El teatro de D'Annunzio : estudio crítico, leído en el Ateneo de Madrid, el 20 de Abril de 1907 · Unidad 4 de 7
Unidad de lectura 4
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
No merece fijarse en Hebea, que correrá á los brazos fratricidas de Leonardo que la han de arrastrar á la fuente Persea y ahogarla para librarse de su idea monstruosa y recordarla luego con cariño; su conducta y el desenlace es horrible, pero natural dada la locura de su cerebro envenenado; puesto que su tentación era monstruosa, lo mismo había de serlo el desenlace que lo precipitara á la acción. No debemos tampoco fijarnos en Alejandro, que correrá detrás de ellos cuando ya sea tarde, y llegará á la fuente para ver el cadáver de la víctima y el hermano emocionado bajo el cielo crepuscular: lo grande, lo hermoso está en la figura de la ciega, que les perseguirá también, que sentirá un supersticioso temor, y que anhelando comprender el misterio que los envuelve á todos, va siguiéndolos lentamente, llamando á la muerta, llegando al lugar del crimen como una aparición y lanzando el agudo grito de < ¡ Ah, ya veo! > al tocar el cadáver, grito revelador de la verdad que ha de despertarnos.
Vueltos al mundo real, despiertos otra vez, podremos comprender lo ilógico del sueño; mas la visión era grandiosa, sus imágenes nos han quedado grabadas en la memoria como las ruinas de La Ciudad Muerta, y en este
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conjunto de luz y de sombras habrá los resplandores celestes de una inspiración divina, y los negros abismos infinitos de un caos infernal y terrible, como la visión de un mundo distinto al nuestro, pero digno de verse y admirarse en su indiscutible originalidad.
En cambio, La Gloria^ siendo también otro sueño dramático, es mucho más sublime en su concepción, más poético en la idea que envuelve, y hubiera sido el mejor de los tres dramas si d'Annunzio, extasiado únicamente ante el conjunto del cuadro y la parte simbólica del drama, no hubiera sacrificado los personajes á ese mismo simbolismo.
Tal como es, nos aparece como una visión resplandeciente en la Ciudad Eterna, mucho más teatral que La Ciudad Muerta^ mucho más rápida en su desenvolvimiento casi vertiginoso, más grandes las pasiones que agitan á todos esos hombres en su avidez de gloria, y digna la concepción del poeta que lo creó, pero también es una visión de ensueño en que se confunden las luces y las sombras.
La Gloria&s la más simbólica de las obras de d'Annunzio; su nombre mágico, evocador de quimeras y esperanzas que produce tantas luchas sangrientas en la humanidad, es un ideal, y ese ideal en la tragedia lo encarna la extraña y misteriosa heroína Elena Conmena, esposa de Cesare Bronte, rival de Ruggero Flamma, en cuya casa conspiran sus partidarios por el poder. Ella es La Gloria^ un símbolo, no una mujer, y entre ella y el apasionado Ruggero Flamma está el drama. Todos sus
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partidarios, Giordano Fauro, Sigismondó Leone, Daniele Steno, Marco Agrate y la multitud de amigos y aliados que rodean al ídolo de Roma, no son más que una comparsa, algo como el pedestal de la estatua en que lo alza el poeta para mostrarnos su grandiosidad; el drama entre bastidores es más intenso que el de las tablas; hemos de ver á través de los balcones « la Ciudad Eterna bajo el cielo crepuscular con todos los resplandores del anochecer, > en el cual vibran de cuando en cuando grandes rumores, que son las aclamaciones del pueblo revolucionario. Allí se han desenfrenado las pasiones, los odios, las enemistades, la furia de millares de hombres cuyo rugido, semejante al de las fieras, llega hasta nosotros.
Con el crepúsculo parece caer el antiguo ídolo de Roma, Cesare Bronte, y llega el joven Ruggero Flamma, esperanza del porvenir, juguete de la opinión pública, que ha de elevarlo al pináculo de la Gloria. Después de la escena tumultuosa entre sus partidarios, Ruggero queda solo, absorto en sus meditaciones, dudando del porvenir, desconfiando de sí mismo, y es cuando oye la voz misteriosa que lo hace sobresaltar, es cuando aparece la Conmena diciendo: «¿Me esperabais?»
Y ante esa mujer que lleva esas alas brillantes en la cabeza y esa efigie de la Medusa en su pecho, que sonríe al mirarle, inmóvil como una estatua, el hombre se transforma, se queda inmóvil también, absorto, fascinado ante la visión de la mujer de su rival, creyendo soñar,., porque ha sentido en su presencia la imagen de su sueño ideal... « la Gloria > misma, y después de extasiarse ante la aparición divina, conmovido y emocionado, sólo puede balbucear en su delirio:
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« ¡Sois vos! ^Sois vos la que habéis llegado hasta mí? ¿Estáis viva, no me engaña la fiebre que me devora?... ¡ Ah, yo nunca creí veros en esta tierra, os veía demasiado lejos para imaginar que llegaría hasta vos mi clamor! > Esta frase es todo un poema, es como el grito del náufrago lanzado á las orillas por las olas del mar tempestuoso, revela el asombro del hombre que por un capricho del destino se ve de pronto en las puertas de la gloria que ha anhelado tanto tiempo luchando sin tregua ni descanso, y por eso aquella escena es la más natural del sueño; todo ese torrente de elocuencia es comprensible en un hombre tan fogoso como Ruggero Flamma, que abraza en esa mujer la imagen de la gloria misma; en el delirio del frenesí la jura un amor eterno, promete seguir su inspiración, cometer todos los crímenes más monstruosos por complacerla y sacrificarle hasta sus mejores amigos; no es responsable de sus palabras, porque es la aparición de la mujer, el vértigo de su felicidad inmensa, lo que le ha trastornado su cerebro exaltado.
Y el símbolo que encarna la mujer misteriosa se presenta continuamente á los ojos del espectador; para venir la Conmena á juntarse con Ruggero Flamma, tiene que morirse ante la sombra que surge entre ellos Cesare Bronte, su esposo, que se halla agonizando, y muere en el acto siguiente maldiciéndola por su abandono; ese abandono sólo es el de la gloria y la popularidad que dejan de lado al ídolo en su ancianidad, para abrazarse al joven, desconocido ayer, que ha de alzarse en su pedestal aclamado y vitoreado á su vez por las masas de la ciudad, hasta que en esa tempestad de atronadores aplausos resuenan poco á poco los gritos, las imprecaciones, los insultos y los mueras del odio y de la envidia, cayendo también este
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otro ídolo para ser arrastrado por las turbas en las charcas y el fango.
Yo tengo una predilección por este drama simbólico; me gusta La Gloria con todas sus cualidades y defectos, porque la hermosura de su poética concepción supera á los defectos de la técnica teatral.
Podrá ser nebuloso su conjunto, fantasmas y no caracteres sus personajes, pero son visiones de un sueño, y el sueño es el que atormenta en la vida real con sus ambiciones, sus luchas, quimeras y desengaños por llegar á ese ideal grandioso y terrible á la vez que fascina como irresistible sirena en el horizonte.
Es como un trozo de la vida de todos esos grandes hombres que han sido juguetes de la Gloria, y sentimos al leer la obra el vértigo que produce el mirar á la tierra desde alturas que sólo son accesibles para los cuantos privilegiados que llegan hasta la cima. Nada más verídico que esa mujer abandonando al viejo en sus últimos días, para enlazar al joven entre sus brazos; nada más natural en el drama que tantas protestas se levanten contra Ruggero Flarnma, porque se ha unido con la esposa del que fué su implacable rival; en la vida real ocurre lo mismo: al que es una esperanza á veces se le aplaude y se le anima, cuando llega á realizarla, entonces son las imprecaciones y calumnias contra su gloria inaccesible para los demás (lo mismo que en la obra injurian y maldicen á Flamma subyugado por la Conmena,) y el hombre se ve abandonado por los que ayer fueron sus amigos, cambiando las aclamaciones y aplausos por el rugido feroz é implacable de la muerte.
D'Annunzio nos muestra en aquel sueño la vida mis-
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ma, el triunfo del hombre ambicioso precedido de vivas y aclamaciones. El ídolo temblando sobre la altura de su pedestal, rodeado por las turbas, y el fracaso final que le precipita en el abismo de la muerte. En eso está la belleza de la escena final, en queRuggero Fiamma se halla abandonado por sus partidarios, sólo con la Conmena, y esto es como si dijéramos solo con su Gloria, que lo acompaña hasta la tumba. Por los balcones resplandecen los fulgores celestes del anochecer, y llega un clamor prolongado que paraliza de terror á Ruggero Fiamma, mientras la Con mena dice:
« ¡Oye! Tu nombre... tu nombre y la muerte gritado por millares de hombres que avanzan hacia nosotros; habíalos, detenlos con tu mágica palabra, y que al sonido de tu voz se calme la tempestad que agita á esa muchedumbre » .
Pero el héroe ya no es más que un hombre, lívido de terror al oir los clamores de las turbas que avanzan á despedazarle y arrastrarle por las calles de Roma.
Hay algo de grandioso en ese final, en que Ruggero Fiamma desconfía de sí mismo y comprende que ha llegado para él esa hora fatal del abandono que tuvo también su rival poco antes de morirse; el mal es irremediable, el destino ha dictado su sentencia, y la mujer misteriosa, al contemplarlo casi compasiva, nos revela, en sus últimas frases, el símbolo de la obra.
« ¡Ah!., exclama con dolor. Si hubiese tenido un hijo de ti... habría tenido el niño un gran destino», y entonces Ruggero Fiamma sale de su terror para decir ferozmente, en un momento de lucidez...
< No, eres estéril. Toda la vejez del mundo está en tu seno; sólo puedes parir la muerte... y, sin embargo, te
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he deseado todos los minutos de mi existencia, con un deseo insaciable; mi sed igualaba tu avidez. ¡ Ah! , ¡cómo te he amado! ¡Por adormecerme sobre tu seno he cometido todos los crímenes!»
Ésta es la última confesión del hombre que lo ha sacrificado todo por la Gloria; la última plegaria será que ella misma lo mate con la daga que esconde en su pecho, y en su abrazo final encontrará la muerte.
Éste es el fin del sueño de la vida, el semidiós de ayer convertido en objeto de odios implacables, la pérdida de su ideal, sin que le quede la esperanza de una estirpe que lo conserve, porque la Gloria no suele tener sucesión, aunque lo tengan sus víctimas, y los grandes hombres, como por sentencia de su destino implacable, nunca ven reflejados sus sentimientos ni el resplandor de su espíritu en los hijos que engendraron.
« La Gloria es estéril-*^ ha dicho el héroe de J'Annunzio antes de arrojarse en los brazos traidores de su pérfida sirena; y con él acaba el temblor que produjo esa terrible tempestad. A la noticia de su muerte el clamor poco á poco va apagándose, las pasiones calmándose mientras desaparecen como por encanto esos instintos feroces de ira y de venganza; sólo resuenan en el aire algunos gritos:
«¡Su cabeza! ¡Su cabeza! ¡Tíranos su cabeza!»
Quieren verlo muerto con sus propios ojos y cerciorarse de que el hombre terrible no se levantará ya más.
^No es esto como el mundo?... La Gloria es el calvario de los hombres ilustres perseguidos por los golpes, injurias y calumnias de sus ciegos contemporáneos que les crucifican, y una vez muertos, es cuando se apagan los
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odios incendiarios al verlos ya en el descanso de la tumba; es cuando se murmura: « ¡Fué un grande hombre! > , porque no ha de volver al mundo de los vivos.
Nadie que lea, por lo tanto, las tres Victorias podrá negar que en todo ese idealismo simbólico hay no pocas realidades de la vida vulgar que se penetran á través de la obra esencialmente poética; son sueños semifantásticos dramatizados en los que la fantasía se confunde en una misma masa con la verdad, y de ahí que resulten cuadros extraordinarios, pero deformes y desiguales en su desarrollo á causa de sus mismas cualidades y defectos, revelados en cada uno de los dramas.
Visto en conjunto, son como lienzos de pintura modernista, llenos de contrastes originales, en que se confunden las figuras con el paisaje, la intensidad de la luz con la obscuridad de la sombra; hay rasgos característicos hechos en dos pinceladas, suavidades nebulosas y vagas que no penetran nuestra vista, y en la obra entera, hecha como á capricho, siguiendo la imaginación defectuosa, sin tener colocado el modelo para dejarse llevar de la naturaleza, resalta en seguida el sello particular de este estilo decadente, la obra incompleta, sin terminar.
Y, sin embargo, con sus rasgos distintivos desde lejos y sus confusas sombras tan extrañas debemos ver los cuadros á distancia, porque fueron ideados y compuestos para que admiráramos el efecto del conjunto, y no la minuciosidad del detalle.
En ese modernismo literario, del cual d'Annunzio es uno de los primeros astros, sucede lo que á los cuadros
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de la escuela modernista: nunca debemos buscar el detalle porque no existe, la característica de este nuevo arte moderno está en la masa informe del conjunto, y así en sus piezas como en los lienzos, si nos acercamos para distinguir lo que á distancia se confunde, aumenta de tal modo la confusión, que fondo y figuras aparecen como manchas sin forma que nos obligan á retroceder. Tenemos que volver á nuestro punto de vista y mirar desde lejos ese gran monumento simbólico-poético, contemplándolo con la admiración de todo el que puede sentir, y no ahondando, con la minuciosidad de la crítica, porque, según dije ya, la obra completa no existe en la dramaturgia de d'Annunzio, ni se puede reflexionar fríamente sobre ese estilo vibrante y apasionado guiado por el capricho de la inspiración.
El ha esculpido su obra poética como se esculpen los grandes monumentos que han de colocarse sobre enormes pedestales, desde cuya altura resaltan distintamente los rasgos característicos del artista creador. En estos tres poemas dramáticos vemos la misma concepción y estructura, la alegoría de la Victoria con las alas rotas sobre el pedestal y la imagen de una mujer simbolizando el sensualismo, coronando el triunfo del artista.
Es el monumento que hubiera esculpido un pagano, son ensueños y visiones los que inspiraron la idea fundamental, y todos los defectos que pueda tener cada grupo en particular provienen de las mismas bellezas de su musa inspiradora, de esa fogosa inspiración, juvenil en su inconsciencia, que no admite reflexiones ni reparos.
El genio de d'Annunzio es poético y artístico: poético en cuanto al apasionamiento de sus sentimientos y artístico en cuanto á la imaginación pictórica al describir sus
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lienzos asombrosos que son factores principalísimos de su dramaturgia; las analogías entre sus lienzos y sus personajes son causa natural de su temperamento, que no se atiene á los recursos de la técnica teatral ni á los gustos reinantes hoy día en el público; porque no escribe para lo que entendemos hoy por público, sino para los artistas refinados, sólo capaces de entender y de sentirle; una imaginación tan idealista como la suya ni puede encerrarse en los moldes de la realidad ni atenerse á los recursos de la técnica teatral, porque ve mucho más allá del escenario, como nos lo prueban los paréntesis de sus dramas, reveladores de su exquisita sensibilidad poética, y de allí esa analogía entre los seres, las palabras y los objetos en la obra d'Annunzio; pudiera calificarse su genio de músico-poético, tan hermosa es la armonía que quisiera hacernos sentir; hay algo de ópera en esa lentitud de algunas escenas, donde los párrafos declamatorios, por la riqueza de su colorido, suenan como una melodía indefinible en el ambiente... y la música inspirada siempre emociona á las almas sensibles.
Es precisamente esa poesía ó ese idealismo, según quiera llamarse, lo que cautiva al leer d'Annunzio; podrá ser ilógico, absurdo á veces y demasiado fantástico otras, en su extraña desigualdad; pero hay en ello no poco de original, y esa misma falta de lógica, esa extraordinaria fantasía parece abrirnos horizontes nuevos que no vemos en el teatro moderno, tan frio^ tan observador y tan vulgar.
Yo confieso que aunque d'Annunzio sea vago y nebuloso varias veces en sus obras teatrales, y no debiera imitársele nunca en su modo de dramatizar caprichoso y hasta defectuoso, teatralmente hablando, no vendría mal
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á nuestro teatro moderno un mucho de su fantástica poesía y de su imaginación.
En sus dramas, los más adversos al poeta italiano no podrán negar que hay pasión y sensibilidad, que hay también verdadera creación; podrá calificarse de arte defectuoso si se quiere, pero algo habrá que tomar de él para el renacimiento de nuestro decadente teatro contemporáneo que, á falta de ideas y sentimientos, tiene en su esterilidad que recurrir á la copia exacta de los personajes más vulgares de esta viosaica vida real.
Con todos sus grandes defectos, prefiero muy de veras la dramaturgia del poeta italiano que, á lo menos, indica el esfuerzo de una gran tentativa hacia el ideal-, el fuego de su exaltada imaginación nos asombra, nos emociona y nos hace llegar á veces hasta lo sublime; leerlo es soñar, y soñar es lo que quisiéramos en el teatro, sentir y conmovernos, y no ver comedias insulsas sin arte ni concepción, sin poesía ni apasionamiento que revela el nervio del dramaturgo; frías en su sentimiento, lentas en su desarrollo, sin rasgos personales, sin pasión alguna ni idea fundamental, basadas en el chispeante ingenio del diálogo y en la copia de personajes vulgares, sin interés alguno, colocados en el mismo ambiente de insípida frivolidad que estamos hartos de ver fuera de las tablas, y todas estas cosas, tan sin enlace ni interés, que lo mismo pudieran terminar en el último acto que en el primero; casi puede añadirse que el número de actos de cada comedia moderna depende del número de chistes que tenga en reserva el autor y de las probabilidades de que su público se resigne á escuchar cuatro actos, allí donde sólo hay materia suficiente para dos.
La nota característica en d'Annunzio es el genio del
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idealismo, la del teatro contemporáneo es el ingenio propio del realismo sarcástico y ridiculizador; en uno hay gran sensibilidad, en otro la frialdad es el rasgo más saliente, y ambos parecen seguir sendas del todo distintas, en vez de unirse como debieran. Un poco de ese idealismo vago, un mucho de esa fogosidad é inspirada fantasía, unida á la reflexión y al ingenio moderno, regeneraría el teatro contemporáneo, destruyendo la imperante vulgaridad; la poesía de su arte personalísimo sería como ponerle música á la letra.
Por eso d'Annunzio debió titular sus Victorias sueños poéticos, porque tienen todas las bellezas y defectos del que sueña apartado del mundo en que vivimos; poéticamente, su obra teatral tiene ese valor que envidiaríamos para tantas obras modernas; pero la crítica, al juzgar sus dramas, no puede menos de reconocer el gran defecto tan propio de su personalidad artística: la nebulosidad de los caracteres.
Hay figuras en la historia del teatro que son monstruosas en su grandiosidad, como los héroes de Shakespeare, pero profundamente humanos, con rasgos distintivos y personales; figuras de carne y hueso que hablan y gesticulan á su modo, con tanta viveza que sus personajes llegan á confundirse en nuestra imaginación con el mundo de los vivos.