El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · Unidad 27 de 32

JORNADA SEGUNDA · 8 — parte 1

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.

Apóyale en todos sus asertos y comentarios, con la muletilla de «¡mucho que sí!,» un joven de medio siglo, que tapa la sesera, _tanquam tábula rasa_, con dos pabellones de pelo engomado que ha podido conservar en los respectivos parietales. Tiene este amable sujeto la inocente manía de conocer íntima y particularmente á cada personaje político, militar ó científico que en la conversación salga á cuento. Según él, todos los ministros, en cuanto llegan á serlo, le ofrecen honores y destinos, y todas las chicas guapas le quieren y le miman. Por lo demás, es sumamente risueño y complaciente, y no tiene pizca de sentido común.

Forma contraste con él un indianete que alardea de no creer en Dios, porque estuvo seis días en los Estados Unidos; y anda tan escaso de caudal como de ganas de gastarle. Siempre, y aunque no venga á peso, tiene estas frases en los labios, entre las hebras de un cigarro infame del estanco:

--¡Como á mí me pidieran dinero prestado, á puñaladas había de contestar al muy sinvergüenza!

Y es fama que á puñalada limpia ganó él lo que tiene.

Deben citarse también, aunque no describirse, dos especieros retirados que arman entre sí muchas camorras, porque ambos toman por lo serio los discursos de las Cortes, que leen en _La Correspondencia_; siendo el uno impertérrito esparterista, y el otro clerical denodado.

Pero la salsa de aquel condumio es un don Acisclo Berruguete, que ha resuelto el problema de vivir de señor con cinco reales y medio al día. Y verán ustedes cómo. En el barrio más sucio de la población, y en la calle más miserable del barrio, y en la casa más fementida de la calle, tiene alquilada una cama en el cuarto más infame de la casa, lujo que le cuesta dos reales diarios. La misma pupilera le da un potaje al mediodía, por catorce cuartos; y por tres, una taza de cascarilla por la mañana. Con el real y medio que le queda, compra pan, y fuma y ahorra para luz é imprevistos.

Explicaremos este milagro. Come una libra al día, que le cuesta cinco cuartos y medio; pero temiendo que con las provisiones á la vista se le deslizasen los dientes, compraba media para la comida y otra media para cenar y desayunarse. Esta ventaja indudable tuvo un inconveniente de gravedad para él, porque costando cada media libra dos cuartos y medio, más un maravedí, y siendo imaginaria esta moneda, el panadero habría de cobrarle tres cuartos, es decir, un maravedí más de lo justo: de modo que le saldría la libra á seis cuartos. El caso era de meditarse, y don Acisclo meditó larga y reposadamente, y venció al cabo la dificultad, comprando él mismo el pan á un panadero conocido, y pagando, con la segunda media libra, la primera que se llevaba fiada. Así vivió algunos meses; pero advirtió la trampa el panadero, y obligó á don Acisclo á pagar al contado. Lo propio le sucedió en cuantas panaderías fué recorriendo, hasta que se vió precisado á comprar la libra entera y á poner á prueba las tentaciones de su apetito. No se ha dado todavía el caso de que sus dientes se claven en la media libra de reserva después de haber molido la otra media; pero el peligro no más de la caída le trae desazonado y en perpetua meditación.

De los seis cuartos y medio que le quedan, invierte dos, cada tres días, en higos pasos, con un par de los cuales y un cuarterón de pan, cena, añadiendo, de vez en cuando, algo que rebaña en las mesas de los cafés, mientras, de intento, da conversación á los conocidos que las ocupan.

Un tabernero de la calle le hace media docena de velillas de sebo pestilente, por un real, con las cuales tiene para alumbrarse medio año; porque es de saber que no gasta luz más que para orientarse en su cuarto, al entrar en él para meterse en la cama. Todo lo demás lo hace á obscuras. No fuma tabaco si no lo araña en petaca ajena; fuma todo lo que arda envuelto en un papel y huela, aunque huela á demonios. Por eso, tan pronto fuma laurel seco, como yerbaluisa, como anís silvestre, como menta de perro... lo que abunde en la mies cercana ó en el bardal más próximo.

De este modo, ahorra cinco ó seis reales cada mes; y entonces se permite echar una cana al aire con media docena de amigos, acompañándolos á comer _de campo_.

Ya sabe él, por la experiencia, lo que aquel regodeo cuesta por barba; y como las suyas no alcanzan tan allá como las otras, al llegar la comida á los potajes,--«¡raya!»--dice al tabernero,--«y venga la cuenta.» Y paga los dos ó tres reales que le corresponden por lo consumido hasta allí; sin impedirle esto, que mientras sus compañeros toman el indispensable estofado, ó el infalible arroz con leche, pellizque de lo uno y de lo otro, so pretexto de que está duro, ó parece soso á la vista, y sin importarle un bledo que le pongan de gorrón y pegote que no hay por dónde cogerle.

Quédanos por explicar el misterio del vestido.--¿Con qué se viste?--preguntará el lector.--Con nada; porque uno de los grandes problemas que ha sabido resolver este prodigio de la economía, es el del _vestido eterno_.

Cuando dejó el empleo de conserje ó de no sé qué, que desempeñó mucho tiempo en un establecimiento de enseñanza, después de separar de sus ahorros lo necesario para crearse una renta de cinco reales y medio, se vistió de pies á cabeza, tan completamente como quien no piensa volver á hacerlo en toda su vida. Hízose, por de pronto, un gabán-saco de dos caras: una parda y otra escocesa; dobles pantalones, dos pares de botas, dos chalecos y un sombrero de copa alta. Medias no las gastó nunca; y en cuanto á ropa interior... precisamente es esta ropa la especialidad del especialísimo don Acisclo Berruguete. Siendo conserje del mencionado establecimiento, engalanóse éste, en una ocasión de festejos patrióticos, con banderas y gallardetes en cada hueco de sus fachadas; y como los huecos eran muchos, las banderas no tenían número. Pasaron las fiestas y con ellas el entusiasmo; y no quedando de éste ni el necesario para pagar á un granuja por que descolgara las banderas, diéronselas á don Acisclo por el trabajo de descolgarlas. Desde entonces (y cuenta que esto sucedió cuando la Mayoría de doña Isabel II) gasta don Acisclo camisas y calzoncillos de percalina con los colores nacionales, aunque con la precaución de hacer la pechera y el cuello de las primeras con las tiras blancas, ó azules pálidas, que sirvieron de gallardetes. Por eso dicen que es todo lo que hay que ver, ver á don Acisclo en ropas menores.

Las botas.--¿Quién sabe lo que puede durar un par de ellas, no mojándolas ni manchándolas, ni paseándolas mucho? Después, unas puntadas á tiempo; al año, medias suelas y tapas; al otro, el remiendito en la grieta; al otro, la puntera...

Es incalculable lo que dura así el calzado, cuando el que le usa es cuidadoso y ahorrativo; y don Acisclo compró dos pares en sus buenos tiempos. ¡Figúrese el lector si necesitará más en los días de su vida!

El gabán.--Del primer tirón le gastó diez años por la cara parda, y lleva servidos más de seis por la escocesa. Por supuesto que allí todo es hilaza ya; pero como cubre, aprovecha como el mejor, y seguirá aprovechando á don Acisclo hasta que le sirva de mortaja.

Con los primeros pantalones que desechó á los seis años, repara las debilidades traseras de los otros; único sitio por donde éstos flaquean á menudo, sin que importen un bledo las remontas y los costurones, pues con objeto de taparlos llega el gabán más abajo de las corvas.

El sombrero es la única prenda que no pudo pasar, en buen estado, del tiempo usual y corriente; pero cuando otro mortal cualquiera le hubiera arrojado á la calle por descolorido, ajado y alicaído, inventó el ingenioso don Acisclo una untura con la cual le volvió á la vida más duro que una peña. Todavía le gasta, y con ánimo de seguir gastándole hasta que se muera. Mucho brillo tiene, eso sí, y á todo se parece menos al de la seda; pero es impermeable, hasta el extremo de que ni los rayos parten aquella cúpula atrevida.

Tal es don Acisclo Berruguete, el tertuliano más importante, aunque no sea el más _curioso_, de _la tienda de la esquina_.

Qué placer halla Gedeón en la compañía de éste y de los demás tertulianos descritos, no es fácil saberlo. Pero es evidente que desde algunos años atrás, no falta un solo día á la tertulia, si la salud le permite salir de casa.

También es cierto que sólo toma parte en los insulsos debates que allí se sustentan, para llamar _cabra_ á don Acisclo; _melones_ á los especieros; _estúpido_ al indianete; _simple_ al joven de medio siglo; _momia_ al septuagenario, y _alcornoque_ al amo de la tienda.

Y como estas flores las echa con el ceño fruncido y la voz retumbante, sin meterse en más honduras ni razonamientos, recíbenlas los floreados á título de _cosas de don Gedeón_, y danle el puesto de preferencia en la tertulia.

Ocúpale él con la conciencia de que le merece; y siempre le abandona con el propósito de no volver á meterse entre aquella «reata de bestias.» Pero vuelve.

Acaso le mueve á ello una necesidad de su temperamento, que se desahoga llenando de improperios á la reata aquélla; acaso la fuerza misma de su aburrimiento le hace dar por las paredes; acaso es su destino que se cumple así... Lo que el lector quiera. El hecho es que Gedeón no falta nunca á la tertulia de la tienda, y que todos los Gedeones que yo conozco de la misma edad que el de esta historia, tienen por único recreo otra tienda por el estilo para reñir con el lucero del alba que se presente, servir de estorbo á los marchantes y ocasionar la ruína del tendero; sin que, en rigor de verdad, puedan decir que, al precio de tanto mal como han causado, se han divertido una vez siquiera.

[Ilustración]

[Ilustración]

VII

LA VANGUARDIA DE LA MUERTE

Así las cosas, ó porque el invierno se anticipa, ó porque es húmedo, ó porque... ¡vayan ustedes á averiguarlo! un día la gota se encrespa, hácese río caudaloso; y subiendo, subiendo desde la punta de los pies, llega hasta las puertas del estómago de Gedeón; con lo cual el asma, como si temiera ver inundada su vivienda, échase pecho arriba y comienza á bregar en las estrecheces de la garganta, buscando más ancho espacio y un aire que ya no encuentra en aquellas profundidades.

Gedeón, por ende, no sale de casa, y empieza á echársele de menos en la tienda y en los paseos que frecuentaba. En la tienda, á los pocos días; en los paseos, á los dos meses.

--_Debe_ de estar enfermo,--dicen sus contertulios una vez sola, sin mostrar otro interés por su vida, ni cansarse en enviar un triste recado á su casa.

--Hombre, ¿qué habrá sido de ese señor gordo que tomaba el sol en este banco todos los días?--pregunta un observador en el paseo.

--Hace más de dos meses que falta de aquí.

--¿Qué señor?--se le responde.

--Pues uno de estas señas y de las otras.

--¡Ah! Don Gedeón... Creo que está hecho una carraca. Ya no sale de casa... si es que no se ha muerto...

--¡Para la falta que hace en el mundo!...

Tal es el responso que ordinariamente reza el vulgo por los hombres como nuestro personaje.

Como á los muros ruinosos y á los árboles viejos, se les echa de menos, no por lo que valían, sino por el sol que quitaban y el espacio que, al desaparecer, dejan libre y desembarazado.

Entre tanto, el infeliz no halla momento de reposo, por más que le busca en holgado sillón ó en mullido lecho. Del uno al otro pasa á cada hora, forjándole el deseo posturas que, al tomarlas, son prensas que más le oprimen y extreman en su cuerpo los dolores y las ansias.

Así pasa el día, y después viene la noche. ¡Qué noche, gran Dios! Jurara en su febril desasosiego, que los muebles bailan; que las figuras de adorno disputan y pelean; que la mortecina luz, reverberando en opaca porcelana, refleja en puertas y paredes danzas de demonios y de brujas; y que oye hasta el ruido crepitante de sus miembros descarnados, y las carcajadas de sus bocas desgarradas y burlonas. Parécele el cuarto un cementerio, y su cama una tumba abierta, en cuyo fondo yace su propio cadáver, pero cadáver que siente y recuerda; porque por un fenómeno producido por la índole de sus tormentos, todo lo ha perdido menos la sensibilidad y la memoria.

Con ella recorre el dilatado campo de su vida; y por más que cierra los ojos y los oprime con sus manos, una luz vivísima, que á la vez le abrasa, le pone de manifiesto todo el sendero recorrido. Pero aquel campo es una estepa, en que ni huellas quedan de su paso. Allí todo es desolación y muerte. Tras él no viene nadie, porque nada deja en aquel árido desierto que preste abrigo y sombra al caminante. Por allí no pasan sino los pocos insensatos como él, que van huyendo.

Y cuando el sol reaparece, y la fiebre y los dolores le dejan sosegado unos instantes, abre los ojos y mira en su derredor. ¡Qué cuadro! Cerca de su lecho, la inmunda bestia, siendo, con su estertor continuo, reló de su agonía, y á la vez, con su presencia en aquel sitio, testimonio abominable de los mal colocados afectos del iluso; en otro rincón, la mercenaria Regla dormitando; Regla, cuyo cariño sigue las oscilaciones de sus dádivas y las alternativas de sus promesas; en sí mismo, los dolores del cuerpo y los gritos de la conciencia que le acusa.

El cansancio le rinde al cabo, y va á reposar durmiendo, ¡Vana esperanza! Regla, que parecía dormitar, meditaba también. Meditaba que su amo podía morirse en uno de aquellos paroxismos; que ella había pasado muchos años sirviéndole; que por esto, y quizá por algo más, tenía derecho á una buena recompensa, y que estaba á punto de perderla, porque el moribundo no había hecho disposición alguna en debida forma, que así lo declarase; y sabía también que desde que su amo se había agravado, todos los días preguntaba por él al portero una mujer sospechosa. Este indicio la excusaba, en su concepto, de toda consideración con el enfermo.

Mientras le ve luchar con el delirio de la fiebre, limítase á observarle, y ¡sabe Dios lo que entonces pasa por sus mientes! Pero en cuanto le ve dueño de su razón y sosegado, se levanta de la silla en que velaba, y se acerca de puntillas al lecho.

--¡Señor!--dice al oído del enfermo, con hipócrita suavidad.

--¿Quién me llama?--balbuce Gedeón, cuyos párpados empiezan á cerrar el sueño.

--Yo... Regla...

--¡Maldita seas, que me robas el único consuelo que me queda!

--Yo no creí... Como es hora de tomar la medicina...

--Déjame... ¡vete!

--Además, tenía que hablarle á usted...

--¿Tienes sueño que ofrecerme?... Pues si no le tienes, déjame... ¡yo no ansío más que dormir!

--También hay otras cosas en qué pensar...

--¡Déjame!

--¡Y muy sagradas!

--¡Vete!

--Me parece que estoy en mi derecho...

Y Regla, al hablar así, comienza á sollozar.

Tal es la necesidad de descanso que tiene el desgraciado, que, á pesar de la cruel insistencia de Regla, vuelve el sueño á apoderarse de él.

Al verle dormido, vacila la criada entre el temor de empeorar su causa enfureciendo á su amo despertándole, y el recelo de que se muera sin testar en el primer acceso que le acometa.

En esto, aparece en la sala, atropellándolo todo, una mujer, cubierta la cara con el velo de su mantilla. Pregunta por el enfermo á Regla, y ésta se le muestra maquinalmente con la mano, desde la puerta del gabinete.

Penetra en él la desconocida, y avanza hasta la cabecera de la cama.

--¡Gedeón! ¡Gedeón!--dice en voz no muy alta, pero anhelosa, al oído de éste.

--¡Otra vez, infame, inicua?... ¡Otra vez me despiertas?--responde á los pocos instantes Gedeón, entre angustiado y colérico.

Regla, que ha seguido con la vista azorada á la entremetida, cuando la oye llamar á su amo con tanta familiaridad, saca chispas con los dientes y lanza saetas por los ojos.

--¡Soy yo, Gedeón!--continúa diciendo la encubierta.--¡Mírame!

Y recoge el velo sobre su cabeza, dejando al descubierto la faz rechupada y angulosa de Solita.

El enfermo hunde su cabeza en la almohada, como si tratara de hacerse más invisible, para dormir impunemente.

--¿No me conoces?--añade Solita sacudiendo los hombros de Gedeón.

--¡Ya la justicia de Dios no tiene rayos para matarte?--grita iracundo y trémulo el infeliz, al verse tratado con tal inclemencia.

--Pero ¿no ve usted que descansa?--ruge entonces Regla, dirigiéndose á Solita con la indignación pintada en su semblante. ¡Como si ella misma no acabara de cometer el mismo delito!

--Y á usted ¿qué se le importa?--ruge á su vez Solita encarándose con Regla, de quien há mucho sospecha lo que el lector y yo sospechamos también.

--¡Me importa, porque le cuido... porque le velo... porque sé lo que padece!--contesta Regla devorando con los ojos á aquella mujer en quien ha descubierto á su invisible rival en la privanza de su amo.

--¡Mentira!... Tú no sabes lo que yo padezco... ó no tienes entrañas si lo sabes, cuando también me has despertado,--exclama Gedeón.

--¿Lo oye usted?--dice á Regla Solita, balbuciente de rabia.

--¿Quién es el otro verdugo que te acompaña, Regla?--pregunta el enfermo.--Quiero saber su nombre para maldecirle.

--Soy yo: Solita...

--¡Solita! ¡Tú también!... ¡Pues maldita seas!

--¡Ingrato!... ¡Te pesa que esté á tu lado!...

--No, si me traes lo que necesito--exclama el desventurado, aspirando con ansia un poco de aire;--pero si no me lo traes, ¡maldita seas!

--Si con la vida puedo dártelo, tuya es, Gedeón.

--Para nada la necesito. Pero ¿me traes compasión? ¿Me traes caridad para mis tormentos?

--Sí.

--Pues demuéstramelo marchándote de aquí y dejándome descansar... No anhelo otra cosa; no le pido más á los hombres... ¡Ya ves con qué poco me conformo! ¡Cuán poco te pido!

--Sí, pobre Gedeón, poco me pides.

--¡Pues ni eso han querido darme!

--Porque no saben comprender...

--Tampoco tú lo has sabido cuando también me despertaste.

--Para que durmieras luégo más descansado.

--Lo estaré, si tú te marchas.

--Del cuerpo, pero no del espíritu.

--¿Qué quieres decir?

--Que pienses _en lo que debes_ pensar, antes de entregarte al sueño.

--¡Infame! ¿Temes que sea el último que duerma?

--No, pero...

--¡Víbora! ¿Esa agonía me preparas? ¿Ese es el consuelo que me traes?

Y cuando dice esto, Gedeón no encuentra ya postura cómoda en la cama; su respiración comienza á ser fatigosa; los dolores le punzan de nuevo, y los ojos se le inyectan de sangre.

--Señora--exclama Regla, trémula de coraje, más que por el estado de su amo, por lo que ha descubierto en el diálogo que éste ha sostenido con Solita,--yo asisto á ese enfermo; yo soy responsable de lo que le suceda por falta de cuidado... ya está usted viendo cómo se ha puesto con lo que le ha dicho...

--¿Y qué?--la pregunta Solita volviéndose á ella como serpiente que levanta su cabeza para lanzarse sobre su presa.

--Que no consentiré que usted continúe atormentándole.

--¡Bien, Regla, bien!... ¡Échala, mátala!... ¡Yo respondo de todo!

--¿Lo oye usted, _mala mujer_?

--¡Mala mujer yo!--brama Solita arrojando espuma por la boca.--¡Y eso me lo llamas... tú, fregona miserable!... ¡tú que le apartas de su deber! ¡tú que eres causa de que un padre reniegue de sus hijos!

--Silencio... maldecidas!--grita Gedeón ahogándose.

--¿No oye usted lo que me dice?--responde Regla, á punto de coger del moño á Solita.

--¿Estábais de acuerdo para echarme de aquí?--continúa ésta.--Pues bueno: yo saldré al balcón y lo publicaré todo; y lo que tú, desalmado, no quieres declarar en debida forma, lo sabrá la gente por mi boca.

--¡No, por caridad, Solita!--exclama Gedeón, viéndola dispuesta á cumplir en el acto su amenaza.--Vete de aquí... déjame descansar... y yo te prometo que sabré cumplir con mi deber... pero vete luégo... ahora mismo; porque si tardas un poco... me ahogo... ¡Regla!... ¡la cucharada!... ¡Ay! yo me muero... ¡La cucharada... Regla!