El Niño de la Bola: Novela · Unidad 7 de 27
LIBRO II. — parte 4
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1.ª Que D. Elías Perez y Sanchez, álias _Caifás_, aunque avariento y cruel por naturaleza, obró siempre dentro de la Ley escrita en sus negocios con D. Rodrigo Venegas y Carrillo de Albornoz, sin compelerlo ni excitarlo nunca á que le pidiese dinero prestado, ni exigirle despues otros réditos ó ganancias que los estipulados solemnemente por ambas partes.
2.ª Que el haber costeado, _exclusivamente á sus expensas_, una partida armada contra los franceses, constituyó desde luégo la mejor gloria de D. Rodrigo Venegas, tanto más de agradecer y de estimar, cuanto mayores perjuicios le hubiera causado; de modo y forma que si D. Elías Perez hubiese accedido á perdonarle alguna parte de su adeudo, como solicitaron indiscretísimos mediadores, habria aminorado con tal indulto la importancia del patriótico servicio del buen caballero, rebajando en igual proporcion el lustre de su nombre en las páginas inmortales de la Historia.
3.ª Que no fué el prestamista quien puso fuego á su propia casa, sino precisamente sus apurados deudores, entre los cuales figuraba en primera línea D. Rodrigo Venegas; y que si éste murió por salvar sus vales y entregarlos á su acreedor, tambien se libró con ello de la ignominiosa imputacion de incendiario y petardista que seguia pesando sobre los demas, y alcanzó de camino una nueva gloria, cuyo mérito consistia cabalmente en que aquella valerosa accion pareció tan _desinteresada_ como espontánea; nobilísimo carácter que hubiera perdido desde el momento en que, por premio de ella, D. Elías Perez y Sanchez hubiera hecho alguna donacion ó rebaja á D. Rodrigo Venegas ó al pobre huérfano; pues entónces el acto heroico se habria convertido, á los ojos de los maldicientes, en una audaz especulacion, en un servicio pagado, en un atrevido medio de ahorrarse dinero ó de procurárselo á su hijo...;--cosas todas que hubiera rechazado enérgicamente el hijodalgo desde este mundo ó desde el otro.
4.ª y última. Que, por consecuencia de estas premisas, y bien examinado todo lo definido en la materia por el Concilio de Trento, podia decidirse, para evitar mayores males, y supuesta la conformidad de los interesados, que no habia imposibilidad moral ni impedimento canónico para que la hija de D. Elías Perez y Sanchez llegase á ser amiga, y hasta mujer, si las cosas iban á mayores, del hijo de D. Rodrigo Venegas y Carrillo de Albornoz, dijese lo que quisiera el novelero y desalmado público, siempre ganoso de ajenos compromisos y desastres en que desempeñar grátis el cómodo oficio de espectador ó de plañidero.
Satisfecho D. Trinidad de su discurso, que puede decirse fué el que más trabajo le costó hilvanar en toda su vida, llamó á Capítulo al atribulado huérfano, precisamente el dia que cumplió éste diez y seis años; y, prévia una larga oracion en que se encomendó á la Vírgen y á San Antonio de Padua, le fué exponiendo todas aquellas razones, en términos muy claros, aunque no muy precisos, acabando por abrazarle y llorar, que era su argumento-aquíles en los grandes apuros.
Finalmente, despues del sermon que llamaremos _oficial_, el buen padre Cura se levantó del sillon de baqueta que le habia servido de cátedra, y, descendiendo al estilo llano y pedestre, por si el jóven se habia quedado en ayunas, díjole á manera de corolario casero:
--Conque ya ves, alma de cántaro, que nada se opone á que te salgas con la tuya y seas amigo de Soledad y de su familia, ni tampoco á que, dentro de algunos años, cuando tengais edad de pensar en tales barrabasadas, llegueis á ser marido y mujer, suponiendo que esa muñeca siga queriéndote tanto como _te quiere ahora_..., segun acaba de decirme su madre...--¿Por qué pones esos ojos tan espantados? ¿Crees tú que yo me duermo en las pajas cuando se trata de tus menores caprichos?--Pues ¡sí! La señá María Josefa, que es una excelente mujer en medio de todo, sospecha que su hija te quiere, y se alegraria en el alma de que las historias de D. Elías con tu padre se transigieran, andando el tiempo, por medio de una bendicion... que yo os echaria con mucho gusto.--Y es que la pobre, como no ha inventado la pólvora, entra á veces en escrúpulos de si el 25 por 100 sería demasiada gabela, y de si eso que llaman el _interes compuesto_ puede admitirse entre personas cristianas...--En fin, ¡majaderías! ¡cuestiones de ochavos, que nada tienen que ver con Dios ni con la felicidad de nuestra alma en este mundo ni en el otro, y que á tu buen padre no le importaron nunca un comino!--Por consiguiente, ¡á ser bueno, á engordar, á vestirse como las personas regulares, y á no hacer más tonterías!--Ahí te tiene preparada Polonia una ropa nueva, no del todo mala, para que celebres hoy tu décimosexto natalicio...--¡Ya eres un hombre!--En cuanto á D. Elías, aunque andará muy reacio (pues es muy duro de mollera, y tu padre y tú habeis sido causa eficiente de que lo miren con tan malos ojos en el pueblo y de que el hombre tenga que vivir entre cuatro paredes como un leproso; habiendo tú hecho muy mal--y ya te lo previne, pues era una falta de respeto,--en ir á sentarte todas las tardes enfrente de sus balcones,--cosa que, segun me ha dicho la señá María Josefa, lo ponia fuera de sí, y con muchísima razon...); en cuanto á D. Elías Perez, digo, ya lo amansaremos entre todos cuando tengas veinte ó veinticinco años.--¡Todavía eres un niño!--Lo principal es que le sigas gustando á esa mocosa; pues ella hará que su padre le diga _amén_ á todo, segun costumbre...--¡Es mujer y basta!--¡Dios nos libre!--Conque anda, y lávate, y ponte la ropa nueva, no dejando de venir luégo á que yo te vea hecho un brazo de mar...--Polonia te ayudará á peinarte esas greñas de oso.--¡Bendito sea Dios, y qué trabajo cuesta criar un hombre!
Imaginémonos la emocion que causaria á Manuel este remate de discurso.--¡Soledad le amaba! ¡La madre protegia aquel cariño y soñaba con llegar algun dia á casarlos! ¡El señor Cura, el hombre más honrado de la tierra, no hallaba nada censurable en aquel casamiento! ¡Habia, en fin, un traje nuevo que ponerse y con que poder ir enseguida á la Plaza de los Venegas á tratar de ver á Soledad, despues de tan larga separacion!... ¡Á Soledad, que ya tendria más de catorce años; que ya sería casi una mujer, y que habia hallado _hermoso_ al niño, cuando de seguro no lo era tanto como el adolescente!
Así debieron de discurrir el egoismo y la vanidad de Manuel, en contestacion al corolario de D. Trinidad, y áun estamos por decir que estas lisonjeras consideraciones, más que los razonamientos morales del cuerpo del sermon, convencerian al hijo de D. Rodrigo de que se habia estado mortificando sin causa alguna, de que podia dar por terminadas todas sus penas, y de que ya no tenía que hacer otra cosa que ponerse inmediatamente el traje nuevo y emprender una campaña pacífica en demanda de la mano de la Soledad... para cinco años despues, ¡ó para mucho ántes, si posible fuese!
Las once de la mañana iban á dar cuando el jóven salió del despacho de su protector, y no eran todavía las once y media cuando ya estaba hecho un ascua de oro, en la silenciosa plaza de su mismo apellido; pero no sentado esta vez en el fatídico poyo que tantas amarguras le recordaba, sino paseándose humildemente á la puerta del Colegio de Niñas, en la esperanza de que Soledad siguiese yendo todavía á él, y contando por milésimas los instantes que faltaban para las doce.
Segun acababa de advertir al imberbe amante su disculpable presuncion, aquella hermosura que tan famoso lo hiciera de niño, habíase aumentado extraordinariamente en la crísis de la pubertad. No obstante los rigores de su áspera vida en la Sierra, ó más bien merced á ellos, casi tenía ya la estatura y robustez de todo un hombre y aquel sello de fuerza y majestad viril que once años despues excitara tal admiracion en cuantos le vieron marchar á caballo entre la Capital y la Ciudad...--Con todo, la natural lozanía de los diez y seis abriles prestaba entónces al rostro del adolescente su encantadora suavidad y virginal frescura, más realzadas que oscurecidas todavía por las vagas penumbras del apénas incipiente bozo.--En resúmen: era á la par niño y hombre, tan en sazon de que una rapazuela de catorce años y medio (Soledad, vg.) no lo creyera demasiado persona para ella, como de que cualquier moza, mujer y hasta archi-mujer lo mirase ya con ojos pecadores.
Paseábase, digo, el gentil mancebo por la puerta del Colegio de Niñas, muy pagado de su figura y tambien de su flamante ropa de paño azul, de su sombrero recien sacado de la tienda, y del pañolillo carmesí, de la India, que Polonia le habia puesto al cuello, sujetándoselo con una sortija de similor y piedras de Francia que le regaló el Cura el dia que cantó misa (pues hay que advertir que esta ama, ántes de serlo de llaves, lo habia sido de leche del bueno de D. Trinidad, á quien seguia diciendo á solas, «_mira, niño..._»), cuando dieron las doce en el reloj de la Catedral y se abrieron simultáneamente la puerta del establecimiento, para dar paso á Soledad y á otras educandas, y la puerta del caseron de los Venegas, para dar paso al viejecillo que ya conocemos.
Las otras niñas se alejaron de Soledad con aire misterioso, al ver que se le acercaba aquel jóven, á quien de seguro reconocerian: el criado, que lo reconoció tambien, se quedó inmóvil junto al porton del palacio, temiendo seguramente alguna catástrofe, y Soledad (de quien no hay que decir que ántes que nadie se habia hecho cargo de todo) púsose más encendida que la grana, y trató de seguir su camino.
--Óyeme, niña... (le dijo entónces con inusitada blandura el desabrido Manuel, atajándole el paso respetuosísimamente:) Tengo que darte un recado para tu padre.
Soledad se paró, y fijó sus grandes y dulces ojos en los del hijo de D. Rodrigo Venegas, sin la menor expresion de timidez ni sobresalto.--Tambien habia crecido bastante la niña, cuyas nacientes gracias juveniles recordaban á la Ofelia de Shakespeare. Aún iba vestida de corto, en lo cual no hacía bien su madre, ni ménos en seguir enviándola al Colegio, pues era exponerla á que algun descarado le dirigiese la flor, allí usual, de que más parecia una maestra que una discípula... Lo decimos, entre otras varias razones, porque no podia darse nada tan atractivo y misterioso como el poético semblante de aquella adolescente, cuya expresion de profunda y reservada inteligencia despertaba ya viva curiosidad y loco deseo de penetrar en el abismo de su alma...--En cuanto al súbito rubor que le ocasionara tan impensado encuentro, habia desaparecido con igual prontitud, no quedando otro indicio para leer en su corazon que aquella infinita dulzura de la mirada...
Manuel quedó embelesado, y sin poder continuar su discurso, al reparar en los nuevos hechizos que hermoseaban á la gentil criatura con quien se habia desposado su espíritu desde la niñez, y bajó un momento los ojos, como deslumbrado por tanta belleza...
Era enteramente el reverso del famosísimo primer saludo de Fausto á Margarita: ella representaba la seduccion y él la inocencia.
--Soledad... (prosiguió diciendo el semi-salvaje, con voz tan mansa y melodiosa que hubiera enternecido al más feroz tirano.) Dile á tu padre, de parte de Manuel Venegas, que de tí depende el que él y yo seamos amigos. Dile que te quiero más que á mi vida, y que estoy pronto á perdonarlo, si consiente en casarnos cuando tengamos la edad, por cuyo medio quedarán arregladas antiguas cuentas y se evitarán muchos disgustos... Dile que yo estudiaré y trabajaré entretanto, á fin de llegar á ser un hombre de provecho... Y, en fin, dile que tu madre y D. Trinidad Muley entran gustosos en estas paces.
--«_¿Y yo?_»--pudo preguntar la niña.
Pero se guardó muy bien de preguntarlo.
Tampoco respondió cosa alguna. Sólo habia sido fácil notar que, cuando oyó al huérfano declarar su cariño en términos tan vehementes y decir lo de la conformidad de la madre y del Cura, bajó los párpados y se mordió los labios, como para ocultar y reprimir sus emociones.
Acabado que hubo Manuel su breve discurso, Soledad intentó de nuevo seguir marchando; pero el jóven volvió á detenerla con la mayor finura, y añadió lo siguiente:
--Mañana, á estas horas, te aguardaré aquí mismo para que me des la contestacion de tu padre.
Dicho lo cual, la saludó muy políticamente, quitándose el sombrero y dejándole franco el camino.
Fué entónces la misma Soledad quien se detuvo porque quiso, clavando en Manuel una larga mirada de cariño y de enojo, parecida á una reconvencion: movió luégo los labios con ternura, como para decirle alguna cosa; pero se arrepintió en seguida, y bajó los temerarios ojos, con no sé qué tardía modestia: sonrió, en fin, levemente, como burlándose de su propia audacia ó de su propio miedo, y echó á correr, que no andar, hácia el palacio.
Ya era tiempo: pues en aquel instante comenzó á tronar una voz terrible al otro lado del porton; vióse salir muy asustada á la señá María Josefa en busca de su hija, y notóse que el supersticioso criado daba explicaciones y excusas á la persona invisible que rugia dentro del portal.
Manuel, en medio del inefable arrobamiento que le habia causado la indefinible mirada de la jóven, sintió vibrar en su pecho la ira, y estuvo para correr tambien hácia el palacio. Pero luégo se dominó bruscamente, y, encogiéndose de hombros, tomó el camino opuesto con majestuosa lentitud, sin volver la cabeza para ver lo que seguia ocurriendo en la plaza,--de donde salió, á punto que cesaron las voces y se oyó cerrar el porton.
--¡Mañana veremos!...--iba diciéndose el mozo con la tranquilidad de la justicia y de la fuerza.
VIII.
PERIPECIA.
El dia siguiente, á las once de la mañana, estaba ya Manuel á la puerta del Colegio, en busca de la contestacion que aguardaba de parte de D. Elías, y, miéntras era llegada la hora de que la niña saliese de aquel santuario (donde vulgarísimas muchachas y estólidas maestras--así suelen discurrir los enamorados--tenian la gloria de verla coser y de oirla decorar sus lecciones, como si ella fuese tambien criatura mortal), el pobre mancebo se paseaba, lo más léjos posible del mudo caseron, enmarañando y devanando por centésima vez en su memoria todas las palabras que dijera la víspera á la señora de sus pensamientos y todas las temeridades y locuras que desde entónces se le habian ocurrido sobre la significacion del rubor, de la mirada, del enojo, del desenojo, del miedo, de la sonrisa y de la fuga de la intrépida y silenciosa adolescente.
De lo que no podia dudar, de lo que no dudaba, de lo que estaba segurísimo era de que Soledad le amaba: no ya porque D. Trinidad Muley se lo hubiese contado, con referencia á la mujer del usurero, sino porque á él se lo habia dicho todo su sér, enajenado de un gozo y una delicia que no podian engañar á su leal naturaleza, desde que recibió aquella mirada (reveladora de dulces y ya presentidos misterios) con que la niña, trocada en mujer, habia transfigurado al niño en hombre.
En cuanto á lo que pudiese contestar D. Elías á su demanda, Manuel estaba tambien completamente tranquilo.
--¿Qué mejor recurso le queda al acorralado _Caifás_ (decíase el jóven, rebosando júbilo, soberbia y confianza) que transigir conmigo, que escapar á mi furia, que liquidar amistosamente con el espectro de mi padre, con el público y con Dios?--¡Nada! ¡Nada! ¡Soledad es mia! ¡Terminaron mis penas! ¡Desde mañana comenzaré á trabajar, y dentro de cuatro ó cinco años seré bastante rico para casarme con mi adorada!
Á todo esto iban á dar las doce, y el cobrador del prestamista no salia del palacio en busca de la educanda...--¿No habria ido ésta aquel dia al colegio?--¡Los minutos se le hacian siglos al impetuoso Venegas, y desde aquel instante comenzó á dudar de la solidez del edificio de esperanzas que poco ántes le pareciera tan seguro!...
Dieron, por último, las tres Ave-Marías todos los campanarios de la poblacion, y las niñas comenzaron á salir del Colegio, primero en grupos, luégo desperdigadas...--¡Soledad era la única que no salia! ¡Y el criado no iba tampoco por ella!
Manuel no pudo contenerse más, y, acercándose á una colegialilla de cinco ó seis años que se habia quedado rezagada y pasó cerca de él, le preguntó con afectada indiferencia:
--Dime, niña: ¿y Soledad? ¿No ha venido hoy al colegio?
--No, señor... (respondió el gorgojo.) La han quitado... ¡por mala!
--¡Ah viejo infame!--gritó Manuel, volviéndose hácia el caseron con el puño cerrado, como amenazando derribar aquellas paredes y sepultar bajo sus escombros á D. Elías.
Y se encontró cara á cara con D. Trinidad Muley, que hacía ya un rato estaba interpuesto estratégicamente entre su atolondrado pupilo y la casa del usurero.
--¡Tienes razon! ¡Es un pícaro; y por eso he venido yo á buscarte!--dijo el clérigo, cogiendo de un brazo á Manuel.
--¡Señor Cura! (exclamó éste con respeto, pero tambien con desesperacion.) ¿Por qué no me dejó usted morirme el dia que enterraron á mi padre?
--¡Muchacho! ¿qué dices? ¡Eso es una blasfemia! (contestó D. Trinidad, estremeciéndose.)--Anda... Vámonos de aquí... Tenemos que hablar.--El dia está bueno, y tomaremos el sol en el Camino de las Huertas.--Allí no hay nadie á estas horas.
Manuel habia inclinado la cabeza sobre el pecho, y caido en una profunda meditacion.
--Vamos... vamos... Sígueme... (continuó diciendo el Sacerdote.) No te abatas de esa manera... Para todo hay remedio en este mundo, máxime cuando se tienen sentimientos cristianos...--Yo te diré la marcha que debes adoptar, en vista de la oposicion de ese zorro viejo...--Conque anda; que aquí hace mucho frio.
El jóven siguió á su protector, sin levantar la cabeza, pensando más, indudablemente, en sus propios recursos y en los atrevidos planes que formó aquel dia, que en lo que el Cura tuviera que decirle.
Llegados al próximo Camino de las Huertas, D. Trinidad Muley (de quien hemos olvidado decir que, á los treinta y siete años de edad, era ya excesivamente grueso), paróse como una nave que da fondo; quitóse el enorme sombrero de canal, limpióse el sudor con un gran pañuelo de hierbas, tomó aliento dos ó tres veces, y habló así:
--Pues, señor: ¿para qué andar con circunloquios? ¡Es menester que olvides á Soledad! Su padre te aborrece con sus cinco sentidos, y no te la entregará nunca.--«_¡No me lo nombres!...--¡Prefiero verte muerta!_» le dijo ayer, en contestacion á tu sensato mensaje: é inmediatamente mandó al Colegio por la silla y demas efectos de la muchacha, haciendo decir á la maestra que Soledad era ya demasiado grande para ir á la _amiga_.--Todo esto me lo acaba de contar la señá María Josefa con las lágrimas en los ojos...--Suyo era el recado que recibí esta mañana de que aguardase á una persona que iria á hablarme á las once y media en punto...--La pobre mujer no queria verte, y sabía que á esa hora estarias en la puerta del Colegio...--Conque ¡lo dicho! ¡Es menester que me des palabra de honor, y hasta que me jures, no volver á acordarte de Soledad!
Manuel seguia con la cabeza baja y aparentemente tranquilo, en cuya actitud, y viendo que el Cura habia callado, le preguntó muy despacio:
--Dígame usted: ¿Y Soledad? ¿qué ha respondido á su padre?
--¡Nada!... ¿Qué habia de responderle?
--Pero... ¿ha dado muestras de sentimiento?... ¿ha llorado?...
--Soledad es como tú... ¡Soledad no llora!--Tambien se lo he preguntado yo á su madre...--¿Crees que, porque estoy vestido de Cura, no entiendo yo de estos negocios?
Manuel continuó preguntando:
--Y ¿qué dice la señá María Josefa? ¿Sigue creyendo que su hija me quiere? ¿Espera que se someterá á la voluntad de su padre?