El Niño de la Bola: Novela · Unidad 22 de 27

LIBRO IV. — parte 7

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Pero estaba escrito que aquel dia ocurriesen singularísimas coincidencias...--Decímoslo, porque Manuel y el Cura oyeron en tal instante, dentro de aquella misma habitacion, los tiernos sollozos de un niño...

Manuel miró aterrado á D. Trinidad, creyendo que quien lloraba era el Niño Jesus...

Don Trinidad sonrió tristemente, y señalóle con el dedo la puerta de la sala, que acababa de abrirse, y en la cual estaba parada la señá María Josefa, con un hermoso niño en los brazos, y sin atreverse á pasar adelante...

--No sueñes con _milagros_, ni verdaderos ni fingidos... (dijo al mismo tiempo el Cura á Manuel.) Aquí no hay más _milagro_ que el que tu buen corazon haga...--¡Tienes en tu presencia al hijo de Soledad, que viene á pedirte perdon para sus padres!

--¡Su hijo! (rugió Manuel, huyendo al fondo de la vasta sala.) ¡Esto más! ¡Ah, verdugos! ¡Os habeis propuesto matarme! ¡Os habeis propuesto volverme loco!

Y, hablando así, golpeaba la pared con los puños cerrados, como si quisiera hundirla y escapar de aquella gran emboscada en que habia caido su corazon.

--¡Manuel, repórtate! (dijo D. Trinidad, acercándosele dulcemente.) Yo no soy tu verdugo... ¡Tú eres el mio y el de esa pobre familia que te pide misericordia!...

--¡Que se lleven á ese vil enjendro de la traicion y la mentira!--gritó el insensato, sin volverse, ni apartarse de la pared.

El niño tornó á llorar.

--¡Grande hazaña! (exclamó D. Trinidad Muley.) ¡Injuriar á un pobre niño!... ¡Asustarlo!... ¡Despedirlo!

--¡No quiero verlo! (bramó el jóven.)--¡Si lo viera, lo mataria!

--Poco te falta para matarlo... ¡Ya le has hecho ponerse enfermo! (dijo tristemente la abuela.) Su madre le ha dado á mamar veneno desde que supo que venías; y esta noche me lo llevo á mi casa, dolorido y hambriento, ¡como si él tuviera la culpa de que tú no fueras dichoso!...

--Pero ¿por qué no viene su padre en lugar de él? (replicó Venegas con desesperacion.) ¿Por qué no viene el cobarde que me hurtó la dicha? ¿Por qué huye? ¿Por qué se esconde?

D. Trinidad hizo una seña á la señá María para que callara, y apresuróse á responder por sí mismo en estos términos:

--Supongamos que ese hombre de bien te teme... ¿No le sobra razon para ello? ¿Ha de ser todo el mundo tan sanguinario como tú? ¿No hay más que matarse con el primer desesperado que nos provoca?--Porque, Manuel... (¡Vamos claros!) ¿qué derecho tienes tú sobre Soledad? ¿Qué palabra te empeñó nunca? ¿Qué puedes esperar hoy de ella? ¿La crees tan indigna que por tí se deshonre y deshonre á su marido?

--¡Soledad es mia! ¡Soledad me ama!--exclamó Venegas fanáticamente, volviéndose hácia sus interlocutores en ademan de desafío.

--Contéstele usted, señora...--dijo D. Trinidad á la señá María Josefa.

--Manuel... (pronunció la madre, ocultando á su nieto miéntras hablaba:) Mi hija te ha querido... Pero es una mujer de bien; y, habiéndose casado con otro hombre, nada puedes ni debes esperar de ella...

--¡Mentira! ¡Soledad no está casada! (gritó Manuel con desesperacion.)--¡Su casamiento es nulo! ¡Soledad no ha dejado nunca de quererme! ¡Yo la conozco desde que era niña! ¡Yo sé lo que me decian esta tarde sus divinas lágrimas!

--Te equivocas, Manuel... (prosiguió la madre:) Soledad es incapaz de faltar á sus deberes de esposa...--Tu presencia en este pueblo sólo puede dar lugar á desventuras para todos, y de manera alguna á felicidades para tí ni para ella...--El único bien que puedes hacer á mi hija (y que le harás, supuesto que tanto la quieres), es ausentarte, dejarla en paz, no ser la perdicion de su casa... ¡Y eso venimos á pedirte este angelico y yo! ¡eso te suplicamos rendidamente!

--¡Que venga á decírmelo ella! (replicó Manuel con indescriptible amargura:)--¡Verán ustedes cómo no se atreve á pedirme que me vaya!--¡Yo la conozco! ¡Su corazon es mio!... ¡nada más que mio! ¡mio desde la edad de ocho años!

--¡Esas son locuras, Manuel! (replicó la señá María.) ¿Cómo ha de venir á verte una mujer casada?--Pero ¡harto claro te decia esta tarde con lágrimas su deseo de que te marches, de que la perdones, de que nos perdones á todos!...--Soledad no lloraba por lo que tú te figuras...--Soledad lloraba de miedo... como llora este pobre niño...

--¡De miedo! (repuso el jóven en són de burla:) Esa es otra mentira...--Soledad no me teme..., ¡y hace bien! ¡Soledad me conoce!--El miedo lo tiene su cobarde tirano... El miedo lo tiene usted, que no estorbó su casamiento... El miedo lo tiene ese que no debe llamarse hijo de Soledad, supuesto que no es hijo mio...--¡Y los tres haceis muy bien en temblar!--¡Ah! ¡Mi primera idea es la segura!... La muerte de Antonio Arregui lo resuelve todo.--¡Usted se quedará con ese expósito, hijo del crímen, y yo me marcharé con mi adorada!...--¡Mataré, pues, á Antonio! ¡Lo mataré, aunque sea en medio de la Iglesia! ¡Lo mataré, aunque se oponga el mundo entero!

--¡Cómo se entiende! (prorumpió al fin D. Trinidad, lleno de indignacion y de ira:) ¡Eso es ya insultarme en mi propia cara! ¡No te abofeteo ahora mismo, porque está delante el Niño Jesus! Pero me marcho... Te desprecio... ¡te abandono!--¡Buen recibimiento me has hecho en tu casa, la primera vez que he venido á ella!

--Manuel... ¡te lo pido de rodillas! (decia al mismo tiempo la anciana, postrándose á los piés del hijo de D. Rodrigo.) ¡Te lo pide una madre, por la memoria de la que te llevó en sus entrañas! ¡Márchate del pueblo! ¡Ten compasion de este inocente!--Y, si es que has de dejarlo huérfano, ¡mátalo ahora mismo!... ¡Yo te lo entrego!... ¡Aquí lo tienes!

Y, así hablando, ponia el niño á las plantas del jóven, con aquella inspirada temeridad que sólo cabe en almas femeniles y en corazones maternales.

--¡Vámonos, señora! ¡Dejemos á este monstruo! (añadia por su parte D. Trinidad.) Acudiremos á la Justicia... ¡Yo mismo haré que lo aprisionen!...--¡Adios, hijo indigno de D. Rodrigo Venegas! ¡Me voy, porque tus faltas de respeto me arrojan de tu casa! ¡Me voy, porque te creo capaz de ponerme la mano encima, si yo te castigara como mereces!--¡Adios! nuestras relaciones han terminado... ¡Me arrepiento de haberte conocido!

--Manuel... ¡no lo oigas!... ¡óyeme á mí! (proseguia diciendo la madre de Soledad, arrastrándose á los piés del jóven, el cual estaba como petrificado, con los cabellos de punta, y con los cerrados puños sobre la frente.)--¡No lo creas, Manuel! ¡Don Trinidad te quiere más que á su vida! ¡Es tu segundo padre!--Y yo te quiero tambien...; y tambien te quiere este niño...--¡Mira!... ¡Mira cómo te sonrie!

--¡Basta! (gritó al fin Manuel con desgarrador acento, abriendo los brazos y tirando la cabeza atras.) ¡Basta, crueles sayones, encargados de martirizarme! ¡Dejadme ya!... ¡Idos!... ¡Salid!--¡Os lo mando... os lo aconsejo... os lo suplico!--¡Dejadme solo, si no quereis que con vuestra sangre y la mia se forme un lago en este aposento!--¡Quitadme de delante al hijo del cobarde ladron que me ha robado la felicidad!...--Márchese usted, señora... Márchese usted, señor Cura...--¡Conozco que ya no soy dueño de mí mismo!... ¡Conozco que puedo horrorizar al mundo!...

Era tal la voz de Manuel al decir esto, que la señá María Josefa se levantó espantada, con su nieto debajo del brazo, y se deslizó en silencio hasta la puerta, andando hácia atras y sin quitar la vista de aquel pavoroso semblante, más propio de un tigre que de un hombre.

Hasta D. Trinidad tuvo miedo, no por sí, sino por el niño, por la anciana, y por el mismo jóven, que estaba á punto de morir ó de volverse loco, á juzgar por la violenta agitacion de su pecho, por la hinchazon de su frente, por el trastorno de su mirada...; y, conociendo, al propio tiempo, que ya no habia más palabras que decirle, ni fuerzas en el desgraciado para soportarlas, retiróse tambien lentamente, mirándolo con profunda piedad y sin recuerdo siquiera del pasado enojo.

Así salió de la habitacion, cuya puerta dejó entornada...

Manuel quedó solo con el Niño Jesus.

V.

EL ROCÍO DEL ALMA.

Las doce de la noche acababa de cantar el sereno cuando D. Trinidad y la señá María Josefa se retiraron de la sala, dejando en manos de la famosa Imágen del Niño de la Bola la solucion de la suprema crísis á que habia llegado el espíritu de Manuel Venegas.

Reinó desde entónces en la casa un profundo silencio, interrumpido únicamente por los cautelosos pasos del vigilante Cura, que se acercaba de vez en cuando á la rendija de la puerta á observar á Manuel, y por los cuchicheos de las mujeres, acuarteladas en la cocina.

Polonia se encontraba entre ellas, por no haber podido dominar su inquietud y desasosiego quedándose en la otra casa.--Dormia el hijo de Soledad en brazos de su abuela, despues que Basilia lo hubo amansado con algunos bizcochos.--La _Volanta_, á fuerza de llorar hipócritamente, habia conseguido que D. Trinidad dejase de mirarla con prevencion, y formaba tambien parte de aquella especie de tertulia de enfermeras, en que tan buenas cosas se estarian diciendo.--Y, por último, el arriero de Málaga roncaba en el patio, incómodamente sentado en una dura silla, como lo exigia la gravedad de las circunstancias.

Lo primero que hizo Manuel cuando se quedó solo, fué apagar todas las velas que alumbraban al Niño Jesus, con lo que el salon quedó enteramente á oscuras...

Esto afligió mucho á D. Trinidad, que todavía cifraba algunas esperanzas en la antigua devocion de su pupilo á la preciosa Efigie en cuya compañía lo habia dejado...--Pero luégo recapacitó que el mismo hecho de apagar las luces podia significar, de parte del jóven, una especie de miedo á aquel fantasma de su extinguida fe, y tan juiciosa reflexion no pudo ménos de consolarle algo.

Manuel comenzó á pasearse en las tinieblas...

De vez en cuando se paraba, é ininteligibles monosílabos, rugidos sordos ó sofocados lamentos salian de sus labios, como si dentro de él mantuviesen empeñada controversia dos séres distintos, el uno más feroz que el otro...

Indudablemente, el jóven repasaba todas sus emociones de aquel dia: indudablemente le representaba su cerebro las provocativas alarmas del público; la calle de Santa María de la Cabeza; la inesperada aparicion de Soledad, su impavidez, su hermosura, su mirada de amor, sus copiosas y amarguísimas lágrimas; el encuentro con D. Trinidad Muley; las cristianas aclamaciones en que prorumpió la muchedumbre; los santos discursos del bondadoso sacerdote, su lloro, sus caricias; la visita del Niño Jesus; el alarde de impiedad con que él la habia recibido; el dolor que esto habia causado al buen Padre de almas; la aparicion de la madre y del hijo de Soledad; el digno lenguaje de la anciana; el llanto y la sonrisa del aquel inocente niño, y los insultos y amenazas del ofendido Cura, de su generoso protector, del sér que más le amaba en el mundo...

Ahora bien: todas aquellas palabras de cariño, todos aquellos piadosos consejos, todas aquellas solemnes apariciones, todas aquellas tiernas súplicas, todas aquellas dulces lágrimas, todos aquellos paternales enojos no podian ménos de haber ablandado el corazon de la fiera...--Por eso, sin duda, gemia, en medio de su rabia, como el leon herido: por eso batallaba tanto consigo propio: y por eso, y no por otra cosa, lo dejaba solo D. Trinidad Muley, viendo clarísimamente que ninguno de sus esfuerzos por vencerlo habia sido inútil; que todos estaban obrando en el rebelde espíritu del jóven, y que este espíritu vacilaba, temia, emprendia la fuga, tornaba á la pelea, retrocedia de nuevo, y podia acabar por rendirse de un momento á otro...--Pero ¡ay del bien! ¡ay de la paz! ¡ay de la caritativa empresa del digno Párroco, si el jóven no se rendia en tan extrema lucha!--¡Entónces no habria ya esperanza de salvacion!

Largo tiempo (¡son tan largas las horas de la agonía!) duró este combate entre la soberbia y la humildad, entre la ira y la paciencia, entre la pasion y la virtud, entre el amor propio y la abnegacion, entre el egoismo y la caridad, entre la bestia y el hombre.

Á eso de las dos, Manuel no se paseaba ya, ni rugia, ni se quejaba...--Solamente lanzaba de tarde en tarde hondos suspiros, que tambien cesaron al poco tiempo...

D. Trinidad no podia ya distinguir en qué parte de la habitacion estaba el jóven, ni si se habia sentado, ni si por acaso se habia dormido...--El silencio que reinaba en aquellas tinieblas era absoluto, sepulcral, verdaderamente pavoroso.--Parecia como que el enfermo se habia muerto...

Pero ¿no podia ser que sólo hubiese muerto su enfermedad? ¿No podia ser que Manuel Venegas acabase de revivir á la razon, á la justicia, á la dignidad humana, á la vida de la conciencia?

En esta duda, el Sacerdote desistió de la idea (que tuvo un momento) de coger una luz y entrar en la sala.

Pronto se alegró de haber sabido esperar; pues no tardó en advertir una cosa que le pareció fausta, simbólica y de mucho alcance, en medio de su vulgarísima sencillez, por cuanto le trajo á la imaginacion la humilde ceremonia con que se enciende _fuego nuevo_ en la Iglesia la mañana del Sábado de Gloria...

Fué el caso que Manuel dió repentinamente señales de estar vivo y despierto, poniéndose á encender luz por medio de eslabon, pedernal, yesca y alcrebite, al uso de aquella época.

--_Lumen Christi_...--murmuró D. Trinidad, santiguándose.

Obtenido que hubo nueva luz, el jóven la aplicó á las velas que apagara ántes, con lo que el Niño de la Bola tornó á verse profusamente alumbrado y tan clara como de dia toda la espaciosa habitacion.

Sentóse entónces nuestro héroe enfrente de la Imágen, y púsose á contemplarla con honda y pacífica tristeza.--La tempestad habia pasado, dejando en la ya sosegada fisonomía de aquel hombre de hierro profundas é indelebles señales.--Dijérase que habia vivido diez años en dos horas. Sin ser viejo, ya no era jóven. Sus facciones habian tomado aquella expresion permanente de ascética melancolía que marca la faz de los desengañados.

En cuanto á la triste mirada con que parecia acariciar la Efigie del Niño Jesus, no tenía tampoco la dulzura del consuelo. Era una mirada de tranquilo, incurable dolor, como la que, pasados muchos años de la cruel pérdida y del agudo padecer, posamos en el retrato de un hijo muerto, de los padres que nos dejaron en la orfandad ó de un antiguo amor que se llevó consigo las más bellas flores de nuestra alma...

--¡No reza! ¡no llora!--pensó amargamente don Trinidad, formulando á su modo las mismas ideas que acabamos de emitir.

Y se alejó de su acechadero con mucha más inquietud que alegría le causara al principio el ver que el jóven contemplaba á su antiguo Patrono.

--¡No hacen las paces! (añadió luégo, expresando en otra forma su disgusto.)--¡Y la verdad es que el pobre Manuel está dando muestras clarísimas de querer hacerlas!--¡Misterios de Dios! ¿Qué trabajo le costaba ahora á ese Chiquito tender los brazos á mi ahijado, como se los tendió antiguamente á San Antonio de Padua?--¡Nada más que con esto saldríamos todos de apuros!

Y tornó á acercarse á la rendija de la puerta, y comenzó á rezar fervorosamente á la primorosa Efigie, como arengándola á realizar un milagro indudable.

--¡Nada! ¡No me hace caso! (se dijo, por último, viendo que el Niño Jesus no pestañeaba.)--¡Sin duda no conviene! ¡Respetemos la voluntad de Dios!--Ni ¿quién soy yo, pecador miserable, para meterme á dar consejos á las Imágenes de mi Parroquia? ¡Si los siguiesen, yo sería el Santo, que no ellas!--¡Haces bien, Niño mio! ¡Haces muy bien en desobedecerme!

Manuel se habia puesto de pié entretanto.

La tristeza de su semblante era mayor que nunca. Un profundo suspiro salió de su pecho, y pasóse ambas manos por la frente, como para echar de su imaginacion renovadas angustias...

Parecia un reo en capilla, la noche que precede al suplicio.--La conformidad de la desesperacion iba envolviéndole en su fúnebre velo...

En el fondo de la sala veíanse algunos de los grandes cofres que habia traido de América... Manuel abrió el mayor de ellos, y sacó una preciosa caja de madera, que puso sobre el velador...

D. Trinidad temió que el jóven fuese á suicidarse, y se apercibió á entrar en el aposento...

Pero tranquilizóse en seguida, al observar que lo que de allí sacaba Manuel no eran pistolas, sino vistosísimas alhajas, collares, pendientes, brazaletes, sortijas, alfileres...;--un tesoro, en fin, de perlas, brillantes, esmeraldas y otras piedras preciosas...

--¡Son las _donas_ que pensaba ofrecer á Soledad el dia que se casase con ella! ¡Son los regalos de boda que le traia el desgraciado!...--pensó el Sacerdote, lleno de conmiseracion.

Manuel fué contemplando una por una aquellas galas póstumas, aquellas joyas sin destino, aquellos emblemas de su infortunio...; y, ejecutando luégo la idea que sin duda le habia movido á tan penosa operacion, comenzó á ponerle las alhajas á la Sagrada Efigie de que era Mayordomo y á quien estaba obligado á agasajar...

D. Trinidad Muley no pudo contener su entusiasmo y su regocijo, y corrió de puntillas á llamar á las ancianas, para que contemplasen aquella piadosísima escena.

Imagínese, pues, el que leyere la emocion, los comentarios en voz baja y los dulces lloros que habria al otro lado de la puerta, en tanto que Manuel prendia á las ropas del Niño Jesus, ó colgaba de su cuello y de sus brazos, los restos del naufragio de sus esperanzas...--Estas cosas se sienten ó no se sienten; pero no se explican.

Baste decir (como resúmen de sus impresiones, palabras y pensamientos) que todos decian en voz baja, con religioso júbilo, y abrazándose cariñosamente:

--¡Se ha salvado! ¡Ha resuelto perdonar!--¡Dentro de pocas horas se habrá marchado para siempre!--¡Dios lo haga más venturoso que hasta ahora!

Miéntras D. Trinidad y las tres virtuosas ancianas hablaban así, la pérfida _Volanta_ (que todo lo habia visto y oido) deslizóse por la escalera abajo como una sabandija, sin que nadie reparara en ello, y marchóse á la calle, cuidando de no despertar al improvisado conserje...

Ni ¿cómo habian de advertir aquel suceso los que arriba seguian con el alma las operaciones de Manuel, cuando éste acababa de ejecutar otro acto que ya no dejaba ni asomos de duda acerca de sus nobles y pacíficas intenciones?

Tal fué el sublime arranque de humildad con que, sacando del bolsillo el primoroso puñal indio que aquella tarde habia llevado á la Procesion, lo desnudó, alzólo á la altura de su cara, contempló su luciente hoja y rica empuñadura, lo besó luégo, y lo colocó á los piés del Niño Jesus...

Sin la fe ciega que D. Trinidad Muley tenía ya en la redencion del jóven, hubiera temblado por su vida, como temblaron las mujeres, al verlo levantar el puñal, y no habria estorbado, como estorbó, que se precipitasen en la sala... Y tambien fué necesaria en seguida toda la autoridad del Sacerdote para impedir que estallasen en gritos de santo alborozo al contemplar aquella solemne abdicacion de la mayor soberbia que jamás cupo en corazon humano.

--¡Callad! ¡callad!... (les decia al oido el autor de tan prodigiosa obra.) ¡Callad!... ¡Dejadlo!...--¡Dios está con él!--¡No despertemos al demonio del orgullo, que ya duerme, y pronto habrá muerto, en el corazon de mi buen hijo!

Manuel consideró lo que habia hecho, y su grave rostro expresó una reflexiva y triste complacencia; pero no en modo alguno aquella devocion activa, directa, personal, que suponian las buenas mujeres y cuyos resplandores de triunfo y de esperanza hubiera querido hallar D. Trinidad Muley en los ojos del leon vencido...