El sabor de la tierruca · Unidad 28 de 35

PRÓLOGO DE UN DRAMA · 2 — parte 2

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--Esto es advertirte que te conviene menos que á mí alargar la plática. Con que déjala donde está, y sigue tu camino para que yo siga el mío.

--Y ¿quién te le cierra?

--Tú.

--¿Y pa cuándo e la voluntá e l’ hombre?

--Para cuando se necesita, como yo la necesito ahora; no para pasar, sino para dejar de hacerlo. ¿Quieres más?

--¿No lo eztá viendo, nene?

--¿Buscas quimera?

--¡Zi de ezo vivo!...

--Pues yo no la quiero.

Todas estas respuestas de Pablo las tomaba el Sevillano por encogimientos del espíritu; y en tal creencia, envalentonábase, y á una provocación añadía otra más irritante. Como llegó á alzar mucho la voz, los pocos transeuntes que asomaban por las callejas inmediatas deteníanse con la azada ó el rozón al hombro, á ver y oir; y también salieron al portal ó á la ventana gentes curiosas de las casas más próximas. Por fortuna para el Sevillano, todos estos testigos eran mujeres, viejos y muchachos, entre quienes el recuerdo de la víspera no había de producir un acto vengativo. Seguro de esto, complacíale la presencia de todos, porque iban á ser testigos de la humillación de Pablo y, por ende, de su bravura sin rival, puesto que Pablo había vencido el día antes al hombre más fuerte de la comarca. Redobló, pues, sus provocaciones, y llegó á decir á Pablo, cuadrándose delante de él:

--¡No ze paza po aquí!

--Por última vez te pido--respondió Pablo, verde y convulso,--que me dejes pasar.

Á lo que respondió el Sevillano con burlona sonrisa y fuerte voz:

--Jindama ze llama ezo en la tierra é lo valientej’ onde yo juí el amo.

Pablo no apartaba un punto de su memoria la pasada desazón con su padrino, el disgusto y las reprimendas de su padre, sus compromisos, sus propósitos... Todo lo tenía presente y todo pesaba sobre su razón, hasta entonces dueña y soberana de él; pero aquella provocación, dispuesta sin duda por el mismo diablo, en el punto en que había llegado á ponerla el atrevido, era mucho más de lo que se podía sufrir con paciencia y delante de testigos. Cególe la indignación; crujieron sus puños y sus dientes apretados; olvidóse de todo menos del miserable que le provocaba, y díjole, en una actitud que le hizo dar un salto atrás:

--¡Fuera de ahí!

El Sevillano no contaba seguramente con aquella rápida mutación que le causó tan descomunal efecto. ¡Quién sabe el partido que hubiera tomado entonces el valiente al hallarse á solas con Pablo! Pero el duelo era público, y había que sostener la fama de cualquier modo, por vil que fuera.

Al saltar hacia atrás llevó las manos al ceñidor; y, sin perder de vista á Pablo, tiró de la navaja, la abrió rápidamente y se puso en actitud de defensa. Entonces fué Pablo quien retrocedió á su vez, al brillo repulsivo de aquella arma innoble, que le hirió la vista como la luz de una centella. Al mismo tiempo lanzaron un grito las mujeres que presenciaban la escena. Eso buscaba el valentón: imponerse por el espanto.

En cuanto se vió dueño del terreno, parecía que con manos, ojos y boca deshacía y devoraba el mundo entero. ¡Qué ademanes! ¡qué gestos! ¡qué miradas!

--¡Aquí ze ven lo guapo, zeñó futraque! ¿Pa qué jué el impétu?... Otro arrempujonsiyo; y aunque zea poco á poco, ayégate acá... ¿ú quierej’ un calezín pa vení ma repozao?

Así hablaba el jandalete, mientras Pablo luchaba entre el deseo que tenía de acogotarle, y el horror que le infundía el arma de los presidiarios.

--¡Arrójala, traidor!--dijo, sin apartar la vista de la navaja.

--¡Po zi e un arfeñique, tonto! Ven á chumpale... ¿ú penzaba que te iba á valé conmigo la sancaíya, como con el otro de ayé?

Y Pablo, mordiéndose los nudillos de coraje, detestando á aquel hombre provocativo, y con fuerzas y valor para luchar con él, no se atrevía á acercársele, porque... porque tenía miedo, así como suena; pero miedo á su navaja, cuyo aspecto le repugnaba como el de un bicho venenoso.

--¿Vienej’... ú voy?--dijo el bravo dando un paso hacia Pablo. Este dió otro también... hacia atrás.

--¡Cobarde!--gritó, al notarlo, el Sevillano.

Aquella palabra penetró como un bisturí en todas las fibras del mozo... pero no le hizo moverse del sitio que ocupaba. Un sudor frío le bañaba el rostro, y el corazón le aporreaba las paredes del pecho, como si protestara contra la cordura de la cabeza.

Los espectadores de la escena estaban aterrados y gritaban á Pablo que huyera, porque no era igual la lucha; con lo que iban subiendo de punto los atrevimientos del matón, que llegó á hablar así, dando otro paso hacia el ofuscado joven, el cual también dió otro... hacia atrás:

--No quiero tu vida, que ya veo la mala calidá que tiene; pero te voy á pintá un muñeco en la jeta pa que le llevej’ á la boa el día que te cazej’, y tenga la moza argo güeno que mirá en tí.

¿Han visto ustedes saltar un tigre?... digo, ¡qué han ver, ni Dios lo quiera! pero lo habrán oído ó lo habrán visto pintado. Pues como salta un tigre, rápido, fiero y gallardo sobre su presa, así saltó Pablo sobre el atrevido jaque tan pronto como le oyó mezclar en sus bravatas lo que él guardaba en el relicario de su pecho. Cañones que le hubieran puesto delante, no habrían conseguido detenerle en su ímpetu sublime.

Al ver al uno en brazos del otro, y la navaja aparecer y desaparecer entre ambos, alborotóse la gente espantada; acudieron nuevos curiosos de la vecindad, y entre ellos Juanguirle, que se abalanzó á los combatientes. Pero no era necesaria su ayuda. En pocos momentos desarmó Pablo á su enemigo; le sopapeó, le revolcó en el fango, volvió á levantarle asido por las greñas, le dió dos puntapiés, y arrojó el arma vil á una poza, mientras el valiente, huyendo del alcalde que se empeñaba en prenderle, y de la rechifla del público, corría que se las pelaba, escupiendo basura y _chocleándole_ los zapatos llenos de agua sucia de la charca.

Pablo, salpicado de barro, desaliñado y convulso, se dejó de comentarios ociosos, y fuése apresurado á casa de Juanguirle, deplorando que el suceso no hubiera ocurrido á siete estados debajo de tierra.

Nisco estaba mejor y ya sentado en la cama. Asombróse al ver á su amigo en tan desastroso aspecto; refirió éste el caso, y le abrazó el hijo de Juanguirle, lamentándose de no haberle ayudado, siquiera con la presencia, y de que hubiera salido vivo del empeño el traidor de la navaja. Preguntóle si le había herido con ella.

--Nada absolutamente--respondió Pablo.--Ni un arañazo me ha costado pisotear la fama de ese bribón. Un dolorcillo siento hacia esta costilla del lado izquierdo; pero no es de golpe alguno, sino de un esfuerzo que hice al levantarle de la poza.

Después se lavó las manos y la cara; se arregló el vestido; volvió á sentarse á la cabecera de la cama, y mudó de conversación; hasta que entró Juanguirle, que se había quedado charlando con los vecinos.

Pablo, mientras oía al alcalde lamentarse de no haber preso al bribón cuando pudo y debió hacerlo, palpábase con la diestra el punto dolorido y se revolvía mucho en la silla.

--¿Qué tienes?--le preguntó Nisco. Á lo que respondió el joven:

--Que me anda aquí algo tibio y pegajoso... nada; pero me causa una impresión muy desagradable.

Por consejo de Juanguirle, muy alarmado, se descubrió la parte donde Pablo sentía lo que tanto le molestaba. Las ropas estaban allí empapadas en sangre, y ésta continuaba fluyendo, aunque no en abundancia, de una herida en el costado. Nisco y su padre palidecieron.

--¡Y yo que dejé escapar á ese villano!--exclamó Juanguirle mesándose el pelo.

--¿Qué es lo que tengo?--preguntó Pablo.

--¡Una herida que hay que cuidar, hijo!--respondió el alcalde.

--¡Una herida!... ¿Cuándo me la hizo, si yo no sentí nada?

--¡Bueno estabas tú para sentir, aunque te hubieran abierto en canal!... ¡Y estamos sin médico hace cuatro meses! ¡Voto á briosbaco y balillo!...

--Ande usted--repuso Pablo sonriendo, más por disimulo que por ganas,--que como se curó Nisco me curaré yo. Lo que importa es que en mi casa no se sepa esto.

--No estoy, Pablo--dijo Nisco,--porque esas cosas se oculten. Bueno es que, por de pronto, se ponga un reparo para que llegues á tu casa sin asustar á la gente con la vista de la sangre; pero después... Cierre la puerta, padre, y curémosle con lo mismo que el suyo me curó ayer á mí. Dicen que dijo don Pedro que el agua fresca es el mejor remedio para las heridas. Desnúdate, Pablo, de medio arriba.

--Es cierto--añadió Juanguirle, azorado y presuroso.--Desnúdate, hijo, en tanto voy yo por el agua y unos trapos.

Salió, cerrando la puerta por fuera, y descubrió Pablo su tronco, blanco como el alabastro, fornido y esbelto como el de un Apolo de Fidias.

--Tiéndete en la cama,--le dijo Nisco arrimándose él á la pared.

Hízolo así Pablo; entró Juanguirle con una jofaina llena de agua, y media sábana vieja al hombro, y dióse comienzo al lavatorio. La herida estaba sobre una costilla. No se metieron los improvisados cirujanos en otras investigaciones; pero vieron que tenía medio palmo de larga, y esto los asustó. Hecha esta primera operación, pusieron unos paños empapados en el mismo menjurje con que se curaba Nisco la descalabradura; sujetáronlos con una ancha venda; vistióse Pablo, y le dijo Juanguirle, que le quería de veras:

--Ahora, á casa, hijo mío; cuéntalo del mejor modo que te parezca; ¡pero cuéntalo, por el amor de Dios! y llama á un médico en seguida, porque esos boquetes suelen tener la salida por donde menos se piensa... ¡Ah, como yo llegue á echar mano al traidor!... Y ¡voto al chápiro verde que he de echársela, ó no seré más alcalde de este pueblo!

Salió Pablo poco después, hallando en el portal, muy afligida, á la alcaldesa, que, por ciertos respetillos pudorosos, no había asistido á la cura; chanceóse con ella para tranquilizarla, y se encaminó á su casa, pensando, más que en la herida, en el efecto que iba á producir en las dos familias la noticia del suceso, si es que no había llegado ya en alas de la oficiosidad de ciertas gentes entrometidas.

¡Vaya si había llegado! Y salía ya don Pedro portalada afuera; y se asomaban al balcón madre é hija desoladas y sin color en el rostro; y acudía Ana, con el alma en un hilo, y quedaba don Juan en su casa echando chispas por los pelos erizados y tempestades por la boca.

Nada dijo Pablo de la herida; pero refirió el encuentro tal y como había sido.

--Ésta es la verdad--añadió.--Yo no lo he buscado; ello se vino solo... ó traído por Satanás. Sé que es llover sobre mojado; barrunto cómo estará mi padrino; conozco lo que á ustedes les aflige el caso por el color que tiene; pero no lo pude evitar... Perdóname, Ana: otra vez me dejaré poner la mano en la cara, si te gusto más, bien abofeteado y huyendo, que mal vestido y triunfante.

--¡Pero dicen que te hirió con una navaja!--exclamó su madre palpándole desatinada todo el cuerpo.

--¿En dónde?--dijo Pablo con fingido asombro, pero cuidando mucho de que su madre no le tocara donde le dolía ya más de lo que él esperó.--No hagan ustedes caso de charlatanes... ¡y por el amor de Dios, no hablemos más de estas cosas!

--Y... ¿ese hombre?--le preguntó don Pedro, que hasta entonces no había desplegado los labios, aunque se los había mordido muchas veces.

--Huyó corrido como una liebre--respondió Pablo;--y dudo que vuelva á vérsele por Cumbrales en mucho tiempo.

Ana, en tanto, descolorida y angustiada, no apartaba sus ojos del mancebo, cuyo aspecto le daba mucho que pensar.

--¡Tendrá que oir tu padre ahora!--la dijo Pablo.

--La verdad es--interrumpió don Pedro, que se paseaba cabizbajo y sombrío,--que se combinan de tal modo las cosas, que sin el genio irascible de Juan, hay para darse á Barrabás con ellas.

--¿Qué dijo al aprenderlo, Ana?--preguntó Pablo.--Cuéntalo todo sin reparos, porque conviene saber á qué atenerse.

--Poco, pero bueno--respondió Ana, esforzándose por echar á broma la cuestión.--Ya con la noticia sola de la agarrada, se había puesto que tocaba las vigas con la cabeza; pero al saber que había andado la navaja por medio, entendí que le daba algo. Entonces me dijo: «mírate bien, Ana; que por el camino de esas aventuras se va á presidio.»

--Y tú ¿qué le respondiste?

--Yo... corrí hacia acá, porque eso de la navaja me heló la sangre en las venas.

Acabóse pronto esta conversación; llegó el mediodía, y Pablo comió muy poco. Después se encerró en su cuarto y se pasó la mayor parte de la tarde con la cabeza entre las manos y los codos sobre la mesa. La herida no sangraba ya; pero le dolía mucho. Al anochecer sintióse destemplado y sediento; le ardía la cabeza, y tuvo necesidad de acostarse. Su madre y su hermana habían entrado á verle varias veces; pero él había conseguido, si no tranquilizarlas, por lo menos convencerlas de que nada grave tenía. Don Pedro, que todo lo observaba, llamó á un criado y le dijo:

--Ensilla el caballo y prepárate tú para ir á donde yo te envíe.

En seguida se fué al cuarto de Pablo. Acababa éste de acostarse. Le pulsó, le tocó la frente... y se nubló la suya.

--¡Tú estás herido, Pablo!--le dijo angustiado, pero enérgico:--horas hace que lo estoy sospechando.

--Es cierto--respondió el mozo.--No me he atrevido á decirlo delante de las mujeres, por no alarmarlas.

--¿Y yo?... ¿soy por ventura una de ellas? ¿No sabes, insensato, que en estas ocasiones no deben desperdiciarse ni los instantes?

Le dió cuenta el enfermo de la precaución que se había tomado en casa de Juanguirle, y quiso don Pedro examinar la herida. Toda la fuerza de su voluntad, que era mucha, necesitó para no lanzar una exclamación de espanto al ver aquel ancho boquete con los bordes inflamados y sanguinolentos. Volvió á cubrirle como se lo permitió su aturdimiento; dejó á Pablo y voló al portal, donde esperaba el criado con las espuelas calzadas y el caballo listo.

--¡Á escape á la villa!--le dijo.--Avisa al médico de casa; adviértele que se trata de una herida, para que traiga á prevención siquiera lo más indispensable; que monte en este mismo caballo, si no tiene otro más veloz, y que venga en el aire, porque el herido está muy grave.

Este recado le oyeron doña Teresa y María, que andaban con oídos sutiles detrás de la verdad. Al descubrirla se espantaron, y corrieron hacia el dormitorio de Pablo. Don Pedro las detuvo.

--Pero ¿se morirá, Dios mío?--exclamaba la dolorida madre, mientras su hija lloraba amargamente.

--¡Silencio, por la Virgen!--les decía don Pedro por lo bajo.--¡Que no os oiga; que nada conozca! Entrad allá, vedle, acompañadle; pero como si nada grave sucediera.

--¡Hijo de mi corazón!... Pero ¿crees que se halla en peligro de muerte?

--¡No lo permita Dios!--dijo don Pedro, descubriendo, en lo trémulo de la voz y en las lágrimas que asomaban á sus ojos, el dardo que tenía clavado en el alma.

Luégo entraron todos en el cuarto del enfermo, que yacía postrado en el sopor de la fiebre.

[Ilustración]

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XXVI

DE VARIOS COLORES

¡Qué noche!... El tiempo pasaba; el médico no venía; Pablo continuaba agravándose, y nadie se atrevía allí á aventurar un remedio, porque el aspecto de la enfermedad ataba las manos indoctas, que bien podían dar veneno por triaca. Se entraba y se salía á cada instante, y se andaba de puntillas en la estancia á media luz; se aplicaba el oído á la agitada y seca respiración, y la palma de la mano á la ardorosa frente del enfermo; y cada acto de éstos producía una pregunta muda y anhelosa en los ojos contristados de los demás. Del cuarto de Pablo se iba á todas las puertas y ventanas que daban al corral; y por cada rendija se escuchaban los ruidos de afuera, hasta los más leves rumores... el latir de algún perro, los golpes del pesado rodal, las esquilas de la yunta, las almadreñas del carretero, algún cantar lejano... todo muy de tarde en tarde. Después, el silencio absoluto, impenetrable como la obscuridad que le envolvía... ¡ni un sonido que se pareciera al de las herraduras del brioso caballo de don Pedro sobre los resbaladizos cantos de la calleja!

Nada se le había dicho á Ana de la alarmante gravedad en que se hallaba Pablo; pero hasta en las ondas del aire hay oficiosos correos para las malas noticias; y ésta no tardó en llegar á casa de don Juan de Prezanes.

Cenando estaban ya padre é hija: ésta triste y sobresaltada por los sucesos del día, y aquél sombrío, mudo y desazonado por la misma causa, pero vista con ojos bien distintos de los de Ana. Cayó entre ambos la noticia como la guadaña de la muerte; y, yertos y despavoridos, alzáronse al punto de la mesa; abrigáronse mal y de prisa, y volaron al lado del enfermo.

Se adivinan, sin que yo las describa, las impresiones de Ana junto á aquel lecho en que yacía Pablo medio aletargado por la calentura. Corríanle á la infeliz las lágrimas por las mejillas, y ahogaba los sollozos en su pecho y las palabras en su boca; pero no pudo evitar que sus manos se posaran trémulas y codiciosas sobre la frente caldeada del enfermo.

--¡Se abrasa el desdichado!--tuvo que decir entonces, porque la pena y el sobresalto de que se vió acometida, la impusieron aquel desahogo.

Abrió los ojos Pablo al oir aquella voz, y dijo, queriendo sonreírse:

--Esto pasará pronto...

--¿Cómo te encuentras, hijo mío?--le preguntó su madre, anhelosa y acongojada, aprovechando el inesperado momento de lucidez para explorar el estado del enfermo.

--Bastante bien--respondió éste volviendo á cerrar los ojos.--El calor me incomoda mucho... ¡Más agua!

Sobre la mesita cercana al lecho había una botella, casi vacía ya, y una copa con agua. Ana se apoderó de ella rápidamente y la acercó á los labios ardientes de Pablo. Este cogió con su mano, que abrasaba, la copa, y con la copa la mano de Ana; y así bebió, sorbo á sorbo, como si le refrescara, más que el agua que bebía, el contacto de aquella piel fina y rosada, misterioso centro en que á la sazón convergían los anhelos de dos almas y la esencia de dos vidas.

Mientras esto pasaba, don Juan de Prezanes (que ya se había quejado amargamente de que no se les hubiera dado antes la noticia) preguntaba á todos y á cada uno cómo había sido _aquello_; qué trámites había seguido la agravación; á qué hora se había ido á buscar al médico; por qué no venía ya... y todo cuanto podía preguntarse y mucho más, espeluznado, nervioso, inquieto y descolorido. Pero cuando observó que Pablo hablaba, y tan pronto como Ana volvió á poner la copa sobre la mesa, no pudo contenerse y avanzó hasta la cabecera del lecho. Pulsó al enfermo, le palpó la frente, le arropó cuidadoso, le subió el embozo de las sábanas y volvió á bajársele; tornó á subírsele, quiso hablarle, y se contuvo; le arregló la almohada, y otra vez las ropas; volvió al intento de preguntar algo... y tampoco dijo nada. Iba y venía; escuchaba la respiración del enfermo y miraba á los circunstantes; y á todo esto le temblaban los labios y la barbilla, y los ojos se le humedecían; sacaba el pañuelo del bolsillo; llevábale rápido á las narices; daba con ellas un trompetazo seco; volvía á guardarle... en fin, mareaba.

Al último, estalló así: