El monstruo · Unidad 3 de 58

Unidad 3 · AMONIO DE HOYOS Y VINE NT

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

AMONIO DE HOYOS Y VINE NT

biguas, que tenían voracidades vampirescas; y miembros desmesurados, informes; y ademanes inverosímiles, y contorsiones de posesión demoníaca, y gestos retorcidos e inarmónicos de aquelarre.

Golosamente, con el ansia curiosa de un chiquillo que acaba de descubrir un libro prohibido en el armario de su hermano mayor, Marcelo contemplaba las estampas. Al fin, detúvose en una más complicada y perversa que las otras y abismóse en su estudio. Era... En realidad, en el primer momento no se veía sino un cortejo aladinesco que conducía una princesa hacia un alcázar quimérico. Pero fijando la atención persistentemente, destacábase como un sutil incienso de lujuria, que iba envolviendo todas las figuras. Desde la princesa, que parecía agonizar en la apenas esquivada caricia de un mono atrozmente obsceno, hasta las columnas fálicas que sostenían el palacio, y las cigüeñas de forma y coloración equívoca que volaban sobre el fondo pálido del cielo, había en todo el cuadro una perversidad impalpable, saturadora, que daba la sensación inquietante de lúbrica pesadilla.

Como una bestezuela perezosa y lasciva, el chiquillo se estiró voluptuosamente sobre el diván de damasco azul, con elegancia salvaje de joven tigre prisionero. Después, uno de sus pies, calzados tan sólo del blanco calcetín de seda, rechazó, en un gesto de impaciencia que no intentó ocultar, a la ama dora que, apasionada enardecida, esquivaba una caricia, y tornó a estirarse con la misma equívoca gracia de felino. Sobre el gran diván que ocupaba uno de los ángulos del camarote, ondulaba, con una gracia de discóbolo griego, el cuerpo adolescente bajo el pyjama blanco rayado de amarillo. Y rematando la figura, sostenida por el cuello nervudo que emergía de la abierta camisa de seda blanca, de ancho escote, una cabeza que nada tenía de griega, una cabeza de bambino o de angelote muy Mnrillo, una cabeza de rasgos un poco confusos, de facciones en que las redondeces pueriles robaban energía a los trazos fisonómicos; un rostro casi imberbe, de blancura de nieve y tonos rosados de virgen ; unos labios muy rojos, un poco gruesos, y unos ojos azules muy grandes, que se fruncían para mirar.

ANTONIO DK HOYOS Y VlNENT

Y todo ello cobijado por la exuberante frondosidad de la cabellera, de un rubio de mies.

Sentada en la pila de almohadones donde, resbalando del sofá, había ido a caer, envuelta en un a modo de ropón indio de crespón rojo, rayado de flores de oro, que la dejaba adivinar desnuda bajo sus pliegues en una carnosidad elástica, maciza y dura, muy excitante, los codos apoyados en el borde del diván, Helena le contemplaba envolviéndole en la llama de sus pupilas, guardadoras de no sé qué malsano maleficio. Tenía la hembra aquella una belleza extraña, una belleza de aventurera, de esas bellezas que en la feria del mundo nos inquietan un momento y dejan en nosotros un recuerdo confuso, ardiente y misterioso como una nostalgia inexplicada, algo que tiene de la evocación de un crepúsculo agosteño en la bahía de Nápoles o un amanecer de verano en el desierto.

Al fin, el chiquillo cansóse de su estudio, y dejando caer el libro, entre turbado, divertido y asqueado, murmuró:

— ¡Qué porquería!

Apasionada, tierna y procaz a un tiempo» la mujer esquivó una caricia: — ¡Canallita! ¡Nene!

La rechazó aún más bruscamente que la primera vez, y con amargura real murmuró:

—¡Déjame! ¡Déjame! ¡Estoy harto de porquerías!—Y ocultó la cabeza entre los brazos cruzados.

Helena permaneció inmóvil contemplándolo inquieta, llena de un anhelo casi doloroso.

El camarote olía a ámbar, a incienso y a cigarrillos turcos. En la semipenumbra, el zócalo de palo de rosa con dorados adornos de talla, hacía resaltar aún más el brillante azul del damasco que cubría los muros, sirviendo de fondo a algunos aguasfuertes equívocas, y a dos o tres acuarelas malsanas de artistas desconocidos, que vivieron una hora de locura para caer luego en la muerte o el anónimo.— «Las tres Ciudades del Pecado» (Lesbos, Sodoma, París). «Los Efebos de Lorraine»; «Los Borgias».— Y en contraste con ellos, un retrato prodigioso del muchacho, pero no tal y como era, sino un Mar celo estilizado, un Marcelo vestido como un