El consejero de la juventud · Capítulo real 19 de 28
CAPITULO VI
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 3 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO VI
La madre
Estás en presencia del ser más res¬ petable, más abnegado y más digno de tu obediencia y respeto. Nada es com¬ parable con la ternura de una madre, con su solicitud, con sus sacrificios, con sus desvelos, con sus afanes infini¬ tos. Sufre todos los dolores, soporta to¬ das las privaciones: se aleja del bulli¬ cio del mundo, y todo eso lo hace por sus hijos.
Puede haber excepcipnes, pero no te hablo de ellas, pues por lo general, la madre siempre es buena.
Cuando los demás gozan de los pla¬ ceres del mundo, la madre vela al pie de la cuna. Ese es su placer.
Cuando cada quién piensa en si mismo, en su bienestar, en su fortuna; la madre no piensa sino en la vida, en la dicha, en la fortuna de sus hijos. Esta es su abnegación.
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Cuando todos se ocupan de las’miserias del mundo, de sus pasiones y lo¬ curas, la madre quisiera convertirse en Providencia para librar á sus hijos del veneno corruptor.
Niño, nada es más grande que el amor de madre, porque es amor puesto áprueba, amor que todo lo sacrifica, amor que todo lo vence, amor esplén¬ dido y desinteresado.
Así, tu mayor respeto y tu más en¬ trañable cariño, debes fijarlo en los que te dieron el sér. Ámalos, respétalos y protégelos siempre. No te insolentes ja¬ más con ellos, no abuses del afecto que te profesan, pues has de saber que existen algunas madres que hacen la desgracia de sus hijos por abrigar hacia ellos un mal entendido amor. Creen que amarlos es consentirles, tolerarlos en absoluto, no corregirlos jamás, no formarles el corazón, no limarles los modales, no contrariarlos para ne eno¬ jarlos y darles una libertad absoluta, que siempre es perniciosa á la niñez.
La madre es uno de los tipos más simpáticos que pueden exhibir el mun¬ do Ella posee una ciencia especial, que
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nadáe le ha enseñado, aprendida en el libro del corazón, conservada en el lue¬ go de un alma superior, ciencia toda bondad, ciencia toda perfume, ciencia que la hace ser intuitiva, amorosa, se ria, circunspecta, tierna y esencialmen-
mente previsora. ,
La madre adivina y presiente todo lo que se relaciona con sus hijos. Los observa, los estudia detenidamente, pe¬ ro en su sér moral, les adivina siem¬ pre el instinto y se ocupa siempre de ellos. Si duermen, ella' está en velo: si sufren enfermedades, ella es el médico de cabecera: si lloran y padecen, ella les consuela y fortifica: si van por tor¬ cido camino, ella les conduce por la buena senda: si descubren modales im políticos y extravagantes, ella, les pule y educa; si revelan pasiones violentas, ella les modera y calma.
La madre no abandona un instante al fruto de sus entrañas. Es el hijo de su amor y la natural esperanza de su vida. Apenas balbucea palabras, le en¬ seña primero el nombre de Dios y lue¬ go le hace recitar la oración; y sigue á aquel hijo con ojos ávidos y amor
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inextinguible para educarlo, para«ins- •truirlo, para rodearlo de prosperidades morales y físicas.
La buena madre no vive para el mundo, ni para el lujo, ni para el sa¬ rao, ni para la tertulia, ni para los pa¬ seos. Vive exclusivamente para sus hi¬ jos. Su abnegación no tiene límites, ni reconoce interés insano la espléndida manifestación de su cariño. Ama con remarcable ternura, y es por eso que ella recorre, como la grandiosa heroí¬ na del corazón, la escala de los sacrififieios humanos.
Para una madre el hijo no alcanza¬ rá jamás á llenar la medida de las reeompensas.
Oh, niño? tú debes tener madre; pues bien, ámala, venérala, cuídala y eomplácela eternamente.
CAi*fri;i.o vii
El hijo
Siendo como es el hogar, la patria en compendio, será forzosamente hom-
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bre^de sanos principios, ciudadano mo¬ delo y culto magistrado aquel que se forme hombre de bien al benéfico calor de la familia.
Ya sabes lo que es ó debe ser una madre, y por lógica inducción sabrás lo que debe ser un padre, pues éste y aquella están de tal manera unidos, que conservan sus existencias estrecha¬ da s por lazo indisoluble. Ahora quie¬ ro hablarte del hijo, es decir, de lo que tú debes ser. Antes quiero decirte que hay malos hijos y que éstos no son sino seres desnaturalizados que desoyen los consejos de los autores de sus días, que les pagan con negras ingratitudes, que se muestran sordos al grito de la natu¬ raleza, que desconocen lds sanos prin¬ cipios de la moral, que no respetan la sociedad, que no aman la familia y que vivan perpetuamente reñidos con su propia conciencia. Huye de ellos, no los trates jamás para que no te conta¬ gie el mal ejemplo: no los tengas por amigos, por que no puede ser dócil á la voz de la amistad el que desobedece el m.mlato de la naturaleza: no te les acerques nunca, porque esas son pre-
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cisamente las malas compañías que pierden y corrompen
El buen hijo es el que ama, venera y respeta á sus padres: el que reconoce y agradece los grandes sacrificios de estos: el que escucha los buenos conse¬ je s: el que observa las prácticas mora¬ les y religiosas que se le inculcan: el que no se revela jamás ni se insolenta: el que conserva el amor á la familia como fuego sagrado de inextinguible llama: el que sigue la senda de la obe¬ diencia y se deja guiar reconociendo la debilidad de su sér: el que llegado á la edad de la razón produce para los su¬ yos y para sí y da con su desprendi¬ miento la prueba más cabal de su ab¬ negación.
Ese es el dechado que tú debes es¬ forzarte en imitar para vivir en paz con tu propia conciencia, en el aprecio público y en el respeto y consideración de los tuyos.
Ese amor que nace y vive en los padres para el hijo y en éstos para aquéllos, no es déla humanidad únicacamente: es impulso de la naturaleza, avasalla y domina á todos los seres
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creados que alientan en el planeta que habitamos; ese amor está en el hombre, señor de Ja creación: en las fieras que dominan los montes: en lo,s reptiles, que se arrastran miserablement e come símbolo de servilismo: en el ave que rauda cruza los aires y saluda al Autor del Universo con su tierno y armoniosa lenguaje. Por eso cuando se levanta un hijo ingrato, se le llama con razón des¬ naturalizado, y la familia lo ve con ho¬ rror compasivo y el mundo lo castiga con su severa censura.
En otra parte te he dicho que la ley más santa es esta: el padre para el hi¬ jo y el hijo para el padre; porque de esta perpétua alianza, de «ese amor sin tempestades, de esa protección recípro¬ ca y de esa mutua solicitud, es que se forma el puro ambiente del hogar, don¬ de respira la familia la dulce tranquili¬ dad que aniega el alma en un océano de inocentes placeres.
Nunca tengas para tus padres ni una palabra dura, ni un ademán des¬ compuesto, ni ninguna especie de reser¬ vas. Persuádete de que tus mejores con¬ sejeros serán siempre tus padres, que no
podrán querer y procurar sino el bien para ti. En todos los actos de tu vida consúltalos y a'.iéndelos, aun en aque¬ llos en que el corazón humano es reca¬ tado y egoísta. No los desdeñes ni des¬ precies jamás, porque ese desdén y ese desprecio los arrojará sobre tu cabeza la sociedad indignada. Protégelos en to¬ das sus necesidades, sin detenerte en sacrificios, porque esa es la misión más noble á que te puedes consagrar. Res¬ pétalos siempre y no olvides jamás aquel sabio axioma contenido en estas pala¬ bras: contra padre no hay razón.
De esa nobilísima conducta recoge¬ rás provechosos frutos para tí, para la sociedad y para tus hijos, si es que la suerte te los diere. El amor filial es como la piedra de toque de todos los amores y la gran prueba que le abre al hombre las puertas de la sociedad y le señala en ésta puesto de distinguido honor.
Si quieres ser feliz, sé buen hijo.
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Capítulo vnr
El patriotismo
Uno de nuestros grandes deberes es el de amar á la tierra donde nacimos, procurar su bien y hacer por ella toda clase de sacrificios. Nadie está exento de cumplir en todo tiempo ese sagrado deber, ni los hombres, ni las mujeres, ni los jóvenes, ni los ancianos. Todos han de llevar su desinteresado contin¬ gente á la obra común, para que de ello reporte beneficio á la sociedad, que es la gran familia á la cual «todos perte¬ necemos y con quien nos ligan vínculos de sangre, tradiciones de gloria, comu¬ nidad de costumbres, solidaridad histó¬ rica y universales aspiraciones.
El patriotismo no es otra cosa que el amor á la patria y el deber ineludi¬ ble de servirla; pero amarla sin la pa¬ sión que ofusca la mente y turba la claridad de los sentidos, y servirla con honradez y abnegación' y no por espí¬ ritu de lucro.
Cualquiera que sea la esfera social en que gires, sirve á la patria. Cual¬ quiera que sea el partido político á que pertenezcas, sirve á la patria. Primero está el interés de ella, y después el in¬ terés individual.
La patria sostiene unas prescrip¬ ciones que se llaman leyes: cúmplelas y predica á los demás la necesidad de su cumplimiento.
La patria tiene rentas que se lla¬ man su tesoro público: no lo defrudes, ni toleres que los demás lo defrauden.
La patria aspira al reinado perpe¬ tuo de la dulce paz: no hagas la gue¬ rra ni hoy, ni mañana, ni nunca.
La patria quiere el amor y la con¬ cordia de todos sus hijos: no le predi¬ ques la matanza, ni el odio, ni la demagogia, ni el desorden.
La patria es grande por su progre¬ so y por su justicia: hazte obrero del primero y abogado eficaz de la segunda.
Tú no sabes todavia lo que se llama política. Es la ciencia del buen gobier¬ no, para los hombres verdaderamente patriotas: para" los picaros es la ciencia de la especulación. De esa edad de la
niñez pasarás en breve á la de la razón, y entonces tendrás que darte cuenta del deber que tienes de hacerte parti¬ ere en las cosas públicas, es decir, de prestar á la patria el concurso desin¬ teresado de tus aptitudes y sacrificios. Al entrar en ese mundo moral puede ser que mucho te repugne, porque ha¬ llarás hombres antipatriotas, serviles, falsos tribunos, falsos patricios, menti¬ dos republicanos, demócratas de farsa, conservadores de escenario, hipócritas con caretas de pulcritud. Hallarás eso y tal vez mucho más; pero esto no debe desalentarte, ni obligarte á replegar al fondo del hogar y echarte en brazos del egoísmo. El heroísmo está, en la lucha, y es defendiendo las nobles causas que la popularidad se adquiere y se conquis¬ ta la gloria del buen nombre.
Hazte propagandista de las sanas ideas, defiende con bizarría los princi¬ pios universales de la justicia, combate la guerra bajo todas sus formas, niégale tu apoyo al peculado, denuncia al refraetarismo, defiende la paz en todas las si¬ tuaciones, sostén el trono augusto de la ley, propende á la exaltación de ma¬
gistrados pulcros, pregona la obedien¬ cia á la autoridad legítima, estimula el valor cívico, sé ciudadano antes que hombre privado y habrás cumplido ese grandioso deber del patriotismo, tan mal comprendido por algunos y tan de¬ satendido por los demás.
No creas que abandonando la patria al furor de las pasiones de partido, vas á conservar la tranquilidad de tu hogar y la cabalidad de tu hacienda. Puedes aislarte, puedes hacerte patria, puedes hacerte la ilusión de que vives en aje¬ na tierra; pero llega un día en que lla¬ ma la desgracia á la puerta de tus ho¬ gares para anunciarte que te cercan las llamas y quervas á perecer con todos los tuyos en el incendio de la patria.
Hé aqüí porque debes combatir el egoísmo en ti y en los demás. La tierra que te ha producido, te pide que la sir¬ vas, que la honres, que la dignifiques, que la libertes de la rapacidad de los políticos especuladores, que te sacrifi¬ ques por su bien, si necesario fuere.
Niño, el patriotismo es la gran vir¬ tud del ciudadano. Con hombres patrio¬ tas no se degradan los pueblos, ni se co-
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rrompen los gobiernos, ni se hunden sociedades.
CAHTULO IX
La amistad
Voy á consagrar el presente capítu¬ lo á uno de los sentimientos más nobles de la humanidad y de cuya posesión reportan los hombres grandes é incal¬ culables beneficios.
Desgraciado aquel que no tenga amigos: más desgraciado aquel que só¬ lo los tuviese malos. %
Habi’ás oído repetir mucho esta fra¬ se: mi amigo es otro yo, lo cual quiere decir que la amistad identifica los ca¬ racteres, mancomúnalos intereses, con¬ solida los afectos, iguala las costum¬ bres y estrecha á los hombres con gran-. des vínculos morales y materiales.
Muchos creen que la amistad es igual al conocimiento, pero están tan distantes como la indiferencia del amor.
Los hombres en general tienen nu-
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merosos conocimientos y sólo cesta¬ das amistades. Así es natural que suce¬ da, porque la amistad es una especie de fraternidad social, que nos da goces, pero que nos impone deberes; que nos brinda positivas ventajas, pero que nos impone muy serios sacrificios. De aquí resulta que no puede ser amigo de na¬ die aquel que sea egoista, que sea ava¬ ro, que sea hipócrita, que sea incapaz de hacer toda especie de sacrificios en pro del hombre á quien da el dulce r significativo título de amigo.
A veces resulta que la amistad vale más que el parentesco, pues hay seres que estiman en poco los vínculos de la familia, mientras que otros respetan y se inclinan ante los lazos del cariño.
Ahora que te encuentras en tu pri¬ mitiva juventud, procura hacer tus buenas amistades; pero es preciso que sepas que no todos tus compañeros son dignos de que les des el nombre de amigo. Muchos de ellos serán excelen¬ tes jóvenes, respetuosos, amables, aplinados, tiernos, desinteresados y de una conducta irreprochable; mas puede acontecer que no falten algunos, aun-
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que<pocos, que sean soberbios, indolen¬ tes, enemigos del estudio, altaneros, obscenos, y de una conducta reprensi¬ ble. Unete irrevocablemente á los pri¬ meros y sólo conserva con los segundos un ligero conocimiento, pues es bien sabido que para una mala amistad, mas vale ninguna.
Esas buenas amistades que se for¬ man en los bancos de las escuelas y colegios y que brotan al calor del ino¬ cente cariño de la niñez, deben conser¬ varse á perpetuidad y llevarse hasta el sepulcro, ya que presenciaron la albo¬ rada primera de nuestra razón. Sin amistades íorinadas en esa época en que todo es prístino, todo es puro, todo es simpatía y amor: amistades que compendian la época más feliz de la vida, amistades históricas, puede de¬ cirse así, cuyas raíces son imborrables recuerdos y cuyas flores llenan de per¬ fumes el ambiente que respiramos.
A esas amistades, como á las que puedas adquirir más tarde, préstales toda la lealtad de que eres capaz, nun¬ ca faltes á ellas; ni las entibies, ni las olvides. Procura responder siempre á
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la voz del amigo, cualesquiera «que sean su posición y la tuya. Si de él te separan la política, la religión, las creencias sociales ó cualquiera otra cir¬ cunstancia, salva á toda costada amis¬ tad por medio de la tolerancia y del sacrificio.
En materia de amistad debo hacer¬ te dos observaciones muy serias y muy titiles á la vez. Sea la primera: que no seas ligero para intimar con nadie tus relaciones: estudia el ser con quien quieras ligarte, Obsérvalo con deteni¬ miento, y si sus condiciones morales merecen que se le dé el título de ami¬ go, ámalo en buena bofa con todo el ardimiento de tu corazón.
Sea la segunda: que no desaires ni desconozcas jamás—óyelo bien, jamás —á tu amigo: préstale siempre toda especie de apoyo y dale toda la since¬ ridad de tu cariño, más aun si ese ami¬ go es pobre y desgraciado y tú eres rico y feliz.
Te hago estas dos primordiales con¬ sideraciones , piimero: porque deseo evitarte malas amistades, que siempre traen fatales consecuencias; y según-
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do, iporque existen hombres menguados, vanidosos y torpes que son amigos del encumbrado magnate, del rico, del in¬ fluyente en la política, y desprecian y niegan al pobre compañero de la ni¬ ñez, á quien no tocó la fortuna con sus alas de oro.
Hallarás que esto es una villanía, y ciertamente que lo es. Prevénte, pues, niño, para cuando entres por las puertas de la sociedad. Vas á encon¬ trar espíritu y materia, sombra y luz, cieno y perfumes. Puedes entrar amu¬ rallado para que no penetren en tu pe¬ cho los impuros sentimientos, pero es preciso que lleves bien formado el co¬ razón.
La amistad es una fuente de con¬ suelos en este valle de lágrimas.