El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere) · Unidad 32 de 32

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La confesion fué larga y pesada, pero durante ella el confesor no volvió á dar ningun signo de espanto y pocas veces interrumpió al enfermo. Era ya de noche cuando el P. Florentino, enjugándose el sudor de rostro, se irguió y se puso á meditar. Reinaba en la habitacion oscuridad misteriosa, que los rayos de la luna, entrando por la ventana, llenaba de luces vagas y reflejos vaporosos.

En medio del silencio, la voz del sacerdote resonó triste, pausada, pero consoladora:

--Dios le perdonará á usted, señor... Simoun, dijo; sabe que somos falibles, ha visto lo que usted ha sufrido, ¡y al permitir que usted halle el castigo de sus culpas recibiendo la muerte de mano de los mismos que ha instigado, podemos ver Su infinita misericordia! Él ha hecho abortar uno á uno sus planes, los mejor concebidos, primero con la muerte de María Clara, despues por una imprevision, y despues misteriosamente... ¡acatemos Su voluntad y démosle gracias!

--Segun usted, contestó débilmente el enfermo, su voluntad sería que estas islas...

--¿Continuasen en el estado en que gimen? concluyó el clérigo viendo que el otro se detenía. No lo sé, señor; ¡no leo en el pensamiento del Inescrutable! Sé que no ha abandonado á los pueblos que en los momentos supremos se confiaron á Él y Le hicieron Juez de su opresion; sé que Su brazo no ha faltado nunca cuando, pisoteada la justicia y agotado todo recurso, el oprimido coge la espada y lucha por su hogar, por su mujer, por sus hijos, por sus inalienables derechos que, como dice el poeta aleman, ¡brillan inquebrantables é incólumes allá en la altura como las mismas eternas estrellas! No, Dios que es la justicia, no puede abandonar Su causa, ¡la causa de la libertad sin la cual no hay justicia posible!

--¿Por qué entonces me ha negado su apoyo? preguntó la voz del enfermo, llena de amarga queja.

--¡Porque usted ha escogido un medio que Él no podía aprobar! respondió el sacerdote con voz severa: ¡la gloria de salvar á un pais no la ha de tener el que ha contribuido á causar su ruina! Usted ha creido que lo que el crímen y la iniquidad han manchado y deformado, ¡otro crímen y otra iniquidad podían purificar y redimir! ¡Error! El odio no crea más que monstruos, el crímen, criminales; sólo el amor lleva á cabo obras maravillosas, ¡solo la virtud puede salvar! No; si nuestro país ha de ser alguna vez libre, no lo será por el vicio y el crímen, no lo será corrompiendo á sus hijos, engañando á unos, comprando á otros, no; ¡redencion supone virtud, virtud, sacrificio y sacrificio, amor!

--¡Bien! acepto su explicacion contestó el enfermo despues de una pausa; me he equivocado, pero, porque me he equivocado, ¿ese Dios ha de negar la libertad á un pueblo y ha de salvar á otros mucho más criminales que yo? ¿qué es mi error al lado del crímen de los gobernantes? ¿Por qué ese Dios ha de tener más en cuenta mi iniquidad que los clamores de tantos inocentes? ¿Por qué no me ha herido y despues hecho triunfar al pueblo? ¿Por qué dejar sufrir á tantos dignos y justos y complacerse inmóvil en sus torturas?

--¡Los justos y los dignos deben sufrir para que sus ideas se conozcan y se estiendan! Hay que sacudir ó romper los vasos para derramar su perfume, ¡hay que herir la piedra para que salte la luz! ¡Hay algo providencial en las persecuciones de los tiranos, señor Simoun!

--Lo sabía, murmuró el enfermo, y por eso excitaba la tiranía...

--Sí, amigo mío, ¡pero se derramaban más líquidos corrompidos que otra cosa! Usted fomentaba la podredumbre social sin sembrar una idea. De esa fermentacion de vicios solo podía surgir el hastío y si naciese algo de la noche á la mañana, sería á lo más un hongo, porque espontáneamente solo hongos pueden nacer de la basura. Cierto que los vicios de un gobierno le son fatales, le causan la muerte, pero matan tambien á la sociedad en cuyo seno se desarrollan. A gobierno inmoral corresponde un pueblo desmoralizado, á administracion sin conciencia, ciudadanos rapaces y serviles en poblado, ¡bandidos y ladrones en las montañas! Tal amo, tal esclavo. Tal gobierno, tal país.

Reinó una corta pausa.

--Entonces ¿qué hacer? preguntó la voz del enfermo.

--¡Sufrir y trabajar!

--¡Sufrir... trabajar...! repitió el enfermo con amargura; ¡ah! facil es decirlo cuando no se sufre... ¡cuando el trabajo se premia!... Si vuestro Dios exige al hombre tanto sacrificio, al hombre que apenas puede contar con el presente y duda del mañana; si hubiese usted visto lo que yo, miserables, desgraciados sufriendo indecibles torturas por crímenes que no han cometido, asesinatos para tapar agenas faltas ó incapacidades, pobres padres de familia, arrancados de su hogar para trabajar inútilmente en carreteras que se descomponen cada mañana y que parece solo se entretienen para hundir á las familias en la miseria... ¡ah! sufrir... trabajar... ¡es la voluntad de Dios! ¡Convenza usted á esos de que su asesinato es su salvacion, de que su trabajo es la prosperidad de su hogar! Sufrir... trabajar... ¿Qué Dios es ése?

--Un Dios justísimo, señor Simoun, contestó al sacerdote; un Dios que castiga nuestra falta de fé, nuestros vicios, el poco aprecio que hacemos de la dignidad, de las virtudes cívicas... Toleramos y nos hacemos cómplices del vicio, á veces lo aplaudimos, justo es, justísimo que suframos sus consecuencias y las sufran tambien nuestros hijos. Es el Dios de libertad, señor Simoun, que nos obliga á amarla haciendo que nos sea pesado el yugo; un Dios de misericordia, de equidad, que al par que nos castiga nos mejora, y solo concede el bienestar al que se lo ha merecido por sus esfuerzos: la escuela del sufrimiento templa, la arena del combate vigoriza las almas. Yo no quiero decir que nuestra libertad se conquiste á filo de espada, la espada entra por muy poco ya en los destinos modernos, pero, sí, la hemos de conquistar mereciéndola, elevando la razon y la dignidad del individuo, amando lo justo, lo bueno, lo grande hasta morir por él, y cuando un pueblo llega á esa altura, Dios suministra el arma, y caen los ídolos, caen los tiranos como castillo de naipes, ¡y brilla la libertad con la primera aurora! Nuestro mal lo debemos á nosotros mismos, no echemos la culpa á nadie. Si España nos viese menos complacientes con la tiranía, y más dispuestos á luchar y sufrir por nuestros derechos, España sería la primera en darnos la libertad, porque cuando el fruto de la concepcion llega á su madurez ¡desgraciada la madre que lo quiera ahogar! En tanto, mientras el pueblo filipino no tenga suficiente energía para proclamar, alta la frente y desnudo el pecho, su derecho á la vida social y garantirlo con su sacrificio, con su sangre misma; mientras veamos á nuestros paisanos, en la vida privada sentir vergüenzas dentro de sí, oir rugiendo la voz de la conciencia que se rebela y protesta, y en la vida pública callarse, hacer coro al que abusa para burlarse del abusado; mientras los veamos encerrarse en su egoismo y alabar con forzada sonrisa los actos más inícuos, mendigando con los ojos una parte del botin, ¿á qué darles libertad? Con España y sin España serían siempre los mismos, y acaso, ¡acaso peores! ¿A qué la independencia si los esclavos de hoy serán los tiranos de mañana? ¡Y lo serán sin duda porque ama la tiranía quien se somete á ella! Señor Simoun, mientras nuestro pueblo no esté prepardo, mientras vaya á la lucha engañado ó empujado, sin clara conciencia de lo que ha de hacer, fracasarán las más sabias tentativas y más vale que fracasen, porque ¿á qué entregar al novio la esposa si no la ama bastante, si no está dispuesto á morir por ella?

El P. Florentino sintió que el enfermo le cogía la mano y se la estrechaba; calló entonces esperando que hablase, pero solo sintió dos apretones más oyó un suspiro y largo silencio reinó en la estancia. Solo el mar, cuyas olas se habían encrespado con la brisa de la noche como si despertasen del calor del día, enviaba sus roncos bramidos, su canto inmortal al estrellarse contra las enhiestas rocas. La luna, ya sin la rivalidad del sol, triunfaba tranquila en el cielo, y los árboles del bosque inclinándose unos á otros, se confiaban sus seculares leyendas en misteriosos murmullos, que trasportaba en sus alas el viento.

Viendo que el enfermo nada decía, el P. Florentino como absorto en un pensamiento, murmuró:

--¿Dónde está la juventud que ha de consagrar sus rosadas horas, sus ilusiones y entusiasmo al bien de su patria? ¿Dónde está la que ha de verter generosa su sangre para lavar tantas vergüenzas, tantos crímenes, tanta abominacion? ¡Pura y sin mancha ha de ser la víctima para que el holocausto sea aceptable!... ¿Dónde estais, jóvenes, que habeis de encarnar en vosotros el vigor de la vida que ha huido de nuestras venas, la pureza de las ideas que se ha manchado en nuestros cerebros y el fuego del entusiasmo que se ha apagado en nuestros corazones?... ¡os esperamos, o jóvenes, venid que os esperamos!

Y como sintiese sus ojos humedecerse, apartó su mano de la del enfermo, se levantó y se acercó á la ventana para contemplar la vasta superficie del mar. Sacáronle de su meditacion unos golpecitos discretos dados en la puerta. Era el criado que preguntaba si debía encender la luz.

Cuando el sacerdote se acercó al enfermo y le vió, á la luz de la lámpara, inmóvil, los ojos cerrados, la mano que había estrechado la suya, abierta y estendida al borde de la cama, creyó un momento que dormía: pero observando que no respiraba, tocóle suavemente y entonces se apercibió de que estaba muerto: comenzaba á enfriarse.

Arrodillóse entonces y oró.

Cuando se levantó y contempló el cadáver, en cuyo semblante se leía la tristeza más profunda, el pesar de toda una vida inútil que se llevaba más allá de la muerte, el anciano se estremeció y murmuró:

--¡Dios tenga piedad de los que le han torcido el camino!

Y mientras los criados, llamados por él, se arrodillaban y rezaban por el muerto, curiosos y distraidos mirando hácia la cama y repitiendo requiems y más requiems, el P. Florentino sacó de un armario la célebre maleta de acero que contenía la fabulosa fortuna de Simoun. Vaciló unos instantes, mas, pronto, tomando una determinacion, descendió con ella las escaleras, se fué á la roca donde Isagani solía sentarse para escudriñar el fondo del mar.

El P. Florentino miró á sus piés. Allá abajo se veían las oscuras olas del Pacífico batir las concavidades de la roca, produciendo sonoros truenos, al mismo tiempo que heridas por un rayo de luna, olas y espumas brillaban como chispas de fuego, como puñados de brillantes que arrojase al aire algun genio del abismo. Miró en derredor suyo. Estaba solo. La solitaria costa se perdía á lo lejos en vaga neblina, que la luna desvanecía hasta confundirla con el horizonte. El bosque murmuraba voces ininteligibles. El anciano entonces, con el esfuerzo de sus hercúleos brazos, lanzó la maleta al espacio arrojándolo al mar. Giró varias veces sobre sí misma, y descendió rápidamente trazando una pequeña curva, reflejando sobre su pulimentada superficie algunos pálidos rayos. El anciano vió saltar gotas, oyó un ruido quebrado y el abismo se cerró tragándose el tesoro. Esperó algunos instantes para ver si el abismo devolvería algo, pero la ola volvió á cerrarse tan misteriosa como antes, sin aumentar en un pliegue más su rizada superficie, como si en la inmensidad del mar solo hubiese caido un pequeño pedruzco.

--¡Que la naturaleza te guarde en los profundos abismos, entre los corales y perlas de sus eternos mares! dijo entonces el clérigo estendiendo solemnemente la mano. Cuando para un fin santo y sublime los hombres te necesiten, Dios sabrá sacarte del seno de las olas... Mientras tanto, ¡allí no harás el mal, no torcerás el derecho, no fomentarás avaricias!...

FIN DE «EL FILIBUSTERISMO.»

NOTA

[1] Sin embargo Ben Zayb no estaba muy errado. Los tres piés de la mesa tienen ranuras por donde se deslizan los espejos, ocultos debajo del entarimado y disimulados por los cuadros de la alfombra. Al colocar la caja sobre la mesa se comprime un resorte y suben suavemente los espejos; se quita despues el paño teniendo cuidado de levantarlo en vez de dejarlo deslizar, y entonces se tiene la mesa ordinaria de las cabezas parlantes. La mesa comunica con el fondo de la caja. Terminado el espectáculo, el prestigiditador cubre otra vez la mesa, aprieta otro resorte y descienden los espejos.