El derecho de la guerra conforme a la moral · Unidad 42 de 44

Unidad 42 · CAPÍTULO II.

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CAPÍTULO II.

Restablecimiento de la paz.

Toda proposición de paz debe oírse.— Cuáles son suficientes. — Daños de prolongar la guerra. — Los buenos oficios. — Cómo se inicia la paz. — Statu quo. — Convenio preliminar. — De las partes del tratado de paz. — Que las condiciones no han pis

ser abusivas.

Por más justa que fuere la guerra, conviértese en inicua desde que se desecha una proposición razonable del enemigo: por eso es justo y aun se ha querido consignar como obligatorio en el derecho positivo, no negarse nunca á escuchar las proposiciones de paz. Martens dice que la ley natural obliga a toda potencia á hacer la paz desde el momento en que el contrario le ofrece una satisfacción suficiente, la indemnización de los gastos de guerra y garantías para el porvenir, si son necesarias.

= Bluntschli dice en su art. 700 que la guerra puede concluir sin tratado, simplemente por cesiacion de las hostilidades y la vuelta á las relaciones pacíficas entre los beligerantes. (Este es el caso en que se halla España con las repúblicas Sud-Americanas). En tal caso rige el statu quo pos t bellum,

Eli el 701 dice que también puede concluir la guerra por la sumisión completa del vencido,

—316— pero en el 703 advierte que lo regular es que la guerra termine por un tratado que fijé las nuevas condiciones y bases en que ha de descansar la paz.=

Aunque los Principes no tienen en este asunto otros límites que los de su propia conciencia, no deben olvidar la opinión unánime de todos los estadistas, filósofos y grandes Generales, unánimes en sostener que nunca se hará la paz demasiado pronto: Tito Livio ha dicho que es más segura la paz que la victoria: Homero, que es mudable la fortuna de las armas é inciertos de la guerra los sucesos: Séneca, que la paz es ventajosa al vencedor y necesaria al vencido. Tucydides, que una paz segura es de tal suerte preferible á la guerra, por justa que ejsta fuere, que ofrecida no se ha de rehusar por las ventajas de un suceso inesperado. Herodoto dice hablando de Pisistrato, que todo vencedor que ofrece proposiciones honestas é inesperadas, 6 se atrae el ánimo de 'los vencidos ó siembra la sedición entre ellos. César creia que la mejor ocasión de hacer la paz es cuando creyéndose equilibradas las fuerzas no se ha irritado aún el amor propio del vencido. Dice SaavedraFaxardo que «aunque se pueda vencer, se'ha de abrazar la paz: porque ninguna victoria es tan feliz que no sea mayor el daño que se recibe en ella* (Emp.pol. 93), El Emperador Marciano adoptó el siguiente lema: uPax bello pot¿op.y>

Nada más impolítico, por otra parte, que el prolongar la guerra irritando al enemigo y des-

-317— contentando á la nación misma que la sostiene: tal fué la causa de las caldas de Carlos XII y de Napoleón I. Hoy las grandes guerras son breves; después de la corta campaña de Italia de 1859 y de la campaña de siete dias que ha decidido la contienda entre Prusia y Austria en. 1866, los grandes intereses pacíficos de Europa se sublevarán de seguro contra el que pretenda turbar su tranquilidad con el estrépito prolongado de las armas.

Nada más caballeresco que no ensañarse con el adversario: desde el momento enqueflaquea, en que pierde terreno, lo noble, lo leal es bajar la espada y tender la mano.

Si el ciego empeño de los combatientes ó el equilibrio de sus fuerzas no dieren lugar á que de uno de ellos salga este generoso impulso, deber es de toda potencia neutral ofrecer á ambos sus buenos oficios con el fin de lograr una avenencia que ponga término á los horrores de la guerra. Gravemente faltarla á la caridad la nación que contemplara indiferente cómo otras dos se desgarraban, y seria infame la que en la prolongación de esta lucha contemplara ventajas para su influencia ó su comercio.

Iniciados de uno ú otro modo los tratos de paz, se da comienzo á ellos pactando un armisticio largo ó indefinido, durante el cual se han de mantener los beligerantes en el estado en que se encuentran, statu quo uti possidetisy ó han de volver a las posiciones que ocupaban al comenzar la guerra, statu quo ante belltim. Con esto

—318^ pueden los plenipotenciarios reunirse en un lugar previamente neutralizado y discutir las con-^ diciones de la paz. A veces se comienza por un Convenio preliminar, donde se consigna y deja fuera de debate la condición sine qua non dé la paz, como lo fué en Utrecht la renuncia de Felipe V al trono de Francia, y en Praga la esclusion del Austria de la Confederación Germánica.

A las negociaciones de paz pueden concurrir otras potencias, si lo quieren las beligerantes, y en tal caso se constituye un Congreso, como lo fué el de París de 1856, donde se sentaron Prusia y Austria, aunque no hablan combatido.

El tratado de paz comienza por la invocación de la Divinidad (En nombre de la Santísima é indivisible Trinidad) piadosa costunibre obser^ vadaaun en los tratados hechos con Potencias mahometanas, y que sólo falta en los que hizo la República Francesa: sigue la introducción, en que se expresan los déseos que animan á ambas partes, y vienen luego los nombres y títulos de los Plenipotenciarios. El artículo primero restablece para siempre la paz y amistad, y lleva consigo la cesación de las hostilidades y la devolución de los prisioneros: viene después, con. arreglo al derecho de postliminio, la amnistía general por cuanto en perjuicio de cada Estado se haya hecho, el restablecimiento del comercio, correspondencia y demás tratados anteriores. Detállanse luego las condiciones de la paz, resolviendo todos los puntos que dieron lugar á la guerra y los que durante ésta se hubieren

—319— suscitado: aquí entran las compensaciones ó cambios territoriales, y la indemnización de

En protocolos anejos se especifican los detalles prácticos de la ejecución del tratado, tales como la forma de devolución de los prisioneros, de la evacuación del país, designación detallada de fronteras, modo de cobranza de las indemnizaciones, etc.

También suelen hacerse artículos separados, y á veces secretos; pero el derecho público de nuestros días no consiente que en la oscuridad y el misterio se disponga del porvenir de los pueblos.

Si fueren más de dos las potencias beligerantes, pueden elaborar el tratado en común, ó agregarse por medio de la accesión al que hubieren hecho las dos principales, á no ser que prefieran hacer tratado separado.

Respecto del espíritu que debe presidir á la redacción del tratado de paz, diremos con Vergé que el derecho de gentes y hasta el interés de las partes contratantes exigen de consuno, que no se pretenda debilitar tanto á una de ellas que se comprometa su existencia; que no se la impongan humillaciones; no se introduzca la anarquía en los elementos de su organización interior, ni se la prive de alguna parte integrante de su territorio, pues cualquiera de estas condiciones haría que la paz fuera ruinosa ó degradante, y por lo tanto muy poco duradera.

Saavedra Faxardo dijo (Emp.poL98J: «No hay

— 32ff— paz segura si es muy desigual. Si la paz no fuese honesta y conveniente á ambas partes, será contrato claudicante. El que más procura aventajalla, la adelgaza más y quiebra después fácilmente. Achacosa es la paz que concluyó la amenaza ó la fuerza, porque siempre maquinan contra ella el honor y la libertad.»