El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · Unidad 7 de 32

JORNADA SEGUNDA · 1 — parte 2

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.

--¿Lo oye usted, señorito? ¡Pues eso no es nada en comparación de lo que suele decirme cuando usted no está delante!

--¡Ni de lo que me dice á mí cada vez que entra en la cocina! ¡No se la puede aguantar!

--¡Mienten ustedes como quienes son, impostoras, mal nacidas!

--¡La mal nacida y la deslenguada será ella!

--¡Y la muy retevieja, desesperada y envidiosa!

--¡Silencio!--grita Gedeón asiendo una ensaladera, dispuesto á estrellarla sobre la más próxima de sus sirvientas.

Pero sólo después de haberse desahogado á sus anchas las tres mujeres, y estado á pique de tirarse de las greñas, y cuando ya el escándalo debe de haberse oído desde el ayuntamiento, logra Gedeón restablecer el silencio en su casa, y la promesa de que, por aquella vez, que es la primera, se olvidarán los mutuos agravios, y volverá cada mochuelo á su olivo, siquiera en obsequio á él, que no tiene otro destino en el mundo que estudiar la manera de pasar la vida sin contrariedades ni desazones.

Pero _alea jacta est_: aquellas mujeres que se resolvieron á pasar una vez los límites del respeto con sus pertrechos de odios y de antipatías, no pueden retroceder ya; y si no al día siguiente, al otro ó á los pocos más, dan la gran batalla, á cuyo fragor quiébranse cristales y vasijas, y renquean los muebles, y salen asustados á la escalera los vecinos de la casa; y cuando á ella vuelve Gedeón, no tiene otro remedio que licenciar aquella tropa que, como los pretorianos de Roma, ha tomado por oficio la sedición y la indisciplina, y puede, como éstos, llegar á atreverse con el César mismo.

En el alma le duele tener que privarse también de los buenos oficios de Solita; pero Solita no cabe á las órdenes de ninguna quintañona; y, sin esta pantalla, son sus atractivos demasiado peligrosos para un hombre que no quiere sacrificar su independencia á nada ni por nadie.

Lo que fuera de su casa puede ser hasta una ganga para él, dentro de ella sería un enemigo terrible.

Por eso, al pagar con rumbo á su doncella, ni por cumplido la dice que no se marche; lo único á que se atreve es á despedirse de ella «hasta la vista.»

--El mal está--dice al quedarse solo,--en que estas cosas me sucedan ahora; es decir, cuando podía dar comienzo á mis tareas, si estuviera yo establecido á mi gusto. ¡Por vida de las _casualidades_!...

[Ilustración]

[Ilustración]

III

UNA HOMBRADA

Pero las casualidades se repiten tanto como las combinaciones; y las combinaciones que hace Gedeón con su servidumbre no tienen número.

Que ponga arriba lo más viejo, y abajo lo más joven, ó al revés; que todo sea rozagante, ó todo marchito y arrugado; que dé sus preferencias á la más quisquillosa, aunque las merezca menos; que no se las muestre á ninguna; que no se queje aunque halle tachuelas en la sopa y cables en el estofado; que en pro de la paz, en fin, renuncie á todos sus derechos de amo y señor, y dome los naturales ímpetus de su carácter... lo mismo adelanta: más tarde ó más temprano, la guerra civil estalla en su casa, y vuelan los cacharros en la cocina y los pelos en cada rincón; primero en sus ausencias, después á sus propias barbas; porque demostrado está por la experiencia, y al buen sentido se le alcanza sin esfuerzo, que no hay criada de solterón que aguante con paciencia á su lado otra sirvienta.

Lo que á Gedeón sacan de quicio tantas y tan parecidas _casualidades_, presúmalo el lector.

¡Cómo él, idólatra de la holganza y del regalo, pudo imaginarse, ni en sueños, que tendría que habérselas mano á mano con dueñas y fregatrices á cada hora, ni que habían de correr tiempos en que sólo le dieran, por salsa de su pesebre, alaridos y repelones?

Pero sabrá cortar por lo sano y poner remedio á la plaga, que para eso es libre y soltero.

Bien examinado todo, ¡qué necesidad tiene él de llenar su casa de mujerzuelas frívolas y quisquillosas? ¡Cómo no se le ha ocurrido hasta entonces hacer _una hombrada_, es decir, barrer de faldas su cocina, y buscar en el otro sexo quien le sirva en paz y bien?

Apuradamente lo que él desea es harto fácil de conseguirse: orden, puntualidad y respeto á su persona. Ya transige con los manjares mal sazonados, con la cama á medio hacer y con las botas deslustradas; pero que se lo tengan todo á punto; que no se invierta en ventilar rencillas miserables el tiempo destinado á servirle, y sobre todo, que no se le complique á él en escandalosas griterías de plazuela. ¡Á qué menos ha de aspirar una persona decente, «libre como el ave en el espacio, como el pez en el agua;» una persona que huye del matrimonio para hacer en todo su gusto y vivir como le dé la gana?

Con tan santos propósitos, échase Gedeón un cocinero y un ayuda de cámara, mozo listo y bien adiestrado en el oficio.

_Pero_ el cocinero, _por casualidad_, es borracho y goloso y nada limpio, y no conoce cuenta ni razón; roba si le dan mucho dinero; y si se lo tasan, también; compra lo que á él le gusta, y lo guisa como más le agrada: los gustos de su amo no se tienen en cuenta para nada en aquella cocina.

Así y todo, Gedeón come, no cuando tiene ganas, sino cuando ya no las tiene su cocinero.

El cual cobra por mensualidades adelantadas, que es tanto como decir que ahoga toda reprensión en los labios de su amo con anunciarle que se marcha.

El ayuda de cámara no es tan borracho como el cocinero; pero, en cambio, tiene moza, y necesita dos horas cada noche para visitarla, por lo cual hay ocasiones en que se retira á casa más tarde que su amo; y se dan también en las cuales tiene éste que abrirle la puerta, porque el cocinero está roncando ya, ó no quiere levantarse; y gracias si en esos casos no aparece el criado envuelto en la capa ó en el gabán de Gedeón, pues para ambos sirven sus trajes y su calzado.

Lo que sólo sirve para el criado es el dinero que halla en los bolsillos del chaleco de su amo cuando le cepilla la ropa, y los cigarros _sobrantes_ de la petaca olvidada en una levita ó encima de la mesa.

De vez en cuando, tienen mozo y cocinero sus francachelas mientras Gedeón anda soñando con las suyas fuera de casa; pues la verdad es que desde que tales contrariedades domésticas le persiguen, no tiene instante de sosiego ni punto de reposo, y todo lo aplaza para cuando se vea _establecido á su gusto_.

Entre tanto, si á media noche necesita una taza de te, se la llevan á las dos de la mañana, y el te le sabe á caldo frío, y la taza huele á basura.

Si de caldo la pide al mediodía, el caldo le sabe á aguardiente, y la cuchara á tabaco.

Toda su ropa está sin botones y con los forros descosidos; le faltan las mejores corbatas, y no sabe qué vientos le llevan los pañuelos de batista.

Si por joven despide al ayuda de cámara y toma hombre de más edad, éste tendrá de huraño ó de sucio ó de perezoso lo que el otro tenía de presumido ó de mocero, si es que no peca por esto y por aquello. Y lo que digo del criado digo del cocinero.

De todas maneras, llega un día en que Gedeón, después de haber perdido la paciencia, y con ella el paladar y el estómago y mucho más que no se gusta ni se digiere, pero que se pone ó se vende; después de ver su casa saqueada, y lo que en ella queda sucio, desconcertado y descolorido; después de convencerse de que los últimos criados que toma son los peores y los que más caros le salen, plántalos en la calle y lánzase él más tarde á la misma, dándose á todos los demonios y maldiciendo de la suerte que le hace elegir, en uno y otro sexo, lo más malo que existe en el ramo de sirvientes.

Y así se le va pasando lo mejor de aquel tiempo, que él tenía á sabrosos empeños destinado, como hacienda que se echa á los perros.

¡Qué empresas ha de acometer con bríos ni con gusto, si los unos y el otro se le gastan y corrompen entre las inesperadas miserias de su vida doméstica?

Asómbrase de que tan mezquinas causas le produzcan tan desastrosos efectos; no acierta á explicarse cómo ese poco de roña puede entorpecer todos los ejes de la máquina de sus ideas; y con el ansia febril de conjurar el cúmulo de _casualidades_ que le persigue, para llegar alguna vez á _establecerse á su gusto_, medita, calcula, y todo lo supone menos que puede ser él uno de los infinitos hombres de quienes dijo La Bruyère que emplean la mayor parte de la vida en hacer miserable el resto de ella.

[Ilustración]

[Ilustración]

IV

EL DEMONIO CONSEJERO

Aspirando con ansia bocanadas de aire, cual si con ellas quisiera aventar sus pesadumbres, y caminando á largos pasos, encuéntrase en una de estas ocasiones con su camarada, aquel acicalado solterón de quien tanto hemos hablado, y á quien no ha visto mucho tiempo hace; y como si Gedeón llevara letreros en la cara, que revelasen las desazones de su espíritu,

--¿Cómo vas con tu nueva vida?--le pregunta en crudo el recién hallado.

--Pues, así, así,--responde Gedeón haciendo rechinar sus dientes.

--Al principio se extraña un poco.

--Efectivamente, algo se extraña.

--Pero ya habrás palpado ciertas ventajas...

--He sido poco afortunado en mi casa, si he de decirte la verdad.

Aquí resume en breves, pero pintorescas palabras, cuanto el lector sabe de sus amarguras domésticas.

--Mal anda, en efecto, ese ramo--dice el otro;--pero todo consiste en acostumbrarse.

--Ya.

--En cambio, irás llenando aquel romántico vacío y aquellas... ¿eh? de que tanto nos hablaste en la ocasión de marras...

--Pshe...

--Vamos, sé franco.

--Pues con franqueza, amigo: cuantos más criados meto en mi casa y más alboroto me arman en ella, más vacía la encuentro. ¡Yo no sé qué demonios me escarabajea aquí adentro y me dice, á cada innovación que hago en mi vida, «no es eso,» como si yo deseara algo que no encuentro!

--Vamos, eres incorregible, y has de morirte al fin creyendo en brujas. Porque unas fregatrices te hayan dado tal cual disgustillo, de esos que tiene á cada momento cualquiera mujerzuela casada, ya te ahogas.

--Pero recuerda que por huir de ese y otros disgustillos semejantes, estamos tú y yo fuera de la ley, en el estado honesto _á perpetuidad_, como las sepulturas de los ricos.

--No exageres, Gedeón, y no lleves tus profanaciones hasta el extremo de hacer comparable, ni aun en esa pequeñez, nuestra noble independencia con la ignominiosa servidumbre de los casados. ¡Por Dios que es cosa chusca ver á un hombre que va á matar leones, detenerse porque halla en medio del camino una sabandija! ¿Para qué demonios quieres esa fachada que tienes?... Lo primero que has de hacer, Gedeón, es echarte el alma á la espalda.

--Me parece que más echada...

--Y después, dar cierto ensanche á tus empresas. ¿Á que no lo has hecho?

--Efectivamente.

--De modo que vives, como quien dice, de los huesos de aquellas pechugas...

--Esa es la verdad... ¡y gracias si tengo, en un apuro, esos huesos que roer!

--¡Tú á huesos, Gedeón?

--Fíjate en mis circunstancias de hoy, en mis disgustos...

--¡Tú á huesos, con la carne que hay por el mundo, y las ventajas que tienes para aspirar á la más delicada!

--Hombre, no te diré que esté eso fuera de mis propósitos; pero tampoco he de ocultarte que no fío mucho en mi destreza de cazador; porque después que llega uno _á cierta edad_, fatigan mucho las cuestas arriba: parece que cada día que pasa es un año de otros tiempos, y la picara razón se hace una charlatana inaguantable. Dice unas cosas tan á punto y tan bien dichas, que no hay modo de que la fantasía meta su cuchara en la conversación.

--Es decir que te vas haciendo filósofo.

--No; pero sospecho que me voy haciendo viejo.

--De todos modos, rindes las armas.

--Tampoco; las cuelgo, mientras estudio el campo y _me establezco á mi gusto_ en él.

--Por lo visto, esa es tu manía.

--¿Cuál?

--Establecerte á tu gusto.

--Exigencia de carácter: no sé dormir ni descansar con pulgas en la cama.

--Pues, amigo, yo soy tan viejo como tú, y nada me dice la razón que se oponga á mis inclinaciones, ni dejo de entregarme á ellas por molestia más ó menos.

--No las tendrás.

--¿Quién está sin alguna? «El saberlas vencer es ser valiente.»

--Pues cree que te admiro y te envidio.

--Resueltamente te ahogas en poca agua.

--Podrá ser.

--Y de todas las contrariedades de que te quejas tienes tú la culpa.

--No te diré que no.

--¿Serás también capaz de arrepentirte de no haber entrado en el gremio cuando el diablo te tentó?

--No por cierto; nada veo en esa región que me la haga desear; pero no he de ocultarte que voy concibiendo recelos de que tampoco en la nuestra he de hallar lo que años há me imaginaba.

--Y ¿cómo has de hallarlo sin la fe que te falta y con esos resabios de sensiblería patriarcal, que te enervan? ¡Ay, Gedeón! siento decírtelo; pero si has de salvarte, necesitas tutela por algún tiempo.

--¿Para qué?

--Para librarte del mayor enemigo que te persigue.

--¿Y cuál es?

--La manía del hogar doméstico.

--¡Bah!

--Créeme; es más fuerte que tú.

--¿Y qué debo hacer, en tu opinión?

--Si admites mi tutela por un instante...

--Si con ella me das paz y sosiego...

--Te lo prometo.

--Ya te escucho.

--Huye del enemigo.

--¿De mi casa, en la cual nací?...

--De tu casa, en la cual naciste y de la que, si no me engaño, eres propietario.

--Razón de más para que la mire con tanto cariño.

--Razón de más, digo yo, para que te animes á abandonarla. Ponla á renta, como los demás pisos; sácale el jugo.

--¿Y mis recuerdos?

--También á ellos, por lo mismo que son tu enemigo. Eso te consolará de la pena de no haber podido vencerle cara á cara. Desengáñate, Gedeón: ni tú ni yo hemos nacido para lidiar con la prosa de la vida doméstica, ni tenemos necesidad de intentarlo siquiera.

--¿Qué crees que debo hacer?

--Una cosa muy sencilla: ponte á pupilo con cuantas ventajas y comodidades puedas hallar, y deja á tu patrona el cuidado de lidiar con dueñas y fregatrices. Si tal hicieres, pronto me darás las gracias; y si desechas mi consejo, allá te las hayas con tus desventuras; pero no te quejes de ellas... ¿Dudas?

--De dudar es el caso.

--Medítalo bien.

--Pienso hacerlo.

--Pues adiós te queda, ya que estás advertido.

Y se va, dejando á Gedeón muy pensativo y no del todo desconsolado.

[Ilustración]

[Ilustración]

V

NO ES CASA DE HUÉSPEDES

El consejo de su amigo prevalece, al cabo, en el ánimo de Gedeón. Doloroso es para éste abandonar aquella casa en la que nació y ha vivido siempre; pero no hay otro remedio que cortar por lo sano.

_Levanta_ la casa, ó la cierra, temiendo un arrepentimiento el día menos pensado; pero el hecho es que se pone á pupilo; lo cual le ha dado bastante que hacer, porque el _gremio_ tiene mucho que explorar si se ha de elegir lo menos malo.

En sus pesquisiciones para hallar un albergue, como el otro una posición social, ha recorrido medio pueblo y ha oído con paciencia el completo catálogo de las humanas vicisitudes, de boca de las innumerables pupileras que le han solicitado para huésped. Ninguna de ellas ejercía la industria por ascenso: todas habían bajado hasta ella desde los puestos más encumbrados en armas, en nobleza y en dinero: siendo de notar que cuantos más humos revelaba una señora de esta clase, menos fuego calentaba su cocina.

Al fin se establece en la casa que más se aproxima á sus deseos.

Su dueña, doña Ambrosia de nombre, se conforma con blasonar de rígida en los más severos principios de moral, y de haber _dado golpe_, en los albores de su juventud, en calles y paseos. Dos veces viuda, no se ha puesto en peligro de serlo la tercera, porque no ha querido, no por falta de pretendientes, pues á pares los ha tenido que aspiraban al honor de sacarla de pupilera, y á la dicha de poseer los conservados restos de sus juveniles encantos.

Á creerla, tiene casa de huéspedes porque, acostumbrada en vida de _sus papás_, y más tarde de sus maridos, á un trato escogido y ameno, la soledad la mata. Para ella, son familia sus pupilos; por lo cual admite pocos, y esos de arraigo, de formalidad y de educación: á Dios gracias, no necesita el tráfico para comer.

Gedeón ocupa un gabinete con puerta falsa al corredor, y otra de vidrieras con cortinillas á una sala que, según advertencia de doña Ambrosia, es para recreo de los huéspedes, ó para que éstos tengan donde recibir decorosamente sus visitas, En la sala hay una alcoba con cama _de respeto_, también al decir de la pupilera.

Como los huéspedes son pocos y buenos, si ha de creer á doña Ambrosia, Gedeón consiente en comer á la mesa con ellos, ínterin llega una doncella que se espera y podrá servirle la comida en su cuarto con la puntualidad y esmero que ahora le faltarían, por estar incompleta «la servidumbre de la casa.»

Durante los primeros días tiene por compañeros de mesa á un señor muy flaco y muy nervioso, que no habla una palabra, del cual ha dicho la pupilera que es un marqués muy rico, que viene á tomar aires; cuya marquesa es la señora oronda y colorada que se sienta á su izquierda, y le trincha la carne, le parte el pan en bocaditos y le escancia el vino.--Tampoco despliega los labios.--Ni el marqués ni la marquesa tienen el pelaje ni el aire de tales: pero ¡hay tantos marqueses que no lo parecen! Gedeón tomara á éstos por ex-tenderos de refino, que se retiran al pueblo natal á comerse las ganancias de treinta años de mostrador.

Sigue por la derecha un hombrecillo de crespo y recortado bigote, de frente angosta y cabeza plana, con gabán de ropería, que sorbe las salsas en el plato y bebe con la boca llena, sin dejar de hablar, por eso, de la influencia que ejercen los cuartos de luna en el corte de las uñas y del pelo, y de las recetas infalibles que él tiene para exterminar las chinches y las cucarachas.--En opinión de doña Ambrosia, este huésped es un ingeniero sapientísimo que estudia, por recreo, dos años hace, el suelo de la provincia para establecer en sitio conveniente, y á sus expensas, una fábrica de patatas artificiales para los pobres.--Gedeón le clasifica, en su padrón particular, como escribanillo de aldea.

Llévale la contraria en sus asertos científicos, una señora muy peripuesta y retocada, con voz de bajo cantante. Habla mucho de _la antigua Grecia_ y de _las sales áticas_, lo cual no sorprende tanto oyéndola decir á cada triquitraque que es viuda de un oidor de Filipinas, que dejó setenta volúmenes de comentarios á la _Casandra_ de Licofrón, y otros cinco de notas á las _Dionisiacas_ de Nonno Pannopolitano. El gobierno ofrece á la viuda cuarenta y ocho mil duros por la propiedad de estas luminosas obras; pero ella quiere el millón cabal, y tras él anda con la esperanza de conseguirle. Cree Gedeón que con que la pagaran sin descuento la viudedad que debe corresponderle desde la muerte del mayor de plaza (pues no otra cosa pudo tener por marido), se diera la erudita matrona por satisfecha.

Algunos días después aparecen en la mesa dos huéspedes más: un gigantón, hosco de mirada, cerdoso de bigotes, rasgado y muy abierto de boca, purpúreo de color y muy largo de brazos; y su señora, el tipo opuesto: aguileña, oscilante, lánguida y sentimental. Malambruno, como desde luégo llama Gedeón al gigante, se queja del _fuego herpético_ que le devora; por lo cual anda recorriendo climas hasta dar con uno que le apague el incendio.