El sabor de la tierruca · Unidad 25 de 35

PRÓLOGO DE UN DRAMA · 1 — parte 2

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Con frecuencia terminan estos huracanes con una _virazón_ rápida al Noroeste, ó _galerna_: remedio mucho peor que la enfermedad; pues si no llega á ésta en la fuerza del empuje, la aventaja en estragos, por el agua demoledora que trae consigo; pero cuando el Sur es estacional, como en el caso de que se trata aquí, concluyen sus furores por cansancio, y el silencio y la inmovilidad reemplazan al fragoso desconcierto.

Tal sucedió en Cumbrales al rayar el mediodía. ¡Qué triste cuadro contemplaron entonces los ojos! El Campo de la Iglesia y las corraladas estaban cubiertos de menudo escombro, ramas, cascos y hojarasca. No había árbol en el pueblo sin quebraduras ó cicatrices; algunos, arrancados de cuajo; otros, hendidos; los arbustos, lacios, desgreñados y con el follaje en esqueleto... Pero cuando la gente fué abriendo poco á poco las puertas de sus hogares, y salió de la iglesia la que en ella había estado encerrada, ¡válgame Dios, qué aspavientos los suyos y qué puestos en razón eran! Por de pronto, cada uno se echó á examinar los propios quebrantos, y luégo á compararlos con los del vecino. Y aconteció lo que siempre que se reparten desventuras: cayeron las mayores sobre los que podían menos; por lo que se llevó don Valentín el premio gordo de esta desastrosa lotería. Ninguna casa fué tan castigada como la suya: perdió la chimenea, medio alero, una ventana y la cerradura del estragal, amén de alcanzarle su parte, y no pequeña, del común revoltijo de los tejados.

Es sabido que la mitad del vecindario de Rinconeda estuvo contemplando el desastre de Cumbrales durante la furia del huracán, agazapado al socaire del cerro adyacente, y aun se afirma que palmoteaba aquella gente levantisca cada vez que un árbol se tronchaba ó caía una chimenea. Esto se corrió por Cumbrales á la hora de calmarse el viento; y fortuna fué que se tomara por cierta la noticia, pues con la indignación que produjo en el lugar, se mató la pesadumbre que cada cual sentía por los recientes descalabros.

--¡No les faltaba más--decían todas las bocas de Cumbrales,--que venir esta tarde á provocarnos! Pues ¡como vengan!...

Y jurando echar hasta las asaduras en el trance, volcaron todos la puchera mal sazonada; y con el último bocado entre los dientes, subióse cada cual á su tejado á reparar lo más perentorio, por si la turbonada que se iba formando hacia el Saliente, acababa en aguaceros antes de la noche.

[Ilustración]

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XXIII

GRIEGOS Y TROYANOS

Continuaban la calma sofocante y el cielo cargado de nubes como peñascos, con unas intermitencias de sol que levantaba ampollas; los desperfectos del Sur, en tejados y cerrajas, iban poco á poco reparándose, y hasta se consolaban las gentes, unas á la fuerza y otras como podían; pero no se olvidaba un punto la anunciada invasión de los de Rinconeda; y hacia el camino de Rinconeda miraban todos los ojos de Cumbrales desde huertas, callejas y tejados, y á voces de Rinconeda sonaban todos los rumores en los oídos de la gente de arriba. Odiosa era siempre una provocación semejante... ¡pero en aquel día!... ¡después de las devastaciones del huracán, apenas encalmado!...

--¡Pues como vengan!...

Y esto decían todas las bocas de Cumbrales.

Pero subieron Cerojas y Lambieta al campanario con otros camaradas que lo tenían por costumbre; hartáronse de repicar á vísperas... y nada. Tocáronse luégo las tres campanadas al rosario; acudió la gente, llegó el señor cura, rezóle y hasta _echó_ su poco de plática sobre la paz y concordia entre los pueblos cristianos; acabóse la piadosa tarea, que duró tres cuartos de hora... y nada. Se desocupó la iglesia; quedáronse en el porche, murmurando, las mujerucas á ese manjar aficionadas; agrupáronse de cuatro en cuatro, á la sombra de las tapias fronteras al corro del baile, las viejas, acurrucadas en el suelo, á jugar el ochavo á la _brisca_ ó al _mayor punto_; avanzó la gente moza; resonaron las panderetas recién templadas; arrimáronse al calorcillo del baile muchos de los mozos aficionados, y los restantes, entre los que estaban Pablo y Nisco, entraron en la bolera; sentáronse los viejos mirones en las paredillas; oyóse la voz alegre de las cantadoras acometer la tarea con la tradicional y obligada copla

Para espenzar á cantar, licencia tengo pedida, al señor cura, primero, y á la señora Josticia.

Dió principio también el baile; rifaban ya las viejas sobre si se vió ó no se vió, si se hizo ó no se hizo la prohibida seña del _as_ ó del _tres_ del palo del triunfo; alzóse regocijada gritería en el corro de bolos por haber hecho Nisco un emboque á la segunda bolada; correteaban Bodoques por aquí, Lergato por allí y Lambieta por el otro lado, reclutando muchachos para jugar á la cachurra en la mies, silbando unas veces, voceando otras y estorbando siempre... en fin, que el corro, lleno, como quien dice, de bote en bote, se había normalizado ya... y nada. Los de Rinconeda no venían, y los de Cumbrales llegaron á no pensar en ellos: como que el cura se fué á rezar vísperas, y el alcalde á dormir un rato.

Así estaban los ánimos cuando se presentó Cabra á todo correr por el camino alto de Rinconeda.

--¡Ahí vienen!--gritó cerca del corro de bolos.

Produjo la noticia mucha efervescencia en hombres y mujeres; tanta, que los juegos cesaron y el baile se suspendió.

--¡Eso es una cobardía!--gritó un mozo encaramándose en la pared de la bolera y dirigiéndose á los dos corros.--¡Si vienen, que vengan! ¿Pensáis que vos van á comer? Pus lo que hagan haremos... yo, por mi parte.

Gustó la arenga, aprobóse, serenáronse los espíritus y continuaron los juegos y el baile, interrumpidos más por curiosidad que por miedo, á mi entender.

En esto, apareció el enemigo en la ancha calleja por donde había venido Cabra. Era una muchedumbre de hombres y mujeres: como una romería que se trasladara de un punto á otro. Provocación como ella no se conocía en la historia del odio tradicional entre ambos pueblos. Uno á uno, tres á tres, ocho á ocho, hasta doce á doce, se habían pegado infinidad de veces los de Rinconeda con los de Cumbrales, allí en Rinconeda y en todas las romerías en que se habían encontrado, porque esto era de necesidad; pero invadir un pueblo entero al otro pueblo, con premeditación y á sangre fría, pasaba con mucho la raya de todas las previsiones.

Venían delante una ringlera de mozas, dos de ellas con panderetas, y traían en medio á Chiscón con ramos en el sombrero y en los ojales de la chaqueta, y un gran lazo de cintas en la pechera de la camisa. Parecía un buey destinado al sacrificio en el ara de un dios pagano. Esto ya era un dato para creer que la función era de desagravio y en honor del Hércules de Rinconeda. El cual traía un palo, de _los de pegar_, debajo del brazo: otro dato; y también lo era el verse algunos garrotes más entre la turba, toda de gente moza, que seguía á la primera fila. Si esto no era venir en son de guerra, dijéralo el más lerdo. Pero se notó que abundaban mucho las mujeres en aquella tropa, y que no todos los hombres eran igualmente temibles; se echó una ojeada al corro de bolos y al Campo de la Iglesia, y se vió que, llegado el caso, podía librarse la batalla con buen éxito. Por supuesto que las mozas de Cumbrales, al ver la actitud provocativa de las de Rinconeda, no acababan de hacerse cruces con los dedos. «¡Mosconazas!... ¡Tarasconas!...» ¡Cómo las ponían, entre cruz y cruz! Pero lo que acabó de elevar la indignación á su colmo, fué ver al Sevillano entre los invasores... ¡Con ellos venía el _Opas_, el _don Julián_ de Cumbrales!

Pasó la procesión por delante de la bolera, cantando las mozas y con una en cada brazo Chiscón, y llegó al Campo de la Iglesia, donde hizo alto y relinchó de firme. Pablo dejó entonces de jugar y se encaramó en la paredilla, mirando hacia allá. Estaba algo pálido y muy nervioso. Nisco no apartaba de él la vista, y la gente de la bolera miraba tan pronto á Nisco como á Pablo. Ya nadie sabía allí cuántos bolos iban hechos ni á quién le tocaba birlar. En esto, cesó también el baile, porque Chiscón se empeñó en que habían de sentarse las cantadoras de Rinconeda donde estaban las de Cumbrales. Oyéronse voces de riña. Chiscón, después de dejar sentadas á sus cantadoras junto á las del pueblo (pues éstas no quisieron levantarse y él no cometió la descortesía de obligarlas á hacerlo), volvióse á colocar á los suyos en el mismo terreno en que acababan de bailar, y aún estaban, los de Cumbrales. Con esto creció el vocerío y Pablo bajó de la paredilla; llegóse á las cantadoras de Rinconeda y las preguntó secamente:

--¿Venís de guerra?

--De paz venimos,--respondieron las mozas.

--Pues no toquéis entonces, que tocando están quienes deben, y corro hay aquí para que bailen todos, si se trata de divertirse en paz.

--¡Á tocar se va!--dijo, en esto, un mozo de Rinconeda, mirando airado á las dos mozas increpadas por Pablo.

Las dos mozas se dispusieron de nuevo á tocar.

--¡Pues no se toca!--dijo Pablo, blanco de ira.

Y hablando así, arrancó las dos panderetas de las manos en que estaban, y rompió los parches sobre sus rodillas.

¡Cristo mío, la que en seguida se armó allí! Pero Pablo, que ya la esperaba, porque de un modo ó de otro tenía que venir, con las rotas panderetas en las manos, la cabeza erguida, la boca entreabierta, el pecho anhelante y lívida la tez, examinó el campo con una mirada rápida, y la clavó firme sobre Chiscón que corría hacia él apartando la gente como el oso los matorrales. Estremecióse el joven un momento, arrojó los aros, dió dos pasos hacia el gigante que podía desbaratarle entre sus brazos de roble, y le recibió con una puñada en la jeta, y tal puntapié en la barriga, que el oso lanzó un bramido y necesitó todas sus fuerzas bestiales para no desplomarse como torre socavada. Nisco, que no había perdido de vista á Pablo, en cuanto le vió enfrente de Chiscón saltó como un corzo desde la bolera al campo, sin tocar la paredilla, y voló hacia su amigo; pero le salió al encuentro un valentón del otro pueblo, y fuéronse á las manos. Creció con esto la bulla; saltaron detrás de Nisco los jugadores de bolos; salieron los hombres que estaban en la taberna; encontráronse con otros del bando enemigo, y la lucha se trabó en todas partes con la prontitud con que se inflama un reguero de pólvora. Acudieron al vocerío las mujerucas del portal de la iglesia, y las viejas que jugaban á la brisca, y los muchachos que correteaban por las inmediaciones, y se llenó de gente el campo, desde el corro de bolos hasta el extremo opuesto.

Toda aquella masa, al principio inquieta, nerviosa y movediza, fué enrareciéndose poco á poco, aquietándose y buscando los puntos más elevados y menos peligrosos, mientras los combatientes, en grupos enmarañados, forcejeaban, iban, venían, se bamboleaban, alzábanse y se agachaban; de manera que todo este conjunto de actores y espectadores parecía embravecido torrente encajonado de pronto en recios é insuperables muros.

Ya no se oían voces allí, ni amenazas; ni se veía el garrote describiendo rápidas curvas en el aire, porque (justo es declararlo) los de Rinconeda arrojaron los suyos cuando vieron inermes á los de Cumbrales; no brillaba, ni brilló antes, el acero homicida, porque este arma vil no se conoce en los honrados campos montañeses, si algún descastado no la usa á traición, muy raras veces. Sólo se percibían sordos ronquidos, jadeos de la respiración, desgarraduras de camisas y, de vez en cuando, un _cuajjj_ despatarrado, como odre henchido que revienta de pronto: era que un luchador caía de espaldas en el suelo, debajo de su adversario; el cual no abusaba de la ventaja adquirida: no hería á su enemigo, ni siquiera le golpeaba en sitio peligroso; conformábase con tenerle allí como crucificado, y con responder á sus ronquidos y amenazas con sordos y mortificantes improperios; alguna vez se oía también el estampido ronco de un puñetazo sobre un esternón de acero... y poco ó nada más se oía; porque, tocante á los espectadores, ni se movían ni chistaban: allí se estaban todos con los ojos encandilados y el color de la muerte en el semblante; los muchachos, royéndose las yemas de los dedos; las mujeres, con la boca abierta, y los viejos dando mandíbula con mandíbula.

Harto claro se vió que las mozas de Rinconeda no contaron con todo lo que estaba pasando, al ir á Cumbrales como fueron; y por verse tan claro en la sorpresa y dolor que mostraban, no cayeron sobre ellas las hembras de Cumbrales y se libró de ser un verdadero campo de Agramante aquel Campo de la Iglesia.

Si un luchador, al levantar la cabeza, mostraba la faz ensangrentada, alzábase en los contornos un rumor de espanto y de indignación al mismo tiempo; y entonces alguna voz clamaba por la Justicia. ¡La Justicia! ¡Á buena puerta se llamaba! Tres concejales, el pedáneo y el alguacil estaban enredados en lo más recio de la pelea, brega que brega, no para poner paz, sino porque eran ellos de Cumbrales y los otros de Rinconeda; el juez municipal, que al empezar la batalla se hallaba en la taberna (cuya puerta trancó por dentro Resquemín, dicho sea de paso, en cuanto quedó desocupada), se escondió en el pajar... con el sobrante de la jarra que tenía entre manos; y por lo que hace al alcalde Juanguirle, ya sabemos que se fué á dormir la siesta poco después de salir del rosario.

Á todo esto, los plúmbeos nubarrones se iban desmoronando en el cielo, y extendían su zona tormentosa, cárdena y fulgurante, hasta la misma senda que recorría el sol en su descenso; y cuando un rayo de él lograba rasgar los apretados celajes y caía sobre los entrelazados grupos de combatientes, relucía el sudor en los tostados rostros manchados de sangre y medio ocultos bajo las greñas desgajadas de la cabeza; y cual si aquel rayo, calcinante y duro, fuera aguijón que les desgarrara las carnes, embravecíanse más los luchadores allí donde el cansancio parecía rendirlos, y volvía la batalla á comenzar, lenta, tenaz y quejumbrosa.

Ya sabemos dónde luchaban Pablo y Chiscón; que éste era grande y forzudo, y cómo recibió su primera embestida el valeroso mozo de Cumbrales, que si no era tan fuerte como su enemigo, tenía, en cambio, la agilidad de la corza y el temple del acero. Así saltaba, hería y se cimbreaba. Eran los dos luchadores el ariete poderoso y la espada toledana. Huir de los brazos hercúleos de Chiscón era todo el cuidado de Pablo; y entre tanto, golpe y más golpe sobre el gigante. Reponíase éste apenas del aturdimiento que le causaba un puñetazo en la boca, y ya tenía otro más recio en las narices; con lo que el salvaje, poco acostumbrado á aquel género de lucha, bramaba de ira; y bramando, esgrimía las aspas de su cuerpo, y cuanto más las agitaba, más se perdían sus derrotes en el espacio, más se quebrantaban sus bríos y más espesos caían sobre su cara, llena ya de flemones, ensangrentada y biliosa, los golpes de su ágil adversario. Pero necesitaba éste terminar de algún modo aquella lucha desigual y expuesta, y tras ese fin andaba rato hacía. No bastaba aturdir al atleta; era preciso derribarle, vencerle. Al cabo, logró plantarle un par de puñetazos entre mejilla y ceja; y con esto y otro puntapié hacia el estómago al humillar el bruto la cerviz, quedóse éste como Polifemo cuando Ulises le metió por el ojo el estacón ardiendo. Entonces se abalanzó Pablo á su cuello de toro; hizo allí presa con las manos, que tenazas parecían; sacudióle dos veces, y á la tercera, combinada con un hábil empuje de la rodilla, _acaldó_ en el suelo al valentón de Rinconeda. Fragor produjo esta caída; pero no por el choque de las armas, como cuando caían los héroes de la Iliada, sino por el peso de la mole y el crujir de los pulmones y costillas. Cayó el gigante con el rostro amoratado y medio palmo de lengua fuera de la boca, porque Pablo, sin aflojar la tenaza de sus dedos, se encaramó á su gusto sobre el derribado coloso.

No muy lejos de Pablo andaba Nisco, que tampoco peleaba al uso de la tierra, como su adversario quería; es decir, pecho á pecho y brazo á brazo, con variantes de zarpada y mordisco, sino á puñetazo seco y á rempujón pelado; mas no procedía así porque su contrario fuera más fuerte que él, pues allá se andaban en brío y en tamaño, sino porque en el hijo de Juanguirle obraban la vanidad y la presunción lo que en Pablo la necesidad aquel día. Es de saberse que hasta para luchar á muerte era vanidoso y presumido el demonio del muchacho aquél. Así se le veía rechazar á su enemigo con un golpe seguro y meditado, y aprovechar la breve tregua para atusarse el pelo y acomodar el sombrero en la cabeza. Sus brazos, antes de herir con el puño, describían en el aire elegantes rúbricas, y no tomó actitud su cuerpo que no fuera estudiada. Parecía un gladiador romano. Estaba un poco pálido y se sonreía mirando á las muchachas que le contemplaban. Otras veces recibía con las manos la embestida del enemigo; le sujetaba por los brazos, le zarandeaba un poco, y después le despedía seis pasos atrás; y vuelta á componerse el vestido, á colocarse el sombrero, á sacudirse el polvo de las perneras y á sonreir á las muchachas, entre las que estaba Catalina, á tres varas de él, anhelosa, conmovida y siguiendo con la vista, y en la vista el alma, todos sus ademanes y valentías.

Cuando una sonrisa de las de Nisco era para ella, parecía decirle la gallarda moza con los ojos:--«¡Ánimo, valiente! que en cuanto las fuerzas y la serenidad te falten, aquí estoy yo para morir á tu lado defendiendo tu vida.» ¡Era digno de estudio y de admiración aquel bravo mozo! En su cara risueña, y mientras se acicalaba, entre embestida y sopapo, se leían claramente estos pensamientos:

--«No quiero mal á este enemigo; no tengo empeño en causarle daño; peleo con él porque soy de Cumbrales y él es de Rinconeda, y para que vea que ni le temo ni es capaz de vencerme... pero que no me toque en el pelo de la ropa. ¡Eso sí que no lo tolero yo!»

Al fin apareció por el lado de la iglesia el bueno de Juanguirle, á quien había ido á despertar Cerojas. Subió á lo más alto de la peña, recorrió con la vista azorada el campo de batalla, y se llevó ambas manos á la cabeza; luégo pateó y se lamentó y se mesó las greñas. Algunos espectadores se le acercaron encareciéndole la necesidad de que la lucha terminase; y la digna autoridad, sin hacer caso de consejos que no necesitaba, alzó el sombrero hasta donde alcanzaba su diestra, bien estirado el brazo después de ponerse sobre las puntas de los pies, y gritó así, con toda la fuerza de sus pulmones:

--¡Alto!... ¡á la Josticia!... ¡á la Ley!... ¡á la Costitución!... ¡al mesmo Dios, si á mano viene; que, á falta de otro mejor, á la presente su vicario soy en este lugar!... ¡Ténganse, digo, los de Cumbrales!... ¡Respeten mi autoridad los de Rinconeda!... ó si no... ¡voto al chápiro verde!...

Como si callara. Volvió á patear el digno alcalde, y cambió de sitio, y tornó á mesarse los pelos. Dos mozos de Rinconeda, que no habían hallado con quién pelear, ó no lo habían intentado con gran empeño, le miraban de hito en hito.

--¡Á la Ley!... ¡Á la Costitución!... ¡Á la Josticia!--volvió á gritar Juanguirle.

--¡Á la Josticia!... ¡Á la Costitución!... ¡Á la Ley!--repitieron algunas personas consternadas, recomendando así á los combatientes las amonestaciones de la autoridad.

La misma desobediencia.