El consejero de la juventud · Capítulo real 16 de 28

capítulo iii

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capítulo iii

La caridad

Ya te h% dibujado lo que es el egoísmo: ahora voy á diseñarte la gran-

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de, la excelsa, la cristiana virtud de la caridad. El uno y la otra son antítesis, como el mal y el bien, como la sombra y la luz, como la virtud y el vicio.

La caridad es una de las tres virtu¬ des teologales. Por ella queremos ó no para nuestro prójimo, lo que quisiéra¬ mos ó no para nosotros: compadecemos las desgracias ajenas y llevamos el con¬ suelo de la limosna á la mano vacilante del necesitado.

El mundo está lleno de miserias y plagado de calamidades; porque siendo como es un valle de lágrimas, la amar¬ ga desdicha es el fruto que en él se co¬ secha con dolorosa abundancia. Por donde quiera tiende la pobreza su man¬ to sombrío, por todas partes corren lᬠgrimas á torrentes y parece que por cada rostro afable, deben existir milla¬ res de corazones que se debatan entre el duelo y la desesperación.

A esos seres desgraciados los aban¬ dona el miserable egoísmo, pero la ca¬ ridad los alberga, les enjuga sus lágri¬ mas, les calma sus dolores, les cura sus enfermedades, les apaga" su sed y su hambre, les cubre sus desnudos cuer¬

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pos, les lleva esperanzas, les fortalece en la fe y se les muestra como el mᬠgico é incontrastable poder de la Divi¬ nidad.

La caridad huye del fausto y de la opulencia, de la alegría y de las fiestas, de la superfluidad y de la molicie, por¬ que su misión está allí donde se carece de lo necesario, donde la vida corre lentamente entre vigilias, donde hay un alma que se ahoga entre pesares y unos ojos que se aniegan en llanto. Así es la caridad de sublime, de mise¬ ricordiosa y de noble. Levanta al que cae, compadece al desgraciado, cura, consuela y mitiga los dolores de la hu¬ manidad. Para ella no existe sin? un sér—el sér que sufre: no mira nunca hacia el poderoso, sino que busca al infeliz; no contempla los palacios, sino que penetra en el triste tugurio, asilo de la mendicidad.

Esa es la gran virtud de la caridad. ¿Quiénes la poseen? ¿Quiénes la ejer¬ cen? los hombres buenos, los enemigos del egoísmo, los que aman al prójimo según el mandato de Dios, los que tie¬ nen verdaderas creencias religiosas, los

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que condenan la avaricia, los que lle¬ van dentro del pecho un corazón sen¬ sible á los ajenos dolores y un alma fundida en el crisol de la filantropía.

Esos practican la caridad con sa¬ tisfacción inefable, como la primera de las virtudes humanas, como necesidad del espíritu. Van por el camino de la vida sembrando bendiciones, remedian¬ do indigencias y dando á todos ejem¬ plos dignos de imitación.

Sé caritativo y recogerás como fruto la gratitud universal, pues la caridad no sólo ejerce su imperio sobre sus agra¬ ciados, sino sobre todos aquellos que la ven practicar. Pero sé caritativo sin ostentación, sin vanidad, sin publicar tus obras, sin llevar por insano propó¬ sito la satisfacción del orgullo perso¬ nal. Ese género de caridad no vale ante los ojos de Dios, ni merece los aplausos del mundo, ni es compasión por la aje¬ na desdicha, ni amor al prójimo que reclama tu apoyo.

En un libro sagrado he leído estas palabras y quiero repetírtelas, pues se trata de la sublime cáridad: Que la mano izquierda ignore lo que haga la

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derecha. Esto quiere decir que mien¬ tras más reservado y sigiloso seas al hacer tus obras de caridad, más noble y edificante será tu conducta.

Ten caridad para con los enfermos del cuerpo y del alma, para los ham¬ brientos, para los sedientos, para los corrompidos en los vicios afrentosos, para los calumniadores, para los que te ofendan, para los que escandalicen, para los criminales y para todos aque¬ llos desgraciados, ya sean ellos mismos los culpables de sus desgracias, ya de¬ ban su infelicidad á la implacable suer¬ te. La caridad no discrimina, no ave¬ rigua, ni establece gradaciones; mira á la desgracia como una lepra que aflige á la humanidad y pasa por sobre ella su esponja embalsamada.

¿Qué título más honorífico que el de bienhechor de la humanidas? Para con¬ seguirlo no hay sino un medio—ser ca¬ ritativo.

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