El café de máscaras y otros sainetes · Unidad 118 de 447
Unidad 118 · LOS MAJOS VENCIDOS
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LOS MAJOS VENCIDOS
en el punto de comerlo. Juan. — Pues ponle en !;i mesa, y vete
de la cocina tra) cndo
lo demás. Vamos, señores,
sentarse sin cumplimientos. María. — .Min es temprano. Atanasio. Mejor,
que asi después b.TÜaremos
alegres como uaa Pascua. Juan. — Perdonad, que vo no cedo
{Ponir'itdose al lado de María.)
mi lado. Todos. Sea enhor.ibuena.
Ji'.A.N-. — Por ahora tan sólo acepto
la mitad, la otra mitad
guardadla para su tiemp^^.
,;No es verdad, per'a? María. Cabal.
At.\nasio. — Venga vino y brindaremos. Paco. — Vaya, á que nos libre Dios
de petimetres como esos
que encontramos ahí arriba. Lorenza. — Pues él ¡jarecía atento,
y hombre de forma. Paco. Los fines
de las atenciones de éstos
no conoces. Lorenza. Fines hay
que aunque se pongan los medios,
no se logran . Juan. Yo le puse,
logrando el del casamienio. Jaime. — ¡Ah de casa! (Dentro.) Juan. Arrerapujar.
Salen Jaime j' D. Juan. Los DOS. — Buenas tardes, caballeros. Juan. — ¿Qué se les ofrece á ustedes? Atanasio. — Señores, aquí hay asiento. Paco. — Que se vayan á sentar
al Prado; estáte tú quiete. Jaime. — Vayan dejan io estas
sillas libres los ¡jícaros, menos
éste, que es hombre de bien.
(Por Atanasio.) Paco. — ¡.\laboel modo! Jai.me. Celebro
también el poco de ustedes;
pero se le enseñaremos. Pedro. — En mi casa... Jaime, Nadie manda
en la casa que yo entro.
Va3-an arrriba.
Majos. No quieren.
Petimetres. — Pues aba;o.
{Echan ¡i rodar con sil las y todo á Paco, Pedro
y Juan, y Atanasio se aparta.) Juan. l>igo, ¿va esto
de veras? Jai.me. Yo soy un hombre
que en la vida me chanceo. Majos. — ¡Por vida de la!... Jaime. Muchachas,
quietecitas. Comp.iñero,
esto está para comer;
á sentarse, y buen provecho. Atanasio. — ¡Vaya que es paso de risa! Paco. — Oid, venid aquí á consejo
de guerra. {Se juntan los majos d un lado, y dicen entre si
lo siguiente): Juan. ¿Qué sa dacer?
si los dos vienen resueltos,
y traen espadas?... Juan. Llamar
á Manuel el carpintero,
que venga. Pedro. Voy á llamarlo,
y traérmele aquí corriendo. Jaime. — ¿Dónde va usteo? Pedro. A un recado. {Vase.)
Jaime. — Ve á avisar á un regimiento
de majos, y di que estoy
de priesa, que vengan presto. Paco. — ¡Este hombre es algún demonio! María. — Yo estoy temblando de miedo,
y no sé cómo escapar. Juan — ¿Con licencia de usted puedo
decir algo á mi mujer? Jaime. — ¿Mujer?
Juan. Digo: que ha de serlo.
Jaime. — Pues si lo ha de ser, entonces
se lo dirá. Juan. ¡Yo estoy lelo!
D. Juan. — ¿Qué dice usted, señorita?
(A Lorenza.) Lorenza. — Yo no hablo estando comiendo. D. Juan. — ¿Y en acabando? Lorenza. Tampoco;
porque al instante me duermo. Sale Pedro, V Manuel embozado, de cofia y montera grande. Pedro. — Aquí está el señor Nanuel. Jaime. — Entre, y le conoceremos
al señor Manuel.
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