El sabor de la tierruca · Unidad 24 de 35

PRÓLOGO DE UN DRAMA · 1 — parte 1

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Chiscón, porque le corrían costas en el pleito, no se descuidó en rematarle cuanto antes.

Volvió á Cumbrales al otro día, cerca ya del anochecer; y después de reforzar el ánimo con unos tragos en la taberna de Resquemín, donde le dijeron que Tablucas acababa de marcharse para meterse en casa antes de que llegara la noche, fuése á la de Catalina. Cabalmente, al entrar él, estaba toda la familia reunida, porque acababa de cenar.

Sin exordios ni tanteos, no bien se acomodó en el taburete cerca de la _perezosa_, cargada aún con los cacharros vacíos y los codos de la gente de casa, declaró sus honradas intenciones y expuso el inventario de sus caudales. La respuesta fué breve y terminante: se agradeció mucho la voluntad; pero se desestimó el propósito.

Chiscón, que no podía llamarse á engaño, porque á nada obliga en la Montaña á una moza soltera el abrir de noche la puerta al mozo que así lo desea para hablarla delante de la familia al amor de la lumbre, de los cuales términos él no había pasado allí, tragóse las calabazas sin meterse en más indagaciones; se despidió como pudo, y volvió á la taberna donde le esperaba el Sevillano. Llegó el hombre, que ahumaba, y pidió á Resquemín una azumbre de lo blanco para apagar el incendio.

Conoció el Sevillano dónde le dolían á su amigo las quemaduras, puso el dedo sobre las llagas, bramó el doliente; y hablando, hablando, y bebiendo, bebiendo, desfogóse el de Rinconeda á sus anchas, pero sin decir pizca de verdad. Puso á Catalina y á toda su casta para pelar; fingió haber sido en él chanza y pasatiempo lo que á tales injusticias le arrastraba; supuso que se había negado á ser paño de las lágrimas vertidas por los desdenes de Nisco; pintó en la moza los deseos, y en él el desaire; y creyendo que por esta senda arriba se encaramaba muy alto, dió en despotricar por el estilo á medida que bebía y entraban gentes en la taberna.

Al otro día todo el pueblo era sabedor de lo charlado allí por Chiscón, que, después de dormir la mona y las pesadumbres, verdaderas lenguas de sus descomedimientos, apenas se acordaba de otra cosa que de las calabazas recibidas.

El domingo siguiente se presentó en el corro de Cumbrales; y como lo valiente no quita lo cortés, algo también por vía de memorial indirecto, y mucho por alarde para desautorizar dichos y murmuraciones, invitó á bailar á Catalina; pero ésta, que tenía buena memoria y muchos agravios que vengar del mocetón de Rinconeda, le soltó á la cara un no redondo, seco y frío... y gracias que no le soltó además una desvergüenza.

Pareciéronle á Chiscón, por ser públicas, estas segundas calabazas más duras de tragar que las primeras; pero tragólas mal de su grado, aunque no sin bascas y trasudores; y fingiendo una serenidad que no tenía, apartóse de Catalina y acudió á otra moza con la pretensión. Como había sido tan mirado y visto el desaire, y en casos tales á nadie le gusta recoger lo que otro desecha, la moza invitada desairó también á Chiscón; dirigióse éste en seguida á la de más allá... y lo mismo, y así, de moza en moza, recorrió toda la fila el de Rinconeda, llevando tal carga de calabazas, que le abrumaron; con lo que perdió la poca serenidad que le quedaba y se largó de allí como perro con maza; mas no sin decir antes, con su voz de trueno, vuelto el airado rostro hacia la gente:

--¡Yo vos aseguro que he de bailar aquí mesmo, hasta que me digáis que lo deje!

Para el siguiente domingo tenía dispuesta la juventud de Cumbrales una _magosta_, precisamente en una castañera que lindaba con el término de Rinconeda.

Como la castañera estaba soltando el fruto de puro sazonado, y era de la pertenencia de varios vecinos de Cumbrales que tenían hijos mozos, autorizóse á éstos para que ofrecieran un sabroso regodeo á toda la gente joven con las castañas que se _sacudieran_ de los árboles, en vez de hacer la magosta con las compradas á escote, como ordinariamente acontece. De este modo tendría la fiesta un aliciente más en los lances de la sacudida, y una ventaja de consideración el ser la fruta regalada.

Aquel día, después del rosario, no quedaron en el corro de Cumbrales más que las viejas jugando á la brisca, y unos pocos hombres en la bolera; todo lo demás se fué en alegre romería, después de hacer los mozos el necesario acopio de vino, y de proveerse también de un par de recias y larguísimas varas, camino de la castañera.

Una vez allí la gente, varazo á esta rama, varazo á la otra, desde el suelo si la vara alcanzaba al fruto, ó desde la cruz del castaño si los erizos estaban muy altos; apañando esta moza las castañas sueltas; _descachizando_ la otra los erizos con los tacones de los zapatos y con mucho tiento para no reventar lo que guardaba la espinosa envoltura; acopiando escajos secos unos mozos; avivando en lugar conveniente dos mozas de las más amañadas la mortecina lumbre; templando otras á su calor los flojos parches de las panderetas, y mordiendo todos y todas, por un lado, las acopiadas castañas para que no reventaran en el fuego, con peligro de los cercanos ojos; canturriando unas aquí, relinchando otros allá, locuaces los más y risueños todos, el campo de la castañera, abrigado del aire y del sol por las anchas, espesas y bajas copas de los árboles, parecía un hormiguero en el ir y venir de la gente, y una pajarera en lo ruidoso y pintoresco del conjunto.

Acabóse el vareo y el acopio; trocóse la lumbre tímida en voraz hoguera, y ésta, á su vez, en descomunal brasero; hízose en él con una estaca honda sima; llenóse de castañas; volvieron á unirse los bordes candentes; y mientras se dejó al cuidado de personas de juicio é inteligencia la delicada tarea de revolver las ascuas y de sacar las castañas que fueran asándose, pero sin quemarse, en lo que estriba toda la dificultad del caso, la gente de sobra hizo corro más abajo, sonaron las panderetas, y comenzó el baile, que es la salsa de todas las fiestas aquí... «y en Valladolid,» anden en ellas el percal de á peseta y el paño burdo, ó triunfen la seda turgente y el frac diplomático. La misma raza con diferente librea; la propia carne con distinto pelo.

Duró el baile hasta que las castañas se asaron. Entonces se sentaron en rueda mozos y mozas, y comenzó á circular la bota para remojar las castañas, que se repartieron á sombrerada por concurrente. Amenizábase el regodeo con dichos y risotadas, y se tiznaba la cara con pellejos quemados al que se distraía un instante; en el cual empeño, condición especial de las magostas, eran las mujeres las más tercas.

Así se andaba allí, tan pronto sorbiendo como mascando, como limpiándose la cara con el delantal ó la manga de la camisa, cuando apareció Chiscón en la magosta, por el lado de Rinconeda. No se supo nunca si fué casual ó de intento la llegada del calabaceado mocetón, y á nadie agradó verle allí tan de improviso; pero como saludó muy atento, se le brindó con lo que había. Tomó, por no desairar la oferta, una castaña, y se llevó á los labios la bota de vino; y debió infundirle ánimos la cortés acogida, porque, en vez de seguir su camino, se sentó con los de Cumbrales.

Terminado el refrigerio, _se enterró la bruja_[4] entre las ya tibias cenizas de la lumbre, y volvió á comenzar el baile. Cada moza fué _sacada_ por un mozo, y el de Rinconeda se quedó entre los pocos desparejados que miraban; pero se tocó _á lo alto_, y entonces, al amparo de la costumbre, que es ley en muchos casos, y en tales como aquél, indiscutible, _echó fuera_ al mozo que bailaba con Catalina, creyendo el testarudo que así no eran posibles las calabazas; pero se equivocó. La esquiva moza se plantó en firme en cuanto le tuvo delante, y en seguida le volvió la espalda. Sintió Chiscón el golpe en lo más vivo, y para disimular sus efectos, echó fuera al mozo que le seguía por la izquierda. También entonces se le plantó la moza. Atolondrado ya por la ira y el despecho, siguió fila abajo empeñado en hallar pareja; pero sólo halló desaires en todas partes.

[4] Enterrar la bruja es dejar una castaña oculta entre la ceniza, no sé por qué ni para qué; pero es detalle de carácter en las magostas.

Reventóle al fin la corajina del pecho, y dijo, dispuesto á todo:

--¡Quisiera conocer al que tiene la culpa de esto!

Á lo que respondió Catalina con gran serenidad:

--Pues arráncate la lengua con que me agraviastes.

--¡Arrancara yo--repuso el otro, lívido de rabia,--la que te fué con la impostura!

--Muchas son entonces las impostoras.

--¡Pues todas las arrancara yo, si las conociera!

--Con arrancar la tuya se acababa la peste.

--¿Hay quien se atreva á hacerlo entre los presentes?... ¡Pues venga á echarla mano!--dijo Chiscón, irguiendo su colosal escultura y sacando luégo fuera de la boca un palmo de lengua, ancha, gruesa y roja como la de un caballo.

Acercósele un mozo de Cumbrales, y le respondió:

--De lo que te pasa, á naide culpes en ley de josticia: que seas valiente, no se te ha negado; pero que, con sólo decirlo, llegues _á campar_ aquí, no lo sueñes nunca. Por el corazón se mide á los hombres y no por la estampa, y corazón no falta al más ruín de los presentes. De fiesta estamos y en nuestra casa; en ella entrastes y se te brindó con lo que había; de lo demás, tuya es la culpa por no escarmentar cuando debistes. Si buscas guerra, mal haces, que, sobre no ser justa ahora, á tí te conviene menos que á nosotros.

--Y eso que me cuentas--preguntó Chiscón al templado mozo, con burlona sonrisa,--¿es amenaza ú caridá?

--Esto que te cuento--respondió el otro,--es riflisión de hombre de bien y de enemigo leal.

En tanto platicaban los dos así, Catalina reunió el cotarro y consiguió en cuatro palabras ponerle en marcha hacia Cumbrales.

--Vámonos, Braulio--dijo con resped al pasar junto al mozo que hablaba con Chiscón:--deja esa peste que te mancha.

Obedeció Braulio; y tan á punto, que quedaron sin respuesta las últimas palabras que enderezó al de Rinconeda.

En un instante se vió éste solo en la castañera. Irritóle más aquel nuevo desaire que recibía, y gritó mirando á los que se marchaban:

--Vos prometí el domingo bailar en el corro de Cumbrales hasta cansarvos... ¡Pos hoy vos lo juro por la luz que me alumbra!

Las últimas palabras de esta amenaza se perdieron entre el son de las panderetas y el cantar y el gritar desaforados de la gente de la magosta, que se largaba hacia su pueblo, mientras el sol trasponía el horizonte entre celajes de púrpura.

Desde el siguiente día comenzó á circular por Cumbrales el rumor de que los de Rinconeda pensaban armar una que fuera sonada contra sus sempiternos enemigos. Los rumores crecieron durante la semana; el jueves se dijo que se trataba de una invasión de los mozos de abajo, para dar una batalla á los de arriba en el mismo Cumbrales; el viernes se contó que vendrían mozos y mozas en son de romería á bailar en el Campo de la Iglesia, y, por último, el sábado pudo asegurarse que al día siguiente habría de todo en el pueblo; es decir, baile en competencia y palos por remate. De todo ello tendría la culpa Chiscón, aconsejado por su amigo el Sevillano.

Bajo estas impresiones desagradables, y al arrullo del Sur, que bufaba sordamente en las rendijas de las puertas y ventanas, se durmió aquella noche el vecindario de Cumbrales.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXII

ENTREACTO RUIDOSO

Los que madrugaron al otro día (y cuenta que en Cumbrales se levanta al alba la gente) vieron que, mientras el sol salía embozado en crespones de escarlata, sobre las lomas del Sur relucía, fulguraba el celaje, como si fuera lago de cristal fundido; lago con islotes de nácar y grumos de oro; á trechos, ondas purpúreas, blancas vedijas inalterables, y _rabos de gallo_ más efímeros, sobrenadando; y por riberas y marco en toda la redondez de este espacio, moles de negras y plomizas nubes amontonadas. Entre una y otra mole, densas brumas cenicientas, valles fantásticos de aquellas raras montañas que se prolongaban, en contrapuestos sentidos, en forma de ásperas cordilleras. En lo más alto del cielo, tenues veladuras rotas; luégo el éter purísimo hasta el horizonte del Norte, donde el celaje era cárdeno, mate y estirado, como una inmensa lámina de acero sin bruñir.

El aire era tibio y pesaba tanto sobre el ánimo como sobre el cuerpo; ni una hoja se movía en los árboles, ni una yerba en los campos; la vista y el oído adquirían un alcance prodigioso; las tintas de las montañas, más que calientes, parecían caldeadas; los contornos y relieves flotaban en un ambiente seco y carminoso que, acortando las distancias, engrandecía las moles; y el silbido del pastor y el sonar de las esquilas del ganado, llegaban claros y perceptibles al oído desde los cerros del Mediodía.

Cuando en la Montaña amanece entre estos fenómenos de la naturaleza, todo montañés sabe qué viento va á reinar aquel día; y entonces se llama al espacio brillante rodeado de nubarrones, _el agujero del ábrego_[5].

[5] Los campesinos montañeses, los de la región central, por lo menos, llaman ábrego al viento del Sur.

Y por allí salió este caballero, en la ocasión de que se trata, dos horas después de amanecer.

Salió blando, sosegado y apacible, y como de recreo por el campo de sus hazañas, jugueteando con el humo de las chimeneas, las mustias y ya escasas hojas de los árboles, las yerbecillas solitarias de los muros y las sueltas y errabundas pajas de la vega... Lo que haría cualquier cefirillo de tres al cuarto. En Cumbrales no levantaba el polvo de las callejas, ni movía las puertas entornadas, ni siquiera los pliegues de un refajo ni los picos de una muselina.

Así es que el señor cura tocó muy tranquilo á misa mayor, y luégo las tres campanadas para los perezosos; y la iglesia se fué llenando de gente que nada temía y sólo se quejaba del «bichorno, poco al consonante de la bajura del mes que iba corriendo.»

Con esta tranquilidad en los espíritus y sin alterarse la de la naturaleza, comenzó la misa gorjeada y solemne.

Pero no había llegado el _Credo_ á la mitad, cuando las chanzas comenzaron á enardecer á la fiera; y la tramó con las ramas tenaces, los matorrales espesos y las ventanas cerradas, que, siquiera, le ofrecían alguna resistencia. Mas si doblegaba á las unas y bamboleaba á los otros, las ventanas no cedían ni le franqueaban el paso.

Tanteóle por las buhardillas, donde las había; y se encontró con que las más de ellas tenían los postigos clavados desde que estaban allí; quiso también entrar en la iglesia, y hasta logró apagar los cirios de los primeros _tajos_; pero le cerraron la puerta apresuradamente. Con estas contrariedades se fué embraveciendo poco á poco, y tornó á las ventanas con propósito de desquiciarlas metiéndose por las rendijas. Metióse, forcejeó y se hartó de dar bufidos de coraje; pero no logró su intento. En venganza, con las ramas de los frutales de los huertos, azotó las viviendas de sus dueños. Entonces conocieron éstos que la cosa iba de veras; y los que no lo habían hecho todavía, se trancaron por dentro á llave y palanca. Esta actitud equivalía á un reto; y el enemigo, rugiendo amenazas, se retiró á sus antros, como para acabar de pertrecharse. La calma y el silencio volvieron á reinar en la naturaleza; pero por pocos momentos.

Cuando reapareció el monstruo, temblaron hasta los más valientes. Sordos mugidos le precedían; y, á su paso, humillaban los árboles las erguidas copas; alzábase el polvo en remolinos; las puertas se estremecían en sus quiciales, y el día se quedó á media luz parda y traidora. Comenzó la batalla. ¡Qué estruendo!... ¡qué empuje!... ¡qué acometidas aquéllas! Algunas chimeneas vacilaron, y más de un alero crujió, soltando la carcoma de la vejez al choque de la furia; las puertas más firmes lanzaban gritos de agonía; las podridas ramas de las vetustas higueras saltaban hechas pedazos; en los manzanos tremolaba el muérdago desarraigado, como triste gallardete con que demanda auxilio el desmantelado buque; lloraban escombros las humildes socarrenas sobre sus regazos de ortigas, y chasqueaban y se conmovían los empingorotados tejadillos de las altivas portaladas.

En medio de su ferocidad imponente, el viento tenía caprichos verdaderamente pueriles: recogía las hojas dispersas en solares y callejos, y las arrinconaba donde mejor le parecía, en un solo montón: encrespábale, revolvíale, alzábale del suelo, y en rápido y sonoro remolino, subíale muy alto; allí le cernía, le ensanchaba, le encogía, le alargaba, dejábale descender nuevamente; y cuando le tenía en el suelo, dispersaba de un soplo todas las hojas, que desaparecían detrás de los vallados, en los fosos y entre los bardales; volvía á reunirías al instante sacándolas de sus escondrijos, y tornaba á amontonarlas y á cernerlas, á subirlas y á bajarlas, y á darles libertad otra vez, y otra vez á recogerlas. Con el polvo hacía diabluras: nubes espesas, diáfanas neblinas, mangas y espirales. Desconchaba los lomos de los muros revocados, y desnudaba á los viejos de sus vestiduras de yedra.

Tras estos juegos y aquellas violencias, que no eran más que un tanteo de fuerzas y un ensayo de batalla, las tablas dejaron de estremecerse y las rendijas de silbar; callaron los gemidos de los árboles, y sólo se oyó un rumor, á modo de jadeo, hacia la vega, como si sobre ella y los montes vecinos se hubiera tendido el monstruo á descansar. De vez en cuando se agitaban un poco las ramas, y el polvo y las esparcidas hojas se revolvían en el suelo. Diríase entonces que tenían cara las viviendas y los muros y los árboles, y que en ellas se pintaba el dolor de lo pasado y el espanto de lo que aún les esperaba. ¡Qué acongojado aspecto ofrecían aquellas casas con los ojos cerrados, y aquellos árboles contraídos y tiritando!

La tregua fué breve, y la embestida que le siguió, con el estruendo de cien batallas, espantosa.

En algunos embates parecía el viento macizo, y entonces resonaban sus golpes como cañonazos; y cada golpe de éstos producía un desastre: lo firme oscilaba, lo vacilante caía; las tejas se encrespaban, hervían en los tejados, como si diablillos danzaran debajo de ellas; y en la casa donde la puerta saltaba de sus pernos, barría el huracán muebles y vasares; y al buscar salida por la cumbre, removía las tablas del desván y derrengaba los cabrios. ¡Con qué astucia rastreaba los suelos y husmeaba los hogares, buscando una chispa que llevarse al pajar para regalarse con el espectáculo de un incendio!

No había punto en el lugar donde la furia no metiera su cabeza, y con la cabeza las garras, y con las garras el azote. Por eso todo era estrago y fragor en torno suyo. Silbaba furioso en huecos y rendijas, bufaba en los arbustos, bramaba en los callejones, y en las arboledas rugía; y, en ocasiones, hasta las campanas lanzaban solas desacordes sonidos, con pavor de los fieles que se guarecían en la iglesia.

Á lo lejos, un rumor incesante, como el del mar cercano en noche tormentosa: aquí, el crujir de la rama desgajada ó del tronco que se quiebra; allí, el estruendo de la pared que se derrumba, ó el zumbido del bardal que se agita desesperado y extiende sus greñas espinosas, buscando de qué asirse para que no le arranquen de la tierra que le nutre; y como complemento del cuadro, una luz tétrica y sulfúrea iluminándole; la atmósfera, sofocante y enrarecida, sin sus alegres y naturales pobladores, ocultos á la sazón Dios sabe dónde, llena de objetos raros é inconexos: tallos de maíz, hojas maceradas, polvo, astillas... y guijarros.