El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere) · Unidad 18 de 32

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Y se enfurecía cuando algun indio se atrevía á dudar de los milagros ó no creía en el Papa. Todos los tormentos de la Inquisicion eran pocos para castigar semejante osadía.

Si le objetaban que dominar ó vivir á costa de la ignorancia tiene otro nombre algo mal sonante y lo castigan las leyes cuando el culpable es uno solo, él se salía citando otras colonias.

--Nosotros, decía con su voz de ceremonia, ¡podemos hablar muy alto! No somos como los ingleses y holandeses que para mantener en la sumision á los pueblos se sirven del látigo... disponemos de otros medios más suaves, más seguros; el saludable influjo de los frailes es superior al látigo inglés...

Esta frase suya hizo fortuna y por mucho tiempo Ben Zayb la estuvo parafraseando y con él toda Manila, la Manila pensadora la celebraba; la frase llegó hasta la Corte, se citó en el Parlamento como de un liberal de larga residencia, etc., etc., etc., y los frailes, honrados con la comparacion y viendo afianzado su prestigio, le enviaron arrobas de chocolate, regalo que devolvió el incorruptible don Custodio, cuya virtud inmediatamente Ben Zayb comparó con la de Epaminondas. Y sin embargo, el Epaminondas moderno se servía del bejuco en sus momentos de cólera, ¡y lo aconsejaba!

Por aquellos días, los conventos, temerosos de que diese un dictamen favorable á la peticion de los estudiantes, repetían sus regalos y la tarde en que le vemos, estaba más apurado que nunca, pues su fama de activo se comprometía. Hacía más de quince días que tenía en su poder el espediente y aquella mañana el alto empleado, despues de alabar su celo, le había preguntado por su dictámen. Don Custodio respondió con misteriosa gravedad dando á entender que ya lo tenía terminado: el alto empleado se sonrió, y aquella sonrisa ahora le molestaba y perseguía.

Como decíamos, bostezaba y bostezaba. En uno de esos movimientos, en el momento en que abría los ojos y cerraba la boca, se fijó en la larga fila de cartapacios rojos, colocados órdenadamente en el magnífico estante de kamagon: al dorso de cada uno se leía en grandes letras: PROYECTOS.

Olvidóse por un momento de sus apuros y de las piruetas de Pepay, para considerar ¡que todo lo que se contenía en aquellas gradas había salido de su fecunda cabeza en momentos de inspiracion! ¡Cuántas ideas originales, cuántos pensamientos sublimes, cuantos medios salvadores de la miseria filipina! ¡La inmortalidad y la gratitud del país las tenía él seguras!

Como un viejo pisaverde que descubre mohoso paquete de epístolas amatorias, levantóse don Custodio y se acercó al estante. El primer cartapacio, grueso, hinchado, pletórico, llevaba por título «PROYECTOS en proyecto.»

--¡No! murmuró; hay cosas excelentes, pero se necesitaría un año para releerlos.

El segundo, bastante voluminoso tambien, se titulaba «PROYECTOS en estudio.»--¡No, tampoco!

Luego venían los «PROYECTOS en maduracion...» «PROYECTOS presentados...» «PROYECTOS rechazados...» «PROYECTOS aprobados...» «PROYECTOS suspendidos...» Estos últimos cartapacios contenían poca cosa, pero el último menos todavía, el de los «PROYECTOS en ejecucion.»

Don Custodio arrugó la nariz, ¿qué tendrá? Ya se había olvidado de lo que podía haber dentro. Una hoja de papel amarillento asomaba por entre las dos cubiertas, como si el cartapacio le sacase la lengua.

Sacólo del armario y lo abrió: era el famoso proyecto de la Escuela de Artes y Oficios.

--¡Qué diantre! exclamó; pero si se han encargado de ella los Padres Agustinos...

De repente se dió una palmada en la frente, arqueó las cejas, una espresion de triunfo se pintó en su semblante.

--¡Si tengo la solucion, c--! exclamó lanzando una palabrota que no era el eureka pero que principia por donde este termina; mi dictamen está hecho.

Y repitiendo cinco ó seis veces su peculiar eureka que azotaba el aire como alegres latigazos, radiante de júbilo se dirigió á su mesa y empezó á emborronar cuartillas.

XXI

TIPOS MANILENSES

Aquella noche había gran funcion en el Teatro de Variedades.

La compañía de opereta francesa de Mr. Jouy daba su primera funcion, Les Cloches de Corneville, é iba á exhibir á los ojos del público su selecta troupe cuya fama venían hace días pregonando los periódicos. Decíase que entre las actrices las había de hermosísima voz, pero de figura más hermosa todavía y si se ha de dar crédito á murmuraciones, su amabilidad estaba por encima aun de la voz y la figura.

A las siete y media de la noche ya no había billetes ni para el mismo P. Salví moribundo, y los de la entrada general formaban larguísima cola. En la taquilla hubo alborotos, peleas, se habló de filibusterismo y de razas, pero no por eso se consiguieron billetes. A las ocho menos cuarto se ofrecían precios fabulosos por un asiento de anfiteatro. El aspecto del edificio profusamente iluminado, con plantas y flores en todas las puertas, volvía locos á los que llegaban tarde, que se deshacían en exclamaciones y manotadas. Una numerosa muchedumbre hervía en los alrededores mirando envidiosa á los que entraban, á los que llegaban temprano temerosos de perder sus asientos: risas, murmullos, espectacion saludaban á los recien venidos, que desconsolados, se reunían con los curiosos y, ya que no podían entrar, se contentaban con ver á los que entraban.

Había sin embargo uno que parecía estraño á tanto afan, á tanta curiosidad. Era un hombre alto, delgado, que andaba lentamente arrastrando una pierna rígida. Vestía una miserable americana color de café y un pantalon á cuadros, sucio, que modelaba sus miembros huesudos y delgados. Un sombrero hongo, artístico á fuerza de estar roto, le cubría la enorme cabeza dejando escapar unos cabellos de un gris sucio, casi rubio, largos, ensortijados en sus estremos como melenas de poeta. Lo más notable en aquel hombre no era ni su traje, ni su cara europea sin barba ni bigote, sino el color rojo subido de ella, color que le ha valido el apodo de Camaroncocido bajo el cual se le conocía. Era un tipo raro: perteneciente á una distinguida familia, vivía como un vagabundo, un mendigo; de raza española, se burlaba del prestigio que azotaba indiferente con sus harapos; pasaba por ser una especie de repórter y á la verdad sus ojos grises tanto saltones, tanto fríos y meditabundos, aparecían allí donde acontecía algo publicable. Su manera de vivir era un misterio para muchos, nadie sabía donde comía ni donde dormía: acaso tuviera un tonel en alguna parte.

Camaroncocido no tenía en aquel momento la espresion dura é indiferente de costumbre: algo como una alegre compasion se reflejaba en su mirada. Un hombrecillo, un vejete diminuto le abordó alegremente.

--¡Amigooó! dijo con voz ronca, quebrada como de rana, enseñando unos cuantos pesos mejicanos.

Camaroncocido vió los pesos, y se encogió de hombros. A él ¿qué le importaban?

El vejete era su digno contraste. Pequeñito, muy pequeñito, cubierta la cabeza con un sombrero de copa trasformado en colosal gusano de pelo, se perdía en una levita ancha, muy ancha y demasiado larga, para encontrarse al fin de unos pantalones demasiado cortos que no pasaban de las pantorillas. Su cuerpo parecía el abuelo y las piernas los nietos, mientras que por sus zapatos tenía aire de navegar en seco--¡eran unos enormes zapatos de marinero que protestaban del gusano de pelo de su cabeza con la energía de un convento al lado de una Exposicion Universal! Si Camaroncocido era rojo, él era moreno; aquel siendo de raza española no gastaba un pelo en la cara, él, indio, tenía perilla y bigotes blancos, largos y ralos. Su mirada era viva. Llamábanle Tío Quico y, como su amigo, vivía igualmente de la publicidad: pregonaba las funciones y pegaba los carteles de los teatros. Era quizás el único filipino que podía impunemente ir á pié con chistera y levita así como su amigo era el primer español que se reía del prestigio de la raza.

--El francés me ha gratificado muy bien, decía sonriendo y enseñando sus pintorescas encías que parecían una calle despues de un incendio; ¡he tenido buena mano en pegar los carteles!

Camaroncocido volvió á encogerse de hombros.

--Quico, repuso en voz cavernosa, si te dan seis pesos por tu trabajo, ¿cuánto darán á los frailes?

Tío Quico con su vivacidad natural levantó la cabeza.

--¿A los frailes?

--¡Porque has de saber, continuó Camaroncocido, que toda esta entrada se la han procurado los conventos!

En efecto, los frailes, á su cabeza el P. Salví y algunos seglares capitaneados por don Custodio se habían opuesto á semejantes representaciones. El P. Camorra que no podía asistir encandilaba los ojos y se le hacía agua la boca, pero disputaba con Ben Zayb que se defendía débilmente pensando en los billetes gratis que le enviaría la empresa. Don Custodio le hablaba de moralidad, de religion, buenas costumbres, etc.

--Pero, balbuceaba el escritor, si nuestros sainetes con sus juegos de palabras y frases de doble sentido...

--¡Pero al menos están en castellano! le interrumpía gritando el virtuoso concejal, encendido en santa ira; ¡¡¡obscenidades en francés, hombre, Ben Zayb, por Dios, en francés!!! ¡Eso, jamás!

Y decía el ¡jamás! con la energía de un triple Guzman á quien le amenazasen con matarle una pulga si no rendía veinte Tarifas. El P. Irene naturalmente opinaba como don Custodio y execraba las operetas francesas. ¡Pfui! El había estado en Paris, pero ni siquiera pisó la acera de un teatro, ¡Dios le libre!

Pero la opereta francesa contaba tambien con numerosos partidarios. Los oficiales del ejército y de la armada, entre ellos los ayudantes del General, los empleados y muchos grandes señores estaban ansiosos de saborear las delicadezas de la lengua francesa en boca de legítimas parisiennes; uníanse á ellos los que viajaron por las M. M. y chapurrearon un poco de francés durante el viaje, los que visitaron Paris y todos aquellos que querían echárselas de ilustrados. Dividióse pues la sociedad de Manila en dos bandos, en operetistas y antioperetistas que se vieron secundados por señoras de edad, esposas celosas y cuidadosas del amor de sus maridos, y por las que tenían novio, mientras las libres y las hermosas se declaraban furibundas operetistas. Cruzáronse volantes y más volantes, hubo idas y venidas, dimes y diretes, juntas, cabildeos, discusiones, se habló hasta de insurreccion de los indios, de la indolencia, de razas inferiores y superiores, de prestigio y otras patrañas y despues de mucha chismografía y mucha murmuracion, el permiso se concedió y el P. Salví publicó una pastoral que nadie leyó sino el corrector de la imprenta. Díjose que si el General riñó con la condesa, si ésta pasaba su vida en las quintas de placer, si S. E. estaba aburrido, si el consul francés, si hubo regalos, etc., etc., y danzaron muchos nombres, el del chino Quiroga, el de Simoun y hasta los de muchas actrices.

Gracias á este escandaloso preliminar, la impaciencia de la gente se había excitado y desde la víspera, que fué cuando llegaron los artistas, solo se hablaba de ir á la primera funcion. Desde que aparecieron los carteles rojos anunciando Les Cloches de Corneville, los vencedores se aprestaron á celebrar la victoria. En algunas oficinas, en vez de pasar el tiempo leyendo periódicos y charlando, se devoraba el argumento, se leían novelitas francesas y muchos se iban al escusado y fingían una disentería para consultar á ocultis el diccionario de bolsillo. No por esto los espedientes se despachaban, al contrario, hacían volver á todos para el día siguiente, pero el público no podía enfadarse: se encontraba con unos empleados muy corteses, muy afables, que les recibían y les despedían con grandes saludos á la francesa: los empleados se ensayaban, sacudían el polvo á su francés y se lanzaban mútuamente oui monesiour, s'il bous plaît, y ¡pardon! á cada paso que era una felicidad verlos y oirlos. Pero, donde la animacion y el apuro llegaban á su colmo, era en las redacciones de los periódicos; Ben Zayb, señalado como crítico y traductor del argumento, temblaba como una pobre mujer acusada de brujería; veía á sus enemigos cazándole los gazapos y echándole en cara sus pocos conocimientos de francés. Cuando la Opera italiana, á poco más tuvo un desafío por haber traducido mal el nombre de un tenor; cierto envidioso publicó inmediatamente un artículo tratándole de ignorante, á él, ¡la primera cabeza pensante de Filipinas! ¡Lo que le costó defenderse! lo menos tuvo que escribir diez y siete artículos y consultar quince diccionarios. Y con este saludable recuerdo el pobre Ben Zayb andaba con manos de plomo, no decimos piés, por no imitar al P. Camorra que tenía la avilantez de reprocharle que escribía con ellos.

--¿Ves, Quico? decía Camaroncocido; la mitad de la gente viene por haber dicho los frailes que no vengan, es una especie de manifestacion; y la otra mitad, porque se dicen: ¿los frailes lo prohiben? pues debe ser instructivo. Créeme, Quico, tus programas eran buenos, ¡pero mejor es aun el Pastoral y cuenta que no lo ha leido nadie!

--Amigooó, ¿crees tuuú, preguntó inquieto Tío Quico, que por la competencia del P. Salví en adelanteee se supriman mis funcioneees?

--Puede ser, Quico, puede ser, contestó el otro mirando hácia el cielo; el dinero empieza á escasear...

Tío Quico murmuró algunas palabras y frases incoherentes; si los frailes se meten á anunciadores de teatro se metería él á fraile. Y despues de despedirse de su amigooó se alejó tosiendo y haciendo sonar sus pesos.

Camaroncocido, con su indiferencia de siempre, continuó vagando acá y allá con la pierna á cuestas y la mirada soñolienta. Llamaron su atencion la llegada de fisonomías estrañas, venidas de diferentes puntos y que se hacían señas con un guiño, una tos. Era la primera vez que veía en tales ocasiones semejantes individuos, él que conocía todas las facciones de la ciudad y todas sus fisonomías. Hombres de cara oscura, espaldas dobladas, aire inquieto y poco seguro, y mal disfrazados como si se pusiesen por primera vez la americana. En vez de colocarse en primera fila para ver á sus anchas, se ocultaban entre sombras como evitando ser vistos.

--¿Policía secreta ó ladrones? se preguntó Camaroncocido é inmediatamente se encogió de hombros; y á mí ¿qué me importa?

El farol de un coche que venía alumbró al pasar un grupo de cuatro ó cinco de estos individuos hablando con uno que parecía militar.

--¡Policía secreta! ¡será un nuevo cuerpo! murmuró.

E hizo su gesto de indiferencia. Pero luego observó que el militar, despues de comunicar con dos ó tres grupos más, se dirigió á un coche y pareció hablar animadamente con una persona en el interior. Camaroncocido dió algunos pasos y sin sorprenderse creyó reconocer al joyero Simoun, mientras sus finos oidos percibían este corto diálogo:

--¡La señal es un disparo!

--Sí, señor.

--No tengais cuidado; es el General quien lo manda; pero cuidado con decirlo. Si seguís mis instrucciones, ascendereis.

--Sí, señor.

--¡Con que estad dispuestos!

La voz calló y segundos despues el coche se puso en movimiento. Camaroncocido, apesar de toda su indiferencia, no pudo menos de murmurar:

--Algo se trama... ¡atencion á los bolsillos!

Y sintiendo que los suyos estaban vacíos, volvió á encogerse de hombros. ¿A él qué le importaba que el cielo se venga abajo?

Y siguió haciendo su ronda. Al pasar delante de dos personas que hablaban, pescó lo que una de ellas que tenía en el cuello rosarios y escapularios, decía en tagalo:

--Los frailes pueden más que el General, no seas simple; éste se va y ellos se quedan. Con tal de que lo hagamos bien nos haremos ricos. ¡La señal es un disparo!

--¡Aprieta, aprieta! murmuró Camaroncocido sacudiendo los dedos; allá el General, y aquí el P. Salví... ¡Pobre país!... Pero ¿y á mí qué?

Y encogiéndose de hombros y escupiendo al mismo tiempo, dos gestos que en él eran los signos de la mayor indiferencia, prosiguió sus observaciones...

Entretanto los coches venían en vertiginosa carrera, paraban de firme junto á la puerta depositando á la alta sociedad. Las señoras, aunque apenas hacía fresco, lucían magníficos chales, pañolones de seda y hasta abrigos de entretiempo; los caballeros, los que iban de frac y corbata blanca usaban gabanes, otros los llevaban sobre el brazo luciendo los ricos forros de seda.

En el grupo de los curiosos, Tadeo, el que se enferma en el momento que baja el catedrático, acompaña á su compoblano, el novato que vimos sufrir las consecuencias del mal leido principio de Descartes. El novato es muy curioso y pregunton y Tadeo se aprovecha de su ingenuidad é inexperiencia para contarle las más estupendas mentiras. Cada español que le saluda, sea empleadillo ó dependiente de almacen, lo endosa á su compañero por gefe de negociado, marqués, conde, etc.; en cambio si pasaba de largo, ¡psh! es un bago, un oficial quinto, ¡un cualquiera! Y cuando faltaban los pedestres para mantener la admiracion del novato, abusaba de los coches flamantes que desfilaban; Tadeo saludaba graciosamente, hacía un signo amistoso con la mano, soltaba un ¡adios! familiar.

--¿Quién es?

--¡Bah! contesta negligentemente; el Gobernador Civil... el Segundo Cabo... el magistrado tal... la señora de... ¡amigos míos!

El novato le admira, le escucha embobado y se cuida muy bien de ponerse á la izquierda. Tadeo, ¡¡amigo de magistrados y gobernadores!!

Y Tadeo le nombra todas las personas que llegan y, cuando no las conoce, inventa apellidos, historias y da curiosos detalles.

--¿Ves? aquel señor alto, de patillas negras, algo bizco, vestido de negro, es el magistrado A, amigo íntimo de la señora del coronel B; un día, á no ser por mí, se pegan los dos... ¡adios! Mira, allí llega precisamente el coronel, ¿si se pegarán?

El novato suspende la respiracion, pero el coronel y el magistrado se estrechan afectuosamente la mano; el militar, un solteron, pregunta por la salud de la familia, etc.

--¡Ah! ¡gracias á Dios! respira Tadeo; soy yo quien les ha hecho amigos.

--¿Si les pidiera usted que nos hagan entrar? pregunta con cierta timidez el novato.

--¡Ca, hombre! ¡Yo no pido nunca favores! dice magestuosamente Tadeo; los hago, pero desinteresadamente.

El novato se muerde los labios, se queda más pequeño y pone una respetuosa distancia entre él y su compoblano.

Tadeo continúa:

--Ese es el músico H... ese, el abogado J que pronunció como suyo un discurso impreso en todos los libros y los oyentes le felicitaron y le admiraron... El médico K, ese que baja de un hansomcab, especialista en enfermedades de niños, por eso le llaman Herodes... Ese es el banquero L que solo sabe hablar de sus riquezas y almorranas... el poeta M que siempre trata de estrellas y del más allá... Allí va la hermosa señora de N que el Padre Q suele encontrar cuando visita al marido ausente... el comerciante judío P que se vino con mil pesos y ahora es millonario... Aquel de larga barba es el médico R que se ha hecho rico creando enfermos mejor que sanando...

--¿Creando enfermos?