El Niño de la Bola: Novela · Unidad 21 de 27

LIBRO IV. — parte 6

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.

--¡Usted es el que sueña, D. Trinidad! ¡Me dice usted que ha amado, y luégo me propone eso!--¡Usted no ha amado nunca, ni sabe lo que es amor!--¿Á dónde iria yo con la sombra de mi sér, dejándome aquí el alma de mi alma? ¿Para qué viviria? ¡Ocho años me he mantenido de la esperanza de volver á este pueblo, de la esperanza de encontrar á Soledad! ¿De qué me mantendria ahora?--¡Acaba usted de hablarme de Dios!... Pues oiga usted una sentencia dictada por Dios el dia que me echó al mundo: «Para Manuel Venegas no habrá más mujer, ni más dicha, ni más cielo que Soledad»...--Yo he dado por dos veces la vuelta á la Tierra: he visto mujeres, muchas mujeres, algunas tenidas por divinidades, en Circasia, en Grecia, en Cuba, en el Perú...--Para mí no eran ni divinidades ni mujeres: no eran nada: eran á lo sumo la ausencia de Soledad... ¡cosa para mí tristísima y abominable!--Así es que apartaba los ojos de ellas y seguia mi peregrinacion.--Es decir, padre Cura, que yo he ido más allá que usted.--Yo, ni ántes de consagrar mi alma á Soledad (y se la consagré á los trece años), ni despues de aquel dia, ni en esta Ciudad, ni en la ausencia, le he faltado ni con el pensamiento...--¡Tambien he sido yo fiel á mi _religion_! ¡Tambien he sabido cumplir mis votos!

--¡Y la pícara te ha pagado bien!--profirió el clérigo, tocando otro registro, para ver de desengañar á aquel idólatra.

Este se llevó una mano al corazon, como si acabase de recibir en él una puñalada; pero luégo se repuso, y exclamó valerosamente, mirando á su segundo padre con la impavidez del fanatismo:

--No me ha pagado bien: ¡pero la quiero más que nunca!

D. Trinidad retrocedió lleno de asombro.--Dijérase que el último golpe con que pretendió anonadar á su antagonista le habia herido á él de rechazo, quitándole muchas ilusiones.--Manuel estaba todavía entero... ¡Aquella larga conversacion habia sido inútil!

Pero el esforzado Sacerdote no se abatió. Ántes pareció recogerse en sí mismo, como para cambiar su plan de batalla. Derrotado en la primera línea de operaciones, conocíase que se replegaba y fortificaba en la segunda, apelando á los recursos supremos, ó sea á las fuerzas de _reserva_, que oportunamente habia preparado ántes de salir de la Capilla de Santa Luparia.--Todo esto se dedujo, por lo ménos, de sus palabras y determinaciones, á partir del instante en que Manuel articuló aquella formidable respuesta.

--Pues, señor... ¡Noche toledana! (dijo, dándose en el cuerpo algunas palmaditas, como quien se compadece á sí propio.)--¡Polonia! ¡Polonia! ¡tráeme el manteo de abrigo!--¡Vaya con el hombre! ¡Vaya un pago que me guardaba para la vejez!--¡No concederme nada! ¡Dejarme hablar y hablar, y luégo negarse á todo! ¡Decirme á mí que el homicidio y el adulterio son indispensables!--¡Y para esto lo crié! ¡Para esto lo he querido tanto!

Así hablaba D. Trinidad, sin mirar á su antiguo pupilo, el cual oia aquellas palabras con más emocion y sobresalto que todos los anteriores discursos. Conocíase tambien que éstos, aunque tan briosamente contradichos, seguian resonando en su alma; y, por resultas de todo ello, se adelantó hácia el sacerdote y le dijo con amorosa reverencia:

--¿Qué va usted á hacer? ¿Para qué pide el manteo? ¿Va usted á salir?

--¡Sí, señor!--respondió D. Trinidad muy desabridamente.

--Pero ¿á dónde va usted?

--¿Á dónde he de ir? ¡Adonde me llama mi obligacion de cristiano! ¡Á impedir esos delitos que (segun me anuncias) van á cometerse! ¡Á no dejarte ni á sol ni á sombra; á seguirte á todas partes; á pasar contigo el resto de mi vida, aunque me arrojes de tu lado á puntapiés, aunque me reduzcas á pasar las noches sentado á la puerta de tu casa!...--¡De este modo, tendrás que saltar sobre mi cadáver para hacer las valentías que me has dicho, y será más completa tu obra!...

Manuel retrocedió espantado.

Al mismo tiempo entró Polonia en el despacho, llevando el manteo de abrigo de D. Trinidad, y diciendo muy asustada:

--¿Va usted á la calle á estas horas?

--¡Sí, hija, sí! ¡á la calle! ¡y al infierno, si es menester!--No me esperes esta noche.

--Pero, señor Cura... ¡Eso es tirarse á matar! (exclamó la antigua nodriza).--Anoche se recogió usted á las tantas, muerto de fatiga, despues de haber corrido por el campo muchas horas...

--¡Buscándote!...--entrerenglonó D. Trinidad, dando un codazo á Manuel, y sin mirarlo.

--Y esta mañana (continuó Polonia) se levantó usted con estrellas, y desde entónces no ha parado un momento, con tantas funciones en la Parroquia, y tantos jaleos como ha habido en la calle... por culpa de quien yo me sé...

--¡Qué quieres, hija! (pronunció el Cura, haciéndose el chiquito:) ¡No hay más remedio que arrimar el hombro hasta que le toque á uno reventar y caer!...--Acuéstate tú, y descansa, que tambien has trabajado hoy mucho...--¡Pobrecita vieja! ¡Cuánto siento proporcionarte estos sinsabores!--Conque vamos, señor D. Manuel... ¡Usted dirá á dónde nos dirigimos primero: si á buscar á un hombre de bien para matarlo, ó á enamorar á una madre de familias!...

Manuel seguia en un ángulo de la habitacion, vuelto de espaldas á D. Trinidad, fijos los ojos en el suelo, y estremeciéndose á cada recriminacion que se desprendia contra él de aquellos discursos. Sobre todo, las últimas frases del Sacerdote, tan sarcásticas y sangrientas, le arrancaron una especie de gemido, cual si le hubiesen llegado al alma.

Polonia replicaba entretanto:

--¡Pero no se marchará usted sin cenar! Son las diez de la noche, y desde la una de la tarde está usted con el triste puchero, que apénas probó...

--Es muy verdad... Pero ¿qué quieres? Las cosas vienen así...

--¡Acuérdese usted de que tiene dos perdices estofadas..., que tanto le gustan!

--¡Ya las huelo..., y, en medio de estos sinsabores, estaba soñando con ellas!...--¡Perdóneme Dios; pero es mi único vicio: cenar bien los dias clásicos!--Sin embargo, quiero demostrar con un ejemplo á este cobarde, que el hombre es dueño de sus pasiones, de sus apetitos, de su voluntad...--Dile á la criada que lleve ahora mismo ese par de perdices, y mi pan, y mi almíbar de cabello de ángel; en fin, todo lo que ibas á darme de cenar esta noche, á la pobre viuda del albañil que se mató el otro dia...--¡Así celebrará con sus hijos la fiesta del Niño Jesus, miéntras que á mí me servirá de alimento el pensar en la alegría de esas infelices criaturas!

--Pero, niño... (observó el ama de llaves á media voz.) ¡Repara en que te vas á caer muerto!--Lo de regalar las perdices está muy bien, y Dios te bendiga por esa idea... Pero toma otra cosa...

--¡Nada! ¡No ceno! ¡Ya está hecho el sacrificio! ¡Veré esta noche la Procesion de las Ánimas..., y Dios querrá premiarme abriéndole el sentido á ese alma de cántaro!...

--¡Esto es demasiado! (gritó Manuel, extendiendo los brazos con desesperacion y acercándose á D. Trinidad.) ¡Usted se ha propuesto matarme, señor Cura! ¡Usted no tiene lástima de mí!...

--¡Pues entónces no sé quién la tiene!... (respondió friamente el Sacerdote.) ¿Será acaso el público, que piensa divertirse á tu costa, como si fuese al teatro á ver una tragedia?

--Lo que digo... (insistió el jóven con ternura) es que cene usted y se acueste...

--En tu mano está el que lo haga...--¡Quédate á cenar y á dormir conmigo!--Si no perdices (porque ya no son nuestras), tomaríamos huevos frescos y jamon crudo; y, en cuanto á cama, por ahí debe de andar tu antiguo catre...

--¡Su cuarto está como lo dejó!...--añadió Polonia con indecible alegría.

--Señor Cura: yo tengo que irme á mi casa...--balbuceó Manuel implacablemente.

--¡Y yo contigo! (repuso D. Trinidad, fingiendo buen humor.)--¡Tú mismo te lo dices todo!...--Conque vamos andando...--Adios, Polonia, ¡hasta que Dios quiera!

--¡Dios mio! ¡Dios mio! ¿Qué va á ser de mí? (gimió el pobre Venegas, resolviéndose á echar á andar.) ¡Yo no contaba con este hombre!

--Espera un poco... (exclamó D. Trinidad, obstruyendo con su cuerpo la puerta del despacho.) Tengo que dar algunos encargos á Polonia.

Manuel se dejó caer en una silla.

D. Trinidad salió con su ama al corredor, y le dijo rápidamente:

--Hay que buscar ahora mismo á la señá María Josefa, en su casa ó en la de su hija...

--¡Ahí la tienes esperándote hace media hora!...--respondió el ama.

--¡Ah! ¡el cielo me la envia!--Voy á hablarle... Quédate tú aquí de centinela; y, si ves que mi prisionero piensa escapar, avísame...--¡Pero no le digas ni una palabra!

Pocos minutos despues, el Cura habia terminado su conferencia con la madre de Soledad, y estaba de vuelta en la puerta del despacho, diciendo al abatido jóven:

--Cuando quieras, podemos irnos...--Estoy á tu disposicion.

--¡Quédese usted, D. Trinidad!...--expuso Manuel, levantándose y en ademan de súplica.

--¡No hay D. Trinidad que valga!...--Adonde tú vayas, voy: si á tu casa, á tu casa... (que es lo mejor que podemos hacer): y, si á correrla, ¡á correrla!--¡Ah! se me olvidaba la alcancía...

Así dijo el denodado Cura, y, cogiendo los antiguos ahorros del jóven, salió resueltamente al corredor, y comenzó á bajar la escalera, no sin exclamar con grandes voces:

--Vamos... ven... y dáme el brazo; que estoy rendido de fatiga...

Manuel inclinó la frente y salió en pos de Don Trinidad, el cual no tardó en aferrarse á su brazo derecho con tal fuerza que hubiera sido muy difícil determinar quién era el robusto y quién el débil; quién el aprehensor y quién el aprehendido.

Por último, ya desde la puerta de la calle, Don Trinidad retrocedió hasta el ojo de patio, llevando y trayendo á Manuel como á un hombre ebrio, y gritó fortísimamente:

--¡Cuidado, Polonia! ¡Que no tardes en enviar las perdices á quien hemos dicho!...

Añadiendo luégo en voz baja:

--Y ¡qué buenas deben de estar las pícaras!--¡Esta Polonia guisa como un ángel!

IV.

LOS NIÑOS Y LOS VIEJOS.

Poquísimas personas encontraron en las calles D. Trinidad y Manuel al trasladarse de una casa á otra, y todas ellas se arrimaron á las paredes, con no ménos susto que respeto, para dejar pasar á aquellos dos maravillosos personajes de que tanto se estaba hablando en toda la Ciudad.

No sucedió, empero, lo mismo cuando, llegados á la Plaza Mayor, tuvieron que cruzar por delante de la célebre botica...

Hallábase ésta á medio cerrar, y en la media puerta que aún dejaba paso á la luz de adentro veíase á _Vitriolo_, que despedia á sus últimos tertulios, dándoles tal vez instrucciones para el dia siguiente.

Tan luégo como divisaron y reconocieron á la claridad de la luna el interesante grupo que formaban el Cura y Manuel, comenzaron á reir y murmurar en voz baja, y áun los más jóvenes se atrevieron á seguirlos y á pasar casi rozando con ellos, á ver si les cogian alguna frase.

Quedó, sin embargo, defraudada su curiosidad; pues el párroco y su antiguo huésped no hablaron ni una palabra,--como tampoco la habian hablado en todo el camino;--y de este modo penetraron al fin en la antigua _casa del Chantre_.

Profusamente alumbrada la tenía tambien esta noche la etiquetera Basilia, así como abierta de par en par y con toda la servidumbre en ejercicio, á fin de recibir _al señor_ con los honores debidos á sus grandes riquezas y á la sangre real mahometana de que procedia.

El arriero malagueño (alojado allí con sus tres mulas, y resuelto á no marcharse de la Ciudad hasta despues de la Rifa que tanto le elogiara el mismo Venegas la tarde anterior) hallábase en el patio, haciendo de portero, y saludó con una profunda reverencia al extraordinario personaje con quien habia andado tres largas jornadas sin imaginar que llevaba consigo al terror y asombro de las gentes.

Al pié de la escalera estaba la pérfida _Volanta_, que no sólo era amiga de _Vitriolo_ y paniaguada de Soledad y de la señá María Josefa, sino tambien duende familiar de Polonia y Basilia; lo cual quiere decir que discurria libremente y con salvoconducto por todos los campamentos, como los traidores y los espías.--D. Trinidad, hombre de clarísimo instinto, la miró con enojo; pero ella le besó la mano, y corrió á ocultarse en las tinieblas, como una garduña en su escondrijo.

Por último: en la primera meseta estaba la ceremoniosa ama de llaves, quien, despues de hacer al hijo de D. Rodrigo los tres saludos de ordenanza, á estilo del reinado de D. Cárlos III, en que empezó á servir, dijo respetuosamente:

--Permítame el señor darle la enhorabuena...--¡En la sala tiene una gran visita aguardándole!

--¿Qué dice esta mujer? (preguntó ágriamente el jóven á D. Trinidad.) Yo no quiero visitas..., á no ser la de D. Antonio Arregui ó la de sus padrinos.

--¡Sube! ¡sube! (contestó D. Trinidad, sonriéndose.) No negaré que el que está en la sala ha venido como padrino; ¡pero es como padrino tuyo!...--¡Ya verás, hombre; ya verás!

Manuel no pudo ménos de apresurar el paso al oir aquellas misteriosas expresiones, con lo que muy luégo penetró en la sala, seguido á duras penas por D. Trinidad Muley.

Un grito de asombro, de dolor y de cólera salió del pecho del infortunado jóven, al ver quién era la anunciada _visita_... Y un profundo sollozo de pavor y desesperacion lanzó el alma del digno Sacerdote, al observar la actitud airada, irreverente, impía de su antiguo ahijado en caso tan excepcional y solemne...

¡Porque la _visita_ era el Niño Jesus ó Niño de la Bola de la Iglesia de Santa María, el mismo que el jóven adorara tantos años, el mismo que aquella tarde habia salido en Procesion!

¡Allí estaba, en sus andas de plata y oro, sobre un altar improvisado en el testero principal del aposento, vestido de riquísimo tisú, alumbrado por muchas velas, y guarnecido de hermosos ramos de flores naturales!--Servíale de dosel el estandarte de la Hermandad, colgado del techo, y, por último, en medio de la sala, sobre un velador, veíase en una bandeja un papel arrollado á modo de diploma, atado con cintas de colores.

--¿Qué es esto?--¿Quién ha preparado tan irrisoria escena? (preguntó al fin Manuel, encarándose con D. Trinidad.)--¿Se cree que todavía soy un niño? ¿Se cree que todavía soy un imbécil?

El dignísimo Padre de almas estaba desolado. Halló, sin embargo, fuerza bastante para dominar su congoja, y, despues de cerrar la puerta de la sala, dijo al blasfemo con la austera frialdad de un juez:

--Esto no tiene nada de nuevo ni de extraordinario: esto significa que la Cofradía del Niño Jesus, de que eres individuo, te ha nombrado su Mayordomo para el año que viene, y que, siguiendo la antigua costumbre, que tú conoces mejor que nadie, te envia la Santa Efigie, á fin de que more un dia en tu casa y le regales lo que sea tu voluntad, á título de Hermano Mayor; regalo que lucirá mañana á la tarde en el Baile de Rifa.--Pero, áun suponiendo que nada de esto fuera así, ¿cómo no te engríes de ver en tu casa al Niño Jesus, al Hijo de Dios vivo? ¿Cómo no doblas la rodilla y le das las gracias por la altísima honra que te dispensa? ¿Acaso no eres tú su adorador más fervoroso, su más humilde siervo, su devoto más entusiasta?

--No, señor.--respondió Manuel lúgubremente.

--¡Ah infame!--¡Y me lo dices á mí! (prorumpió D. Trinidad con una furia tan grande como su pena.) ¡Y me lo dices delante de Él!

Manuel se cruzó de brazos y no contestó.

--¡Conque es eso lo que has aprendido en tus viajes! (prosiguió el Sacerdote, poniéndole las manos sobre los hombros.) ¡Conque es eso lo que has adelantado al adquirir tantas riquezas!--¡Y querias dejármelas á mí! ¡Y querias que yo las repartiera entre los pobres!...--¡Ni los pobres ni yo queremos nada de un judío!

--Señor Cura... (balbuceó Manuel.) Baje usted la voz...--Yo no soy judío, moro, ni cristiano.

--Pues ¿qué eres, hombre inicuo?

--Yo no soy nada...--repuso el jóven, cerrando los ojos y encogiendo los hombros como quien declara un delito de que no se cree responsable.

--¡Jesus! ¡Jesus!--gritó el Cura con indecible espanto.

Y, alejándose del que tal ofensa le habia hecho, sentóse de medio lado en una silla, dándole la espalda, y comenzó á llorar desconsoladamente.

Manuel añadió con grave acento.

--No he debido ocultarle á usted la verdad. Por eso acaba de oirme decir lo que hasta ahora no habia dicho á nadie.--Yo no hago ostentacion de esta desgracia mia, que debo á crueles enseñanzas del mundo, á lo que he visto en pueblos de diferentes religiones, á lo que he leido en obras que no debieron escribirse...--Respeto mucho, sin embargo, las creencias de los demas, y usted comprende que hubiera sido escarnecerlas aceptar hipócritamente el cargo de Mayordomo de esta Imágen, cuando mi corazon no le rinde ya más culto que el que solemos tributar á los muertos queridos.

--¡Y yo he criado á este hombre! (gimió D. Trinidad con mayor desconsuelo:) ¡Yo lo he llamado mi hijo! ¡Yo lo queria con toda mi alma!--¡Ahora me explico que esta noche haya despreciado todos mis consejos! ¡Ahora conozco que no hay remedio para él! ¿Quién gobierna un barco sin timon? ¿Quién dirige un caballo sin bridas?--¡Estoy vencido! ¡Su perdicion es segura! ¡Ya vivirá á merced del viento de sus pasiones! _¡Ya será del último que llegue!_ ¡Satanás ha triunfado!--¡Niño Jesus! Oye la súplica de este tu humilde siervo: ¡yo quiero morirme! ¡yo no quiero vivir más en un mundo tan execrable! ¡mátame por favor! ¡llévame contigo! ¡tu Madre Santísima cuidará de Polonia, como Polonia ha cuidado de mí durante cuarenta y ocho años!--¡Qué diferencia entre unos séres y otros!... Ella me crió de limosna, al ver que mi pobre madre estaba enferma y no podia costearme ama... Ella me dió luégo pan, cuando en mi casa no habia bastante para todos... Ella me colocó de aprendiz en la alfarería... Ella me ha asistido de balde, por caridad, desde que mi madre murió y me quedé solo... Ella, en suma, ¡ha sido para mí lo que yo para este desalmado!...--¡Niño Jesus! ¡Vírgen Purísima! ¡Disponed como querais de dos pobres viejos, que nunca han renegado de vosotros; y, si algo bueno hemos hecho en este mundo, sirva de merecimiento para que toqueis al corazon del infortunado Manuel Venegas!

Á fuer de historiadores veraces, debemos decir que esta humilde y mal perjeñada deprecacion conmovió profundamente al jóven descreido, no porque le dijese nada extraordinario, sino porque las piadosas lágrimas de los buenos tienen más fuerza que todos los raciocinios de la filosofía, máxime si caen en un corazon sensible y generoso.--Si don Trinidad hubiese empleado argumentos teológicos, Manuel habria podido contestarle con argumentos racionalistas, como diariamente vemos en el mundo; pero contra el panegírico de Polonia, vg., no cabia ninguna objecion.

Así fué que Manuel se arrimó á su padrino, y le dijo, quitándole las manos de la cara y limpiándole los ojos con el pañuelo.

--¡Vaya, señor Cura! ¡no llore usted más, que sus lágrimas me están asesinando! ¡Considere usted que llevo muchas horas de defenderme de su cariño, de su irresistible bondad, de la dulce miel de su palabra, y que fuera abusar demasiado del amor y del respeto que le tengo, seguir acometiéndome de este modo!

Don Trinidad se apoderó de la mano con que el jóven le enjugaba las lágrimas, y, contemplándolo, entre lloroso y risueño, como un niño mimado, exclamó zalameramente:

--Pero, ¡hombre! Míralo siquiera... ¡No lo desaires hasta el punto de volverle la espalda!... ¡Piensa que es mi Dios, el Dios de tus padres, el Dios de tu patria, que ha venido á hacerte una visita! ¡Piensa que estará muy afligido de tus desprecios!...

Manuel, en quien, por lo visto, la supersticion habia sobrevivido á la fe (suponiendo que verdadera fe hubiese tenido nunca), intentó volver la cabeza hácia el Niño Jesus, y no se atrevió á ello. Ántes dió un retemblido de pavor y bajó los ojos al suelo...