El secreto de la ruleta · Unidad 4 de 95
Unidad 4 · EL SECRETO DE LA RULETA 17
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
EL SECRETO DE LA RULETA 17
abandonó el Negresco por una pensión modesta, vendió joyas, pieles, encajes, y al fin un día, en un momento de clarevidencia, recobró su voluntad y huyó de la Costa Azul como de un jardín embrujado. En París no podía estar tampoco, y con los doce o catorce mil francos que le quedaban decidió ir a la ventura en busca de lo imprevisto y metióse en España.
Sentíase ahora, sola en el departamento de primera, tan triste, tan vieja, tan vencida, con algo de roto interiormente, que tuvo miedo de que aquella devastación se reflejase en su rostro y buscó en el saquito de gro negro que llebaba colocado en el asiento junto a ella un espejillo de mano para contemplarse largamente.
El espejo no fué adulador, aunque sí cordial. Reflejaba la imagen de una mujer fatigada y triste, pero muy bella aún. Tenía la piel blanca mate y tersa, esa piel que recuerda al marfil y que tiene su trasparencia amarilla y malsana, tal vez con unas leves arrugas en las sienes y en la comisura de los labios; la boca pálida y mustia, pero de una gran belleza aún en la blancura de los dientes perfectos y de los labios de un rosa descolorido; los ojos grises... verdes... azules... no, decididamente más bien grises con una vaga claridad verdosa, el gris de una lámina de plata que reflejase el mar; y el cabello rubio, pálido, hacía inmaterial como una aureola seráfica. El cuerpo era bien proporcionado, duro, firme y resultaba joven en
18 ANTONIO DE HOYOS Y VINENT
el traje muy sencillo y muy chic de jerga azul oscuro, al que alegraba un ramo de violetas. Sobre los cabellos una toca negra, con dos alas recogidas del mismo color, de la que pendía un encaje cuyas sutiles mallas velaban el rostro discretamente, completaba el aire elegantemente modesto, muy dama, de toda su persona. Tomó un poco de cocaina para tranquilizarse y miró por la ventanilla.
Llovía a raudales, y al través del velo de agua el paisaje vasco, esmeraldino y jugoso, aparecía triste, todo en tonos pardos. Cruzaba el tren la estación de Pasajes y veíase la bahía desierta, de un verde sucio y espeso, presidida al fondo por el pueblo que así, en la tarde de lluvia, tenía miserable apariencia con sus casas subidas unas encima de otras como en los cuadros de Valentín Zubiarre, rodeada por montes semi velados por las nubes algodonosas que eran cual una prolongación del cielo color zinc, bajo y agobiante.
Como el agua, empujada por el viento, metíase en el vagón, Yvonne cerró el ventanillo, y por un momento entretúvose en contemplar el paiscje al través de los vidrios que con los goterones de agua que cuajaban y luego resbalaban lentamente, recordaban esos gruesos cristales verdosos e imperfectos que se ven en algunas casonas viejas.
La tristeza de todas las cosas metíasele corazón adentro y sentía frío, esa desolada sensación de soledad y de abandono que alguna vez nos sobresal-