El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · Unidad 28 de 32
JORNADA SEGUNDA · 8 — parte 2
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--¡El demonio que le lleve á usted!--le contesta Regla por todo consuelo, indignada al ver á la intrusa triunfante en aquella inhumana pelea.
--He aquí el pago. Gedeón... ¡sacrifícame otra vez por ella!...
--¡Socorro! ¡Vecinos! ¡Estas fieras me asesinan!...
Y como si las palabras del angustiado Gedeón hubieran llegado á su destino, se oyen pasos hacia la sala; y un instante después entra una persona en el gabinete.
Es el Doctor, que viene á hacer al enfermo la visita de la mañana.
Á su vista se enmudecen las dos mujeres, y hasta quieren disfrazar la ira de que están dominadas, con sonrisa y actitudes tan violentas como ociosas.
Gedeón, por el contrario, tan pronto como ve al médico, comienza á implorar de éste la autoridad que á él le falta para hacerse respetar.
Algo ha oído el Doctor al entrar en la casa, y no poco le dicen aquellas dos mujeres en quienes su presencia causa tan notorio desconcierto. Las palabras de Gedeón nada le descubren que él no haya sospechado.
Por de pronto, manda que le dejen solo con el enfermo. Solita y Regla cumplen el mandato; y la primera, cubriéndose la cara con el velo, y después de lanzar una mirada rencorosa á la segunda, sale de la casa hecha una furia, fulminando no sé qué tempestades y propósitos en respuesta á otras amenazas sordas con que va Regla escarbándole los oídos.
Solos, el Doctor y el enfermo, éste continúa lamentándose de su infortunio sin consuelo, y entona tristes endechas sobre lo que acaba de sucederle, tras una noche como la que ha pasado.
--He visto aquí una cara que me es desconocida,--dícele el Doctor después de haberle dado el calmante que le negó Regla, y de verle más sosegado y en reposo.
--Esa es la serpiente, Doctor; ¡la serpiente de mi paraíso!
--¿La serpiente, ó la manzana?
--Lo que usted quiera. La verdad es que esa mujer ha sido obstáculo perenne en el camino de mi vida desde que usted y yo nos conocimos; la hiel de todas mis amarguras...
--¿Y no ha habido manera de separar ese obstáculo, al parecer tan leve?
--No, Doctor; porque á la vez ha sido... ¿á qué ocultárselo á usted? gusano de mi conciencia.
--¡Hola!... ¿Luego es decir que no sin derecho le ha perseguido á usted?
--Hasta cierto punto, Doctor.
--Acaso con la exigencia de que se le cumplan determinadas promesas...
--Cabalmente.
--Y quizá exponiendo _razones_ de esas que, por lo mismo que son hijas de una _debilidad_, son las más fuertes.
--Razones... sí; hijas de una debilidad mía, también; pero en cuanto á fuertes, no, señor.
--Pues no lo entiendo.
--Va usted á entenderlo al punto, porque yo no quiero tener secretos para el único hombre que en el mundo me ha querido bien y no me ha disfrazado la verdad.
--Mil gracias por la deferencia; pero cuide usted de no revelarme _demasiado_, para no sentir después un nuevo remordimiento.
--No, Doctor: ¡hasta por egoísmo necesito desahogarme con alguien de estas pesadumbres!
--Adelante, pues, con la historia.
--Me encontré con esa mujer, de humilde cuna, cuando aún tenía ella gracias y donaires, y yo buena salud y ciertas ideas de moral... Sin gran esfuerzo, acomodóse á mis propósitos. Pero dió en la gracia de mostrarme los suyos, por demás extremados y opuestos á los míos, precisamente cuando ya el desencanto me hacía mirarla como carga superior á mis fuerzas y deseos. Entonces le conocí á usted; y sin decir que sus teorías, para mí tan nuevas como interesantes, sobre el matrimonio y la familia, me convencieran, la verdad es que fueron causa de que yo sintiera un irresistible deseo de verme colocado en un terreno completamente despejado, para elegir la senda más de mi gusto, si en ocasión de elegir volvían á ponerme las circunstancias. Entonces pensé muy seriamente en desembarazarme del estorbo de esa mujer: intentélo varias veces; mas cuando ya iba á conseguirlo, venciendo miramientos pueriles que hasta allí me habían detenido, halléme unido á ella por un vínculo nuevo; de esos que amarran y doman al hombre de más bríos, mientras le quede un rastro siquiera de honra en el pecho... ¿Me entiende usted, Doctor?
--Perfectamente.
--No sé qué pensamientos me asaltaron cuando preso me ví de esta manera; porque antes de llegar á examinarlos, ya me atormentaban indicios... de cierto género... ¿Me entiende usted?
--Sospecho que sí.
--Pero no pasaron de indicios, ni pasar pude yo de la incertidumbre en que me sumieron, ni adquirir me fué dado una prueba que me autorizara para quejarme, ó me extirpara los recelos. Así corrieron los años; crecieron los vínculos con ellos... ¡_crecieron_, Doctor!... que á tales demencias arrastra el amor propio resentido... y así he llegado hasta hoy: ella reclamando lo que en conciencia dice que la debo, é invocando _testimonios_ que yo no quiero ver, ni jamás he visto ni veré; y yo aborreciéndola más cada día y alejándome cuanto me es posible de ese padrón de ignominia, infierno de mi existencia, testigo de mis debilidades y torpezas. Hoy ha venido á robarme mi único bien, el sueño, para amenazarme con publicarlo todo si continúo resistiéndome á sus exigencias... En eso estaba cuando usted entró.
--Graves son, en efecto, las razones de esa mujer--dice el Doctor después de permanecer unos instantes silencioso.--Pero, ¿y la otra? ¿por qué se quejaba de usted?
--¿La otra?--responde Gedeón muy contrariado.--La otra... Ya sabe usted lo que son amas de llaves muy antiguas en las casas... Resabios del oficio... La costumbre de mandar en todo...
--¡Ya!--replica el médico sonriéndose, acaso sin malicia.
--Y ahora que está usted impuesto de todo, Doctor amigo; ahora que de mis labios ha oído usted lo que á nadie en el mundo he confesado; ahora que conoce usted el infierno en que me abraso, no me niegue usted su auxilio para salir de él, si salir puedo, ó para tomar una postura compatible con el descanso.
--Ante todo, amigo don Gedeón, ¿qué opina sobre el caso su conciencia de usted?
--Mi conciencia, Doctor... mi conciencia no sabe á qué atenerse. En ocasiones concede derecho á esa mujer para quejarse; otras veces se le niega, puesto que sin violencia aceptó la situación en que se puso.
--Y sobre los _vínculos_ posteriores á esa primera situación, ¿cómo piensa?
--Piensa cuando se fija en los _indicios_ aquéllos, que yo tengo perfecto derecho para romper esos vínculos; y cuando no, que éstos son un castigo palpable de mi insensatez.
--¿Y qué aconseja, por fin, esa señora?
--Nada, Doctor: quimeras, delirios que me deslumbran y me aturden y me martirizan.
--¿Está usted seguro de que es la conciencia de usted la que así piensa y la que así aconseja?
--¿Y qué otra cosa puede ser?
--La vanidad, la soberbia...
--¿Es posible?
--Se trata de un hombre que ha hecho del celibato una bandera, y de una mujer de obscuro linaje que quiere obligarle á caer, en las peores condiciones imaginables, en el extremo de que él huía, aun considerándole con todas las ventajas posibles. Concédame usted que esta prueba es de las más terribles á que puede someterse el amor propio.
--Concedido.
--Es, por tanto, muy fácil que lo que usted toma por dictámenes de la conciencia, no pasen de ser rebeliones del despecho.
--Sea lo que fuere, Doctor, yo necesito que usted no me abandone en tan horrible trance; que me defienda contra esta conjuración que me amenaza.
--_¡Defenderle!_ ¡Ahí está el egoísmo otra vez! ¿Y si, en buena justicia, no es defendible su causa de usted?...
--¡Que no!
--Me parece que cuando su propia conciencia duda, bien puedo yo dudar.
--¡Es decir que usted me abandona; que me deja entregado á la inclemencia de estas mujeres, para que me asesinen?
--Tanto como eso, no; pero distinga usted entre el médico y el moralista. Con el primero cuente usted siempre, porque eso soy, y nada más, aunque alguna vez me haya metido á filósofo _de afición_. En cuanto al segundo... busque usted y hallará.
--¿En dónde, si estoy solo en el mundo!... ¡Solo, Doctor, y agonizando!
--Llame usted á todas las puertas que su razón le muestre.
--Todas están cerradas para mí.
--Lo creo; pero hay una que no se cierra para nadie. Llame usted á esa.
--¿Qué puerta es?
--La de Dios.
--¡Luego me cree usted en peligro inmediato de muerte?
--No por cierto; antes me atrevo á prometerle á usted que hemos de saludarnos en la calle dentro de pocos días. La intensidad del mal ha cedido mucho; los accesos van siendo cada vez más benignos, ó menos crueles.
--Entonces ¿por qué ese consejo?
--Venía dispuesto á dársele á usted hoy, en la persuasión de que si le aceptaba en cuanto vale, me debería el mayor beneficio que puede hacérsele á un hombre. Con doble motivo se le doy ahora que conozco la historia que acaba usted de confiarme.
--Y ¿dónde está esa puerta, Doctor?
--¿Es usted tan desventurado que no la ve?
--He olvidado el camino. ¡Hace tantos años que no le frecuento!
--¿Se ha olvidado usted también de que existe ese camino?
--Creo que no.
--Algo es eso.
--Pero estoy á obscuras para volver á hallarle.
--No importa, si queda fuego con qué hacer luz.
--Chispas entre cenizas, Doctor; nada más.
--¿Está usted seguro de ello?... Examínese usted bien.
--Seguro estoy.
--Pues con esas chispas se puede producir un incendio. ¡Ay de la fe cuyas cenizas se enfriaron! Reúna usted esas chispas; agréguelas usted combustibles, y la luz se hará y verá usted la puerta. Cuando usted la vea, llame.
--¿Y después?
--Después... no necesitará usted preguntarme á mí qué debe hacer en el conflicto que me ha confiado, ni cómo se lucha y se vence contra las miserias del mundo: la conciencia, iluminada por la religión, le dirá á usted todas esas cosas y otras muchas.
--¿Lo cree usted como me lo dice, Doctor?
--¡He visto tantos milagros de esa especie! Acuérdese usted de Herodes.
--¡Herodes!...
--¿Qué le admira?
--En verdad que milagro fuera en mí semejante resurrección... Si usted me ayudara á dar los primeros pasos...
--Desde hoy mismo, si usted quiere.
--Precisamente hoy... Pero mañana... mañana, sí.
--Mal síntoma es ese «mañana,» amigo mío; pero, en fin, también mañana estaré á sus órdenes.
--Gracias, Doctor; y por de pronto, eche usted una buena reprimenda á esa pícara criada, á fin de que me cuide mejor. Á mí ya no me hace caso... me conceptúa muerto. ¡Muerto, créalo usted!
Y tras éstas y otras palabras por el estilo, cumple el Doctor, como puede y como debe, el encargo del enfermo, y vase dudando mucho que aquella alma acongojada salga de las tinieblas en que yace.
[Ilustración]
[Ilustración]
VIII
LOS PARIENTES DE GEDEÓN
Los pronósticos del médico se cumplen en todas sus partes. El enfermo sale de las apreturas en que le hemos visto; y á medida que va adquiriendo fuerzas y esperanzas, va dejando, no ya «para mañana,» sino «para otra ocasión,» el proyecto de llamar á la puerta consabida.
Ya puede gritar y revolverse, y hasta sacudir un bastonazo á la atrevida que le provocase al alcance de su brazo. ¿Para qué necesita apelar á ciertos _extremos_ alarmantes? Hasta se arrepiente de haber sido tan explícito con el Doctor. Tal es la condición humana, aun sin tratarse de egoístas como Gedeón. Las muletas que suplen el miembro entumecido, se arrojan al fuego tan pronto como aquél recobra sus fuerzas y movimiento.
Al cabo de los días, el convaleciente se encuentra en aptitud de salir á la calle á tomar el sol. Ya tiene el sombrero puesto, y se afirma en su cachava para mover sus pies entrapajados y embutidos en sendos zapatones de paño, cuando Regla le anuncia la visita de un caballero y de una señora.
Tratándose de un hombre cualquiera, un anuncio semejante y en semejante ocasión, nunca se recibe sin contestar con mal gesto: «No estoy en casa; que vuelvan otro día.»
Mas para Gedeón, que no se trata con nadie, fuera de las personas que conocemos, el anuncio de una visita es un acontecimiento extraordinario que excita en gran manera su curiosidad; y así, movido de ella,
--Que pasen adelante,--dice.
Y los anunciados pasan á la sala.
Dos son, como dijo Regla.
El caballero es hombre maduro, con buena ropa, pero mal hecha y peor colocada. Sus ademanes y su aire corresponden á la ropa. Luce en sus manos holgados guantes de color de ladrillo, y con una de ellas ase barnizado bastón por más abajo del puño, que es de oro, ó lo remeda.
La señora parece cortada por el mismo patrón que su acompañante, así en el modo de ser como en el de vestir.
Los dos personajes son á cual más risueño y expresivo.
--¿El señor don Gedeón?--pregunta desde la puerta de la sala el caballero descoyuntándose á cortesías, encarado ya con aquél.
--Servidor de ustedes,--responde Gedeón haciendo su poco de encorvadura en los riñones, por no permitirle más fuerzas de gimnasia sus miembros doloridos.
--Beso á usted su mano,--dice por su parte la señora, abanicándose el rostro y retorciéndose mucho.
--Pues yo tengo grande honor en conocer á usted y ofrecerle mis respetos,--añade el visitante, avanzando hasta Gedeón y tendiéndole la diestra.
--Lo mismo digo, caballero,--responde Gedeón, dejándose estrechar la mano.
--Mi señora...--continúa el otro, señalando á la que le acompaña y mirando á Gedeón.
--Mi marido...--dice la señora haciendo una exagerada cortesía á Gedeón, y apuntando á su acompañante.
En otros tiempos Gedeón se hubiera dado á todos los demonios al verse figurar como actor en una escena semejante; pero ahora, y merced á la apatía en que le han hecho caer sus dolencias y sus pesadumbres, casi se riera de lo que tiene delante, si de reir no se hubiera olvidado en tantos años como ha pasado sin reirse.
Así es que con una calma y una serenidad de rostro que parecen reñidas con sus antecedentes, brinda á los visitantes con el sofá, y sentándose él en la butaca contigua, ruégales que le expongan la razón de su visita.
--Va usted á saberla--responde el caballero, estirando las manoplas y colocando el bastón entre las piernas.--Pues, señor, yo soy, para cuanto usted guste mandarme, Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera, natural y vecino de Cascaruca, pueblo á muy pocas leguas de esta ciudad, y en el cual tiene usted una hacienda morrocotuda.
--Muy señor mío...
--Para servir á usted... Soy hombre de algunos posibles, aunque no muchos, y allí casé con ésta mi señora...
--Beso á usted su mano,--vuelve á decir la aludida.
--Diónos el cielo un heredero--continúa su marido,--uno no más, don Gedeón; el cual, al ser muchacho, cursó latinidades con el párroco del pueblo (hombre docto, eso sí, y virtuoso también), con ánimo de que, ya mozo, se elevara á facultad mayor. No pudo ser esto por razones largas de exponer; y al cumplir los veinte años casó con una joven de su elección particular, aunque no de su linaje, ni, en verdad hablando, de nuestro gusto. Hoy vive también en Cascaruca con cinco de familia y al amparo nuestro y de un destino de secretario del Ayuntamiento, que pudimos obtener para él. Por lo demás, es mozo trabajador y honrado. Y dicho esto, hágase usted cuenta, mi señor Don Gedeón, de que conoce usted á toda la familia de mi casa.
--Sin contar--añade la señora, mirando muy de cerca el paisaje de su abanico,--seis alumbramientos desgraciados que tuvo una servidora de usted.
--Cierto es eso--repone su marido;--pero como dijo el otro, «con agua pasada no muele el molino; oveja muerta no hace rebaño.» ¿No es verdad, don Gedeón? Aquí se trata de los que somos, no de los que pudimos ser; pues sin eso y sin lo otro y sin lo de más allá, sabe Dios los que nos sentaríamos hoy á la mesa en nuestra casa de Cascaruca. ¿No es verdad, don Gedeón?
--Cierto es, en efecto,--responde éste mirando al uno y á la otra, como pidiendo á cualquiera de ellos la prometida razón de la visita, que aún no sospecha entre el fárrago de aquel prólogo estrafalario.
--Pero vamos al asunto--continúa el don Ruperto, volviendo á estirarse las manoplas;--y el asunto es, señor don Gedeón, que nosotros somos parientes, y que habiendo sabido mi señora y yo, por el colono de usted, que ha estado usted enfermo de alguna gravedad, por si otra vez ocurre, lo que Dios no quiera, hemos venido á ofrecerle nuestros cariñosos y desinteresados servicios, de los que puede usted disponer también en sana salud.
Algo como sospecha de mal género cruza por las mientes del visitado; pero resuelto como está á seguir hasta donde le sea posible el humor de aquellos originales, sonríese y contesta:
--¿Parientes míos dice usted?
--Sí, señor... y bastante cercanos.
--¿Por qué parte?
--Por los Gazapones.
--Ahora lo entiendo menos. ¿No me ha dicho usted que se llama Gazapín?
--Sí, señor; pero el tercer apellido de su abuelo materno de usted era Gazapón.
--Luego no somos parientes.
--Déjeme usted concluir. Los Gazapones son primos carnales de los Gazapines por la tercera rama: así es que mi padre se llamaba Gazapón, de segundo apellido.
--Podrá ser, cuando usted lo asegura.
--Como que es la verdad... Y es tal el entronque y enlace que hay de unos con otros, que yo no pude casarme con ésta sin dispensa.
--¿También es Gazapín?
--No, señor: ésta es de los Gazaperas.
--¡Demonio!
--Sí, señor; familia que viene á ser, por lo que entonces se supo, el tronco de los Gazapones y de los Gazapines, que son las ramas.
--Hombre, es muy interesante todo eso.
--Yo lo creo... Puede usted gloriarse de pertenecer á una familia de las más ilustres, dilatadas, y, al mismo tiempo, unidas; quiero decir, sin mezclas extrañas. Tan unida, que las tres ramas tienen el mismo escudo en la ejecutoria.
--¡También eso! ¡Conque tenemos ejecutoria y armas!
--¡Yo lo creo!... ¡y bien bonitas! ¿No las conoce usted?
--No por cierto; y ahora me pesa.
--Pues yo le diré á usted: representan dos gazapos, uno grande y otro chico, en campo de legumbres tiernas; y á lo lejos la gazapera con un farol á la entrada, y un letrero, por luz, que dice: «_Os alumbro el camino_;» como si dijéramos, «no acelerarse, y firmes con ello, que yo os muestro la retirada, si viene el amo.»
--Es curioso el lema...
--Así explican el escudo los que lo entienden. La verdad es que la nuestra fué siempre familia muy aprovechada.
--Ya se conoce.
--Y atento á ello, yo no sé qué rey de la antigüedad le dió esas armas, por no sé qué préstamo que le hizo.
--No era rana Su Majestad, á juzgar por la muestra.
--Pues sí, señor, todo eso hay.
--Y no es poco.
--Y hablando de otra cosa, ¡Vaya una finca que tiene usted en Cascaruca!
--No es mala.
--¡Y qué partido podía sacarse de ella, bien administrada!
--¿Tan mal lo está?
--Tan mal, tan mal... no digamos; pero ya lo sabe usted, «hacienda, tu amo te vea,» y yo jurara que usted no la ha visto en su vida.
--Verdad es.
--Naturalmente. ¡Tendrá usted tantas cosas que valdrán más! Á Radegundis se lo he dicho yo muchas veces: «He aquí una finca que es una alhaja para un hombre hacendoso; y el diablo me lleve si su amo, nuestro pariente, se acuerda de ella; y para no acordarse de ella, ¡cuánto no tendrá ese hombre!»
--Y ¿por qué se tomaba usted esa molestia?