El Niño de la Bola: Novela · Unidad 8 de 27
LIBRO II. — parte 5
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--¡Mira, niño!... (respondió el Cura muy amostazado.) ¡Aquí no hemos venido á hablar de Soledad, sino de tí!--¡Á mí no me mareas tú!
--¿De modo que no quiere usted decirme la opinion de la madre?--exclamó el jóven con sentido acento.
--¡No, señor!... ¡De ningun modo!
--Corriente. ¿Qué le hemos de hacer? Usted es mi segundo padre... y no hay más que tener paciencia.--¡Yo veré cómo me las compongo!
--¡Malo, malo, Manuel! Tú no me quieres... ¡Ya empiezas á echar bravatas!...--¡Esa pícara soberbia ha de ser tu perdicion en este mundo!
--Se equivoca usted, señor Cura. Yo quiero á usted como un hijo; ¡pero quiero tambien á Soledad con toda mi alma!
--¡Pues es menester que no la quieras, aunque revientes! Es menester que la olvides por completo...--Te lo mando... ¡Te lo suplico yo!
--¡Imposible, D. Trinidad, imposible! (contestó Manuel con un reposo y una dulzura que dieron á sus palabras más energía que si las hubiese dicho en el calor del entusiasmo.)--¡Aconsejarme que me desprenda de Soledad es pedirme toda la sangre de mis venas, y, suponiendo que la derramara, y que pudiese criar otra, tambien sería suya, á media vez que pasara por mi corazon!--Padre, mi corazon es de Soledad, como la piedra es del suelo, que, por muy alto ó muy léjos que la tiren, siempre va á parar á él.--Yo he pasado tres crueles años en la Sierra, lidiando por arrancarme este cariño, cuyas raíces corren por todo mi cuerpo y toda mi alma...; yo lo he expuesto en aquellas alturas al furor de los huracanes desencadenados, á ver si lo desarraigaban de mi sér, y sólo he conseguido fortalecerlo más y más por consecuencia de tan contínua lucha.--Dígame usted ahora qué camino me queda.--¿Morirme? ¿Matarme?--¡Pues no quiero; porque eso es alejarme de Soledad!
--Muchacho, ¡tú eres el demonio! (respondió el Cura.) ¡Tú hablas como los libros prohibidos, sin que nadie te haya enseñado!--Y lo peor del caso es que no sé qué contestarte...--Por consiguiente, dime tu plan; pues de fijo tendrás alguno...
--¿Yo? (replicó Manuel con fanática tranquilidad:) Yo no sé lo que pasará el dia de mañana, ni por dónde habrá que romper esta cadena que llevo liada al cuerpo...--¡De lo que estoy seguro es de que Soledad será mia!
--Pero... ¿si no te quisiera?...
--¿Se lo ha dicho á usted su madre?
--¡Dale, bola! Su madre no me ha dicho eso..., sino precisamente lo contrario... La pobre mujer sigue creyendo que su hija se alegraria muy mucho de que el viejo transigiese contigo...--¿Pero si (lo que es un suponer...) te olvidase la muchacha...?
--¡No me olvidará, señor Cura!
--Bien...; pero si D. Elías se empeñase el dia ménos pensado en casarla con otro...
--¡Tampoco puede suceder eso!
--¿Cómo que no?--Figúrate que la solicitara algun ricacho, algun hombre de proporciones...
--No la solicitará nadie.--Todo eso es cuidado mio.
--¡Manuel!
--¡Señor Cura!
--¡Me das miedo!
--¡Y con razon! ¡Hay veces que yo tambien me asusto de mí mismo!
--¿Qué piensas hacer?
--¡Sábelo Dios!--Soledad me pertenece, y yo trato de defenderla...--No le digo á usted más.
--Pero yo no puedo consentir... Yo no consentiré nunca que te dejes llevar de esa soberbia satánica que vas descubriendo...--¡Tenlo entendido desde hoy!--Yo soy cristiano; yo soy sacerdote...--Á mí me gustan los valientes; pero no los iracundos...; y, por lo tanto...
--¡Comprendo! ¡comprendo!...--Me arrojará usted de su casa...--¡Es natural, y yo tendré paciencia!
--¡Véte al demontre! ¿Quién te habla de semejante cosa?--Lo que digo que no consentiré es que hagas nada contra la Ley de Dios..., ni creo que tú seas capaz de infringirla...--Pero, si tal haces, cuando tanto esmero he tenido en enseñártela, me moriré de pena de que no seas mi verdadero hijo... (¡en cuyo caso te abriria en canal!), y de vergüenza de haberte criado casi á mis pechos...
--Tranquilícese usted, mi buen padre... (respondió Manuel con aquella gravedad que no debia á los años, sino á la tristeza de su vida.) Yo no quiero más que justicia seca... ¡justicia para todos!--Defenderé mi derecho, y lo haré respetar por todo el mundo: protegeré la libertad de la pobre niña, é impediré que su padre la sacrifique, como me ha sacrificado á mí; y por estos sencillos medios, no lo dude usted..., Soledad será mi esposa.
--Tú te entenderás..., y yo no te perderé de vista.--La verdad es que no hay que matar al sastre en una hora... ¡Os queda mucho tiempo!--Tú mismo, aunque saliste bruscamente de la niñez, hace seis años, cuando se murió tu padre, y te volviste un somormujo, todavía no tienes edad de pensar en casorios.--Y, en cuanto á la mozuela... ¡ya ves tú!... catorce años... nada... una hierbecilla... ¡un diablo que os lleve á los dos!--¡Jesus! ¡tengo un hambre! ¡Debe de ser más de la una!...--Todo esto sin contar, mi querido hijo, con que D. Elías pasa de los sesenta años y se puede morir cuando Dios disponga.--¡Sesenta y cinco tiene segun mi cuenta!...--¡Además, ha habido muchos padres (yo recuerdo algunos) que primero han dicho que no y luégo que sí!...--Dios es grande y misericordioso: aprieta, pero no ahoga; y, en teniendo uno la conciencia tranquila...--¡Diantre! ¡La una en el reloj de la Catedral!--Anda... anda... démonos prisa; que hoy la sopa es de fideos, y ya estará Polonia echando venablos...--Chiquillo, ¿no me oyes? ¿en qué piensas? ¿tendré yo tambien que pedirte el abrazo de paz?--¡Pues te lo pido!--¿Estás ya contento?
Manuel abrazó, en cuanto era posible, la respetable mole de D. Trinidad Muley, y no contestó palabra alguna; pero en su noble y hermosa frente se leian temerarias resoluciones.
IX.
OPERACIONES ESTRATÉGICAS.
Desde aquel triste dia hasta la fecha del ruidoso lance que obligó á Manuel á salir de la Ciudad (para no regresar á ella en el espacio de ocho años, segun indicamos en el Libro Primero de la presente historia), cumplió nuestro jóven con asombrosa firmeza de carácter el vasto programa que habia concebido en el Camino de las Huertas y cuyos pormenores no creyó oportuno explicar al buen Cura de Santa María;--programa atrevidísimo y sumamente complicado (á lo que se vió despues), que contenia tres líneas paralelas de conducta: una para consigo mismo, otra para con el público, y otra para con D. Elías y Soledad.
Respecto de sí mismo, habia resuelto trabajar, ganar dinero, conquistar su independencia, no sólo para dejar de ser gravoso á su protector, sino para ir reuniendo un pedazo de pan que ofrecer algun dia á su adorada, seguro de que ella lo aceptaria gustosísima, dejando inmediatamente á D. Elías y sus mal ganados millones por los puros goces del amor y de la virtud, únicas bases firmes y duraderas de la felicidad del alma...
La Sierra, aquel tesoro que entónces no era de nadie, y al cual por ende tenian derecho todos, á título de aprovechamiento comun, fué tambien en esta ocasion el ancho campo de la actividad y gigantesco poderío del huérfano. Pero no ya para fantasear allí, corriendo inútiles peligros, ó para gozar á sus anchas de la libre vida de la naturaleza, sino para sacar abundantísimo fruto de las sábias y providenciales lecciones que le diera su padre y del propio conocimiento por él adquirido acerca de los misterios y riquezas de la maravillosa Montaña que en otra obra nuestra nos atrevimos á denominar «_la Madre de Andalucía_.»
Industrias allí olvidadas desde la expulsion de los Moriscos, ó en desuso desde la muerte de D. Cárlos III, y no pocos provechos y explotaciones que hasta época recientísima no han merecido la atencion de las gentes, sirvieron de objeto á la pasmosa inventiva y titánica laboriosidad de Manuel, el cual, sin ayuda ajena, por no divulgar secretos que poseia él sólo, fué juntamente herbolario, cazador con destino á la peletería, maderero de especies extrañas y preciosas, colector de bichos raros, cantero de jaspes y de serpentina, y lavador de oro.
Estas tres últimas faenas, especialmente, le produjeron pingües utilidades.--Hállase el oro en abundancia entre las arenas de un rio nacido en aquellas alturas, y si tal riqueza no ha bastado hasta ahora á convertir la comarca en una especie de Perú, consiste en que la operacion de extraer y _lavar_ dichas arenas es tan larga y penosa que cualquier hombre, trabajando doce horas al dia, apénas reune el oro bastante para costear el pan que se come... Y por lo que toca á los jaspes y á la serpentina, aunque se presentan á flor de tierra en los altos barrancos rodeados de eternas nieves, su arrastre es tan difícil y peligroso, que sólo raras veces y para la decoracion de suntuosas iglesias se habia acometido el arduo empeño de utilizarlos...--Pero ¿qué eran tales inconvenientes, tratándose de un hombre de los extraordinarios recursos de Manuel? ¿Quién vió reunidas nunca tantas luces naturales, tanta fuerza física, tanta agilidad y tan inquebrantable perseverancia? ¿Quién conocia como él la Sierra? ¿Quién estaba tan hecho á sus rigores, tan familiarizado con el laberinto de sus senderos, tan práctico en el modo de trepar á sus cumbres ó de bajar á sus hondos precipicios?--Desvió, pues, las aguas de sus cauces, construyó presas y balsas, condensó por decantacion las hojuelas y pajitas de oro, como hoy se hace en la California, y, por estos medios, hubo semana que recogió más de treinta adarmes del precioso metal...--Y, para conducir rodando, sin que se quebrasen, hasta el pié de la Sierra los jaspes y la serpentina, forró de grandes hierbas y de bien trabado ramaje sus pesadas moles, y las deslizó, á riesgo de morir, por las chorreras de las nieves derretidas (sin reparar en si eran más ó ménos practicables), precipitándose él detras de cada uno de aquellos artificiales aludes, cuando el ingente envoltorio caia dando tumbos de roca en roca, por haberse convertido el lecho de torrente en escalones de catarata...
En fin; para el resto de sus mencionadas industrias; para coger las hierbas medicinales más codiciadas ó los animalillos raros, de especies hiperbóreas, cuya piel se paga á altísimos precios; para enriquecerse con todo lo que produce aquella privilegiada region (donde simultáneamente reinan las cuatro Estaciones, segun la altura barométrica, y lo mismo se da el líquen blanco que el añil, el abeto que la caña de azúcar, el ajenjo que el café, el castaño que el chirimoyo), tuvo tambien que arrostrar fatigas increibles; tuvo que pernoctar en los eternos hielos; tuvo que bajar á pavorosas lagunas, jamás visitadas; tuvo que escalar inexplorados picos; tuvo que ser un verdadero Hércules, ó, cuando ménos, un Titan semejante al prodigioso Gilliat de Víctor Hugo.
Recogida la cosecha de cada cinco dias, Manuel se encaminaba los viérnes á tal ó cual puertecillo de la vecina costa, y allí vendia todo lo que le era dado transportar por sí mismo, ó contrataba la conduccion de las maderas, de la serpentina y de los jaspes que habia dejado reunidos en terreno relativamente bajo y accesible; con lo que el sábado por la mañana estaba de regreso en su Ciudad natal, llevando en el bolsillo un buen puñado de dinero, que dividia en tres porciones iguales: una, que entregaba á Polonia para que atendiese á vestirlo con gran lujo, aunque sin salir del estilo plebeyo; otra, que entregaba á D. Trinidad, para que le mantuviese (pues ya llevaba víveres á la Sierra) y para que aumentase el culto y esplendidez de la imágen del Niño de la Bola; y la tercera, que el jóven conservaba, para ir formando su tesoro particular,--lo cual quiere decir que reunia dos tesoros á un mismo tiempo; pues el digno sacerdote le iba guardando íntegras todas las cantidades que recibia de él, sin perjuicio de aumentar á su propia costa el culto del Niño Jesus, _por cuenta del alma_ de su pupilo, segun acostumbra á decir la gente mística...
De vuelta en la Ciudad, donde permanecia hasta el lúnes por la mañana, vestíase elegantísimamente y se dedicaba á ejecutar la parte de sus proyectos relativa al público. Reducíase ésta á lo que, en sus conversaciones con D. Trinidad Muley, llamaba él donosamente «_hacer justicia_», y tenía por objeto irse captando poco á poco, no ya la lástima y el cariño que siempre le tuvieron sus conciudadanos, sino su estimacion, su respeto, su obediencia, su temor... (en el sentido saludable de esta palabra), hasta llegar á ser, como fué muy pronto, el amo, el rey, el dictador de la Ciudad.
La _justicia_ sirvió en efecto de único resorte al hijo de D. Rodrigo Venegas para lograr tan alta magistratura de hecho; pero la justicia apoyada en la fuerza, la justicia inevitable y sin apelacion, la justicia acompañada de autoridad personal para ejercerla, y consentida y aplaudida por la opinion pública...--Más claro, y en más humilde estilo: Manuel dedicó durante tres años aquellos dos dias de la semana á destronar matones, á reprimir déspotas, á defender á los débiles contra los fuertes, cuando la razon estaba de parte de aquéllos, á sostener el imperio de la Ley, en los casos no justiciables por los encargados de aplicarla, y á corregir todo abuso, toda iniquidad, toda tropelía que trajese indignados á los hombres de bien.--Buscó en sus respectivos barrios, y en medio de su corte de vencidos, á los valientes y perdona-vidas más famosos de la Ciudad, y les echó en cara sus desmanes y desafueros, diciéndoles que no estaba dispuesto á consentirlos...--Observóse que, al proceder así, iba como siempre sin armas, y alguno quiso abusar de ello y acometerle puñal en mano... Pero, ¿de qué sirve el puñal á quien tiene encima al leon? Ni ¿qué importa al leon un poco de hierro en la mano de un hombre?--Rápido como la luz, Manuel cayó sobre el atrevido; tiróle en tierra al solo impulso de su violento salto; cogióle el brazo asesino con la tenaza de sus dedos, y se lo rompió como si fuera débil caña. Revolvióse luégo contra los demas...; pero encontróse con que todos eran ya sus vasallos y le aplaudian, miéntras que llenaban de injurias al maton caido, terror poco ántes de aquellas pobres gentes.
Casi ninguna otra prueba material tuvo que hacer el osado mancebo para que se le sometiesen todos los barateros de la poblacion. Donde quiera que habia riña ó tumulto y él se presentaba, era juez y árbitro del conflicto. Una mirada de sus ojos ó media palabra de sus labios bastaba para que se marchasen tranquilos los cobardes y llenos de miedo los valientes. Y como, además, en muchas ocasiones, transigia pleitos ó remediaba daños á costa de su bolsillo; como casi igualaba á D. Trinidad Muley en la abnegacion con que socorria al necesitado y compartia sus riesgos y dolores; como ya habia salvado la vida á más de una persona, luchando, ora con el incendio, ora con la epidemia, ora con la inundacion, resultaba que su predominio, léjos de humillar, era grato y parecia justo, á tal extremo que el vasallaje se convirtió en adoracion y reverencia.
Diferentes causas de índole muy distinta contribuian tambien á ello...--¿Cómo no? Su noble cuna, el recuerdo de su heroico padre, sus desgracias, su excéntrica vida, su identificacion con el Niño de la Bola, sus pocas palabras y precoz austeridad, su grave cortesía con los buenos, su hermosura, su elegancia, la buena sombra que le prestaba un padrino tan popular como D. Trinidad Muley, el no conocérsele vicio alguno, la misma idea de que Soledad le amaba, y en fin, hasta el presentimiento de que algun dia castigase á _Caifás_, desagraviando á tantas y tantas víctimas de su insaciable sed de oro..., eran parte á sublimarlo á los ojos del pueblo, á acrecentar su autoridad ó su prestigio, y á convertirle en un héroe de los que luégo salen en romances y relaciones.
Y, á la verdad, aquel adolescente medio salvaje tenía mucho de legendario y superior, áun en el órden moral y metafísico. El alma heroica que heredara de su padre, si bien abandonada á sí misma por falta de educacion literaria, habia sido pulimentada por el dolor, por la soledad, por el estudio reflexivo de la naturaleza y por la ardiente devocion que fué resultado de la especie de éxtasis en que pasó tres años consecutivos. ¡Siempre meditando y callando en aquellos dos templos (la Iglesia y la Sierra); ya entregado á su dolor de huérfano, ya á su odio al verdugo de su casa, ya al amor de Soledad, ya á estos tres afectos en pugna, habia llegado á adquirir un gran conocimiento de las fuerzas de su espíritu, por lo cual no era extraño que, áun siendo tan jóven, se sobrepusiese al de los demas!--Pasábale lo que á Jacob, despues de su lucha con el Ángel.
Finalmente: hasta en el órden material, cúpole á Manuel la gloria, á la edad de diez y nueve años, de acometer y realizar una gigante empresa que lo acreditó é idealizó más que todas las anteriores en el supersticioso concepto del vulgo.--Aconteció (y con esta anécdota daremos punto por ahora al interminable relato de las hazañas del hijo de Don Rodrigo Venegas) que en el crudísimo invierno de 1831 á 1832 corrióse hasta los abrigados barrancos del Sur de aquella Sierra un enorme oso, procedente de las montañas de Astúrias, acosado por el hambre, ó sea huyendo de las copiosísimas nieves que cubrian por entero las otras Sierras de la Península. Horribles estragos comenzó á hacer el animal en los rebaños y áun en las personas, bajando á la llanura á atacar á los caminantes cuando no hallaba presa en los rediles, y pregonada fué su piel en una respetable suma por todos los Ayuntamientos de la comarca; pero cuantas partidas salieron á cazarlo, volvieron escarmentadas á sus hogares, ó muy ufanas y satisfechas... de no haber sido cazadas por él.--Así las cosas, y cuando nadie se atrevia á salir de poblado, no ya en busca del oso, sino á los asuntos más precisos, amaneció un dia la fiera cosida á puñaladas en medio de la Plaza de la Ciudad.
Indudablemente, á juzgar por las huellas de todo el camino, el cadáver habia sido llevado á rastra desde la Sierra; pero no se sabía quién era el autor de tal hazaña, ni nadie se presentó á reclamar el anunciado premio...
--«_¡Manuel Venegas ha sido! ¡Sólo él tiene enjundias para estas cosas!_»--exclamó, sin embargo, la voz popular.
Y, en efecto, pronto se supo que el llamado _Niño de la Bola_ habia llegado aquella misma noche, todo cubierto de sangre, á casa de D. Trinidad Muley, y que el barbero de éste le estaba curando tres grandes heridas que tenía en los hombros y en la espalda.
Á duras penas hízose confesar al jóven que él habia matado al oso, y referir la espantosa lucha á brazo partido que vióse obligado á mantener para ello (todo, por su manía de entónces, de no usar armas de fuego, que calificaba de _alevosas_); pero, en cambio, fué enteramente imposible hacerle recibir el mencionado premio.
--Se lo regalo (dijo Manuel) á Nuestra Señora de la Soledad, á quien encomendé mi vida y mi alma en el momento de mayor peligro.--¡Cómpresele un manto nuevo, y hágasele una funcion de primera clase!
Fácil es graduar el entusiasmo que estos hechos producirian en el público. La Ciudad entera visitó al herido durante las cinco semanas que tardó en curarse, no sin que se trajese á colacion en cada visita la gloriosa muerte de D. Rodrigo Venegas, cuyas heroicidades tenian tan digno continuador en su bizarro hijo.--Y, cuando éste salió á la calle, y se encaminó á la iglesia de San Antonio, á dar gracias á la Vírgen de la Soledad, no fueron saludos, sino aplausos y aclamaciones, los que recibió de todo el vecindario.