El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere) · Unidad 31 de 32

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Matangláwin era el terror de Luzon. Su banda tan pronto aparecía en una provincia donde menos se la esperaba como hacía irrupcion en otra que se preparaba á resistirle. Quemaba un trapiche en Batangas, devastaba los sembrados; al día siguiente asesina al juez de Paz de Tianì, al otro sorprenderá un pueblo en Cavite y se apoderará de las armas del tribunal. Las provincias del centro, desde Tayabas hasta Pangasinan, sufrían de sus depredaciones y su nombre sangriento llegaba hasta Albay, en el sur, y en el norte, hasta Kagayan. Desarmados los pueblos por la desconfianza de un gobierno débil, caían en sus manos como fáciles presas; á su aproximacion, los agricultores abandonaban sus campos, los ganados se diezmaban y un rastro de sangre y fuego marcaba su paso. Matangláwin se burlaba de todas las medidas severas que se dictaban contra los tulisanes: de ellas solo sufrían los habitantes de los barrios, que cautivaba ó maltrataba si se le resistían, ó si pactaban con él eran azotados ó desterrados por el gobierno, si es que al destierro llegaban y no sufrían en el camino un mortal accidente. Gracias á esta terrible alternativa, muchos campesinos se decidían á alistarse bajo su mando.

Merced á este régimen de terror, el comercio de los pueblos agonizante ya, moría por completo. El rico no se atrevía á viajar, y el pobre temía ser preso por la Guardia Civil quien, obligada á perseguir á los tulisanes, cogía muchas veces al primero que encontraba y le sometía á torturas indecibles. En su impotencia, el gobierno hacía alardes de vigor en las personas que le parecían sospechosas, para que, á fuerza de crueldad, los pueblos no conociesen su flaco, el miedo que dictaba tales medidas.

Un cordon de estos infelices sospechosos, seis ó siete, atados codo con codo y maniatados como racimo de carne humana, marchaba una siesta por un camino que costeaba un monte, conducido por diez ó doce guardias, armados de fusiles. Hacía un calor estraordinario. Las bayonetas brillaban al sol, el cañon de los fusiles se calentaba y las hojas de salvia, puestas en los capacetes, apenas bastaban para amortiguar los efectos del mortífero sol de Mayo.

Privados del uso de sus brazos y pegados unos á otros para economizar cuerda, los presos marchaban casi todos descubiertos y descalzos: el que mejor, tenía un pañuelo atado en torno de la cabeza. Jadeantes, miserables, cubiertos de polvo que en lodo convertía el sudor, sentían derretirse sus cerebros, flotar luces en el espacio, manchas rojas en el aire. La estenuacion y el desaliento estaban pintados en el semblante, la desesperacion, la ira, algo indefinible, mirada de moribundo que maldice, de hombre que reniega de la vida, de sí mismo, que blasfema contra Dios... Los más resistentes bajaban la cabeza, frotaban la cara contra las sucias espaldas del que va delante para enjugarse el sudor que les cegaba; muchos cojeaban. Si alguno, al caerse, entorpecía la marcha, oíase un insulto y un soldado venía blandiendo una rama, arrancada de un arbol, y le obligaba á levantarse, pegando á diestro y á siniestro. El cordon corría entonces arrastrando al caido que se revolcaba en el polvo y ahullaba pidiendo la muerte: por casualidad conseguía levantarse, ponerse de pié, y entonces seguía su camino llorando como un niño y maldiciendo la hora en que le concibieron.

El racimo humano se detenía á veces mientras sus conductores bebían, y despues proseguía su camino con la boca seca, el cerebro oscuro y el corazon lleno de maldiciones. La sed era lo de menos para aquellos desgraciados.

--¡Adelante, hijos de p--! gritaba el soldado, vigorizado de nuevo, lanzando el insulto comun en la clase baja de los filipinos.

Y silbaba la rama y caía sobre una espalda cualquiera, la más próxima, á veces sobre un rostro, dejando una marca primero blanca, roja despues, y más tarde sucia gracias al polvo del camino.

--¡Adelante, cobardes! gritaba á veces en español ahuecando mucho la voz.

--¡Cobardes! repetían los ecos del monte.

Y los cobardes apresuraban su marcha bajo el cielo de hierro caldeado, por un camino que quema, hostigados por la nudosa rama que se desmenuza sobre la acardenalada piel. ¡El frío de la Siberia sería quizás más clemente que el sol de Mayo en Filipinas!

Sin embargo, entre los soldados había uno que miraba con malos ojos tantas crueldades inútiles: marchaba silencioso, las cejas fruncidas como digustado. Al fin, viendo que el guardia, no satisfecho con la rama, daba de puntapiés á los presos que se caían, no se pudo contener y le gritó impaciente:

--Oye, Mautang, ¡déjalos andar en paz!

Mautang se volvió sorprendido.

--Y á tí ¿qué te importa, Carolino? preguntó.

--A mí nada, ¡pero me dan pena! contestó el Carolino; ¡son hombres como nosotros!

--¡Como se vé que eres nuevo en el oficio! repuso Mautang riendo compasivo; ¿cómo tratábais, pues, á los presos en la guerra?

--¡Con más consideracion, seguramente! respondió el Carolino.

Mautang se quedó un momento silencioso y despues como encontrando su réplica, repuso tranquilamente:

--¡Ah! es que aquellos son enemigos y embisten, mientras que éstos... ¡éstos son paisanos nuestros!

Y acercándose dijo al oido del Carolino:

--¡Qué simple eres! Se les trata así para que ensayen de rebelarse ó escaparse y entonces... ¡pung!

El Carolino no contestó.

Uno de los presos suplicó que le dejasen descansar porque tenía que hacer una necesidad.

--¡El lugar es peligroso! contestó el cabo, mirando inquieto al monte; ¡súlung!

--¡Súlung! repitió Mautang.

Y silbó la vara. El preso se retorció y le miró con ojos de reproche:

--¡Eres más cruel que el mismo español! dijo el preso.

Mautang le replicó con otros golpes. Casi al mismo tiempo silbó una bala, seguida de una detonacion: Mautang soltó el fusil, lanzó un juramento y llevándose ambas manos al pecho cayó girando sobre sí mismo. El preso le vió revolcándose en el polvo y arrojando sangre por la boca.

--¡Alto! gritó el cabo poniéndose súbitamente pálido.

Los soldados se pararon y miraron en torno. Una ligera ráfaga de humo salía de unos matorrales en la altura. Silbó otra bala, oyóse otra detonacion y el cabo herido en el muslo se dobló lanzando blasfemias. La columna estaba atacada por hombres que se escondían entre las peñas de la altura.

El cabo, sombrío de ira, señaló hácia el racimo de presos y dijo:

--¡Fuego!

Los presos cayeron de rodillas, llenos de consternacion. Como no podían levantar las manos, pedían gracia besando el polvo ó adelantando la cabeza: quien hablaba de sus hijos, quien de su madre que se quedaba sin amparo; el uno prometía dinero, el otro invocaba á Dios, pero ya los cañones se habían bajado y una horrorosa descarga los hizo enmudecer.

Entonces empezaron los tiroteos contra los que estaban en la altura, que se coronó poco á poco de humo. A juzgar por éste y por la lentitud de los tiros, los enemigos invisibles no debían contar más que con tres fusiles. Los guardias en tanto avanzaban y disparaban, se escondían detrás de los troncos de los árboles, se acostaban y procuraban ganar la altura. Saltaban pedazos de rocas, se desgajaban ramas de árboles, se levantaban pedazos de tierra. El primer guardia que intentó trepar, cayó rodando herido por una bala en el hombro.

El enemigo invisible tenía la ventaja de la posicion; los valientes guardias que no sabían huir, estaban á punto de cejar, pues se detenían y no querían avanzar. Aquella lucha contra lo invisible les aterraba. No veían más que humo y rocas: ninguna voz humana, ninguna sombra: diríase que luchaban contra la montaña.

--¡Vamos, Carolino! ¡Dónde está esa puntería, p--! gritó el cabo.

En aquel momento un hombre apareció sobre una roca haciendo gestos con el fusil.

--¡Fuego á ése! gritó el cabo lanzando una sucia blasfemia.

Tres guardias obedecieron pero el hombre siguió de pié; hablaba á gritos pero no se le entendía.

El Carolino se detuvo, creyendo reconocer á alguien en aquella silueta que bañaba la luz del sol. Pero el cabo le amenazaba con ensartarle si no disparaba. El Carolino apuntó y se oyó una detonacion. El hombre de la roca giró sobre sí mismo y desapareció lanzando un grito que dejó aturdido al Carolino.

Un movimiento se produjo en la espesura como si los que la ocupaban se dispersasen en todas direcciones. Los soldados entonces empezaron á avanzar, libres de toda resistencia. Otro hombre apareció sobre una peña blandiendo una lanza; los soldados dispararon, y el hombre se dobló poco á poco, se agarró á una rama; otro disparo, y cayó de bruces sobre la roca.

Los guardias treparon ágilmente, calando la bayoneta, dispuestos á un combate cuerpo á cuerpo; el Carolino era el único que marchaba perezoso, con la mirada estraviada, sombría, pensando en el grito del hombre al caer derribado por su bala. El primero que llegó á la altura se encontró con un viejo moribundo, tendido sobre la roca; metióle la bayoneta en el cuerpo, pero el viejo no pestañeó: tenía la mirada fija en el Carolino, una mirada indefinible y con la huesuda mano le señalaba algo detrás de las rocas.

Los soldados se volvieron y vieron al Carolino espantosamente pálido, la boca abierta y con la mirada en que flotaba el último destello de la razon. El Carolino, que no era otro que Tanò, el hijo de Cabesang Tales, que volvía de Carolinas, reconocía en el moribundo á su abuelo, á Tandang Selo, que, como no le podía hablar, le decía por los agonizantes ojos todo un poema de dolor. Y cadaver ya, seguía aun señalando algo detrás de las rocas...

XXXIX

En su solitario retiro, á orillas del mar, cuya movible superficie se descubría al través de las abiertas ventanas estendiéndose á lo lejos hasta confundirse con el horizonte, el P. Florentino distraía su soledad tocando en su armonium aires graves y melancólicos, á que servían de acompañamiento el sonoro clamoreo de las olas y el murmullo de las ramas del vecino bosque. Notas largas, llenas, plañideras como las de una plegaria sin dejar de ser varoniles, se escapaban del viejo instrumento; el P. Florentino que era un acabado músico, improvisaba y como se encontraba solo, daba rienda suelta á las tristezas de su corazon.

En efecto, el anciano estaba muy triste. Su buen amigo, don Tiburcio de Espadaña, acababa de dejarle huyendo de la persecucion de su mujer. Aquella mañana había recibido una cartita de un teniente de la Guardia Civil que decía:

«Mi querido Capellan: Acabo de recibir del comandante un telegrama que dice: español escondido casa Padre Florentino cojera remitira vivo muerto. Como el telegrama es bastante espresivo, prevéngale al amigo para que no esté allí cuando le vaya á prender á las ocho de la noche.

Suyo afmo.

Perez.

Queme la carta.»

--E... e... esta Victorina, ¡esta Victorina! había tartamudeado don Tiburcio; e... e... es capaz de hacerme afusilar.

El P. Florentino no le pudo detener: en vano le hizo observar que la palabra cojera querrá decir cogerá; que el español escondido no debe ser don Tiburcio sino el joyero Simoun, que hace dos días había llegado, herido y como fugitivo, pidiendo hospitalidad. Don Tiburcio no se dejó convencer; cojera era su propia cojera, sus señas personales; eran intrigas de Victorina que le quería tener á toda costa vivo ó muerto, como desde Manila había escrito Isagani. Y el pobre Ulises dejó la casa del sacerdote para esconderse en la cabaña de un leñador.

Ninguna duda abrigaba el P. Florentino de que el español buscado era el joyero Simoun. Había llegado misteriosamente, cargando él mismo con su maleta, sangrando, sombrío y muy abatido. Con la libre y afectuosa hospitalidad filipina, acogióle el clérigo sin permitirse indiscreciones, y como los acontecimientos de Manila no habían llegado aun á sus oidos, no se esplicaba claramente aquella situacion. La única conjetura que se le ocurría era que, habiéndose ya marchado el General, el amigo y protector del joyero, probablemente los enemigos de éste, los atropellados, los lastimados, se levantaban ahora clamando venganza, y el General interino le perseguiría para hacerle soltar las riquezas que había acumulado. ¡De ahí la huida! Pero y sus heridas ¿de dónde provenían? ¿Había intentado suicidarse? ¿eran efecto de venganzas personales? ¿eran sencillamente causadas por una imprudencia, como pretendía Simoun? ¿Las había recibido huyendo de la fuerza que le perseguía?

Esta última conjetura era la que se le presentaba con más visos de probabilidad. Contribuían á robustecerla el telegrama hace poco recibido y la voluntad decidida que había manifestado Simoun desde un principio de no ser tratado por el médico de la cabecera. El joyero solo aceptaba los cuidados de don Tiburcio y aun con marcada desconfianza. En este caso, se preguntaba el P. Florentino, ¿qué conducta debía él observar cuando la Guardia Civil le viniese á prender á Simoun? El estado del enfermo no permitía el movimiento y menos un largo viaje... Pero el telegrama decía vivo ó muerto...

El P. Florentino dejó de tocar y se acercó á la ventana para contemplar el mar. La desierta superficie, sin un barco, sin una vela, nada le sugería. El islote que se distingue á lo lejos, solitario, solo le hablaba de su soledad y hacía más solitario el espacio. El infinito es á veces desesperadamente mudo.

Trataba el anciano de analizar la sonrisa triste é irónica con que Simoun recibió la noticia de que iba á ser preso. ¿Qué significaba aquella sonrisa? ¿Y la otra sonrisa, más triste y más irónica todavía, cuando supo que solo vendrían á las ocho de la noche? ¿Qué significaba aquel misterio? ¿Por qué se negaba Simoun á esconderse?

Se le venía á la memoria la célebre oracion de San Juan Crisóstomo defendiendo al eunuco Eutropio: «¡Nunca fué como ahora oportuno decir: Vanidad de vanidades y todo vanidad!»

--Sí, aquel Simoun tan rico, tan poderoso, tan temido una semana antes, ahora, más desgraciado que Eutropio, buscaba asilo, y no en los altares de una iglesia, ¡sino en la miserable casa de un pobre clérigo indio, perdida en el bosque, en la orilla solitaria del mar! ¡Vanidad de vanidades y todo vanidad! ¡Y aquel hombre, dentro de breves horas, va á ser preso, arrancado del lecho donde yace, sin respeto á su estado, sin consideracion á sus heridas, vivo ó muerto le reclamaban sus enemigos! ¿Cómo salvarle? ¿Dónde encontrar los acentos conmovedores del obispo de Constantinopla? ¿Qué autoridad tenían sus pobres palabras, las palabras de un clérigo indio, cuya humillacion aquel mismo Simoun en sus días de gloria parecía aplaudir y alentar?

El P. Florentino no se acordaba ya de la indiferente acogida que dos meses antes le había hecho el joyero, cuando quiso interesarle en favor de Isagani, preso por su exaltation imprudente; se olvidada de la actividad que Simoun había desplegado para precipitar las bodas de Paulita, bodas que habían sumido á Isagani en una feroz misantropía, que ponía inquieto al tío: el P. Florentino lo olvidaba todo y solo se acordaba del estado del enfermo, de sus deberes de huésped, y se devanaba los sesos. ¿Debía esconderlo para evitar la accion de la justicia? Pero si el mismo interesado no se apuraba: sonreía...

En esto pensaba el buen anciano cuando un criado vino á advertirle que el enfermo le deseaba hablar. Pasó á la estancia inmediata, un limpio y bien ventilado aposento, con el pavimento hecho de anchas tablas brillantes y pulidas, ameublado sencillamente con grandes y pesados sillones, de forma antigua, sin barniz ni dibujos. Había en un estremo una gran cama de kamagon con sus cuatro columnas para sostener la corona del mosquitero y, al lado, una mesa cubierta de botellas, hilas y vendajes. Un reclinatorio á los piés de un Cristo y una pequeña biblioteca hacían sospechar que era el aposento del sacerdote, cedido á su huésped, segun la costumbre filipina de ceder al forastero la mejor mesa, el mejor cuarto y la mejor cama de la casa. Al ver las ventanas abiertas en todo su largo para dejar entrada libre al aire sano del mar y los ecos de su eterno lamento, nadie en Filipinas diría que allí se encontraba un paciente, pues es costumbre de cerrar todas las ventanas y las más pequeñas rendijas tan pronto como alguno se acatarra ó coge un dolor de cabeza insignificante.

El P. Florentino miró hácia la cama y con gran espanto suyo vió que la fisonomía del enfermo había perdido su espresion tranquila é irónica. Un dolor oculto parecía fruncir sus cejas, en la mirada se leía la ansiedad y sus labios se contraían en una sonrisa de dolor.

--¿Sufre usted, señor Simoun? preguntó solícito el sacerdote acercándose.

--Algo, ¡pero dentro de poco, dejaré de sufrir! contestó agitando la cabeza.

El P. Florentino juntó las manos aterrado, creyendo comprender una terrible verdad.

--¿Qué ha hecho usted, Dios mío? ¿Qué ha tomado usted? y tendió la mano hácia las botellas.

--¡Es inútil! ¡no hay remedio ninguno! contestó con dolorosa sonrisa; ¿qué quería usted que hiciese? antes que den las ocho... Vivo ó muerto... muerto sí, ¡pero vivo no!

--¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué ha hecho usted?

--¡Cálmese usted! le interrumpió el enfermo con un gesto; lo hecho hecho está. No debo caer vivo en manos de nadie... pueden arrancarme el secreto. No se apure, no pierda la cabeza, es inútil... ¡Escúcheme! va á venir la noche y no hay tiempo que perder... necesito decirle mi secreto, necesito confiarle mi última voluntad... necesito que usted vea mi vida... En el momento supremo quiero aligerarme de un peso, quiero esplicarme una duda... Usted que tanto cree en Dios... ¡quiero que me diga si hay un Dios!

--Pero un antídoto, señor Simoun... tengo apomorfina... tengo éter, cloroformo...

Y el sacerdote trataba de buscar un frasco hasta que Simoun, impaciente, gritó:

--Es inútil... ¡es inútil! ¡No pierda usted tiempo! ¡Me iré con mi secreto!

El clérigo, aturdido, se dejó caer sobre el reclinatorio, oró á los piés del Cristo ocultando la cara en las manos y despues se levantó serio y grave como si hubiese recibido de su Dios toda la energía, toda la dignidad, toda la autoridad del Juez de las conciencias. Acercó un sillon á la cabecera del enfermo, y se dispuso á escuchar.

A las primeras palabras que le murmuró Simoun, cuando le dijo su verdadero nombre, el anciano sacerdote se echó para atrás y le miró con terror. El enfermo se sonrió amargamente. Cogido de sorpresa, el hombre no fué dueño de sí mismo, pero pronto se dominó y cubriéndose la cara con el pañuelo, volvió á inclinarse y á prestar atencion.

Simoun contó su dolorosa historia, cómo, trece años antes, de vuelta de Europa, lleno de esperanzas y risueñas ilusiones, venía para casarse con una joven que amaba, dispuesto á hacer el bien y á perdonar á todos los que le han hecho mal, con tal que le dejasen vivir en paz. No fué así. Mano misteriosa le arrojó en el torbellino de un motin urdido por sus enemigos; nombre, fortuna, amor, porvenir, libertad, todo lo perdió y solo se escapó de la muerte gracias al heroismo de un amigo. Entonces juró vengarse. Con las riquezas de su familia, enterradas en un bosque, escapóse, se fué al estrangero y se dedicó al comercio. Tomó parte en la guerra de Cuba, ayudando ya á un partido ya á otro, pero ganando siempre. Allí conoció al General, entonces comandante, cuya voluntad se captó primero por medio de adelantos de dinero y haciéndose su amigo despues gracias á crímenes cuyo secreto el joyero poseía. Él, á fuerza de dinero le consiguió el destino y una vez en Filipinas se sirvió de él como de ciego instrumento y le impulsó á cometer toda clase de injusticias valiéndose de su inextinguible sed del oro.