El secreto de la ruleta · Unidad 3 de 95

Unidad 3 · EL SECRETO DE LA RULETA 1 5>

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EL SECRETO DE LA RULETA 1 5>

de francos y una gran tristeza, una amargura de boca la acidez de los grandes hartazgos cuando aun no han^ gracias a unos años de privación, pasado a ser un sueño maravilloso.

Después de la marcha del generoso amante hubo un momento en que Yvonne pensó casi en darse por vencida y en, con sus cien mil francos, retornar a París y vivir ya obscura y vulgar. Pero el juego la atraía, e atenazaba, le vencía. Apenas en su lecho del Negresco apagaba la luz y cerraba los ojos para dormir, el secreto de la ruleta se abría como la puerta de la cueva de Ali-Baba y las combinaciones, los trucos, los intrincados cálculos se mostraban a ella como cosa muy fácil y hacedera. No podía resistir la fiebre y saltaba de la cama para, inclinada sobre la mesa de escribir, trazar laberínticas combinaciones que habían de ser la red que aprisionara la Fortuna. Pero al día siguiente, invariablemente, cuando muy chic, muy juvenil aún, sentábase ante las mesas de juego del Casino de Monte-Cario perdía la sangre fría y, como por ensalmo, olvidaba las combinaciones y jugaba desesperadamente, rivalizando con cualquier novata.

No era una profesional de amor en el sentido vulgar del nombre, no era una de esas criaturas de baja extracción que gracias a una gran belleza se encuentran rodeadas de lujo y son como una hermosa bestia de placer. No; Yvonne pertenecía a la clase media, era una señorita. Y cuando dos años

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después del matrimonio, abrumada por la monotonía prosaica de la vida, su alma de burguesilla se sublevó y decidióse a la conquista de los locos ensueños de riqueza, de elegancia y de placer, fué siempre discreta, de buen gusto, delicada, espiritual, lejos de la rapacidad vulgar y de los excesos groseros y seguramente hubiera llegado, sin el juego. Pero desde que por primera vez vió a un banquero abatir con nueve, desde que el brincar de la bolita de marfil sobre la ruleta crispó con su ruido seco y agudo sus nervios sintióse prisionera para siempre de la pasión terrible. Fatalmente todas sus glorias, todas sus magnificencias acabaron allí. Y por fin, cuando ya casi en el crepúsculo de su vida llegó de improviso la riqueza con aquel viejo y buen amigo, el oro no hizo más que rebotar en su mano para caer sobre los ceros, los trece y los treinta y unos.

En Monte-Cario, y sola ya, jugó mucho; tuvo alternativas de ganancias casi fabulosas en que creyó salvarse para siempre, y pérdidas enormes que le hicieron pensar en, al salir de allí, arrojarse al mar como una solución; y siempre, siempre, cuando después de la oscilación hacía el balance de su bolsa, encontrábase con que su tesoro había disminuido. Libre de ■ su protector, entregada en alma y vida a su pasión, comenzó a descender rápidamente la pendiente que lleva al desastre. Descuidó su indumentaria, olvidó a sus amigos, vivió sólo en el Casino y poco a poco,