole, de verle pidiéndola misericordia. En uno de estos trances, impúsole la condición de casarse con ella, después de dotarla rumbosamente.

Resistióse el bruto á lo del matrimonio, aunque asintió á lo de la dote; pero la astuta supo aguardar ocasión conveniente, y al fin convino el asno en la otra cláusula también, aunque á condición de que el casamiento fuera secreto. Hízose así con todas las garantías legales exigidas por la serpiente; y ahí le tienes desde entonces devorando en silencio cuantas afrentas puede una mujer echar á la cara de un hombre.

--Y ¿por qué las aguanta?

--Porque le amenaza ella con publicar el casamiento.

--¿Y estás seguro de que le afrenta esa mujer?

--Te lo garantizo, ¿lo entiendes bien? te lo garantizo yo.

--¿Y sabe él que puedes tú garantizarlo?

--Lo sospecha, como de tantos otros.

--¿Quiere decir que por eso fueron los palos?

--Por eso unos pocos, y otros tantos por ciertas demasías suyas.--«Pero pedazo de bruto,» le dije yo en una ocasión, hablándome él de esas aprensiones, «¿basta que se le meta á un hombre una majadería en la cabeza para que sin ton ni son vaya á dar un escándalo en la vecindad? Bueno que vigiles y quieras conservar tu puesto, pero con decoro; porque figúrate que te equivocas... Y por último, antes de dar contra los amigos, echa de casa á los extraños;» porque créelo, Gedeón, ¡esa infame se los pone á la mesa con él, á título de amigos y de parientes!... ¡y el sinvergüenza lo sufre! ¿Quieres más?

--¡No es poco que digamos!

--Y también le dije: ¿á que no daba un paso como ese nuestro amigo Gedeón?

--¡Yo! Y ¿por qué había de darle?

--Gajes del oficio son los motivos de esa clase.

--Yo no sé qué oficio es ese, ni conozco esos motivos...

--Vamos, Gedeón, echemos tierra á los motivos, pero en cuanto al oficio...

--¿Qué quieres decir con eso de «echar tierra?» ¿Á qué aludes?

--¿Por qué te quemas?

--Porque me insultas.

--¿Porque te digo que tienes líos tapados?

--¡Yo no tengo líos tapados ni descubiertos!

--Como cada hijo de vecino.

--¡Falso!

--¡Gedeón!

--¡Te repito que yo no tengo líos!

--Pues cuéntaselo á tu augusto suegro que los publicaba. ¡Lástima que ya no viva!

--¿Y á ese entierro aludías antes?

--¡Ó á otro, canastos!

--¿Á cuál, víbora, á cuál?... ¡dilo!

--¡No me da la gana, soberbio!

--¡Yo haría que te diera, si tuviera los miembros sanos!

--¿Qué harías entonces?

--Molerte á bastonazos.

--Ya tendrías tú media docena de ellos encima de tu alma si no mirara...

--¡Difamador!

--¡Hipócrita!

--¡Bárbaro!

También esta entrevista acabó rodeada de transeuntes y hasta silbada de granujas.

No sé á punto fijo cuánto profundizó en el espíritu de Gedeón el que éste juzgó dardo lanzado á su pecho por Anás desde la sepultura de Herodes; pero me consta que al encerrarse en su cuarto, exclamó, poniendo todo su corazón en sus palabras:

--¡Señor, entre qué gentes he pasado lo mejor de mi vida!

Después volvió á encerrarse en su concha; y ningún acontecimiento notable alteró la triste monotonía de su existencia, hasta el instante en que se le presento á mis lectores al comenzar la historia de esta tercera y última jornada de su vida.

Pero heme referido allí únicamente al aspecto exterior de nuestro personaje; y ahora necesito decir dos palabras acerca de sus interioridades.

Mientras á un enfermo le dura la fiebre, no cabe en la cama y sueña que es emperador que manda ejércitos, y que ni la muerte se atreve contra él; pero pasa el acceso, y sus brazos, antes de acero, truécanse en débiles cañas; la luz vence á sus ojos, y el más blando lecho parécele dura roca para descanso de su cuerpo aniquilado: la razón, ya en su quicio, no le alumbra quimeras, sino la verdad de su estado y lo que le falta para llegar á ser un cuerpo sano como los demás.

Lo mismo le ha sucedido á Gedeón. Mientras le duró la fiebre de las pasiones groseras sostenidas por el vigor de su naturaleza y estimuladas por el veneno de su educación, ya sabemos lo que fué; pero asaltáronle plagas, lloviéronle pesadumbres y desengaños; y á medida que el cuerpo fué cayendo, fué su espíritu levantándose. Cada ilusión apagada en su fantasía, renació como luz en su razón; y cada flaqueza vencida en su materia, rompió un eslabón de la cadena de su alma. Así llegó ésta á enseñorearse de aquel cuerpo, cuando el cuerpo no fué más que una carga de dolores.

Ya no hay brumas ante la mirada de Gedeón; y desde la alteza de sus desdichas, todo lo ve claro; ya no duda que de los senderos que tuvo delante de los ojos al dar el primer paso de la vida, eligió el peor creyendo lo contrario; y también ve, para su tormento, que ya no es hora de retroceder para buscar otro más placentero. Á sus pies está el abismo, y en él caerá con su cruz de tristezas, y allí será crucificado por el verdugo de sus remordimientos.

Para otros la luz y los consuelos; para él, la obscuridad y el desamparo.

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III

LOS VECINOS DE GEDEÓN

Sucédele muy de continuo á nuestro personaje lo que al envidioso: todo se le vuelve fijarse en lo que él no posee y tienen los que pasan á su lado.

Con el cuerpo hundido en el sillón de su gabinete, y en el pecho la barbilla, deja correr las horas, perdida la imaginación en investigaciones que le seducen y en cálculos que le fascinan.

«Lo que soy, lo que he sido y lo que pude ser.»

Estos son los tres puntos sobre los cuales divaga su fantasía años há, y el único tema de las meditaciones que le entretienen.

En la ocasión en que ahora le hallamos, con el cuarto á media luz, la atmósfera saturada de olores de _bálsamo tranquilo_, sin otro rumor que altere aquel silencio sepulcral que le rodea que el crónico estertor del ratonero que dormita debajo de la manta, por un lógico y no largo encadenamiento de ideas que acaso arranca de aquel cuadro mustio y desconsolador, vase con la mente á examinar el que ofrece cada familia de las que habitan aquella misma casa, y le son bien conocidas.

Vive en el cabrete del portal el matrimonio de que dimos cuenta más atrás; el cual matrimonio tiene un hijo de veinte años, que gana en una carpintería un jornal de dos pesetas. Al mediodía y por la noche, los tres se reúnen, y comen y cenan _en familia_. Alguna vez que otra, asoma entre ellos la discordia; pero lo ordinario es que reine la paz y hasta la alegría en aquel hogar angosto y miserable.

En el segundo piso habita un abogado de _cierta edad_, esposo de una mujer bella, padres ambos de tres niños. Rara es la semana en que el médico no tenga que visitar á alguno de éstos. Mientras dura la enfermedad, no se oye una mosca en la casa; pero, en cambio, tan pronto como el enfermo se restablece, aquello es una pajarera.--«¡Hijo mío, yo te como á besos!... ¡Toma, toma... toma!... ¡Válgame el Señor, qué gitana de criatura!... ¿Qué quieres tú, resaladísima?... ¿Que te haga un nene con el pañuelo?... Tómale, prenda. Á ver cómo le cantas: ¡oba, oba, oba!... Duérmele tú, morena... ¡Ajá!... ¡Bendito sea Dios, si no parece que los ángeles enseñan á esta chiquilla tanta monada!--¿Tienes celos tú, renacuajo mío? ¡Ay, qué pucheros hace el muy remonísimo!... No, pimpollo de la casa, que te quiero también á tí... Ven acá, hijo mío, á este otro brazo, junto á tu hermanita. Así... dale tú un beso, pichona. ¡Bien! Dale tú otro á ella, gitano... ¡Eso es! ¿Ve usted cómo se quieren los niños?... Ven tú ahora, cachorrón, y abraza á tus hermanitos... aprieta más... así... Ahora, yo un beso á cada uno... ¡Toma, toma, y toma... que valéis un imperio entre los tres!»

Tales son los entretenimientos de aquella madre, siempre que sus faenas domésticas la dejan un rato libre.

En cuanto al padre, trabaja en su bufete largas horas; pero nunca le falta una para dedicársela á sus hijos, jugando con ellos como si fuera un niño más en la casa; y si algún cliente no le ha sorprendido, como el embajador español á Enrique IV, haciendo de la estancia picadero, puesto en cuatro pies y llevando montado en sus espaldas á un chiquillo, hale hallado muchas veces con la carga encima de los hombros, á modo de San Cristóbal.

Á pesar de tan _prosáicos_ pormenores, la casa está limpia como el oro, la mujer es hasta elegante, el marido no es _raro_ y se cree feliz, y los niños no rompen la vasija ni comen las sopas á puñados. Para eso está la madre que se lo prohibe, como todo lo malo, y les amenaza con el enojo de Papá-Dios, y hasta con la venida de Pateta y del Cancón, si es necesario; y los inocentes se conforman con mirar á hurtadillas los _santos_ de algún libro, con ver lo que hay dentro del estuche de costura de su madre, alguna vez que ésta le deja abierto, y con jugar á los soldados con el bastón y un chaleco viejo de su padre, ó á los cocheros, con cuatro sillas del comedor y las disciplinas de sacudir la ropa.

Vive en el piso tercero, si padecer es vivir, un coronel retirado á quien la gota y algunas reliquias de la guerra tienen postrado en el lecho la mayor parte del año, y el resto encogido en un sillón. Para asistirle y consolarle y sufrirle con la heróica resignación de una hermana de la Caridad, está constantemente á su lado su hija, joven y bella, aunque su belleza tiene no escasa semejanza con las flores sin sol. Un hermano de ésta ayuda á levantar las cargas del hogar, desempeñando un empleo que no le produce tanto lucro como sudores. Cuando los tres se hallan juntos á ciertas horas del día y casi todas las de la noche, el afán de los hijos se consagra á endulzar las amarguras del inválido, cuya paciencia no es tan grande como el amor y la gratitud que siente hacia aquellos pedazos de su corazón.

En el piso cuarto habita un matrimonio que demuestra no ocuparse ni pensar en otra cosa que en reñir cruda batalla con la muerte, que tiempo há reclama la vida del único fruto que le han dado veinticinco años de unión pacífica y armoniosa. Rico el marido y no pobre la mujer, cuanto los dos reúnen, y sus vidas además, dieran sin vacilaciones por devolver el color de las rosas y los bríos de la juventud á la faz macilenta y al cuerpo entumecido y descarnado de aquel sér á quien una lenta, pero invencible consunción, va acercando al borde del sepulcro. Para aquellos padres el día no tiene sol, ni la noche descanso: sus almas están en el cuerpo de aquel hijo que padece y se acaba, sin que poder humano alcance á conjurar tal desventura. Algunas veces un pobre sacerdote, sentado á la cabecera del enfermo, le alivia los dolores del cuerpo con sabias advertencias para el alma, dando á la vez grato consuelo á los que ninguno esperan de los halagos del mundo cuando de él falte quien tan próximo se halla á las puertas de la eternidad.

Por último, habita la buhardilla una costurera que sostiene con su trabajo á su madre anciana y viuda, y á un hermano memo. Aunque no cesa de trabajar, y lo que gana cada veinticuatro horas puede meterse en un dedal, esta criatura canta de día y canta de noche, hasta en las horas que roba al sueño y al descanso.

Hecha esta mental exploración por su vecindad, Gedeón, que nunca olvida las lecciones del Doctor, juzga que aquella casa es un remedo del mundo. Hay en ella un poco de todo: diversidad de caracteres, de caudales, de infortunios y de alegrías.

Hay padres que trabajan y se sacrifican por sus hijos; hijos que trabajan y se sacrifican por sus padres; hermanos que cuidan de sus hermanos; padres é hijos que mutuamente se auxilian y conllevan. En una ó en otra forma, siempre hay un sér identificado con otro sér; un sentimiento honrado respondiendo á otro sentimiento, ó inclinando el corazón á trocar por los dolores ajenos las propias alegrías; vidas que se reflejan en otras vidas y en ellas se funden y se gozan, como la luz, y las flores, y el rocío; conjunto maravilloso de colores, de aromas y de frescura; ambientes embalsamados que regala el valle á la montaña, en pago de la brisa, de la lluvia y del amparo que la montaña presta al valle; misteriosa cadena de afectos que elevando el alma sobre las miserias de la tierra, convierte los dolores y la abnegación y el heroísmo en necesario y grato deber.

--¡Esto es la familia!--piensa Gedeón, interrumpiendo sus exploraciones;--algo que se siente, se ve y no se explica; algo que se encuentra en todas partes... menos en mi casa y en los libros que yo he devorado. Esto lo que en ella me llamaba en otros tiempos, y lo que yo no quería oir; esto lo que me recomendaba el Doctor como remedio de todos mis males... ¡Qué necio, qué fatuo, qué estúpido he sido!

Volviendo otra vez con la mente á la vecindad, ¡cuán rebajado se encuentra comparándose con ella!

Cuantos seres la componen tienen un destino que cumplir, ó le han cumplido ya; parecen venidos al mundo con un fin benéfico y para ocupar un puesto que les estaba señalado, y son como rueda de artefacto, que, por pequeña que sea, colocada entre otras, ayuda al movimiento á la vez que le recibe.

Todos aquellos vecinos pueden abrir sus puertas y mostrar al público sus hogares, porque nada hay en éstos que no sea útil, lícito y honrado.

Pero él... ¡cielo santo! En su casa el desamparo, el silencio, la soledad, la desconfianza, el misterio, el engaño; en su corazón, el odio á quien debiera amar y poner sobre su cabeza; en su conciencia, el remordimiento y el desencanto de los vicios.

¡Pero en cambio es _libre_!... ¡Qué mofa!...

¿De qué le sirve la libertad? Si le faltara aquel dinero, por amor al cual halla quien le dé de comer y le guarde la casa, ¿quién se acercaría á ella, ni con paciencia aguantara sus desabrimientos, hijos de sus amarguras y dolores? ¿Á quién arrancará una lágrima su muerte?

No hay duda: él solo es en aquella vecindad, reflejo del mundo, la rueda inútil, y por inútil arrojada al basurero; allí irá hundiéndose poco á poco, comida por la roña y azotada por los vientos y la lluvia, mientras la van formando una corona digna de su tumba de inmundicias y de escombros, las zarzas y las ortigas.

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IV

CASTILLOS EN EL AIRE

Pues supongamos ahora--continúa llevando sus meditaciones á otra región de más luz y de mejor aire,--que yo me hubiera casado á tiempo. Podría haberme cabido en suerte algo de lo malo que hay en la vecindad, es cierto, pero ¿y qué? Lo peor de ello ¿no es mucho mejor que lo que yo poseo? Más probable es que tuviera un poco de cada cosa: hoy una pena, mañana una alegría, ahora un dolor, más tarde un placer... Tal es el mundo, y tal la humanidad; porque no puede ser de otra manera... Pero el conjunto de todos estos dulces y de estos amargos, de estos goces y de estas pesadumbres; el no sé qué que lo envuelve y rodea, y lo da color y luz y vida; eso que un pintor llamaría _ambiente de la familia_, y otros, con mejor acuerdo, el _reflejo de Dios_; eso que no se disipa con ninguna pena, ni se adquiere con ningún dinero, ni se sustituye con nada, pero que existe en todas las familias, ¿por qué no había de existir en la mía? ¡Si me parece que lo ven mis ojos y lo palpan mis manos!... Y no es extraño: soy de los necios que viéndose ahitos, arrojaron las provisiones por la ventana, sin hacerse cargo de que se quedaban con el hambre, aunque dormida y acallada. Ahora se despierta la mía y se entretiene en pintar manjares... como ella sabe pintárselos á quien no los puede saborear.

Pero vaya una suposición racional, aplicable á este momento de mi vida.

Si yo me hubiera casado á tiempo, mi mujer estaría ahora á mi lado... Tendría, próximamente, cincuenta años: quince menos que yo; pero bien conservada, afable... hasta fresca y rozagante. Y digo que se hallaría á mi lado, porque estoy achacoso; y para entretenerme y consolarme, me daría conversación. Hablaríamos de cuando fuimos jóvenes y de las inocentadas que nos decíamos cuando novios. Pareceríanos imposible que entonces nos conformáramos con aquel amor vehemente y apasionado que luégo vimos trocarse, para dicha mutua, en otro afecto más apacible y desinteresado, y á la vez más profundo, cordial y permanente, como si nuestras vidas se hubiesen compenetrado, ó fuéramos _ella_ y yo dos cuerpos con un alma sola...

Pero á cierta edad deben entretener poco estas metafísicas. De ellas habríamos hablado en ocasión oportuna... Lo seguro es que en la presente estaríamos tratando de nuestros hijos, ó acompañados de alguno de ellos.