El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere) · Unidad 19 de 32
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--Sí, hombre, en el reconocimiento de los quintos... ¡atencion! Ese respetable señor que va elegantemente vestido, no es médico pero es un homeópata sui generis: profesa en todo el similia similibus... El joven capitan de caballería que con él va, es su discípulo predilecto... Ese con traje claro que tiene el sombrero ladeado, es el empleado S cuya máxima es no ser nunca cortés y se le llevan los diablos cuando ve un sombrero puesto sobre la cabeza de otro; dicen que lo hace para arruinar á los sombrereros alemanes... Ese que llega con su familia es el riquísimo comerciante C que tiene más de cien mil pesos de renta... pero ¿qué me dirás si te cuento que me debe todavía cuatro pesos cinco reales y doce cuartos? Pero ¿quién cobra á un ricacho como ése?
--¿Le debe á usted ese señor?
--¡Claro! un día le saqué de un gran apuro, era un viernes á las siete y media de la mañana, todavía me acuerdo, yo no había almorzado aun... Esa señora que va seguida de una vieja es la célebre Pepay la bailarina... ahora ya no baila desde que un señor muy católico y muy amigo mío... se lo ha prohibido... Allí está el calavera Z, de seguro que va tras la Pepay para hacerla bailar otra vez. Es un buen chico, muy amigo mío; no tiene más defectos que uno: es mestizo chino y se llama á sí mismo español peninsular. ¡Sst! Mira á Ben Zayb, ese con cara de fraile, que lleva un lapiz en la mano y un rollo de papeles, es el gran escritor Ben Zayb, muy amigo mío; ¡tiene un talento!...
--Diga usted, y ese hombrecillo con patillas blancas...
--Ese es el que ha hecho de sus hijas, esas tres pequeñitas, auxiliares de Fomento para que cobren en la nómina... Es un señor muy listo, ¡pero muy listo! comete una tontería y la atribuye... á los otros, se compra camisas y las paga la Caja. Es listo, muy listo, ¡pero muy listo!...
Tadeo se interrumpe.
--Y ese señor ¿que tiene aire feroz y mira á todo el mundo por encima de sus hombros? pregunta el novato señalando á un hombre que mueve la cabeza con altanería.
Pero Tadeo no responde, alarga el cuello para ver á la Paulita Gomez que venía en compañía de una amiga, de doña Victorina y de Juanito Pelaez. Este les había regalado un palco y estaba más jorobado que nunca.
Llegan coches y más coches, llegan los artistas que entran por otra puerta seguidos de amigos y admiradores.
Paulita ya ha entrado y continúa Tadeo:
--Esas son las sobrinas del rico Capitan D, esas que vienen en el landó; ¿ves qué hermosas y sanas son? Pues dentro de algunos años estarán muertas ó locas... Capitan D se opone á que se casen, y la locura del tío se manifiesta en las sobrinas... Esa es la señorita E, la riquísima heredera que se disputan el mundo y los conventos... ¡Calla! ¡á ese le conozco! el P. Irene, disfrazado, ¡con bigotes postizos! ¡Le conozco en su nariz! ¡Y él que tanto se oponía!...
El novato mira escandalizado y vé desaparecer una bien cortada levita detrás de un grupo de señoras.
--¡Las tres Parcas! continuó Tadeo viendo llegar á tres señoritas secas, huesudas, ojerosas, de ancha boca y cursimente vestidas. Se llaman...
--¿Atropos?... balbucea el novato que quería hacer ver que tambien sabía algo, al menos la mitología...
--No, hombre, se llaman las señoritas de Balcon, criticonas, solteronas, pelonas... Profesan odio á todo, á hombres á mujeres, á niños... Pero, mira como al lado del mal Dios pone el remedio, solo que á veces llega tarde. Detrás de las Parcas, espanto de la ciudad, vienen esos tres, el orgullo de sus amigos, entre los cuales yo me cuento. Ese joven delgado, de ojos saltones, algo encorvado, que gesticula con viveza porque no ha encontrado billetes, es el químico S, autor de muchos estudios y trabajos científicos, premiados algunos y notables todos; los españoles dicen de él que promete, promete... El que le apacigua con su risa volteriana es el poeta T, chico de talento, muy amigo mío, y por lo mismo que es de talento ha arrojado la pluma. El otro que les propone entrar con los actores por la otra puerta, es el joven médico U, que ha hecho muchas buenas curas; de él dicen tambien que promete... no está tan jorobado como Pelaez pero es más listo y más pillo todavía. Yo creo que á la misma Muerte le cuenta bolas y la marea.
--¿Y ese señor moreno con bigotes como cerdas?
--¡Ah! es el comerciante F que todo lo falsifica hasta su fé de bautismo; quiere á toda costa ser mestizo español y hace heroicos esfuerzos por olvidarse de su idioma.
--Pero, sus hijas son muy blancas...
--¡Sí, razon por la cual el arroz ha subido de precio y eso que no comen más que pan!
El novato no comprende la relacion del precio del arroz con la blancura de aquellas muchachas.
--Allí está el novio, ese joven delgado, moreno, de andar lento que las sigue y que saluda con aire protector á los tres amigos que se ríen de él... es un mártir de sus ideas, de su consecuencia.
El novato se sintió lleno de admiracion y respeto hácia el joven.
--Tiene aire de tonto, pero lo es, continuó Tadeo; nació en San Pedro Makati y se priva de muchas cosas; no se baña casi nunca ni prueba el cerdo porque, segun él, los españoles no lo comen y por la misma razon no toma arroz, patís ni bagoon, aunque se muera de hambre y se le haga agua la boca... Todo lo que venga de Europa, podrido ó en conserva, le sabe á cielo y hace un mes Basilio le salvó de una feroz gastritis: ¡se había comido un tarro de mostaza para probar que es europeo!
En aquel momento la orquesta empezó á tocar un vals.
--¿Ves ese señor? ¿ese enclenque que va volviendo la cabeza buscando saludos? Es el célebre gobernador de Pangasinan, un buen hombre que pierde el apetito cuando algun indio deja de saludarle... A poco más se muere si no suelta el bando de los saludos á que debe su celebridad. ¡Pobre señor! hace tres días que ha venido de la provincia y ¡cuánto ha enflaquecido! ¡oh! hé aquí al grande hombre, al insigne, ¡abre tus ojos!
--¿Quién? ¿Ese de las cejas fruncidas?
--Sí, ese es don Custodio, el liberal don Custodio, tiene las cejas fruncidas porque medita algun proyecto importante... si se lleváran á cabo las ideas que tiene en la cabeza, ¡otra cosa sería! ¡Ah! aquí viene Makaraig, ¡tu compañero de casa!
En efecto venía Makaraig con Pecson, Sandoval, é Isagani. Tadeo al verlos se adelantó y les saludó.
--¿No viene usted? preguntóle Makaraig.
--No hemos encontrado billetes...
--A propósito, tenemos un palco, repuso Makaraig; Basilio no puede venir... vengan ustedes con nosotros.
Tadeo no se hizo repetir la invitacion. El novato, temiendo molestar, con la timidez propia de todo indio provinciano, se escusó y no hubo medio de hacerle entrar.
XXII
LA FUNCION
El aspecto que ofrecía el teatro era animadísimo; estaba lleno de bote en bote, y en la entrada general, en los pasillos se veía mucha gente de pié, pugnando por sacar la cabeza ó meter un ojo entre un cuello y una oreja. Los palcos descubiertos, llenos en su mayor parte de señoras, parecían canastillas de flores, cuyos pétalos agitára una leve brisa (hablo de los abanicos), y en donde zumban insectos mil. Solo que como hay flores de delicado y fuerte perfume, flores que matan y flores que consuelan, en las canastillas de nuestro teatro tambien se aspiran perfumes parecidos, se oyen diálogos, conversaciones, frases que pican ó corroen. Solo tres ó cuatro de los palcos estaban aun vacíos apesar de lo avanzado de la hora; para las ocho y media se había anunciado la funcion, eran ya las nueve menos cuarto, y el telon no se levantaba porque S. E. no había llegado todavía. Los de la entrada general, impacientes é incómodos en sus asientos, armaban un alboroto pataleando y golpeando el suelo con sus bastones.
--¡Bum-bum-bum! ¡qué se abra el telon! ¡bum-bum-bum!
Los artilleros no eran los menos alborotadores. Los émulos de Marte, como los llama Ben Zayb, no se contentaban con esta música; creyéndose tal vez en una plaza de toros, saludaban á las señoras que pasaban delante de ellos con frases que por eufemismo se llaman en Madrid flores cuando á veces se parecen á humeante basura. Sin hacer caso de las miradas furibundas de los maridos, pregonan en alta voz los sentimientos y deseos que en ellos despiertan tantas hermosuras...
En las butacas--á donde parece que temen bajar las señoras tan no se ve á ninguna--reina un murmullo de voces, de risas reprimidas, entre nubes de humo... Discuten el mérito de las artistas, hablan de escándalos, si S. E. ha reñido con los frailes, si la presencia del General en semejante espectáculo es una provocacion ó sencillamente una curiosidad; otros no piensan en estas cosas, sino en cautivar las miradas de las señoras adoptando posturas más ó menos interesantes, más ó menos estatuarias, haciendo jugar los anillos de brillantes, sobre todo cuando se creen observados por insistentes gemelos; otros dirigen respetuosos saludos á tal señora ó señorita bajando la cabeza con mucha gravedad, mientras le susurran al vecino:
--¡Qué ridícula es! ¡qué cargante!
La dama contesta con la más graciosa de sus sonrisas y un movimiento encantador de cabeza y murmura á la amiga que asiente, entre dos indolentes abanicazos:
--¡Qué pretencioso! Chica, está loco enamorado.
Entre tanto los golpes menudean: ¡bum-bum-bum! ¡toc-toc-toc! ya no quedan más que dos palcos vacíos y el de S. E. que se distingue por sus cortinas rojas de terciopelo. La orquesta toca otro vals, el público protesta; afortunadamente se presenta un héroe caritativo que distrae la atencion y redime al empresario; es un señor que ha ocupado una butaca y se niega á cederla á su dueño, el filósofo don Primitivo. Viendo que sus argumentos no le convencían, don Primitivo acude al acomodador.--¡No me da la gana! le responde el héroe fumando tranquilamente su cigarrillo. El acomodador acude al director.--¡No me da la gana! repite y se arrellana en la butaca. El director sale, mientras los artilleros de las galerías empiezan á cantar en coro:
--¡A que no! ¡A que sí! ¡A que no! ¡A que sí!
Nuestro actor que ya ha llamado la atencion de todos cree, que ceder sería rebajarse y se agarra á la butaca mientras repite su contestacion á la pareja de la Veterana que fué á llamar el director. Los guardias, teniendo en consideracion la categoría del rebelde, van á buscar al cabo, mientras casi toda la sala se deshace en aplausos, celebrando la entereza del señor que continúa sentado como un senador romano.
Resuenan silbidos, el señor que tiene firmeza de caracter vuelve la cabeza airado creyendo que le silban; se oye galopar de caballos, se nota movimiento; cualquiera diría que ha estallado una revolucion ó cuando menos un motin; no, la orquesta suspende el vals y toca la marcha real; es S. E. el Capitan General y Gobernador de las Islas el que llega: todas las miradas le buscan, le siguen, le pierden y aparece al fin en su palco y, despues de mirar á todas partes y hacer felices á algunos con un omnipotente saludo, se sienta como si fuera un hombre sobre el sillon que le espera. Los artilleros se callan entonces y la orquesta ataca la introduccion.
Nuestros estudiantes ocupan un palco frente á frente del de Pepay la bailarina. Este palco era un regalo de Makaraig que ya se había puesto en inteligencia con ella para tener á don Custodio propicio. La Pepay había escrito aquella misma tarde una carta al célebre ponente esperando una contestacion y dándole una cita en el teatro. Por esta razon don Custodio, apesar de la ruda oposicion que había desplegado contra la opereta francesa, se iba al teatro, lo cual le valió finas pullas de parte de don Manuel, su antiguo adversario en las sesiones del Ayuntamiento.
--¡Vengo para juzgar la opereta! había replicado con el tono de un Caton satisfecho de su conciencia.
Makaraig pues, cambaba miradas de inteligencia con la Pepay, quien le daba á entender que algo tenía que decirle; y como la bailarina tenía cara alegre, todos auguraban que el éxito estaba asegurado. Sandoval, que acababa de llegar de unas visitas que había hecho en otros palcos, aseguró que el dictamen había sido favorable y que aquella tarde misma lo había examinado la comision superior y lo había aprobado. Todo pues era júbilo, Pecson mismo se olvidaba de sus pesimismos viendo á la Pepay enseñar sonriendo una cartita; Sandoval y Makaraig se felicitaban mútuamente, solo Isagani permanecía algo frío y apenas se sonreía.
¿Qué le había pasado al joven?
Isagani, al entrar en el teatro, vió á Paulita en un palco y á Juanito Pelaez conversando con ella. Púsose pálido y creyó que se equivocaba. Pero no, era ella misma, ella que le saludaba con una graciosa sonrisa mientras sus hermosos ojos parecían pedirle perdon y prometerle explicaciones. En efecto, habían convenido en que Isagani iría primero al teatro para ver si en el espectáculo no había nada inconveniente para una joven, y ahora la encontraba él, y nada menos que en compañía de su rival. Lo que pasó por el alma de Isagani era indescriptible: ira, celos, humillacion, resentimiento rugieron en su interior; hubo un momento en que deseó que el teatro se desplomase; tuvo ganas violentas de reir á carcajadas, de insultar á su amada, provocar á su rival, armar un escándalo, pero se contentó con sentarse lentamente y no dirigirla jamás la mirada. Oía los hermosos proyectos que hacían Makaraig y Sandoval y le sonaban á ecos lejanos; las frases del vals le parecían tristes y lúgubres, todo aquel público, fátuo é imbecil, y varias veces tuvo que hacer esfuerzos para contener las lágrimas. De la cuestion del caballero que no quería dejar la butaca, de la llegada del Capitan General se apercibió apenas; miraba hácia el telon de boca que representaba una especie de galería entre suntuoso cortinaje rojo, con vista á un jardin en medio del cual se levanta un surtidor. ¡Cuán triste se le antojaba la galería y qué melancólico el paisaje! Mil reminiscencias vagas surgían en su memoria como lejanos ecos de música oida durante la noche, como aires de una cancion de la infancia, murmullo de bosques solitarios, riachuelos sombríos, noches de luna á los bordes del mar que se estendía inmenso delante de sus ojos... Y el enamorado joven que se consideraba muy desgraciado, se puso á mirar al techo para que las lágrimas no cayesen de sus ojos.
Una salva de aplausos le sacó de su meditacion.
El telon acababa de levantarse y el alegre coro de campesinos de Corneville se presentaba á sus ojos, vestidos con sus gorros de algodon y pesados zuecos de madera en los piés. Ellas, unas seis ó siete muchachas, bien pintadas de carmin en los labios y mejillas, con grandes circulos negros en torno de los ojos para aumentar su brillo, enseñaban blancos brazos, dedos llenos de brillantes y piernas redondas y bien torneadas. Y mientras cantaban la frase normanda allez, marchez! allez, marchez! sonreían á sus respectivos adoradores de las butacas con tanta desfachatez que don Custodio, despues de mirar al palco de la Pepay como para asegurarse de que no hacía lo mismo con otro admirador, consignó en la cartera esta indecencia y para estar más seguro, bajó un poco la cabeza para ver si las actrices no enseñaban hasta las rodillas.
--¡Oh, estas francesas! murmuró mientras su imaginacion se perdía en consideraciones de un grado más elevado y hacía comparaciones y proyectos.
Quoi v'là tous les cancans d'la s'maine!...
canta Gertrude, una soberbia moza que mira picarescamente de reojo al Capitan General.
--¡Cancan tenemos! exclamó Tadeo, el primer premio de francés en su clase, y que pudo pescar esta palabra. Makaraig, ¡van á bailar el cancan!
Y se frotó alegremente las manos.
Tadeo, desde que se levantó el telon, no hacía caso de la música; solo buscaba lo escandaloso, lo indecente, lo inmoral en los gestos y en los trajes, y con su poco de francés aguzaba el oido para pillar las obscenidades que tanto habían pregonado los censores severos de su patria.
Sandoval que se las daba de saber francés, se había convertido en una especie de intérprete para sus amigos. Sabía tanto como Tadeo pero se ayudaba del argumento publicado por los periódicos y lo demás se lo suplía su fantasía.
--Sí, dijo, van á bailar el cancan y ella lo va á dirigir.
Makaraig y Pecson se pusieron atentos sonriéndose de antemano. Isagani miró á otra parte, avergonzado de que Paulita asistiese á semejante espectáculo y pensaba que debía desafiarle á Juanito Pelaez al día siguiente.
Pero nuestros jóvenes esperaron en vano. Vino la Serpolette, una deliciosa muchacha con su gorro de algodon igualmente, provocadora y belicosa;
Hein! qui parle de Serpolette?
pregunta á las chismosas, con los brazos en jarras y aire batallador. Un caballero aplaudió y despues siguieron todos los de las butacas. Serpolette, sin dejar su actitud de buena moza, miró al que primero la aplaudió y le pagó con una sonrisa enseñando unos diminutos dientes que parecían collarcito de perlas en un estuche de terciopelo rojo. Tadeo siguió la mirada y vió á un caballero, con unos bigotes postizos y una nariz muy larga.
--¡Voto al chápiro! dijo, ¡Irenillo!
--Sí, contestó Sandoval, le he visto dentro hablando con las actrices.
En efecto, el P. Irene que era un melómano de primer orden y conocía muy bien el francés, fué enviado por el P. Salví al teatro como una especie de policía secreta religiosa, así al menos lo decía él á las personas que le reconocían. Y como buen crítico que no se contenta con ver las piezas de lejos, quiso examinar de cerca á las artistas, confundióse en el grupo de los admiradores y elegantes, se introdujo en el vestuario donde se cuchicheaba y se hablaba un francés de necesidad, un francés de tienda, idioma que es muy comprensible para la vendedora cuando el parroquiano parece dispuesto á pagar bien.
La Serpolette estaba rodeada de dos gallardos oficiales, de un marino y un abogado, cuando le divisó rondando y metiendo en todas partes y rendijas la punta de su larga nariz como si sondease con ella los misterios de la escena.
La Serpolette suspendió su charla, frunció las cejas, las levantó, abrió los labios y con la vivacidad de una parisienne dejó á sus admiradores y se lanzó como un torpedo contra nuestro crítico.
--Tiens, tiens, Toutou! mon lapin! exclamó cogiéndole del brazo al P. Irene y sacudiéndole alegremente mientras hacía vibrar el aire de notas argentinas.
--Chut, chut! dijo el P. Irene procurando esconderse.
--Mais, comment! toi ici, grosse bête! Et moi qui t'croyais...
--'Fais pas d'tapage, Lily! il faut m'respecter! 'suis ici l'Pape!
A duras penas pudo el P. Irene hacerla entrar en razon. La alegre Lily estaba enchantée de encontrar en Manila á un antiguo amigo que le recordaba las coulisses del teatro de la Grande Opéra. Y así fué como el P. Irene, cumpliendo á la vez con sus deberes de amistad y de crítico, iniciaba un aplauso para animarla: la Serpolette lo merecía.
Entre tanto nuestros jóvenes esperaban el cancan, Pecson se volvía todo ojos; todo menos cancan había. Hubo un momento en que si no llega gente de curia, se iban á pegar las mujeres, y arrancarse los moños, azuzadas por los pícaros paisanos que esperaban, como nuestros estudiantes, ver algo más que un cancan.
Scit, scit, scit, scit, scit, scit, Disputez-vous, battez-vous, Scit, scit, scit, scit, scit, scit Nous allons compter les coups.
La música cesó, se fueron los hombres, volvieron poco á poco las mujeres y empezó entre ellas un diálogo del que nada comprendieron nuestros amigos. Estaban hablando mal de una ausente.
--¡Parecen los macanistas de la pansitería! observó Pecson en voz baja.
--¿Y el cancan? preguntó Makaraig.
--¡Están discutiendo el sitio más á propósito para bailarlo! repuso gravemente Sandoval.