El sabor de la tierruca · Unidad 9 de 35

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--¿De cuándo acá necesita escrituras el querer con alma y vida, trapacero y engañoso! ¿Qué más escritura que el sentir de la persona! Desde que sé pensar, para tí ha sido día y noche el mi pensamiento: cortejantes me rondaron sin punto de sosiego... bien sabes tú que ninguno fué capaz de quebrantar la mi firmeza; y si la cara me lavaron á menudo por vistosa, por ser yo prenda tuya no tomé á embuste las alabanzas. Bienes tiene mi padre que han de ser míos: no dirás que por cubicia de los tuyos te perseguí. Señor fuiste de mi voluntad; y con serlo y todo, nunca en mi querer vistes obra que no fuera honrada y en ley de Dios... ¿Qué mejor escritura de mi parte! Y si no me engañabas cuando tanta firmeza me prometías, ¿por qué hace tiempo que de mí te escondes? Y si para mirarme á mí te puso Dios los ojos en la cara, como tantas veces me dijistes, ¿por qué no cegaron desde que no me miran? Si para mí eras en el porte la gala de Cumbrales, ¿para quién son ahora las prendas con que te emperejilas hasta para ir al monte?

Agobiado parecía Nisco bajo este capítulo de cargos; y, sin duda por no tener su causa buena defensa, sólo pudo contestar, atarugado y de muy mala gana, estas palabras:

--Hay mucho que hablar al auto, Catalina.

--¡Mucho que hablar!--repuso Catalina entre admirada y afligida.--¿Para cuándo lo dejas, falso? ¿Qué menos consuelo has de darme que la razón de lo que has hecho!

--Ahora voy muy de prisa... Mañana ú el otro...

--Sí, vete, fachendoso; vete á tomar aires de señorío, que han de caerte como arracada en oreja de mulo. ¡Ay, Nisco! no le pido á Dios más sino que sea verdad lo que se corre.

--¿Qué se corre?--preguntó Nisco más colorado que un tomate.

--No quiero decírtelo, porque no te acabe de sofocar el sonrojo, que ya cerca le anda.

--¡Yo no tengo nada que me abichorne, sépastelo!

--Si tienes ó no, el tiempo lo dirá, y allá te espero.

--Pues vete asentándote ya.

--¡Sube, sube, que chimeneas más altas han caído!

--Valiérate más mirar por lo tuyo, Catalina, que meterte en la hacienda del excusao... Y ya que me haces hablar, diréte que bien poco había que fiar de tus quereres, cuando, por volver yo la espalda, estás dando cara á otro... y de Rinconeda, para mayor inominia.

--Es verdad: uno de allá me pretende desde que tú me dejaste, y hasta sé que va á pedirme.

--Pues dile que sí, y con eso tendrás todo lo que necesitas. Yo no he de ponerte pero, que fenecida eres por lo que me toca.

Este brutal alarde de desdén produjo en Catalina el efecto de una puñalada.

--Lo que yo necesito, Nisco, para mi venganza--contestó, con los ojos arrasados en lágrimas,--son dos corazones, ó no haber querido nunca con el que tengo.

Y como, al hablar así, la ahogaran los sollozos, se llevó el delantal á la cara y apoyó el hermoso busto contra la pared.

Nisco intentó decir algunas palabras en disculpa de lo que tan mal efecto produjo en Catalina; pero no acertando á coordinar una mala frase de consuelo, cortó por lo sano largándose á buen andar.

No se sabe, á punto fijo, á dónde iba Catalina cuando se encontró con Nisco; pero está fuera de duda que, no bien le perdió de vista en la solemne ocasión mencionada, retrocedió presurosa, y, andando, andando, llegó á una casita, punto más que choza, baja, muy baja, pobre, muy pobre, arrimada, como de misericordia, al paredón más alto de unas ruinas antiquísimas, sin dueño conocido, que poco á poco se iban desmoronando, hacia el extremo occidental de Cumbrales.

Fuera de la casuca, junto á su puerta entreabierta, y sentada en un canto arrimado á la pared, estaba una vieja, flaca y apergaminada, acabando de remendar, á duras penas, por falta de vista y de pulso, un refajo negro con hilo blanco teñido en el sarro de una sartén que en el suelo yacía boca abajo.