El doctor Lañuela · Unidad 64 de 80
Unidad 64 · EL DOCTOR LAÑUELA. %B
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aquí el cómo en la cania de un sobrino que vela, duerme un tio clérigo que nació en otro siglo ; y paso á decir que salí de casa al derramarse el nuevo dia, con dos objetos: uno era el de beber la claridad del sol que apaga las sofocantes tinieblas de la pena ; y el otro buscar un callista francés antes que algún otro necesitado lo empleara.
Con ambos fines paseábame por las casi desiertas aceras aguardando que los artesanos abriesen sus oficinas, cuando sentí que me chicheaban.
Volvíme y vi un hombre que llegó precipitado hasta parárseme delante.
Se cubria con un sombrero hongo, vestia gabán blanco de lanilla , y el chaleco y los pantalones eran de tela cortados de una misma pieza , pintada con variedad de colores formando cuadros.
Le miré con sospecha , pero no le reconocí del todo hasta que hubo hablado. Era el Doctor Lañuela.
23Q EL DOCTOR LAÑUELA.
Díjome sin arribajes que necesitando mayor suma de la que alcanzaba su peculio, habia salido de su morada resuelto á no volver sin encontrarla.
Me añadió que no le preguntase para qué era el dinero, pero que le diese la cantidad que bien pudiera en nombre de Luz.
Vacié en el acto mi bolsillo en su mano ; y como el dinero se parece al tiempo , que en sí no es ni poco ni mucho , que en sí no es nada, sino, que es algo, es más ó es menos; y sólo sirve , alcanza ó vale con relación á la necesidad , ó al gusto de la cosa en que se emplea ; quedóse Lañuela contemplando mi dádiva y con la mano abierta en actitud de esperar más.
Yo que no tenia aquel más, que era sin duda toda la cosa á que aspiraba Lañuela, hubiera lamentado mi pobreza si en el instante no me hubiese ocurrido un recurso eficacísimo; y le dije: — Doctor, guardad ese poco de dinero y escuchadme. Aquel mi tio para quien os pedí los parches acaba de llegar en busca
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de ellos. Trae los piés perdidos y me pide con la urgencia de su mal que le lleve un callista.
—No hay otro yo para arrancar dolores, bien lo sabes tú, me contestó Lañuela.— Y oida su aceptación le aseguré de la ganancia, mandándole que me siguiera , con la precisa condición de presentarse á mi tio el Licenciado, no como el Doctor Lañuela que era , sino como el callista premiado del Emperador de los franceses, más francés que todos los doce Pares de Francia.
—Eso es bicoca, me replicó Lañuela, que lo mismo soy yo francés que moro; y tan me paso al moro como al español y al griego ; y entro y salgo por los idiomas como paso las fronteras de todas las naciones.
Para ser de todas partes (añadió), se necesitan dos cosas : marchar de frente y no hablar bien ningún idioma.
Por lo que iba diciendo, me persuadí de que el tal Lañuela seria un excelente callista fran-