El monstruo · Unidad 4 de 58
Unidad 4 · ANTONIO DE HOYOS Y VI ME NT
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
ANTONIO DE HOYOS Y VI ME NT
Príncipe de Van Dyck, denegro terciopelo y con una ñor de púrpura destacándose sobre el sombrío jubón, un Marcelo convertido en el «Caballero de la Rosa al pecho». Algunos muebles — pocos — antiguos. Cómodas de Boule y lacas japonesas, y almohadones, muchos almohadones, de viejos brocados de iglesia, de estofas venecianas, de bordados chinos, de raros tejidos indios, de orientales muselinas recamadas de oro, plata y perlas, de estofas españolas del siglo xvi, completaban el decorado. Por las ventanas del camarote veíase un trozo de mar azul, que relucía cegador como inmenso zafiro.
Espantoso bochorno gravitaba sobre todas las cosas, envolviéndolas en una modorra de muerte; sólo sentíase el zumbido de un insecto que, en su loca ansia de libertad, azotaba los cristales buscando una salida. Era el tal un sonido monorrítmico que daba atroz sensación de monotonía, de acabamiento, de eternidad uniforme y gris; la sensación imposible de esos anocheceres de tormenta en que un firmamento de plomo— pardo y cobre—parece pronto a ahogarnos; un sonido que llegaba a aturdir más que el tronar de
los cañones o el estruendo de una orquesta que tocara marchas sin fin.
Por tercera vez la f aunesa inició una caricia. Ahora sus dedos hundiéronse, buscaron el sexo del adolescente. Más brusco aún, la rechazó.
—¡Déjame en paz! ¡Hace calor!
—¡Ya no me quieres!— suspiró ella. Luego, por poner fin al silencio que la inquietaba atirantando sus nervios, murmuró una interrogación:
—¿Te gusta el libro, di?
Como si le hubiesen pinchado, Marcelo se incorporó bruscamente, y, sentándose, habló agresivo, en absurdo intento de repeler no sé qué misteriosos ataques.
—¡No me gusta!, ¡no!, ¡no! ¡y no! ¡Son porquerías y estoy harto de vuestras porquerías!—Y apoyando los codos en las rodillas y el rostro en las palmas de las manos, permaneció inmóvil, sumido en recóndita desesperación.
Recogida sobre sí misma, en el impudor de aquel frondoso desnudo que se adivinaba entre los pliegues del moldeante atavío, Helena le contemplaba con arrobo. No era el
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suyo el tierno arrobo de los enamorados: era un arrobo acechador, arrobo de animal, de felino que se dispone a saltar sobre su presa, uno de esos arrobos que acaban en una pseudo-violacion que macera los cuerpos, en un beso bárbaro que muerde los labios hasta arrancarles sangre. Sus ojos grises, casi verdes, punteados de oro y púrpura, como los de las panteras, le contemplaban fascinadores, acechando en la sombra de la cabellera roja, que ceñía la cabeza clásica como un casco de cobre y oro labrado en diabólica fragua. Súbitamente volvió a hablar como si no le hubiese oído:
—Son bonitos los dibujos, ¿verdad?... Los de la Edad Media son bellos, pero demasiado torturados por inquietudes místicas; los del siglo xviii son libertinos, sencillamente indecentes, con una picardía que carece de complicaciones; y en cuanto a los modernos, participan de los dos defectos y se inclinan excesivamente o a un lado o al otro. En cambio, los japoneses y los chinos tienen una obscenidad sabia, la obscenidad cínica y magnífica de las viejas civilizaciones. Quisiera..., quisiera rehacer la ruta de laLuju-
ría en el mundo antiguo; vivir las horas atroces y suntuosas de las emperatrices legendarias, de las heroínas bíblicas.— Su voz era una voz blanca, sin matices ni tonalidades, una voz extraña de sonámbula, como si al hablar hiciese una interior evocación. Prosiguió — : Porque en Oriente , y pese a esta civilización estúpida, que ha hecho de nosotros unos pobres animales afectados y convencionales, que a falta de energías para domeñar sus impulsos han aprendido a contrahacerlos con una hipocresía malvada, bajo la que se esconden las peores aberraciones, porque en Oriente — repitió — viven todas las lujurias, todos los pecados magníficos y abominables que anatemizan las religiones. En las casas de bambú, sobre cuyos techos se posan las cigüeñas, a orillas de riachuelos de color de rosa, habitan unas mujercitas, quebradizas como figuras de porcelana, que en su candor de colegiala tienen la ciencia de la voluptuosidad. Y no es sólo en el imperio de los Hijos del Sol ni en el de los descendientes del Cielo... Ha}^ montañas sagradas donde se adoran divinidades abominables, que no tienen más gloria que