El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere) · Unidad 20 de 32

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--¡Parecen los macanistas de la pansitería! repitió Pecson disgustado.

Una señora, acompañada de su marido, entraba en aquel momento y ocupaba uno de los dos palcos vacíos. Tenía el aire de una reina y miraba con desden á toda la sala como si dijese: «¡He llegado más tarde que todas vosotras, monton de cursis y provincianas, he llegado más tarde que vosotras!» En efecto personas hay que van á los teatros como los burros en una carrera: gana el que llega el último. Hombres muy sensatos conocemos que primero subían al patíbulo que entraban en el teatro antes del primer acto. Pero el gozo de la dama fué de corta duracion; había visto el otro palco que continuaba vacío; frunció las cejas, y se puso á reñir á su cara mitad armando tal escándalo que muchos se impacientaron.

--¡Sst! ¡sst!

--¡Los estúpidos! ¡como si entendieran el francés! dijo la dama mirando con soberano desprecio á todas partes y fijándose en el palco de Juanito de donde creyó oir partir un imprudente sst.

Juanito en efecto era culpable; desde el principio se las echaba de entender todo y se daba aires, sonriendo, riendo y aplaudiendo á tiempo como si nada de lo que decían se le escapase. Y eso que no se guiaba de la mímica de los artistas porque miraba apenas hácia la escena. El truhan decía muy intencionadamente á Paulita, que, habiendo mujeres muchísimo más hermosas, no quería cansarse mirando á lo lejos... Paulita se ruborecía, se cubría la cara con el abanico y miraba de hurtadillas hacía donde estaba Isagani, que sin reirse ni aplaudir presenciaba distraido el espectáculo.

Paulita sintió despecho y celos; ¿se enamoraría Isagani de aquellas provocadoras actrices? Este pensamiento la puso de mal humor y apenas oyó las alabanzas que doña Victorina prodigaba á su favorito.

Juanito desempeñaba bien su papel: á veces movía la cabeza en señal de disgusto y entonces se oían toses, murmullos en algunas partes; á veces sonreía, aprobaba y un segundo despues resonaban aplausos. Doña Victorina estaba encantada y hasta concibió vagos deseos de casarse con el joven el día que don Tiburcio se muriera. ¡Juanito sabía francés y de Espadaña no! ¡Y empezó á hacerle zalamerías! Pero Juanito no se apercibía del cambio de táctica, atento como estaba en observar á un comerciante catalan que estaba junto al consul suizo: Juanito que los había visto hablando en francés, se inspiraba en sus fisonomías y daba soberanamente el pego.

Vinieron escenas sobre escenas, personajes sobre personajes, cómicos y ridículos como el bailli y Grenicheux, nobles y simpáticos como el marqués y Germaine; el público se rió mucho del bofeton de Gaspard, destinado para el cobarde Grenicheux y recibido por el grave bailli, de la peluca de éste que vuela por los aires, del desorden y alboroto cuando cae el telon.

--¿Y el cancan? pregunta Tadeo.

Pero el telon se levanta inmediatamente y la escena representa el mercado de criados, con tres postes cubiertos de banderolas y llevando los anuncios de servantes, cochers y domestiques. Juanito aprovecha la ocasion y, en voz bastante alta para que le oiga Paulita y esté convencida de su saber, se dirige á doña Victorina.

--Servantes significa sirvientes, domestiques domésticos...

--¿Y en qué se diferencian los servantes de los domestiques? pregunta Paulita.

Juanito no se queda corto.

--Domestiques, los que están domesticados: ¿no ha observado usted como algunos tenían aire de salvajes? Esos son los servantes.

--¡Es verdad! añade doña Victorina; algunos tenían muy malas maneras... y yo que creía que en Europa todos eran finos y... pero, como pasa en Francia... ¡ya lo veo!

--¡Sst, sst!

Pero el apuro de Juanito cuando, llegada la hora del mercado y abierta la barrera, los criados que se alquilaban se colocaban al lado de los respectivos anuncios que señalaban su clase. Los criados, unos diez ó doce tipos rudos, vestidos de librea y llevando una ramita en la mano, se situaban debajo del anuncio domestiques.

--¡Esos son los domésticos! dice Juanito.

--A la verdad que tienen aire de recien domesticados, observa doña Victorina; ¡vamos á ver á los medio salvajes!

Despues, la docena de muchachas, á su cabeza la alegre y viva Serpolette, ataviadas con sus mejores trajes, llevando cada una un gran ramillete de flores á la cintura, risueñas, sonrientes, frescas, apetitosas, se colocan con gran desesperacion de Juanito junto al poste de las servantes.

--¿Cómo? preguntó cándidamente Paulita; ¿son esas las salvajes que usted dice?

--No, contesta Juanito imperturbable; se han equivocado... se han cambiado... Esos que vienen detrás.

--¿Esos que vienen con un látigo?

Juanito hace señas de que sí, con la cabeza, muy inquieto y apurado.

--¿De modo que esas mozas son los cochers?

A Juanito le ataca un golpe de tos tan violenta que provoca la impaciencia de algunos espectadores.

--¡Fuera ese! ¡fuera el tísico! grita una voz.

¿Tísico? ¿Llamarle tísico delante de la Paulita? Juanito quiere ver al deslenguado y hacerle tragar la tísis. Y viendo que las mujeres se interponían, se envalentonó más y le crecieron los ánimos. Por fortuna era don Custodio el que había hecho el diagnóstico y temiendo llamar la atencion se hacía el desentendido escribiendo al parecer la crítica de la pieza.

--¡Si no fuera porque voy con ustedes! dice Juanito haciendo girar los ojos como los de ciertos muñecos que mueve el péndulo da un reloj. Y para ser más parecido, sacaba de tiempo en tiempo la lengua.

Aquella noche se conquistó á los ojos de doña Victorina la fama de valiente y pundonoroso y ella decidió dentro de su tórax casarse con él tan pronto se muera don Tiburcio.

Paulita se ponía más triste cada vez, pensando en como unas muchachas que se llaman cochers podían ocupar la atencion de Isagani. Cochers le recordaba ciertas denominaciones que las colegialas usan entre sí para explicar una especie de afectos.

Al fin termina el primer acto y el marqués se lleva como criadas á Serpolette y á Germaine, el tipo de la belleza tímida de la troupe y por cochero al estúpido Grenicheux. Una salva de aplausos los hace reaparacer cogidos de la mano los que hace cinco segundos se perseguían y se iban á pegar, saludando aquí y allá al galante público manileño y cambiando ellas miradas inteligentes con varios espectadores.

Mientras reina el pasagero tumulto, causado por los que se atropellan para ir al vestuario y felicitar á las actrices, por los que van á saludar á las señoras en los palcos, algunos emiten su juicio sobre la pieza y los artistas.

--Indudablemente, la Serpolette es la que más vale, dice uno dándose aires de inteligente.

--Prefiero la Germaine, es una rubia ideal.

--¡Si no tiene voz!

--¿Y qué me hago con la voz?

--¡Pues, como formas, la alta!

--¡Psh! dice Ben Zayb, ninguna vale un comino, ninguna es artista.

Ben Zayb es el crítico de «El Grito de la Integridad» y su aire desdeñoso le da mucha importancia á los ojos de los que se contentan con tan poco.

--¡Ni la Serpolette tiene voz, ni la Germaine tiene gracia, ni eso es música ni es arte ni es nada! termina con marcado desden.

Para echárselas de gran crítico no hay como mostrarse descontento de todo. La empresa no había mandado más que dos asientos á la Redaccion.

En los palcos se preguntaba quién sería el dueño del palco vacío. Aquel ganaba en chic á todos pues llegaría el último.

Sin saberse de dónde vino la especie, díjose que era de Simoun. El rumor se confirmó. Nadie había visto al joyero en las butacas, ni en el vestuario, ni en ninguna parte.

--¡Y sin embargo le he visto esta tarde con Mr. Jouy! dijo uno.

--Y ha regalado un collar á una de las actrices...

--¿A cual de ellas? preguntan algunas curiosas.

--A la mejor de todas, ¡la que seguía con la vista su Excelencia!

Miradas de inteligencia, guiños exclamaciones de duda, de afirmacion, frases entrecortadas.

--¡Se las está echando de Monte-Cristo! observó una que se preciaba de literata.

--¡O de proveedor de la Real Casa! añadió su adorador, celoso ya de Simoun.

En el palco de nuestros estudiantes se habían quedado Pecson, Sandoval é Isagani. Tadeo se había ido para distraer á don Custodio dándole conversacion y hablándole de sus proyectos favoritos mientras Makaraig se entrevistaba con la Pepay.

--Nada, como le decía á usted, amigo Isagani, peroraba Sandoval haciendo grandes gestos y sacando una voz armoniosa para que las vecinas del palco, las hijas del rico que debía á Tadeo, le oyesen; nada, la lengua francesa no tiene la rica sonoridad ni la varia y elegante cadencia del idioma castellano. Yo no concibo, yo no me imagino, yo no puedo formarme una idea de los oradores franceses y dudo que los haya habido jamás y los pueda haber en el verdadero sentido de la palabra, en el estricto sentido del concepto oradores. Porque no confundamos la palabra orador con la palabra hablador ó charlatan. Habladores ó charlatanes los puede haber en todos los paises, en todas las regiones del mundo habitado, en medio de los fríos y secos ingleses así como entre los vivos é impresionables franceses...

Y seguía una hermosísima revista de los pueblos con sus poéticos caracteres y epítetos más sonoros. Isagani asentía con la cabeza mientras pensaba en Paulita á quien había sorprendido mirándole, una mirada que hablaba y quería decir muchas cosas. Isagani quería decifrar lo que espresaban aquellos ojos; ¡estos sí que eran elocuentes y nada charlatanes!

--Y usted que es poeta, esclavo de la rima y del metro, hijo de las Musas, continuaba Sandoval haciendo un elegantísimo gesto con la mano como si saludase en el horizonte á las nueve hermanas, ¿comprende usted, puede usted figurarse cómo con un idioma tan ingrato y poco cadencioso como es el francés se puedan formar poetas de la talla gigantesca de nuestros Garcilasos, nuestros Herreras, nuestros Esproncedas y Calderones?

--Sin embargo, observa Pecson, Victor Hugo...

--Victor Hugo, amigo Pecson, Victor Hugo si es poeta es porque lo debe á España... porque es cosa averiguada, es cosa fuera de toda duda, cosa admitida aun por los mismos franceses que tanta envidia tienen de España, que si Victor Hugo tiene genio, si es poeta, es porque su niñez la ha pasado en Madrid, allí ha bebido las primeras impresiones, allí se ha formado su cerebro, allí se ha coloreado su imaginacion, su corazon se ha modelado y han nacido las más bellas concepciones de su mente. Y despues de todo ¿quién es Victor Hugo? ¿Es comparable acaso con nuestros modernos...?

Pero la llegada de Makaraig con aire abatido y una sonrisa amarga en los labios cortó la peroracion del orador. Makaraig tenía en las manos un papel que entregó á Sandoval sin decir una palabra.

Sandoval leyó:

«Pichona: Tu carta ha llegado tarde; he presentado ya mi dictamen y ha sido aprobado. Sin embargo, como si hubiese adivinado tu pensamiento, he resuelto el asunto segun el deseo de tus protegidos.

Me iré al teatro y te esperaré á la salida.

Tu tierno palomillo,

Custodining.»

--¡Qué bueno es el hombre! exclamó Tadeo enternecido.

--¿Y bien? dijo Sandoval, no veo nada malo, ¡todo lo contrario!

--Sí, contestó Makaraig con su sonrisa amarga; ¡resuelto favorablemente! ¡Acabo de verme con el P. Irene!

--¿Y qué dice el P. Irene? preguntó Pecson.

--Lo mismo que don Custodio, ¡y el pillo todavía se atrevió á felicitarme! La comision que ha hecho suyo el dictamen del ponente, aprueba el pensamiento y felicita á los estudiantes por su patriotismo y deseo de aprender...

--¿Entonces?

--Solo que, considerando nuestras ocupaciones, y á fin, dice, de que no se malogre la idea, entiende que debe encargarse de la direccion y ejecucion del pensamiento una de las corporaciones religiosas, ¡en el caso de que los dominicos no quieran incorporar la academia á la Universidad!

Exclamaciones de desengaño saludaron estas palabras: Isagani se levantó, pero no dijo nada.

--Y para que se vea que participamos en la direccion de la academia, continuó Makaraig, se nos comete la cobranza de las contribuciones y cuotas, con la obligacion de entregarlas despues al tesorero que designará la corporacion encargada, el cual tesorero nos librará recibos...

--¡Cabezas de barangay entonces! observó Tadeo.

--Sandoval, dijo Pecson, allí está el guante, ¡á recogerlo!

--¡Puf! ese no es ningun guante, pero por el olor parece un calcetin.

--Y lo más gracioso, continuó Makaraig, es que el P. Irene nos recomienda celebremos el hecho con un banquete ó una serenata con antorchas, ¡una manifestacion de los estudiantes en masa dando gracias á todas las personas que en el asunto han intervenido!

--Sí, despues del palo, ¡que cantemos y demos gracias! ¡Super flumina Babylonis sedimus!

--¡Sí, un banquete como el de los presos! dijo Tadeo.

--Un banquete en que estemos todos de luto y pronunciemos discursos fúnebres, añadió Sandoval.

--Una serenata con la Marsellesa y marchas fúnebres, propuso Isagani.

--No, señores, dijo Pecson con su risa de calavera: para celebrar el hecho no hay como un banquete en una pansitería servido por chinos sin camisa, ¡pero sin camisa!

La idea por lo sarcástica y grotesca fué aceptada; Sandoval fué el primero en aplaudirla; hacía tiempo quería ver el interior de esos establecimientos que de noche parecen tan alegres y animados.

Y precisamente en el momento en que la orquesta tocaba para empezar el segundo acto, nuestros jóvenes se levantaron abandonando el teatro con escándalo de toda la sala.

XXIII

UN CADAVER

Simoun en efecto no había ido al teatro.

Desde las siete de la noche había salido de casa, agitado y sombrío; sus criados le vieron entrar dos veces acompañado de diferentes individuos; á las ocho Makaraig le encontró rondando por la calle del Hospital, cerca del convento de Sta. Clara, á la sazon que doblaban las campanas de la iglesia; á las nueve Camaroncocido le vió otra vez en los alrededores del teatro hablando con uno que parecía estudiante, franquear la puerta y volver á salir y desaparecer en las sombras de los árboles.

--¿Y á mi qué? volvió á decir Camaroncocido; ¿qué saco con prevenir al pueblo?

Basilio, como decía Makaraig, tampoco había asistido á la funcion. El pobre estudiante, desde que volvió de San Diego para rescatar de la servidumbre á Julî, su prometida, había vuelto á sus libros, pasando el tiempo en el hospital, estudiando ó cuidando á Capitan Tiago, cuya enfermedad trataba de combatir.

El enfermo se había vuelto de un caracter insoportable; en sus malos ratos, cuando se sentía abatido por falta de dosis de opio que Basilio procuraba moderar, le acusaba, le maltrataba, le injuriaba; Basilio sufría resignado con la conciencia de que hacía el bien á quien tanto debía, y solo en último estremo cedía; satisfecha la pasion, el monstruo del vicio, Capitan Tiago se ponía de buen humor, se enternecía, le llamaba su hijo, lloriqueaba recordando los servicios del joven, lo bien que administraba sus fincas y hablaba de hacerle su heredero; Basilio sonreía amargamente y pensaba que en esta vida la complacencia con el vicio se premia mejor que el cumplimiento del deber. No pocas veces se le ocurrió dar curso libre á la enfermedad y conducir á su bienhechor á la tumba por un sendero de flores é imágenes risueñas, mejor que alargar su vida por un camino de privaciones.

--¡Tonto de mí! se decía muchas veces; el vulgo es necio y pues lo paga...

Pero sacudía la cabeza pensando en Julî, en el estenso porvenir que tenía delante: contaba con vivir sin manchar su conciencia. Seguía el tratamiento prescrito y vigilaba.

Con todo, el enfermo iba cada día, con ligeras intermitencias, peor. Basilio que se había propuesto reducir paulatinamente la dosis ó al menos no dejarle abusar fumando más de lo acostumbrado, le encontraba, al volver del hospital ó de alguna visita, durmiendo el pesado sueño del opio, babeando y pálido como un cadáver. El joven no se podía explicar de dónde le podía venir la droga; los únicos que frecuentaban la casa eran Simoun y el P. Irene, aquel venía raras veces, y éste no cesaba de recomendarle fuese severo é inexorable en el régimen y no hiciese caso de los arrebatos del enfermo, pues lo principal era salvarle.

--Cumpla usted con su deber, joven, le decía, cumpla usted con su deber.

Y le hacía un sermoncito sobre este tema, con tanta conviccion y entusiasmo que Basilio llegaba á sentir simpatías por el predicador. El P. Irene prometía ademas procurarle un buen destino, una buena provincia, y hasta le hizo entrever la posibilidad de hacerle nombrar catedrático. Basilio, sin dejarse llevar de las ilusiones, hacía de creer y cumplía con lo que le decía la conciencia.

En aquella noche, mientras representaban Les Cloches de Corneville, Basilio estudiaba delante de una vieja mesa, á la luz de una lámpara de aceite, cuya pantalla de cristal opaco sumía en media claridad su melancólico semblante. Una vieja calavera, algunos huesos humanos, y unos cuantos volúmenes cuidadosamente ordenados se veían cubriendo la mesa, donde había ademas una palangana de agua con una esponja. Un olor á opio que se escapaba del vecino aposento, hacía pesada la atmósfera y le daba sueño, pero el joven se resistía mojándose de tiempo en tiempo las sienes y los ojos, dispuesto á no dormir hasta concluir con el volumen. Era un tomo de la Medicina Legal y Toxicología del Dr. Mata, obra que le habían prestado y debía devolver al dueño cuanto antes. El catedrático no quería esplicar menos que por aquel autor y Basilio no tenía dinero bastante para comprarse la obra, pues, con el pretesto de que estaba prohibida por la censura de Manila y había que sobornar á muchos empleados para introducirla, los libreros pedían elevados precios. Tan absorto estaba el joven en sus estudios que ni siquiera se había ocupado de unos folletos que le enviaron de fuera, sin saber de donde, folletos que se ocupaban de Filipinas, entre los cuales figuraban los que más llamaban la atencion en aquella época por la manera dura é insultante con que trataban á los hijos del país. Basilio no tenía tiempo suficiente para abrirlos, acaso le detuviera tambien el pensamiento de que no es nada agradable recibir un insulto ó una provocacion y no tener medios de defenderse ó contestar. La censura, en efecto, permitía los insultos á los filipinos pero les prohibía á estos la réplica.

En medio del silencio que reinaba en la casa, turbado solo por alguno que otro debil ronquido que partía del vecino aposento, Basilio oyó pasos ligeros en las escaleras, pasos que cruzaron despues la caida dirigiéndose á donde él estaba. Levantó la cabeza, vió abrirse la puerta y con gran sorpresa suya, aparecer la figura sombría del joyero Simoun.

Desde la escena de San Diego Simoun no había vuelto á ver ni al joven ni á Capitan Tiago.

--¿Cómo está el enfermo? preguntó echando una rápida ojeada por el cuarto y fijándose en los folletos que mencionamos cuyas hojas aun no estaban cortadas.

--Los latidos del corazon, imperceptibles... pulso muy debil... apetito, perdido por completo, repuso Basilio con sonrisa triste y en voz baja; suda profusamente á la madrugada...

Y viendo que Simoun, por la direccion de la cara, se fijaba en los dichos folletos y temiendo volviese á reanudar el asunto de que hablaron en el bosque, continuó:

--El organismo está saturado de veneno; de un día á otro puede morir como herido del rayo... la causa más pequeña, un nada, una excitacion le puede matar...

--¡Como Filipinas! observó lúgubremente Simoun.

Basilio no pudo reprimir un gesto y, decidido á no resuscitar el asunto, prosiguió como si nada hubiese oido:

--Lo que más le debilita son las pesadillas, sus terrores...

--¡Como el gobierno! volvió á observar Simoun.