El sabor de la tierruca · Unidad 29 de 35

PRÓLOGO DE UN DRAMA · 2 — parte 3

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.

--¡Pablo... hijo mío!... Yo no sé si algo de lo que ayer te dije puede haber contribuido á la desazón en que te hallas. Si es así, ¡perdóname, por el amor de Dios!... Yo no podía presumir... no era fácil adivinar... Creía tener mis razones, estar en mi derecho; porque cabe muy bien que un viejo como yo, en determinados casos de la vida, reprenda á un mozo como tú, que se halla en salud cabal, como tú te hallabas cuando yo te reprendí... quizá con mayor dureza que la debida, porque á la lengua más la mueve el temperamento que la voluntad. Pero aquello pasa... pasó como pasan las tempestades; y ahora me asusta el temor de que el recuerdo de ello pueda afligirte la memoria en el estado en que te ves... Por supuesto, que no le doy importancia maldita, y creo que eso ha de desaparecer como un relámpago... ¡Pues no faltaba más!... Pero, aunque pasajero, te postra en la cama y te hace padecer... ¡Si supiera yo dónde hallar al infame que te hirió!... ¡Y ese médico que no llega!... ¡Y al bestia que fué á traerle no se le habrá ocurrido buscar otro á faltas de él!... Hay gentes que entienden algo de remedios caseros para estos lances perentorios. Aquí todos somos unos burros que no sabemos jota de ello. Nada se nos ocurre para aliviar á este infeliz que se abrasa, Dios sabe por qué... ¡Y esto es precisamente lo que hay que averiguar cuanto antes; y sólo puede averiguarlo un médico, y el médico no viene!... ¡Si estos bestias de Cumbrales no hubieran despedido al suyo hace cuatro meses!... Hombre, ¿no sería bueno mandar otro propio con el caballo del cura? No soy gran jinete; pero me atrevo á ir hasta el fin del mundo en busca de un médico ahora mismo...

Hablaba y hablaba sin cesar don Juan de Prezanes, al tenor de lo apuntado, mientras se paseaba inquieto y taciturno su compadre por delante de la puerta de la estancia, y permanecían las tres mujeres junto al lecho de Pablo, como otras tantas estatuas de la melancolía.

Notábase demasiado calor allí; lo advirtió el enfermo y se desalojó el cuarto, quedando en él solamente doña Teresa, sentada junto á los pies de la cama.

Pasó otra hora; y ya don Pedro había dado las órdenes para que se fuera en busca de otro médico, cuando se oyeron en el corral las herraduras del caballo que debía traer lo que con ansia mortal se esperaba...

Y lo traía el noble bruto sobre sus lomos empapados en sudor.

Digo que llegó el doctor, forrado, por cierto, de pies á cabeza en altas polainas, recio capote y descomunal bufanda.

Cómo fué recibido, no hay que contarlo, pues ya se sabe con qué ansiedad se le esperaba.

Siempre sucede lo mismo en idénticos casos; lo cual no nos impide, cuando estamos en cabal salud, poner á los médicos á bajar de un burro, por ignorantes y matasanos. Así somos, con la gracia de que en otros muchos lances de la vida, aún somos peores y más injustos y más ingratos. Pero vamos al asunto.

Tardó el médico, porque se hallaba ausente de la villa cuando fueron á buscarle. Llegado á su casa, le enteró de lo ocurrido el criado de don Pedro; después salió á encargar á un farmacéutico los medicamentos que juzgó necesarios, operación nada breve... Pero, en fin, ya estaba allí, aunque un poco retrasado, con un frasco en cada bolsillo y llena de emplastos la cartera. Aunque entradillo en años, era chancero y alegre; por lo que sus palabras (después de oir de pie, y mientras se despojaba de los pesados abrigos que llevaba encima, la relación hecha por don Pedro) fueron á modo de brisa que, si no barrió, adelgazó mucho los negros celajes que abrumaban el ánimo de aquellas buenas gentes.

Entró luégo en el cuarto del enfermo, seguido de don Pedro Mortera y de don Juan de Prezanes. Salió doña Teresa; cerróse la puerta y comenzó el reconocimiento, que fué largo y escrupuloso.