El sabor de la tierruca · Unidad 10 de 35
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En uno de mis libros he dicho yo que no hay en la Montaña una aldea sin su correspondiente bruja. Pues la vieja de quien voy hablando era la bruja de Cumbrales. Temida de los más y aborrecida de muchos, raro era el día sin quebranto para la pobre mujer: unas veces por que con sus artes no hacía los imposibles que se le pedían; otras porque se la creía causante de todo lo malo que acontecía en el lugar. Así es que vivía de milagro, porque lo era, y grande, vivir, como ella, de limosna, con semejante fama, tantos años encima y tales tratamientos. ¡Qué diferente vida la que pasó con su marido! Entonces trabajaban unas tierras, tenían una vaca y moraban en buena casa en el mejor de los barrios. Alternaban en todo trato lícito y honrado con sus convecinos, y hasta eran, él por lo diestro en _encambar_ carros, y ella por lo famosa en preparar el lino, muy solicitados y bien retribuídos de las gentes. Pero, á lo mejor de la vida, acabóse la del hombre, de la noche á la mañana; y ya bien entrada en años la mujer, sola y sin valimiento, tuvo que dejar la poca labranza que trabajaba y buscar un agujero en qué albergar el achacoso cuerpo, hasta que la última enfermedad le abriera la sepultura. Halló la casuca solitaria que la muerte de otro pobre, tan pobre y desvalido como ella, había dejado abandonada; y allí se metió con el mísero ajuar que le quedaba. Mientras pudo trabajar, como obrera ganaba la borona que comía; pero agobiáronla los achaques, y tuvo que vivir de limosna. En la Montaña no se muere nadie de hambre: esto es sabido y probado, porque el más miserable parte un mendrugo con el vecino que carece de él; pero ni en la Montaña ni en región alguna del mundo, engorda la limosna á quien de ella vive, por abundante que sea. Hay siempre en el corazón humano fibras indómitas á prueba de virtudes, y raro es el bollo regalado que no produce un coscorrón al hambriento.
Como según el tiempo iba pasando íbase la buena mujer enflaqueciendo, y sólo se la veía en el lugar para pedir limosna en casa de don Pedro Mortera ó en la de don Juan de Prezanes, para ir á misa cada día de fiesta, ó de paso para la villa, á donde hacía también sus excursiones á menudo; y como no se concibe entre las gentes campesinas una mujer vieja, flaca y encorvada, sola, pobre y taciturna, sin tratos con el demonio, cata á la de mi cuento, de la noche á la mañana, bruja _con todas sus consecuencias_, sin lo que el supuesto no tendría maldita la gracia. Dieron en morirse muchas gallinas en aquel entonces y en faltar otras del gallinero, alguien vió plumas junto á la choza de la pobre mujer; y esto bastó para que, creyendo á la bruja aficionada al averío, la llamaran las gentes de Cumbrales la _Rámila_; el cual mote le quedó por nombre... también _con todas sus consecuencias_.
No era Catalina de las más supersticiosas del lugar, ni, en su opinión, tan mala la bruja como las gentes creían: sobraba entendimiento á la buena moza para no tragar los absurdos vulgares como pan bendito; pero faltábale instrucción y era aldeana, y, por ende, llegaba hasta dejar las cosas en «veremos,» lo cual era rayar muy alto en la materia. Quiero decir con esto que al acercarse á la Rámila, impávida y resuelta, iba tan lejos de tenerla por santa, como por confidente del demonio.
Llevábala á casa de la bruja, no la reflexión, sino un vértigo del espíritu, obra del reciente choque de su pasión generosa con el desdén brutal de Nisco. Sentía el dolor de la herida en lo más hondo del corazón, y buscaba algo que debía de haber para calmarle, aunque fuera el triste placer de la venganza. Sospechaba, pero no conocía, la verdadera causa del desvío de su novio, é ignoraba qué le dolía más, si el recelo de que otra mujer se le llevara, ó el temor de perderle ella; qué era lo que con mayor urgencia necesitaba, si reconquistar el bien perdido, ó hacer que _la otra_ no le adquiriera para sí. En cualquiera de estos casos, ¿cómo, cuándo y por qué camino, si no tenía otra luz para orientarse en el abismo en que se hallaba que el notorio desvío del ingrato? Filtros, adivinaciones, sortilegios, hechicerías por arte del diablo, noticias ciertas, consejos sanos por modo lícito y natural, y, en último extremo, ocasión de desahogo del pecho acongojado, casi en el secreto de la confesión... Todo esto, ó mucho ó algo de ello, podía encontrarse en la choza de la Rámila; y por eso iba Catalina al antro de la bruja; y por eso, cuando se halló delante de ella, no supo explicar lo que quería. Al último, refirió la historia de sus desventuras, que es por donde debió de haber empezado. Lloró mucho, y la Rámila la dejó llorar hasta que ya no hubo lágrimas en sus ojos ni quejidos en su pecho.
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IX
LAS PRIMERAS CHISPAS
Quien haya visto el mar después de un temporal deshecho, tenderse en la playa, rumoroso y ondulante, lamiendo manso lo que antes azotó iracundo, y trocados en arrullos sus bramidos, tendrá una idea del estado de don Juan de Prezanes, horas después de la borrasca que el lector presenció. En el fondo de aquella alma, transparente como el más limpio cristal, no se descubría un solo rencor. Remordimientos y heridas, sí. Remordimientos, porque su buen sentido, libre de las cadenas de la pasión, decíale que para defender su derecho no había necesidad de enfurecerse como él se enfurecía, dando con ello monstruosas proporciones á lo que de suyo era, en sus comienzos, pequeño y baladí, y rebajando lastimosamente el nivel de su propia dignidad. Hasta concedía, cierto derecho á su amigo para desaprobar sus viejas alianzas con determinadas gentes, porque á la vista estaban los muchos males qué habían producido al pueblo, y los grandes disgustos que á él le habían acarreado, sin un solo beneficio; pero nada más que _cierto derecho_: no en la amplitud en que su compadre se le tomaba y le comprendía. Y por aquí andaba el punto doloroso. Grabadas estaban en su memoria palabras de acero que, en el calor de la disputa, se le habían lanzado al corazón, sin respeto alguno á la honradez de sus intenciones ni á la _enfermedad_ de su temperamento, causa eficiente de los arrebatos á que de continuo se entregaba, contra sus deseos y propósitos.
Apenábale el dolor de estas heridas, hechas sobre frescas cicatrices, y, por lo mismo, doblemente dolorosas; pero curábalas con la reflexión de que otras tales había causado él en la batalla; con el bálsamo del perdón implorado por su contendiente, y con la esperanza de que la reciente reyerta sería la última entre él y el amigo á quien más quería en el mundo. _Pero_, hecha entre los dos la definitiva liquidación de agravios, y vuelto cada cual á su tienda, que no se le obligara á él á dar el primer paso en la nueva y edificante vida que ambos habían de hacer en adelante. Era él el más desgraciado, el más solo y el más ofendido de los dos, y no podía arraigar la reconciliación en el fondo del alma, si se cimentaba en tan palmaria injusticia. En cambio, si, libre y espontáneamente, su amigo, ó cualquiera de la familia de su amigo, diera ese paso decisivo, ¡con qué ansia le saldría al encuentro y le recibiría en sus brazos, y firmaría entre ellos, con el olvido de todos los agravios, eternas y venturosas paces!
Así pensaba, arrimado á la mesa de su despacho, y en la palma de la mano reclinada la descolorida frente, mientras Ana, sentada á su lado y leyéndole los pensamientos (porque los hombres como don Juan de Prezanes, no solamente son niños toda la vida por su afición á las cosas pequeñas, sino por su propensión á meditar á voces), le prometía lo que él deseaba y mucho más.
--Por si te equivocas--llegó á responder su padre,--bueno será que hagas el sacrificio de acompañarme esta tarde. La soledad es mala consejera, hija mía.
Lo que en rigor buscaba don Juan al tener á Ana toda la tarde á su lado, era el convencimiento de que si alguno de la otra casa iba á visitarle, lo haría por iniciativa propia, no por sugestiones, y quizá ruegos, de su hija, quien, hablando en rigor de verdad, en lo tocante á que se cumplieran sus promesas, no las tenía todas consigo.
En esto apareció Pablo en el corral, y á don Juan de Prezanes, al verle, se le escapó del pecho un rugido de gozo.
--¿Lo ve usted!--le dijo Ana sin disimular el grandísimo que ella sintió al mismo tiempo.
No podía, en aquella ocasión, enviarse al abogado de Cumbrales emisario más de su gusto. Sin embargo, recibió al mozo con estudiada seriedad. ¡Hasta en los menores detalles son niños los hombres quisquillosos!
--¡Ya es hora de que le veamos á usted por acá, señor don Pablo!--dijo, respondiendo al saludo cordial del joven.
--¡Como, á veces, no sabe uno en qué peca más!...--replicó éste.
--Como andaban ustedes de monos--añadió Ana,--habrá creído Pablo que no estaba el horno para rosquillas.
--Cabalmente,--dijo Pablo con la mayor sinceridad.
--¿Es decir--repuso don Juan con mal disimulada vehemencia,--que, por tu gusto, me hubieras visitado alguna vez?
--Pues como de costumbre: todos los días.
--¿De manera que al verte hoy á mi lado, sin miedo de que este ogro te devore, debo suponer que, en tu concepto, esos monos ya no existen?
--Justo y cabal.
--Y ¿quién se lo ha dicho á usted, caballerito?--preguntó aquí don Juan de Prezanes, dejando traslucir, en la mal fingida dureza de la pregunta, el propósito que ésta envolvía.
--¿Quién podía decírmelo sino mi padre?--contestó Pablo sencillamente, mientras Ana iba con anhelante mirada del uno al otro interlocutor.
--¿Luego su señor padre de usted--continuó don Juan,--no se opone á que se me haga esta visita?
--Como que traigo el encargo de brindarle á usted á tomar chocolate con él... digo, si no le queda á usted algún resentimiento...
--¡Qué cosas tiene tu padre, hombre!--exclamó el nervioso abogado, llenando todo su pecho de aquella especie de aura bienhechora que esparcía en la estancia el recado de su amigo.--Yo no tengo resentimientos con nadie, y mucho menos con vosotros... ¡Vayan al diablo, si es preciso, _esas cosas_ que no me interesan dos cominos y tan malos ratos me dan! Armonía con todos y sosiego en el hogar, Pablo: esto es vivir; que no está uno contento de sí mismo mientras se halle en guerra con los demás. Con que raya por debajo, y no volvamos á hablar del asunto.
Así comenzó á entregarse don Juan de Prezanes á la pasión de regocijo que le solicitaba rato hacía, creyendo á salvo ya todos los fueros de su amor propio. ¡Cuántas veces se había hallado en idéntica situación!
Preguntó á Pablo muchísimas cosas, sin orden ni concierto, mientras se paseaba á lo largo de la estancia; y su ahijado, muy cerquita de Ana, tan pronto contemplaba la labor que ésta tenía entre manos, como miraba las nubes por la ventana abierta. Llegando á preguntarle por la vida que traía, respondió el mozo en breves palabras, porque era escasa la materia y á la vista estaba en todo el lugar. Á lo que dijo don Juan de Prezanes:
--Pues mira, hombre: si he de decirte lo que siento, tratándose de un muchacho de tus condiciones, no me gusta ese modo de vivir. Bueno que tomes apego á las faenas del campo; bueno, en fin, que trates de ser un labrador hecho y derecho, pues que en eso has de venir á parar, según las trazas; pero en lo demás... en lo demás, Pablo, deseara yo que anduvieras con mucho tiento. Quiero decir que guardaras las distancias un poco más de lo que las guardas. Estás llamado á ser, por tu posición, la persona principal de Cumbrales, y esta circunstancia te impone ciertos deberes. Conviene que estas gentes te vean, pero á tiempo y no á todas horas y en todas partes; que te traten, pero que no te manoseen, si mañana han de tenerte en algo y ha de aprovecharles tu importancia; que los aventajes en todo lo bueno, pero que no intentes igualarlos en lo que pueda desautorizarte á sus ojos. Natural es que juegues á los bolos cada día de fiesta con los mozos de tu edad; pero no lo es tanto que bailes á su lado con las mozas en las romerías, y mucho menos que te agregues de noche á sus rondas y parranderas. Bien sé yo que á los años hay que darles lo que es suyo, y que aquí no se halla otra cosa mejor que eso para lo que pide la mocedad; pero considera que hay que estar á las duras y á las maduras, y que las duras de esos pasatiempos pueden ser muy graves para tí, sobre todo si tratas de buscar el desquite. Cuando menos, esas costumbres tienen de malo el que su centro natural es la taberna; y en la taberna, Pablo, siempre hace un desdichado papel la levita.
Ana atajó aquí á su padre, temerosa de que el mozo se resintiera de la homilía que le estaban enderezando, y dijo á éste en el tono zumbón que tan bien sentaba á la traviesa joven:
--No dirás, Pablo, que, para improvisado, es malo el sermón de tu padrino.
--¡Sermón no!--saltó don Juan, apresurado.--¡Líbreme Dios de meterme en esas honduras!... ¡y cuando aún me rasco los coscorrones de uno muy amargo! No, hijo mío; no te predico ni trato de molestarte: digo sencillamente lo que siento, porque te quiero mucho y ha venido á pelo. Y con esta advertencia, y ya que lo tengo entre los labios, he de decirte, para concluir, que no me disgusta Nisco, el hijo del alcalde: es mozo de juicio, aunque pudiera ser menos presumido y valdría más; pero ¿por qué es tan amigo tuyo? De un tiempo acá, no os separáis. Ya sé que sois camaradas de la infancia; pero me parece demasiada intimidad la que os une para lo diversas que son vuestras educaciones. Lo probable es que se te pegue á tí su tosquedad, y no á él tu cultura.
--Pues ¡vea usted lo que son los juicios humanos!--respondió Pablo, mientras Ana atendía al diálogo con vivísima curiosidad, particularmente desde que su padre había nombrado al hijo de Juanguirle.--Precisamente porque se le pegue eso que usted ha llamado mi cultura, anda Nisco tan cerca de mí un tiempo hace.
--Asegúranlo por ahí--dijo Ana con malicia;--y es raro el caso.
--Pues yo le encuentro lo más natural del mundo--replicó Pablo.--Nisco es un mozo trabajador y muy despierto, harto más inteligente en su oficio que la cáfila de zopencos que le critican. Acompañábame al cierro del monte; me enseñaba lo que yo no sabía, y me ayudaba, y me ayuda, con su inteligencia, y hasta con sus brazos, en aquellas faenas que están á mi cuidado exclusivo desde que el cierro se roturó. Escribía mal y leía peor, porque no le enseñaron otra cosa. Andando en mi casa y descansando en mi cuarto muy á menudo, vió libros sobre la mesa y quiso que le leyera algunos. Eran cuentos agradables; gustáronle y deseó saber leerlos como yo se los leía, para penetrarlos mejor; después deseó también soltarse en la escritura, y comencé á darle lecciones de uno y de otro con mucho gusto, porque yo observaba el muy grande con que él las recibía. Y así estamos. No llegará á ser nunca gran pendolista ni un lector de nota, porque el oficio que trae es incompatible con esos primores; pero adelanta, se sujeta mucho, despiértanse en él aficiones y gustos superiores á su condición, y esto es muy recomendable; y, sobre todo, padrino, Nisco es lo mejor del pueblo para los fines que usted me predica, y á Nisco me agarro.
--¡Bien vuelta, muchacho!--contestó don Juan hecho unas castañuelas;--lo cual no quita que el pobre mozo, por el camino que va, se queda tan lejos de ser hombre culto, como de las labranzas de su padre; y ¡entonces sí que le tocó la lotería! De modo que tampoco es Nisco lo que te conviene para mucho tiempo.
--Pues usted dirá,--repuso Pablo, con una formalidad tan noblota, que hizo reir á don Juan y á su hija.
--¿Es cosa resuelta--preguntó el primero,--que abandones la carrera que seguías en la Universidad?
--Resuelta.
--Pues entonces, ¿qué demonio te diré yo, hombre? Si has de vivir perpetuamente en Cumbrales; si á la edad que tienes no sacas de tí mismo recursos para hacer la vida entretenida y llevadera, sin necesidad de tocar los extremos peligrosos de que antes te hablé; y si, á pesar de estos inconvenientes, has de ocupar con el decoro debido el puesto que aquí te corresponde, sólo veo un medio de conseguirlo: cásate.
¡Cosa rara! Ana, que seguía con la vista á su padre mientras hablaba así, no bien oyó su última palabra, se puso roja como una amapola, bajó la cabeza sobre la labor, y no encontraba postura cómoda en la silla. Cuanto á Pablo, sin duda porque no había otra mujer que Ana allí, volvió los ojos hacia ella... y rojo se puso también al choque de su mirada curiosa con la turbada y eléctrica de la hermosa joven. ¡Singular efecto de una palabra vulgar y prosáica! Ni siquiera tuvo el color de la malicia, puesto que don Juan de Prezanes, cuando la pronunció, estaba arrimado á la ventana y mirando maquinalmente las nubes del horizonte.
Al volverse luégo hacia Pablo en demanda de su respuesta, ya era éste dueño de sí.
--Con que ¿qué te parece mi proposición?--dijo al mozo.
--Que tiene mucho que estudiar... y que _se estudiará_, padrino,--respondió Pablo con singular firmeza.
--Así me gustas, ahijado; y de tal modo, que si te decides por la afirmativa, me brindo á ser tu padrino de boda... Entre tanto, basta, si os parece, de conversación, y vamos á tomar ese chocolate que me ofrecen en tu casa. Créeme que tengo grandísimos deseos de ver á tu madre y á tu hermana, pobres víctimas inocentes de nuestras majaderías.
Dispúsose Ana á complacer á su padre; y con tal apresuramiento y tan de buena gana, por lo visto, que al recoger los avíos de costura en su primorosa canastilla, por cada cosa que guardaba ¡ella á quien jamás igualaron prestidigitadores en destreza y agilidad! dejaba caer media docena. Mas allí estaba Pablo, que se desvivía con desusado afán por recogerlas en el aire y ponerlas en las blancas y finas, pero desatinadas, manos de la azorada joven.
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X
LOS HUMOS DE NISCO
Nisco llegó á casa de Pablo después que éste había entrado en la de don Juan de Prezanes. Subió el hijo de Juanguirle sin llamar, como era su costumbre, derecho al cuarto de su amigo. Al pasar por delante de la puerta de la sala, oyó que le decían desde el fondo de ella:
--Pablo ha salido.
Era la voz de María. Conocióla el mozo, retrocedió dos pasos y se colocó en el hueco de la puerta, sombrero en mano, enfrente de la joven, que cosía sentada cerca del balcón.
--En ese caso--dijo Nisco algo atarugado y después de hacer una exagerada reverencia,--me marcharé.
--Si no quieres esperarle...--añadió María, respondiendo á la reverencia con una sonrisa.
--Pues le esperaré, _ya que usted se empeña_,--replicó Nisco. Y se sentó, con mucho tiento y grave parsimonia, en la silla más cercana.
María volvió á sonreirse, y continuó cosiendo.
Nisco, con el sombrero en la diestra y ésta sobre la rodilla, atusándose el pelo con la otra mano... no tuvo por entonces más que decir; pero, en cambio, clavó la vista de sus ojos negros, un tanto dormilones, en María; y largo rato estuvo como hechizado, viendo aquellas manos, blancas y rollizas, pasar y repasar la aguja, y estirar la seda para afirmar la puntada; el brillo de aquel abundoso pelo negro; la transparencia de aquel cutis de rosa; la luz de aquellos ojos húmedos, y, en suma, el palpitar, apenas perceptible, de toda aquella riqueza escultural, á cada movimiento del ágil brazo.
Digo yo que todas estas cosas contemplaría Nisco, porque, según la expresión que brillaba en sus ojos, más bien parecía sorber con ellos á la joven que mirarla. De vez en cuando echaba ésta una ojeada firme y serena al mozo; y entonces el hijo del alcalde de Cumbrales no cabía en la silla.