El problema nacional de la educación pública · Capítulo real 2 de 4

CAPITULO IV

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 16 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO IV

LAS TRES ENERGÍAS SITUACIONALES QUE DEBEN

§ I — CONSIDERACIONES GENERALES

Del principio de la asociación emana el de solidaridad universal. Este principio, que comienza, apenas á ser consciente en ciertas especies animales como en las hormigas, en las abejas, etc., al llegar ala especie humana, alcanza un alto grado de desarrollo, y puede decirse que constituye el más poderoso resorte de su progreso evolutivo; debiendo atribuírsele más qne á otro alguno la superioridad de nuestra especie sobre toda otra especie sublunar.

Todo el secreto de la vida superorgánica reside en ese principio consciente de asociación, y sea que estos grupos sociales que llamamos na-

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ciones, pueblos, tribus, etc., hayan sido formados por la predicación ó por las conveniencias, ó hayan sido impuestos á los más tímidos, por la fuerza aue emplearon los más audaces; á él se ha debido que siempre esos agrupamientos resultaran ventajosos para los asociados y hayan terminado por constituir unidades permanentes, si no creadas, al menos, mantenidas por el consentimiento universal. De allí que fa vida en común sea un hecho natural, y que las sociedades humanas hayan podido constituir ese mundo, organizado en cierto modo, que llamamos mundo superorgánico.

El modo de organización ha debido ser en su principio muy imperfecto, naturalmente; pero cumpliéndose en él la ley de evolución, ha debido ir pasando ese modo de organización por una serie de etapas, más y más conformes al orden natural de las cosas, y ha debido llegarse en consecuencia, al través de millares de años, por supuesto, al tipo actual, en cuyo molde tienden á fundirse todas las naciones del globo, sin exceptuar ni las más atrasadas.

Según este tipo, que está por cierto, muy lejos de satisfacer los mirajes de la filosofía y de la ciencia, pero que tiene en su favor el asentimiento de considerables mayorías; en toda sociedad humana debemos distinguir, tres grandes intereses asociados con sujeción á un cierto régimen: los intereses materiales, los políticos y los sociales.

Los intereses materiales proveen á la subsistencia inmediata de los asociados; los políticos a la defensa de sus personas y derechos, y por último, los sociales, tienden á mantener en el organismo de la sociedad esa relativa in variabilidad de formar y esa fijeza de conceptos aue dominando en la generalidad de los asociaaos y en sus costumbres y en su modo de pensar y

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sentir, dan á cada estado social cierto carácter permanente, á cuya sombra hay para cada uno, campo de acción posible para el ejercicio de las propias energías.

Es condición general de cuanto existe, no sólo progresar, sino también contribuir al progreso de todo lo que vive y del medio en que se vive; y de allí, que el cuerpo superorgánico ó social sea variante en sus formas, y constituya una especie de ser vivo que progresa también, haciéndose cada vez más y más bien organizado y siempre adaptable, por sus propios perfeccionamientos, á los distintos estados y consiguientes necesidades de los individuos que viven en él y que, en cierto modo, lo constituyen en la condición de entidad orgánica y viviente.

Se hallará pues en cada individuo, respecto de esa entidad superorgánica, la cualidad de ser siempre, de uno ú otro modo, elemento industrial, político y social; si bien, el grado de desarrollo de estas cualidades dependerá en cada caso, del Estado político de cada país y de su grado de civilización y cultura.

En la producción de ese grado de cultura y civilización ha debido entrar como en todo adelanto, el trabajo de las generaciones anteriores. Cada individuo tendrá pues á más de sus propias energías individuales, otras nuevas cuya valía reside en el cuerpo social. Pertenecen al orden no de lo que somos, sino de lo que tenemos; son externas en cierto modo.

Estas energías son empleadas, como se emplea el capital venido de fuera y en razón principalmente, de la situación de cada uno en el cuerpo social y de la parte que toma en el desenvolvimiento general. Tales son las energías, industriales, políticas y sociales que vamos á examinar y que comprenderemos bajo la deno-

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minación común de energías situacionales á falta de otra más adecuada.

§ II — ENERGÍAS INDUSTRLVLES

ün producto industrial es un objeto material, que el hombre por su propio trabajo, ha hecho apropiado á la satisfacción de una ó más necesidades.

Las energías humanas, especialmente adecuadas á este propósito, y las que de algún modo se traducen en un procíucto industrial, son las que llamamos energías industriales.

Las energías industriales de cada individuo son la resultante de las energías propias, personales psíquicas y biológicas, que el cuerpo social reúne para todos y devuelve á cada uno en cierto modo y en la parte en que esas energías se aplican á la industria. Quien dice industria dice trabajo, pero dice al propio tiempo asociación de trabajadores.

Bajo el punto de vista industrial, cada hombre es un instrumento de trabajo útil, cuya labor está en conexión íntima con la que hacen los demás hombres en servicio del mismo fin. Si se atiende á las distintas clases de industria, cada una forma una industria aparte; y en cada una de ellas, cada centro industrial comprende varios grupos formando taller y entrando en cada taller varios operadores de diferentes aptitudes.

La energía industrial depende en primer término de dos elementos principales: el individuo que actúa, y el medio en que opera. De este segundo elemento resulta, que la energía industrial es de carácter esencialmente superorgánico, y que su existencia y desarrollo supone vida y progreso en la entidad superorgánica. Así se ve, que un mismo individuo puede en un

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lugar no ganar ni la comida, en tanto que en otro puede hacer fortuna rápidamente; todo dependerá de que sea adecuada la correspondencia, entre el individuo y el medio. Bajo este punto de vista podemos decir, que, toda la riqueza de un individuo consiste en descubrir el medio que le sea propio, y constituirse en ese medio á trabajar. Las emigraciones y las inmigraciones, conduciendo siempre al cambio de medio, pueden ser, en razón de este cambio y en más de un caso, causales efectivas de riqueza pública, para los individuos y para las naciones. No dependiendo, sin embargo la riqueza ni del individuo ni del medio, sino en cuanto se corresponden y se convienen estos factores; es fácil comprender, que, si esa correspondencia no se logra por las inmigraciones ó emigraciones pueden ser éstas causa de miseria y ruina.

Lo cierto es, que las cosas en sí mismas nada ^on: su ser estriba en que se conformen ó se aproximen en esa conformidad, al orden de relación necesario que, en todo y para todo, tiene la naturaleza establecido de antemano.

Las energ-ías industriales del individuo son pues la resultante de tres factores: el individuo, el medio social, y la relación de correspondencia entre uno y otro. Una tribu salvaje que habita un país pobre é inclemente, debe presentar el tipo más rudimentario de energía industrial. Allí, la industria extractiva, la comercial, la agrícola y la manufacturera apenas se manifestarán en su estado primitivo, y apenas serán suficiente esas energías, para el lleno de las más elementales necesidades.

¡Cuanta diferencia encontraríamos si de allí pasáramos á una de las grandes naciones que por su progreso y adelanto se hallan á la vanguardia de la civilización moderna! La industria, allí, se presenta como un organismo com-

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pleto, y su desarrollo ofrece todas las variantes: desde el humilde taller con un solo obrero y unas cuantas herramientas, hasta esas poderosas compañías que giran por millones y tienen bajo su dirección explotaciones diversas, situadas aquí y allá, en distintos puntos del globo y, comprendiendo en cada una de ellas, agrupaciones numerosas de conductores, agentes y operarios á cargo de los más vanados trabajos, y formando, en algunos casos, verdaderas poblaciones con solo el personal industrial.

Allí están las grandes explotaciones mineras; los plantíos inmensos con muchos kilómetros cuadrados en cultiv^o; las grandes fábricas provistas de maquinarias y capitales suficientes pnra producir millones de toneladas de artefactos.

Allí también las grandes compañías de navegación y de ferrocarriles, etc.; y en fin las poderosas casas de Banco y las empresas de monopolio, donde se centralizan las transacciones comerciales del mundo entero. Tajnbién debemos mencionar las empresas de trabajos públicos, las compañías telegráficas y muy particularmente las de cables submaiinos que tanto ha permitido cambiar la faz de la civilización moderna, haciendo de toda la humanidad una sola familia, á favor de la comunicación instantánea establecida entre los puntos más alejados del globo; todo, como si allá en el porvenir de la especie, se hubieran de borrar las fronteras entre las naciones, como ya se han borrado las que un día existieron entre las tribus primero y luego entre los feudos y las ciudades, hasta que se llegó á constituir las nacionalidades actuales.

La industria, pues, no sólo es el agente que procura la paz individual, allegando al individuo medios de satisfacer sus necesidades, sino que, con el tiempo tiende á ser agente de paz

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universal. La industria dará a las sociedades los medios de llenar sus destinos; y la guerra, con su cortejo de lágrimas y sangre desaparecerá, cuando impere por completo el espíritu industrial.

Debemos pues procurar la educación de las energías industriales y nada hay más aparente para lograrlo, que ejercer siempre la industria, trabajar para ganar, ser industrial en una palabra y hacer del trabajo, en todo caso, el título de honor más preciado. Desde niños debemos educarnos en la vida industrial, manual, cualquiera que sea nuestra fortuna y nuestro rango. Sin la vida industrial no es posible adquirir la iutuición real del vivir.

El estudio, sin el trabajo industrial, es deletéreo; sólo sirve para formar zánganos diplomados ó espíritus desequilibrados que hacen mucho daño á la sociedad.

III — ENERGÍAS POLÍTICAS

En la constitución del mundo superorgánico hay, aparte de lo que se debe á las ideas, usos y costumbres, mucho que considerar y que sólo depende de las leyes positivas y de las instituciones que se rigen por esas leyes y que mantienen conforme á ellas cierta relación de dependencia entre todos los individuos. Esas leyes y esas instituciones dan nacimiento á un cierto medio exterior que podríamos llamar el medio político.

Dentro del medio político, nacen para cada individuo, acciones y reacciones cuyos agentes productores constituyen las energías políticas, variables de un país á otro, y en cada país, va-

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riables también de uno á otro individuo. Estas energías políticas nacieron sin duda, á favor del dominio que ejercieron por la fuerza, los más audaces sobre los más tímidos.

A medida que la Civilización ha ido poniendo en claro los derechos del hombre, el círculo de las energías políticas se ha ido ensanchando; y día á día va aumentando el número de los que ejercen esas energías, y aumenta también su campo de acción y el alcance de sus efectos. Es así como el hombre, ha ido poco á poco reconquistando el derecho de ser persona; y así, poco á poco, ha ido dejando de ser cosa, como en un tiempo lo fué y todavía lo es, en cierto modo, en todos los países, si bien en grado diferente.

Las energías políticas han contribuido mucho al nacimiento de nuestras modernas sociedades, reuniendo en ellas ciudadanos libres en lugar de subditos y esclavos, siervos, vasallos, etc., que se hallaban en las antiguas sociedades.

Ese pasaje del esclavo al siervo, de éste al vasallo primero y luego al subdito y por último 'al ciudadano, ha demandado el concurso de muchas energías políticas y el sacrificio de víctimas muy ilustres y en gran número. Para lograr esos resultados hubieron cruentas luchas hasta que con la inmortal revolución de 1789 nacieron los ciudadanos de las sociedades actuales. En esa revolución santa se derramó mucha sangre, pero no la suficiente, sin embargo, cuando hay todavía hombres que pretenden mantener la irrisoria teoría de ejercer sus funciones, en nombre de derechos que ellos llaman divinos, como si pudiesen ser divinos los crímenes que aquellos reyes cometieron, y que quedaron impunes porque las víctimas inmoladas no tuvieron quienes reivindicaran sus derechos.

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Son, pues, las energías políticas muy valiosas y tanto, que de ellas depende ser persona y no cosa, en el mundo superorgánico. Por eso, se hace indispensable que esas energías se eduquen y se desarrollen debidamente. El pueblo que no se preocupa del cultivo de esas energías políticas carecerá bien pronto de toda libertad, y sus tiranos sólo le dejarán los derechos del animal, y todavía esto reducido únicamente á lo suficiente, para que puedan dar con su trabajo y con su piel, como tales animales, toda la utilidad que exijan sus amos; que también dispondrán de sus vidas, cuando lo consideren necesario al servicio de sus intereses ó de sus caprichos simplemente.

En los pueblos donde las energías políticas no pueden desarrollarse libremente, no hay hombres; sólo hay cosas. La tiranía no permite la personalidad sino al tirano; lo demás es cosa, más ó menos estimable, pero cosa solamente. En esos pueblos no hay libertad política ni religiosa; ni hay garantías suficientes para la propiedad, la honra y la vida. El gobierno y el pueblo son dos entidades que se odian y se temen, y la nación se ve arrastrada perpetuamente de la demagogia á la aristocracia, y de ésta á aquella; viéndose siempre tiranizada, ya por masas desbordadas, ya por gobiernos corrompidos ó tiránicos, que dejan consumar en su nombre y á la sombra de adulaciones y bajezas mil, crímenes de todo orden.

Debemos, pues, para evitar tamaños males educar nuestras energías políticas y cultivar su desarrollo. Para ello precisa tomar parte en la política y ver así prácticamente, por sí mismo, como funcionan las instituciones y el modo cómese cumplen las leyes y los inconvenientes que resultan en la práctica; en una palabra, debemos hacer algo para darnos cuenta del mecanismo

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{)olítico en que vivimos, cumpliendo desde luego as leyesen lo que nos toque cumplirlas.

Si procedemos así, y sobre todo si nos limitamos á ello, sin hacernos políticos de oficio v sin dejar de vivir de nuestro trabajo; y si educamos también las otras energías á la par que las políticas, seremos, bien pronto, elemento ciudadano útil, y libraremos al país y á nuestras familias de muchos males.

En los tiempos en que vivimos y gracias á los innumerables mártires sacrificados en aras de la libertad, existe ésta en América, en dosis y grado suficientes para gozarla por entero, si se saben emplear las energías propias, convenientemente. El cumplimiento de los deberes cívicos, es desde luego, lo que primeramente debe hacerse para adquirir completo derecho de exigir á los demás, muy en especial á los que mandan, que cumplan por su parte esas leyes, en cuyo nombre piden á otros obediencia y que ellos mismos están muy lejos de acatar. En la República, sólo la ley está encima de los ciudadanos, y gobernantes y gobernados le deben estricta obediencia; nadie, pues, tiene drerecho de eludir sus mandatos.

Las instituciones republicanas descansan en la evolución libre y franca de estas tres manifestaciones de la vida social: la opinión pública, la elección y la ley. Pues bien, si estos resortes no funcionan correctamente, todo el sistema está perdido y la forma republicana queda debajo de cualquiera otra forma de gobierno. — Por eso precisamente, en la República, es indispensable tener: prensa libre y honrada; hábito de escojer á los mejores ciudadanos y cooperar á su elec-

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ción; y leyes justas y sabias que normalicen la vida de la sociedad. Las energías políticas deben pues procurar esos tres factores de vida nacional y conservarlas como el más valioso tesoro de una nación.

La prensa no puede ser honrada ni libre donde no se estiman tales cualidades; donde los periódicos venden sus artículos al que mejor los paffue, y propagan el error y la calumnia, ó cañan la verdad y la ocultan, cuando así conviene á determinados intereses: donde en fin, esto puede hacerse sin temor ae incurrir en el ^ desprecio público, y con la seguridad de no causar con esos procedimientos la ruina del periódico, ni el retiro de la mayoría de los suscritores. Cuando esos frenos no juegan resulta tal periódico para tal público, y esto precisamente porque tal público es para tal periódico.

Nada tiene de extraño que un grupo de bribones encuentre unos cuantos miserables para hacer la propaganda del error y lucrar con ello. En todos los públicos de la tierra hay estos grupos, y hay periódicos que los sirven; pero al lado < le esos periódicos que el público desprecia y conoce, hay casi siempre unos pocos periódicos se rios, honrados, decentes que jamás mienten á conciencia de hacerlo, y que si son inducidos en error por cualquier circunstancia y este error se pone en claro, son ellos los primeros en contribuir á que la verdad brille y la justicia se haga. De ese modo, resulta siempre para la opinión pública un órgano por lo menos, donde fmede manifestarse tal como es. Contribuye á a existencia de ese periodismo honrado, la concurrencia de suscritores capaces de esa clase de publicaciones que expresan sólo la verdad; y á esa situación se llega en todo caso con el hábito

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feneralizado de leer y juzgar, con criterio sano, e los hombres y de las cosas; y á su vez, este criterio y este amor á la lectura y esta costumbre de suscribirse á los periódicos, son causados por la existencia de esos periódicos, bien servidos en su parte material y noticiosa y honradamente dirigidos, por directores y redactores, que sólo están al servicio de la opinión pública

Íno de grupo alguno de negociantes ó de briones que persigan determinado interés.

Nada pues más patriótico que cooperar á la

existencia.de esa prensa libre y honrada, que

tanta falta hace en muchos pueblos de la Amé-

* rica y que tantos males evita cuando existe.

Es asunto de asociación y empeño.

En materia electoral, es también indispensable poner todo interés en que se realicen las elecciones para los puestos públicos de todo orden, en verdad y justicia, y para que los electores no dejen de votar, ni al hacerlo sea ello sacrificando las propias convicciones ó dejando de honrar lo honoraule, y mucho menos alentando con sus votos á quienes carecen de títulos para merecerlos. Lo esencial, sin embargo, es no aejar de concurrir á votar; pues cuando existen las mayorías, es imposible que surja lo que no merece surgir. Cuandotodos concurren al certamen, sólo el mérito puede imponerse; y su triunfo, que debe ser siempre el desiderátum del buen ciudadano, se obtiene necesariamente.

La ley, finalmente, debe preocupar á las energías políticas. Sin buenas leyes, no es posible ni la justicia, que es lo esencial, ni el conveniente desarrollo de las fuerzas económicas del país. Para lograr el beneficio de las buenas leyes, es

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preciso que sean conocidas las que se dictan y juzgadas sus disposiciones, con criterio independiente j sereno, procurando según el propio juicio que se corrijan los defectos que tuvieran y se den las leyes que hagan falta; y, nada es más eficaz para lograr este resultado que el hábito de interesarse todos en que se den buenas leyes y se abroguen ó modifiquen las malas.

El cumplimiento honrado de la ley j la confianza en el juego libre de las instituciones nacionales, son las lleves del orden y la libertad; sin aquellos dos resortes, la libertad y el orden se reducen á puros nombres, sin significación

f)ráctica alguna. No tarda entonces en aparecer a fórmula estúpida y villana de la paz á todo trance; fórmula inventada, para dejar a los que gobiernan campo ancho de pisotear todas las leyes y armarse de todos los poderes para quitar á los ciudadanos sus libertades y para suprimir á los que sean estorbo de los que mandan ó reproche vivo de su incapacidad, inactividad, desentendencia ó criminalidad, que de todo esto suele haber en las repúblicas de América. Es entonces que los periódicos del gremio, sueltan la vieja fórmula de tiranuelos y alcornoques: la paz es el supremo bien.

Piensan, sin duda, esos tales, que una nación y un grupo de idiotas son una sola y misma cosa. Cuando las energías políticas no están atrofiadas en un pueblo, entonces: el orden y la libertad brotan de todos lados y su imperio es inconmovible, porque descansa sobre la base sólida de la opinión pública y la ley, constantemente vivificadas por la elección que hacen de los más aptos, las mayorías ciudadanas.

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§ IV — ENERGÍAS SOaALES

Las energías sociales nacen de ciertas influencias íntimas que eierce el medio superorgánico, respecto de cada uno de los individuos que lo constituyen. Las costumbres, los usos, las creencias j el modo de ser general, imprimen á la sociedad humana, en cada caso, una fisonomia especial, que distingue y caracteriza cada centro de la vida superorgánica. Y así como por las exigencias industriales y las políticas, se diferencian unos de otros los pueblos de la tierra; así también, por las energías sociales se pueden distinguir unos pueblos de otros, en cada nacionalidad. Siempre se encontrará en ellos, diferencias en más ó en menos, por sus usos y costumbres, así como por sus creencias generales, que siempre dependen de los intereses que nacen de la relación entre esas creencias y la clase de apoyo ó de resistencias que de ellas dimanan para los asociados individualmente.

En un pueblo cuyos habitantes están dominados por ideas fanáticas, no debe esperarse que se puedan poner con éxito en ejercicio otras energías que las que se conformen á esas ideas, que constituyen aspiración general y forman el medio ambiente, ae la posibilidad de alcanzar resultado. En un lugar de esas condiciones es: muy natural que cada uno, cual más cual menos, tienda á mantener ese estado de cosas, y que sea necesario para cambiarlo, que sobrevengan acontecimientos extraordinarios y aparezcan hombres superiores que acometan esa empresa y logren producir reacción en los ánimos; todo lo que, no se alcanza jamás sin luchas más ó menos serias.

Un pueblo en que domina la idea de enriquecerse, lleva á todos por ese camino; y las ener-

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gías que se ponen en juego obedecen necesariamente á esa influencia. Asi también, en un pueblo ambicioso de poderío, despiertan más fácilmente las energías políticas: allí, el amor á la f loria tendrá más influencia que el amor al inero.

En los pueblos que han alcanzado muy alto grado (fe cultura y han podido gozar de los beneficios de la paz, es muy natural que dominen los sentimientos más elevados: allí, se respeta el derecho ajeno y se tiene mucho celo para la defensa del propio; y las relaciones tienden más y más á ser corteses, afables y sinceras. Las maneras cultas, el gusto delicado y el sentimiento estético toman allí sensible desarrollo; prosperan la literatura, las bellas artes; y, en fin, todo lo que tienda á hacer más y más estrechos los vínculos que unen por una estimación común y sincera á los asociados.

En los pueblos que nunca gozaron de paz; donde las tiranías han imperado sin interrupción; donde las capas sociales cambian bruscamente trayendo á las alturas lo más bajo de los bajos fondos, sin esa purificación previa que sólo el trabajo es capaz de dar: allí, decimos, abundan de todos lados, las maneras groseras y los modos inciviles; allí, el cinismo reina y el mérito queda debajo del demérito; y mezclados, en confuso desorden, lo bueno con lo malo, lo grande y lo pequeño; allí, el buen gusto no campea, las bellas artes no tienen estímulo y el criterio público brilla por lo extraviado ó por lo insustancial.

Es entonces, que se tocan esos niveles de depresión social, en que el malestar general se hace insufrible y todos van en busca de ideales nuevos; y es también entonces, que se concluye á veces por hacer un esfuerzo, que cambie el rumbo de las cosas y restablezca el equilibrio, hundiendo en el fango de que salieron y que

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el acaso arrastró á las alturas, todos los malos elementos incrustrados en la sociedad.

Cuando se alcanza esta época, la sociedad da un paso más en la vía del progreso, y las ener-

fías sociales de cierto orden, que antes del camio no podían vivir toman plaza y se desenvuelven fácilmente.

CAPITULO VI

LAS TRES CLASES DE EDUCACIÓN

Principios, reglas y modos constituyen toda clase de educación. Principios que comprender, reglas que conocer y modos que adquirir: tales son los factores de la perfectibilidad humana.

El hombre, la familia, la patria y la humanidad son las entidades suceptibles de educarse; y esa educación se realiza siempre, naturalmente y de modo necesario.

El hombre, como elemento constitutivo de la familia, de la patria y de la humanidad, es quien recibe más directamente la acción educativa, y es en su personalidad donde esa educación se presenta más variada y compleja.

Las energías orgánicas, situacionales y psíquicas marcan los campos de acción en que deben desarrollarse. Son estos: el industrial, el social y el puramente especulativo, sea filosófico ó científico; y es forzoso para que la educación sea completa que se cultive en estos tres modos; pera es también indispensable, para que la educación sea provechosa y racional, seguir en ella precisamente el orden indicado; y en consecuencia: ser hombre de negocios, capaz de ganar la vida; ser, en segundo lugar, hombre de sociedad, es decir de relaciones y simpatías entre los demás y serles útil, y agradable; y por último, es in-

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dispen sable, cuando se ha alcanzado á ser elemento industrial y social, procurar ser elemento dirigente] esto es. tener espíritu, ilustración, miraje, en fin, cultivando la educación intelectiva y artística, de modo especial si hay facultades para ello. Entonces se puede dedicar algún tiempo á las Humanidades y al arte, á la filosofía y á las ciencias.

Mas, cuando no se ha hecho antes la educación industrial y la social, no debe pensarse en la educación clásica, absolutamente. Proceder de otro modo es formar hombres desequilibrados, ignorantes diplomados, incapaces de ganar la vida, y por consiguiente, de la más funesta influencia para sí y su familia, y la mayor amenaza para la paz y el adelanto de la sociedad en que viven. Muchos males sociales radican precisamente de este vicio capital del sistema educativo.

En la educación industrial, aparece el individuo, principalmente como ájente productor de riqueza, como máq^uina de ganar dinero para satisfacer las necesidades de la vida. En esa educación, es preciso aprender únicamente á hacer trabajo remunerado, que proporcione los medios de subsistencia, sin los cuales no puede haber ni libertad, ni salud, ni dignidad personal, ni nada en fin. Sólo es libre el que tiene la aptitud de ganar dinero, en cantidad suficiente al lleno de sus necesidades; y á eso, sólo lleva la educación utilitaria.

En la educación social, se complementa la industrial; el individuo, aparece como elemento grato á los demás y se hace objeto de sus simpatías, merced á su buen trato, maneras cultas y adornos y cultura artística. Oon ello es fácil conquistar la buena voluntad de nuestros semejantes y ejercer sobre ellos cierto ascendiente, que hace agradable la vida y amplía el campo de los negocios mismos.

>f^> EL PROBLEMA

Kn la educación clásica, alcanza el hombre su rnayor altura y explendor, v puede llegar á ser f',]f'W(Tiíi4} dirigente de la sociedad misma, si la naturaW;za lo ha dotado de altas facultades. Maft, ]H)r lo mÍHmo, esta clase de educación no debe procurarse, sino cuando las dos anteriores H4', han logrado jK>r entero, y cuando, además, los hechos han com[)robado que se poseen las altas cualidad(;s qu(; son indispensables para procurarse esa clíise de cultura. Cuando es dado proIKirínonarse por entero estas tres clases de educa(;ión, se logrará alcanzar el tipo más alto del hombre (fducado, y con ello, se tendrá:

1." Hábitos, aptitudes y capacidad para el trabajo útil remunerativo.

2/' Conciencia y conocimiento exacto del propio delxír, y sííntimiento vivo de su libertad personal V de la consiguiente responsabilidad, en tíxlas las situaciones de la vida.

:j." Alto nivel intelectual, y conceptos é ideales superiores, que permitan al espíritu acostumbrarse á vivir en las regiones de lo bueno, de lo bello y (le lo grande, tanto como lo permitan las propias facultades.

En (íl libro siguiente nos ocuparemos de estas tres clases de educación que llamaremos respectivamente industrial, libre y clásica, y que también podríamos llamar obligada, libre y clásica, aludiendo para ello á que la primera, por ser indispensable á satisfacer la necesidad de vivir, es por su naturaleza obligada y nadie debe dejar de obtenerla; y la segunda porque no so halla en la condición de la anterior, siendo libre por su naturaleza misma y por la manera de ^lograrla, que no supone las obligaciones y reglamentaciones de la anterior. La última explica bien su significado, por su elevado carácter y muy especial objeto.

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CONCLUSIONES GENERALES

1.^ La educación consiste en adquirir conocimientos, modos de ejecución y hábitos de actuar, en calidad y condiciones suficientes para ejercer en el mundo sus propias energías psíquicas, orgánicas y situacionales, obteniendo el máximo de efecto útil con el mínimo del esfuerzo.

2.^ En la educación de las propias energías, hay una parte que depende del medio social; pero hay otra tan importante como aquella, que depende exclusivamente del propio individuo. Resulta en consecuencia, que hay en éste la capacidad y el poder suficiente de hacer su educación, si así lo quiere, y que está, en todo caso, de ese lado su conveniencia y su deber.

LIBRO II

SOLUCIÓN DEL PROBLEMA DE LA EDUCACIÓN

PÚBLICA

Capítulo I. — Carácter de la educación industrial. Capitulo II. — El capital tiempo.

Capítulo III. — Grados de la educación industrial ú obligada:

Lo elemental: Materias de enseñanza — Distribución de estudios — Los alumnos libres.

Lo técnico.

La práctica. Capítulo IV, — Consideraciones especiales sobre la educación industrial:

Educación y salario.

Instituciones de educación industrial.

De los profesores de educación industrial.

De los programas de enseñanza. Capítulo V. — La educación libre. Capítulo VI. — La educación clásica. Capítulo VIL — Los tres modos directos de aprender.

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EL PBOBLEMA NACIONAL

LR EDUGHCIÓN PÚBLIGR

LIBRO II

Solución del problema de la educación

CAPITULO I

CARÁCTER DE LA EDUCACIÓN INDUSTRIAL

La educación industrial es la que nos conduce á ser elemento productor en la sociedad; y por eso, es la primera que debe procurarse el individuo. Necesita éste, para ser factor útil en la colmena humana, adquirir aptitudes, conocer

Í)rincipios j sujetarse á reglas conducentes á aproauccion déla riqueza; es decir, ala fijación en objetos materiales, de las cualidades de situación, de forma, de fuerza, 6 de apariencia, que hacen á esos objetos adecuados para el lleno de necesidades humanas, y les dan con ello valor y en el sentido económico de esta palabra.

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Para lograr esa educación, es forzoso poner en tortura nuestras energías psíquicas, orgánicas y situacionales; es preciso que esas energías trabajen y se desarrollen, se eduquen, en una palabra, muy princij)almente, en vista de hacerse capaces de producir riqueza material efectiva, que se traduzca en dinero sonante con que poder sufragar á las propias necesidades. Es pues por su naturaleza misma de carácter obligatorio, para todos, la educación industrial.

La necesidad de la educación industrial radica en que todo hombre tiene aptitudes productoras; que, á saberlas emplear, le serían suficientes para atender á la satisfacción de sus necesidades y para procurarse los goces y satisfacciones de la vida, tales como corresponden á su ser psíquico, capaz del concepto y la idea, el sentimiento y el arte.

No entra pues en lo natural, por mucho que sea corriente, que hayan pueblos enteros donde una buena parte de su población carezca de los beneficios de la educación, resultando de ello (jue la miseria ó al menos la escasez hace sentir sus funestos efectos, precisamente, donde hubiera sido fácil gozar de riqueza y abundancia, con una educación adecuada. Tienen en esos resultados, los particulares, mucha culpa; pero maj^or es la que pesa sobre el Gobierno y los legisladores, y sobre todas las clases dirigentes, muy especialmente las ilustradas. De esas clases parten las energías que imprimen sus rumbos á la actividad individual, que forman las instituciones de educación y que les dan su organización y sistema; y por consiguiente, son ellas las que hacen posible ó no, sin grandes esfuerzos y sacrificios, esa educación. Sin esa acción inteligente y benef actora de las clases dirigentes, no es posible la educación industrial; pues necesita ésta de instituciones apropiadas,

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de maestros que enseñen efectivamente, de escuelas y colegios adecuados, de talleres y factorías especiales, y de academias que estimulen y fomenten los conocimientos imperfectamente adquiridos, ó que por su propia naturaleza deben continuarse cultivando libremente y durante cierto tiempo. Sin esas condiciones, la educación degeneraría en teórica y superficial, y el charlatanismo y la pedantería sería lo único logrado.

Quiérase deveras cambiar la faz de un país

Eor medio de la educación, y muv pronto se abrá hecho nacer en todos el espíritu industrial; se trasformaría en riqueza y abundancia lo que antes fuera miseria y escasez; y un espíritu serio y de empresa, sustituirá el charlatanismo y la ligereza de carácter, que siempre engendra una educación inconveniente y superficial.

Ya hemos dicho que toda educación abraza principios^ reglas y modos-, y ahora agregaremos que, en la educación industrial, son los modoSy lo esencial de adquirir. No debe pues hacerse acopio de reglas ni de principios, sino úni- .camente en lo necesario é indispensable de unos y otros. En esa educación están de más las reglas no pertinentes y huelgan los principios, aún los necesarios, siempre que sea posible suplirlos con simples postulados, y en ciertos casosL, con verdades empíricas únicamente. En la Educación Clásica pasa todo lo contrario; eji lá Social, puede siempre arreglarse á un término medio fácil de encontrar.

En la educación industrial es, pues, necesario, ante toda cosa, adquirir la aptitud de hacer bien, de ejecutar cumplidamente, tarea concre-

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ta y determinada: toda teoría, todo razonamieDto ño indispensable para dar ese resultado, carece de objeto v causa daño. De otro lado, el empleo del tiempo es el primer agente de esta educación: pues por si solo, ese empleo, si es bueno, es una lección viva y constante, sobre su valor y modo de utilizarlo.

Todo en la educación industrial debe subordinarse al objetivo de la remuneración y del provecho: y así, una buena ejecución y un tiempo bien empleado, que conduce á uña remuneración conveniente, afirma en el propósito de seguir en esa senda y contribuye á formar las intuiciones de lo económico, completas y suficientes, y á despertar el sentimiento de la utilidad y el provecho: intuiciones y sentimientos indisI>ensables, para progresar en la vida de los negocios. En esa educación, las propias energías deben tenerse en constante ejecrcicio, encaminándolas de todos modos y maneras, á su incremento potencial*en el individuo y á su máxima estima en* el concepto de los demás, porque así se logra aumentar su valor intrínseco y también que su precio ó valor en cambio, aumente en proporción.

La educación industrial no mira edades: á todas alcanza siempre, y también á todas las condiciones sociales de la vida; el que no tiene esa educación debe adquirirla, ya sea joven ó viejo y ya tenga fortuna ó carezca de ella. Es esa educación necesidad orgánica principal, y necesidad psÍQuica, tanto como económica. El cielo impuso el trabajo al hombre como condición esencial de su existencia; sin él, no hay salud ni para el cuerpo, ni para el espíritu. Sólo con el trabajo, evitará el pobre la miseria y el rico los horrores del fastidio, y la nostalgia que engendra la conciencia de no ser digno de vivir. Solamente honra y satisface, la posición que

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se gana con el propio esfuerzo, y sólo degrada el raquitismo, en lo físico ó en lo moral.

Es preciso que el niño, desde que inicia su educación, entre J: y 6 años, perciba de algún modo las nociones de precio y de valor, en su sentido económico; que vea, que diariamente cumple el deber de realizar cierta cantidad de trabajo, ejecutado con sus propias manos y que debe ver acumulado bajo la forma de utilidad en objetos materiales, y vea también que esto le es retribuido semanalmente y en cierta proporción, relacionada al esfuerzo y á la calidad del artículo. El joven de más años ya, podrá com-

f)render mejor lo que significa eltralbajoyelsaario y además sentirá su moralizadora acción y percibirá algo del ilimitado horizonte de esperanzas que ofrecen al hombre que sabe amarlos y conducir sus energías convenientemente en procurárselos; y cuando ese joven haya terminado su educación, y entre dg lleno en el torrente de la vida real, nada le tomará de nuevo; y, armado como se halla de todos los elementos que lo hacen capaz de producir, irá al trabajo siempre, gozoso y lleno de esperanzas, seguro de sí mismo, y sabrá conquistarse una posición independiente y estable.

Podrá todavía darse un tiempo, pequeño, pero diariamente, para continuar cultivando su educación en lo social y aún en lo clásico si se siente con afición y facultades para los altos estudios. Se le facilitará ese propósito, si desde niño se le ha acostumbrado á atender á la vez al trabajo para ganar salario y al estudio para cultivar su espíritu y encaminar su educación en ese sentido.

90 EL PROBLEMA

La educación social y la clásica, tendrán entonces razón de ser: serán el necesario complemento para llevar á su más alto desarrollo las cualidades del individuo, muy particularmente si hay en él alguna ó algunas superiores; y cada ciial tratará de cultivar esas cualidades con tanto más empeño, precisamente, cuanto que por la educación industrial ya adquirida habrá asegurado de antemano el bienestar y la holgura quizá.

Como todo hombre tiene necesidades y el deber de sufragarlas con sus propios esfuerzos, es evidente que la educación industrial debe ser obligatoria y el Estado debe procurar en todo caso, que se dé á los asociados con la mayor perfección y en la más ancha escala. La educación industrial es pues, la columna más firme en que debe apoyarse el poder de una nación; por lo mismo que es la que mejor asegura á sus habitantes contra los horrores de la miseria y el hambre. Escuelas primarias, preparatorias y técnicas, colegios, facultades profesionales y academias, laboratorio químico, anfiteatros, gabinetes de experimentación, muestrarios, museos, jardines botánico y zoológico, bibliotecas adecuadas de diccionarios ilustrados y libros sujetos á plan didáctico sucesivo y gradual, monografías y demografías sobre todos los puntos que deban consultarse, maestros y consultores en todos los ramos; todo, todo eso y más aún debe existir, en las mejores condiciones, en un país que quiere tener educación industrial.

Las energías humanas psíquicas, orgánicas y situacionales, tienen en la educación industrial ancho campo para su desarrollo y cultivo, y aun cuando esas energías han de educarse to-

DE LA EDUCACIÓN PUBLICA 91

da la vida y encuentran en la educación social y en la clásica su teatro mejor, es forzoso que se comience su desarrollo desde los primeros años, con la educación industrial. Siempre se logrará en este período adquirir el hábito de emplear su tiempo, parte en ganar la vida y parte en cultivar la educación personal que jamás debe dejarse de la mano.

CAPITULO II

EL CAPITAL TIEMPO

El tiempo es el primer capital circulante ó de habilitación, que encontramos en el mundo. Su distribución y buen empleo debe, pues, preocuparnos siempre en todo asunto y muy especialmente tratándose de la educación. De ello dependerá que el hombre, como máquina productora, rinda su máximo de efecto útil y pueda al propio tiempo, conservarse en estado de robustez y salud que asegure su funcionamiento sucesivo.

La experiencia es la única que puede enseñar el buen uso del tiempo. A ella se refería Kant cuando preconizaba la división del día en tres

Seríodos iguales, de 8 horas cada uno, destinánolos respectivamente al sueño y al trabajo dos de ellos y el útimo al descanso y pasatiempo, alimentación, aseo, higiene, etc., etc. Cada cual puede comprobar por sí mismo las ventajas de ésta división del tiempo, tratándose de adultos. Los niños no podrían conformarse á tal distribución: el sueño, en ellos, demanda 12 horas y las otras 12 deben gastarse en sus juegos y retozos, que son los medios que la naturaleza les tiene señalados para completar el desarrollo de su organismo.

02 EL PROBLEMA

No obstante, de cuatro aséis años, pueden soportar trabajo sin peligro alguno, con tal que sea variado y ligero y no pase de una hora, en lo físico, y de otra hora en lo intelectivo. De seis á ocho años, esos plazos se pueden doblar con tal de que en lo intelectivo no se salga de cosas sencillas siempre y que sólo dependan déla imaginación, de la memoria y de la imitabilidad (así la llamaremos) que tienen todos, como facultad primordial; facultad sin la cual no se explicaría el aprendizaje de los idiomas, en que se inician los niños desde que aparecen á la vida, y que realizan por entero mediante la imitación de los gestos y sonidos que se producen en su rededor.

Entre ocho y diez años se puede contar con 3 horas de trabajo intelectivo y 3 de trabajo físico, siempre con ciertas precauciones de dosis y calidad; pero desde los diez años hasta los catorce los niños soportan holgadamente 4 horas de estudio y 4 de trabajo; siempre por supuesto, sabiendo elegir las materias, modo del estudio y las condiciones del trabajo físico. Pasados los catorce años, es posible emplear 5 horas en el estudio, pero no es esto necesario si las 4 son bien empleadas. En el trabajo físico no es prudente pasar de las 4 horas tampoco, porque el niño tiene necesidad de todas sus fuerzas para crecer y completar su organismo por entero. Pasados los veinte años el trabajo debe primar sobre el estudio; y en esa edad es indispensable rendir 8 horas diarias al trabajo remunerado. Desde esa época de la vida, no debe tampoco prescindirse de destinar diariamente dos horas á la lectura y una al cultivo del arte.

En armonía con estas ideas, hemos formado el cuadro que sigue, respecto de la distribución del tiempo, tal como la encontramos ser la más conveniente.

DE LA EDUCACIÓN PUBLICA

Cuadro de la distribución del tiempo segün las edades

Xlmpleo de las horas

Edad i

de laa

8 á lo

1 personas

Desig^nación de tarea

4á6 afíos

6á8

> • • •

ioá2o

20 y máí»

Vida psíquica Lectura

Estudio

Razonamiento

Jueeros v arte

1 5 ; IG

....

Total

Vida social y económica Trabajo remunerado.. Descanso y pasatiempo

Total

Vida orgánica Alimentación

Higiene y baño

Sueño

Total

Vida psíquica

Vida social y económica

Vida orgánica

94 EL PROBLEMA

Según este cuadro resulta que para el niño de cuatro á seis años, hay 3 horus aiarias aplicables á su educación y una para iniciarlo en la ganancia de salario. Así también, para los niños de seis á ocho años hay 4 para la educación y 'Z para el saUírio; y para los de ocho á diez y los de diez á veinte años resultan 4 para la educación y 4 para el salario, quedando 2 además para el pasatiempo y el descanso.

El trabajo intelectual no pasa de 4 horas diarias en ningún caso, comprendiendo todo en ellas: la lectura, los ejercicios y el arte.

Desde los veinte años, como lo hemos dicho, es

Ereciso que el trabajo remunerado cuente con 8 oras y el trabajo educativo quede reducido á 2 horas por día, reduciéndose en estas últimas el trabajo á sólo la lectura y el arte. Carece pues do objeto, del modo más absoluto, el gasto en el colegio de todas las horas del día, como es de uso generalmente en escuelas y colegios. Nada tendría el funcionamiento, todo el día, de una escuela ó de un colegio, siempre que fuese distinto enteramente el personal que concurriese en la mañana del que concurriese por la tarde; así las cosas, los niños que fuesen al establecimiento en la mañana, tendrían la tarde disponible para el trabajo en un taller ó en una casa comercial; y al contrario, irían al trabajo por la mañana, los que les tocase concurrirá la escuela por la tarde. Los establecimientos de educación de la mañana, funcionarían por ejemplo de 7 á 11 a. m. y los de la tarde funcionarían de 1 á 5 p. m. Las dos horas comprendidas entre las 11 de la mañana y 1 déla tarde, nada convenientes para el estudio, se emplearían en el almuerzo y en un descanso necesario.

Con el sistema actual todo el día se gasta en la Escuela ó el Colegio, y como solamente 4 horas son empleables en la educación, porque así

DE LA EDUCACIÓN PUBLICA 95

lo impone la naturaleza de la constitución humana; en las horas restan tes ni se descansa ni se trabaja, resultando así, esas horas, obligadamente empleadas en contraer hábitos de ocio, ó vicios y malas costumbres, á cuyo término se halla siempre el fastidio por el estudio y el odio á la Escuela. De otro lado, el organismo no es debidamente atendido con el ejercicio de sport y con el descanso que ha menester, y el salario queda muy lejos del alcance del nifio,que no ha podido aprender ni á ganarlo ni á estimar el valor del trabajo, como lo exige una educación buena y completa. El primer Colegio que establezca este sistema llenará una gran necesidad y si se arregla de modo que esté en conexión con los talleres y oficinas suficientes para emplear a todos los alumnos en trabajo remunerado, hará ese establecimiento, una verdadera revolución y muy saludable en materia de educación. El Gobierno y los Municipios no tardarían en amoldarse á esas exigencias y arreglar su distribución del tiempo para procurar estos resultados.

Para los adultos, deseosos de hacer su educación en horas libres de las atenciones de su trabajo, se podrían establecer escuelas nocturnas funcionando de 8 á 10 déla noche, diariamente; y así, podría en el día aplicar sus 8 horas diarias al trabajo remunerado y en la noche proveer á su educación, á costa es verdad de algún sacrificio. Es así como sucede en la Escniela de artesanos que sostiene la filantrópica Sociedad de Preceptores de Lima. Esas escuelas, debían existir en toda la República, sostenidas por las Juntas Departamentales y los Municipios, y lo mismo debía hacerse con la de Lima.

Posible será para los niños, hasta de ocho años y quizá para los de diez, que el taller en que deban trabajar funcione al lado del local de la escuela

96 EL PROBLEMA

y dependa de ella. Con este motivo, sucedería que el niño, después de su tarea diana educativa, volviera al propio centro á rendir su trabajo de taller. Pero este sistema, no seria de recomendar, si no se hace absoluta separación, hasta en sus menores detalles, de una y otra cosa, para no confundir jamás en la mente del estudiante su labor como tal de la que le corresponde como operario, como agente productor de riqueza y adquiridor de salario; estas nociones, es esencial que las distinga, desde sus primeros pasos en la vida. En general, convendrá que el taller sea enteramente distinto de la escuela y del colegio.

Educándose y trabajando, como dejamos indicado en la distribución del tiempo, objeto de este capítulo, se logrará sin sentirlo y sin cambiar, ni las leyes orgánicas de la vida, ni las econónriicas de la sociedad, ni las leyes psíquicas del espíritu, adq^uirir una educación adecuada á cada edad; y sm sentirlo tampoco, se irá robusteciendo y educando el organismo para las exigencias de la industria y el arte, y también las del entendimiento para las necesidades de la vida social é industrial, y las de la razón y la mente, para el examen, por si mismo, de los fenómenos de la naturaleza y sus leyes, y, para el conocimiento de los principios qué gobiernan el Universo y de los ideales a que parece obedecer en su desenvolvimiento, al través de las edades.

La educación no estriba tanto, en saber más ó menos verdades, en poseer más ó menos aptitudes, en tener más ó menos capacidades, cuanto en haber adquirido la costumbre, el hábito la segunda naturaleza, podemos decir, de distribuir y usar del tiempo de manera que, día á día y mientras dure la vida, reciban cultivo constante y sistemáticamente mantenido, todas y ca-

DE LA EDUCACIÓN PUBLICA 97

da una de las nueve clases de energías que hemos examinado en el primer libro de esta obra y que las hemos clasificado en tres grandes grupos : psíquicas, orgánicas y situacionales .

ifn ese háoito de distribuir y emplear el tiempo, radica principalmente la educación; lo demás será obra del tiempo mismo, de las circunstancias y de las condiciones personales de cada uno. No está el secreto de la educación, en recorrer la línea hasta llegar á la Estación final; el secreto está, en hallarse en la línea, recorriéndola siempre, en estar en marcha: llegar antes ó después a la Estación final, es secunaario; ello dependerá del poder de cada máquina y del tiempo que dure en acción.

El que nació con genio será artista, filósofo, sabio, etc., pero eso nada tendrá que ver con su educación; ni deberán jamás tenerse en cuenta esos resultados para fijar las reglas educativas. La naturaleza nos of rece e j empjlos que imitar : sus gérmenes repartidos á profusión, sólo alcanzan el término final de su desarrollo cuando el tiempo y el acaso se encargan de permitirles germinar colocándolos en la tierra en circunstancias favorables; los demás siguen otros rumbos y la mayorparte se pierden como gérmenes y quedan reducidos á servir únicamente como granos de alimento para organismos superiores. Así también el hombre debe ponerse en condiciones de producir el máximo ael trabajo de que es capaz, pero sin prejuzgar de las leyes del (festino, y sin suponerse capacidades y finalidades que muchas veces resultan imaginarias, y cuya suposición gratuita conduce generalmente al desconocimiento de la realidad en los asuntos de la vida, y á seguir en ella rumbos equivocados aue sólo el tiempo pone en claro, siempre y fatalmente, cuando ha pasado la oportuniaad de hacer rectificaciones y de cambiar de horizontes.

98 EL PROBLEMA

Una de las más particulares enseñanzas de la vida industrial es, precisamente, formar en nuestro espíritu la intuición de la realidad, y hacernos conocer prácticamente,que, así como en los ne-

S ocios, todo error y toda falta que se comete, eva consigo la sanción inevitable de una pérdida consiguiente; así también se realiza respecto de la educación, y con el agregado, si se quiere, de que, el tiempo perdido no se recupera jamás.